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José Woldenberg. Analista político y escritor. Su último libro es Las ausencias presentes (Cal y arena).

1. Es probable que las elecciones federales de 1994 ratifiquen y asienten el proceso de diferenciación del voto ciudadano. Todo parece apuntar que los tiempos de la hegemonía (casi) absoluta del PRI y de las contiendas no competidas son fenómenos del pasado ya que una ciudadanía con sensibilidades, aspiraciones, discursos e ideologías diferenciadas tiende a forjar polos distintos en los cuales depositar su adhesión. Si en el pasado inmediato el momento del “destape” era no sólo el acto estelar de la sucesión sino el momento definitivo (luego del cual resultaba necesario formalizar la decisión a través de unas elecciones rituales), ahora, luego del “destape”, el candidato oficial entrará a un terreno donde se aprecia una competitividad en expansión, lo que empieza a convertir a las elecciones en lo que los textos de teoría democrática dicen: fórmulas para la competencia entre diversas opciones que reconocen y aceptan que la capacidad de gobernar o legislar dependen del apoyo ciudadano recabado en las urnas. Cierto que aún las condiciones en las que compiten los diferentes partidos y candidatos no son equitativas, pero de cara a lo que sucedía hace diez o quince años sin duda la competitividad se ha incrementado.

2. Es más, esa competitividad a la alta es la que demanda pensar en el momento postelectoral, ya que, otra vez, a diferencia del pasado, nada asegura que luego de los comicios el escenario se vea despejado de conflictos. Por el contrario, si no se crean las condiciones normativas, institucionales y prácticas, para que la lucha electoral transcurra de manera civilizada y sus resultados aparezcan como transparentes y confiables, la cauda electoral puede resultar disruptiva.

3. Tengo la impresión de que la mejor desembocadura para esa pluralidad que ya se encuentra en movimiento es la de la construcción y asentamiento de un sistema de partidos digno de ese nombre. Es decir, de partidos que se asuman como parte de una totalidad y que no pretendan representar en exclusiva a ese “todo” que son los ciudadanos, ya que esa lectura se traduciría en la negación de la legitimidad de las partes. Se trata -hay que insistir sobre todo por la moda de hablar a nombre de los ciudadanos como si se tratara de un costal de papas- de un “todo” complejo y diferenciado que requiere precisamente de referentes electorales múltiples. Se dice y escribe fácil, pero una tradición “integrista” que asume que todos los valores positivos no pueden sino estar representados por los mismos “sujetos sociales”, hace difícil reconocer la pertinencia del otro, del contrario, del adversario, al que se piensa y trata como fuerza no legítima. 

Hemos pasado de la incorporación de fuerzas político ideológicas a una mayor concurrencia de opciones políticas que a su vez han tendido a incrementar la competitividad y a hacer patente la centralidad de los procesos electorales. 

José Woldenberg

4. Pero más allá de esa dimensión cultural lo cierto es que nuestros partidos tienen tareas comunes y otras singulares. Las primeras tienen que ver con todo aquello que coadyuve a construir un espacio político institucional para la coexistencia y competencia de la pluralidad. Un espacio donde los contrarios se reconozcan como necesarios y complementarios, tal como se supone tienen cabida en un marco democrático.

5. El sistema de partidos requiere condiciones normativas e institucionales sin las cuales difícilmente logra asentarse. En ese proceso tortuoso y lento ha estado inmerso el país desde la reforma de 1977, cuando desde las cúpulas del poder se reconoció el agotamiento del viejo “modelo” de organización política. Ello a su vez fue fruto maduro de las múltiples corrientes y organizaciones que no querían ni podían procesar sus reclamos bajo el manto tradicional. No obstante, la cadencia lánguida del cambio crea desesperación e impaciencia en algunos círculos. Como sea, hemos pasado de la incorporación de fuerzas político ideológicas a las que se mantenía artificialmente segregadas del terreno institucional a una mayor concurrencia de opciones políticas que a su vez han tendido a incrementar la competitividad y a hacer patente la centralidad de los procesos electorales. No hemos logrado, sin embargo, condiciones medianamente equitativas en la competencia y confiabilidad acabada en las fórmulas de organización de las elecciones. Y por ello, al escribir éstas notas una comisión pluripartidista de la Cámara de Diputados se encontraba discutiendo, de nuevo, la normatividad en materia electoral.

6. Pero además de las reglas electorales que resultan cruciales, tenemos un diseño constitucional de gobierno que sería un buen ejemplo de los llamados juegos de suma cero. Es decir, unas normas que determinan que todo es para el vencedor. No solamente porque el presidente de la República puede serlo con mayoría relativa sino porque las cláusulas de gobernabilidad en la Cámara de Diputados y la Asamblea de Representantes ofrecen la mayoría absoluta al partido que logre solamente la mayoría relativa. Ese “juego” resultó “productivo” y “racional” para un sistema con baja competitividad, es decir, donde un partido “naturalmente” (dada su hegemonía), ejercía la facultad exclusiva de gobernar y legislar, y en torno a él existían partidos no competitivos y/o testimoniales. Pero conforme la competitividad ha venido incrementándose no parece ni funcional ni racional.

7. Uno de los retos mayores que quizá tengan los partidos (en conjunto) es el de construir escenarios para que todos ganen (en diferentes proporciones) o para que por lo menos el “juego” no sea de suma cero. De hecho en la Cámara de Diputados -a partir del sistema mixto con predominancia mayoritaria- ya está construida una fórmula para que cada fuerza política esté representada de acuerdo al número de votos que alcance, aunque ello se puede ver radicalmente desvirtuado si se aplica la cláusula de gobernabilidad. No obstante ni en la Cámara de Senadores ni en el Ejecutivo (“depositado en un solo individuo”) existen mecanismos para asimilar a la diversidad política que colorea nuestro nuevo escenario. A ello volveremos en el último punto.

8. Pero así como los partidos tienen retos conjuntos, otros son particulares e intransferibles. Para el PRI quizá su mayor preocupación esté dada por la necesidad de evitar nuevos desgajamientos en sus filas. Desde 1952 hasta 1988 prácticamente el tricolor pudo evitar escisiones mayores. Luego de Almazán (1940), Padilla (1946) y Henríquez (1952), los mecanismos de procesamiento vertical de la política lograron mantener un PRI cohesionado a pesar de sus mini o maxi virajes y recomposiciones. No obstante, 1988 trajo no sólo a la memoria sino a la realidad política el efecto alud que pueden tener las rupturas en el seno del partido oficial. De tal suerte que quizás el fantasma más poderoso que ronde la sucesión observada desde el PRI sea el de la unidad luego del “destape”. Y para conjurar esos espectros, gobierno y PRI, que para estos efectos son una y la misma cosa, tienen la necesidad de crear una fórmula de conjunción de los distintos intereses, un compromiso de unidad entre las telas de araña que compiten por la postulación presidencial.

9. El PAN, por su parte, parece el partido que tiene mejor trazada su estrategia. Se ha convertido desde 1988 en una especie de fiel de la balanza entre los partidos, apoyó diferentes reformas gubernamentales en las que cree y ha logrado los triunfos más espectaculares de su ya más que cincuentenaria historia. Tiene perfil, programa, cuadros, experiencia, y vivirá los coqueteos simultáneos y combinados del PRI y el PRD. No obstante, todo parece indicar que procesará una candidatura propia con la cual volverá a refrendar su papel central en el tránsito incierto hacia un sistema de partidos. ¿Por qué alguien puede imaginarse un sistema partidista en México prescindiendo del PAN?

10. En el tercero en discordia, el PRD, parecen coexistir apuestas y diagnósticos diversos, lo que impide tener una idea exacta de las que serán sus metas. A diferencia del PAN, donde su candidato correrá la misma suerte que su partido, en el entendido de que lo que más conviene al país es precisamente construir un sistema de partidos, no parece claro que los objetivos del casi seguro candidato del PRD (Cuauhtémoc Cárdenas) sean los mismos que los de la organización del sol azteca. No porque Cárdenas pueda ser apoyado eventualmente por otras organizaciones (lo cual me imagino estaría en el interés del candidato y del propio PRD), sino porque parecen estarse formando dos estructuras orgánicas (una del Ingeniero y otra del Partido) que no necesariamente pueden estar orientadas hacia las mismas metas. Como quiera que sea no es lo mismo apostar solamente al triunfo de la candidatura presidencial que a contribuir para construir un sistema de partidos. Sin duda ambos objetivos pueden (y según yo) deben conjugarse, pero a estas alturas es fácil detectar a corrientes de opinión dentro del PRD a las que les interesa lo primero pero no lo segundo. Y ello puede resultar fatal.

11. Hay además otros seis partidos (PFCRN, PARM, PPS, PT, PDM, PEM) que concurrirán a la elección de 1994. Aunque entre ellos existen enormes diferencias, lo cierto es que no parece que puedan desbancar de su papel protagónico a los tres mencionados. Algunos de ellos quizás apoyen a los candidatos de otros partidos (el PFCRN al del PRI y el PPS y PT al del PRD, aunque no deben descartarse sorpresas), pero por lo pronto esas no son más que especulaciones. Vale más esperar a ver.

12. Como quiera que sea tendremos un escenario competido. Y retomando el punto 7 quizá sea hora de pensar en empezar la construcción de un escenario institucional capaz de asimilar sin terremotos la diversidad del voto. Para ello es necesario no sólo contar con una legislación electoral confiable, sino también con un marco constitucional e institucional que recree y reconozca a la pluralidad que existe entre nosotros y le ofrezca cauce de representación. En esa perspectiva una reforma del Senado capaz de captar y reproducir la pluralidad que coexiste en las entidades federativas y un Ejecutivo en donde de alguna manera puedan ocupar cargos gentes de diferentes formaciones partidistas. pueden ser iniciativas que tiendan a construir una mejor pista de aterrizaje para el 94. Recordemos que como dice el refrán, “más vale prevenir que lamentar”.