A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su último libro es Historias conversadas (Cal y arena).

LA PIEZA PERDIDA

La sucesión presidencial de 1994 tendrá su prueba de fuego, no sólo su sanción ritual, en las urnas. Para triunfar en la contienda, el candidato oficial deberá ganar el voto del presidente pero también el de la ciudadanía, obligación incómoda y antinatural a los usos del tapadismo mexicano.

Es la novedad mayor de nuestra transición política. Significa que el mecanismo conque hasta ahora se ha transmitido el poder, no funcionará con la eficacia semiunánime de antaño y exigirá una certificación democrática: el presidente puede escoger según el método tradicional al candidato del PRI, pero la conversión de ese candidato en presidente de México está sujeta a la respuesta de la ciudadanía, al éxito relativo de los otros contendientes y al pulso de la opinión pública nacional e internacional.

Sin ser democrática, la costumbre sucesoria mexicana opera en un entorno democratizado. El tránsito de la legitimidad corporativa a la legitimidad democrática se encuentra, así, a medio camino.

De un lado persisten los viejos instrumentos de decisión y control: el prestigio y la clientela presidencial, la carrera intramuros de los precandidatos, el peso de los recursos del Estado puestos al servicio de la causa partidaria oficial y el PRI mismo, llamado a ser el instrumento del consenso y el brazo ejecutor de la voluntad del presidente.

Del otro lado, asoman vigorosamente las realidades de la competencia y el reclamo democrático: una oposición que cosechó la mitad de los votos en 1988, la práctica desaparición de elecciones regionales no competidas, una opinión pública creciente y consistentemente crítica, la proliferación de organizaciones no gubernamentales en todos los órdenes de la vida pública -de la ecología a los derechos humanos- y la pérdida de batallas políticas por parte del gobierno, cuando ofrece salidas propias del viejo control a situaciones propias del nuevo entorno democrático.

El mecanismo de la legitimidad corporativa que se resiste a abandonar la escena es el del tapadismo presidencial. El mecanismo de la legitimidad democrática que no acaba de imponer su lógica es el de las elecciones transparentes. Así las cosas, el problema más serio que pueden enfrentar los actores de la sucesión presidencial de 1994 -la oposición y el gobierno, tanto como la ciudadanía- es que puedan no funcionar, para ese momento, ni el mecanismo viejo ni el nuevo, sino una mezcla tan imperfecta de ambos que el resultado no deje satisfecho a nadie.

La sucesión presidencial del 94 podría desembocar, en ese caso, en un horizonte de baja gobernabilidad: autoridades y elecciones impugnadas, insatisfacción ciudadana, agitación política, desprestigio internacional y grupos radicalizados capaces de dar paso a distintos tipos de violencia regional.

Es el peor escenario que puedo imaginar para la sucesión presidencial de 1994. Quiero partir de él, porque me permitirá subrayar el punto que me parece central de los meses que vienen: la conveniencia de un acuerdo democrático entre los contendientes que conjure las peores aristas que el 94 pudiera traer y ofrezca una respuesta democrática creíble al problema de la erosión del mecanismo sucesorio, cuestión esencial a toda forma estable de organización política. (Tal como lo demuestran las transiciones del mundo postcomunista, es posible tener algo peor que mecanismos poco democráticos para transmitir el poder: la ausencia de mecanismos para hacerlo).

Varios factores, ajenos al problema del mecanismo sucesorio, pueden condimentar, para mal, ese escenario. Mencionaré dos:

1. El aplazamiento o el rechazo del Tratado de Libre Comercio puede conducir al país a unas elecciones dominadas nuevamente por la sensación general de fracaso político y crisis económica, con su secuela de irritación, hartazgo, baja inversión y fuga de capitales.

2. La doble pinza de la apertura comercial y la modernización de las empresas, así como la contracción económica inducida para bajar la inflación a menos de 10%, con vistas al TLC, ofrecieron en el primer semestre de 1993 un inquietante espectáculo de quiebras, crédito caro, bajo consumo, parálisis de las expectativas, poca creación de nuevos empleos y despidos importantes en los viejos. La no firma del TLC añadirá a estas condiciones de sequía, vuelcos y limitaciones de rigor incalculable.

Pero, aun si se firma el Tratado, la duda es si las elecciones de agosto de 94 tendrán lugar en un entorno de irritación social por las restricciones económicas o si el gobierno podrá reactivar, con nuevos estímulos y menos controles, las expectativas de productores y consumidores, mejorando así el ánimo económico de los votantes políticos. En caso negativo, las elecciones tendrán una dosis extra de protesta y un perfil más enconado, cosas las dos propicias al conflicto, más que a la gobernabilidad.

PAISAJE EN TRES TIEMPOS

La simple consideración de estos posibles factores confluyentes, basta para entender hasta qué punto la sucesión presidencial de 1994 está rodeada de incertidumbre. No es posible anticipar lo que distintos desenlaces en esos frentes puedan cambiar el panorama. Pero, a partir de cómo pintan las cosas en junio de 1993, del ánimo y las expectativas imperantes entre actores y observadores del proceso sucesorio, puede dibujarse en tres tiempos un paisaje posible y un desenlace deseable:

Primer tiempo: La oposición no puede ganar sin la anuencia del PRI.

Segundo tiempo: El PRI no puede ganar sin el reconocimiento de la oposición.

Tercer tiempo: Nadie ganará sin un acuerdo democrático que dé garantías plenas a triunfadores y perdedores.

Primer tiempo

Aunque la oposición ha embarnecido y empezado a gobernar, particularmente en el caso del PAN, que ya gobierna sobre 15 millones de mexicanos; aunque cuenta con candidatos competitivos para la contienda presidencial, particularmente en el caso de Cuauhtémoc Cárdenas, que conserva intacto parte del aluvión del 88, no parece presentar una verdadera alternativa nacional al dominio del PRI. Carece de personajes (el PAN) y de proyecto (el PRD), y en el plano nacional ha caminado a remolque de la iniciativa gubernamental, sea para asumirla a regañadientes o para rechazarla sin alternativa.

Me resulta difícil imaginar una elección que termine la era del PRI para ungir alguna de las opciones opositoras vigentes, no porque la oferta del PRI sea incontestable, sino porque la de sus contendientes es muy débil. En esas condiciones, el partido de la estabilidad, si no es que el de la inercia jugará, en caso de crisis, del lado de la repetición más que del cambio.

El partido de la estabilidad incluye por igual a votantes individuales y a fuerzas reales -dinero, grupos de poder, intereses extranjeros-. Para vencerlos a ambos, la oposición requeriría una votación abrumadora, irreductible a la negociación o el manipuleo. No será así, creo, porque si algo está claro de las elecciones del 94 es precisamente que no serán aplastantes para un lado ni otro.

Para unos y otros, entonces, para el gobierno y para la oposición, lo que falta es precisamente el conjunto de reglas -leyes y pactos políticos, rutinas democráticas- cuyo cumplimiento razonable pueda conducir a todas las fuerzas a acatar el veredicto del proceso electoral. Héctor Aguilar Camín.

Segundo tiempo

Es difícil, entonces, imaginar un triunfo incontestable o aplastante de la oposición, para arrasar con el partido de la estabilidad, pero no es posible descontar su alta incidencia en los votos efectivos del país. Parece claro que, aún en las circunstancias más favorables para el gobierno, el PAN no bajará sus votos de la cuota del 20% en que se ha mantenido la última década, y Cuauhtémoc Cárdenas no recogerá menos de otro 20%, con sólo mantener su condición de candidato de la irritación antigobiernista y la protesta social. Los demás partidos pequeños registrados y no -PPS, PARM, PFCRN, PEM, PRT, PT- tomarán otro 5% del electorado, con lo cual el pastel que el entorno democrático deja efectivamente disponible para el PRI es el 55% de los votos. Esta parece ser la situación base, en el caso de que lodo resulte favorable al PRI y al gobierno.

Pero si las circunstancias no son todo lo favorables que pueden ser para el PRI y el gobierno, si la oposición acierta en sus estrategias de campaña, o si ambas cosas, las cifras de la elección del 94 pueden cambiar dramáticamente. Si se retrasa la firma del TLC y no hay un repunte ad hoc de las expectativas económicas, o si el PAN aparece en la campaña con un buen candidato, apoyado en la invaluable experiencia política de haberse asomado por primera vez a las tripas reales del poder, o si Cuauhtémoc Cárdenas puede ampliar su llamado y convertirse no sólo en el candidato de la izquierda, sino en el de un sector ciudadano más amplio, y si el propio PRI y el gobierno se equivocan en su proceso sucesorio e incurren en errores desgastantes como ha sido el caso en el pasado reciente, entonces el 55% disponible para el PRI disminuirá hasta conducirlo, quizá, a la primera elección del siglo XX en que un candidato presidencial gana sin una mayoría absoluta de los votos.

Creo que, aún en esas condiciones, el partido de la estabilidad se impondría al de la alternancia. Pero entonces no podría haber un ganador sin que sus contendientes, o al menos parte de ellos, lo reconocieran como tal: sin que la oposición, o al menos parte de ella, levantara la mano del triunfador minoritario. Si se impusiera el partido de la alternancia y triunfara una de las partes de la oposición, la situación sería semejante: el ganador requeriría que le levantaran la mano los contendientes.

Tercer tiempo

Para unos y otros, entonces, para el gobierno y para la oposición, lo que falta es precisamente el conjunto de reglas -leyes y pactos políticos, rutinas democráticas- cuyo cumplimiento razonable pueda conducir a todas las fuerzas a acatar el veredicto del proceso electoral. Lo habitual en nuestras elecciones es el espectáculo inverso: con una curiosa regularidad, los ganadores dicen haber triunfado inobjetablemente y los perdedores dicen haber sido víctimas del fraude electoral más generalizado de la historia.

Lo cierto es que, aun si el PRI ganara con el 55% de los votos, la escena que la vida pública del país no podría tolerar sin altos costos políticos, es a la oposición unida gritando nuevamente fraude, como en el 88. Un triunfo con menos del 50% de los votos volvería esa escena suficiente para bloquear el acceso normal del triunfador al poder y abrir un horizonte de agitación de alcances imprevisibles.

Así las cosas, el único camino razonable para la oposición, tanto como para el gobierno, frente a las incertidumbres de la sucesión presidencial de 94, parece ser el acuerdo democrático: refrendar la transición pactada vigente con el PAN y ofrecerle al PRD una entrada convincente y digna a la negociación política.

Este es el desenlace deseable, creo, para la inmensa mayoría de los ciudadanos, para la consolidación democrática del país y para los contendientes profesionales de la justa del 94. Es el camino recto que indica la razón. Falta el rodeo que imponga la política.

México DF, 23 de junio de 1993