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Raúl Trejo Delarbre. Periodista Director del semanario etcétera.

La Sucesión Presidencial en 1994 tendrá que ser igual pero también habrá de ser distinta a los procesos similares en otros sexenios. Las rutinas por tan largo tiempo decantadas en las prácticas de un sistema político afianzado en la impermeabilidad a los cambios de fondo, pero además la ausencia de esquemas o procedimientos capaces de sustituir del todo a los viejos rituales, propiciarán que la Sucesión Presidencial que tenemos en puerta se parezca en la reproducción autoritaria y en la contemplación mayoritaria, así como en el ejercicio discrecional, a otros procesos en la designación del próximo presidente mexicano. Pero al mismo tiempo, ya que nada o casi nada cambia del todo en un panorama en el que sin embargo nada es exactamente igual, podría decirse que si bien el libreto se parece, en esta ocasión ni la escenografía, ni los actores, ni siquiera el público, son los mismos de otras sucesiones presidenciales. Si la crisis, como llegó a sugerir Gramsci en su conocida y maltratada metáfora, consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en el sistema político mexicano nos encontramos ante una crisis latente, que no por drástica hay que entender como ruptura fatal, sino como proceso de cambios que hace tiempo han comenzado aunque todavía no alcanzan un horizonte claro. El viejo estilo de gobernar, que incluye las maneras para designar al presidente, no ha sido desplazado por métodos distintos. Hay nueva política en el discurso y acaso en las intenciones modernizadoras, pero también hay política de la otra en la decisión más importante del sexenio.

Cada quien influye como puede, aunque sea con una dosis de expectativas que se añade a la tensión que en estas fechas define al mundo político.

Allí se encuentra la novedad principal en este proceso de cambio de gobierno en México. Raúl Trejo Delarbre

Por eso decimos que la próxima Sucesión Presidencial será en parte igual a otras. No ha desaparecido la enormísima influencia del presidente de la República en todos los asuntos de la vida política y, desde luego, en la facultad histórica que significa la elección de quien haya de ser candidato de su partido para relevarlo. Las facultades presidenciales han servido como pivote en el remozamiento de un sistema político que, paradójicamente, se había llegado a pensar que estaba en problemas debido a los excesos de la institución presidencial. Pero no tanto. La vía que este sistema político adoptó para recuperarse después de 1988, luego del más duro cuestionamiento a que haya sido sometido desde que se inauguraron los regímenes revolucionarios, fue el fortalecimiento del presidencialismo. Las debilidades del PRI y de los organismos sociales que dicen respaldarlo, no ofrecían muchas opciones para propiciar esa restauración del poder político que, apoyado en el partido y sin dejar de estar anclado en el viejo corporativismo, encontró su mejor posibilidad en apuntalar aquello que le era más rescatable, y confiable. De esta manera, la institución presidencial fue la catapulta de los cambios, que pueden ser considerados como insuficientes pero de ninguna manera inexistentes, y que han llegado a ser drásticos y hasta dramáticos, en la política y la economía mexicanas al comenzar los años noventa.

A partir de la tenaz obsesión reformadora del salinismo, aunque no sin contradicciones, hemos presenciado cambios en la estructura de la economía, así como en las condiciones para la competencia política. Pero en tales transformaciones no se ha podido, y sobre todo no se ha querido, que el parlamento, el poder judicial o los partidos políticos, ni siquiera el partido en el gobierno, se involucren como protagonistas principales. Todavía han tenido rutinas de actores de reparto. Esa condición subordinada, que puede encontrar explicaciones en los amodorramientos que aún distinguen a amplios segmentos del mundo político, para no referirnos a una sociedad aún mayoritariamente pasiva, tiene expresiones también en los ritos, y acaso también en los ritmos, de la Sucesión Presidencial. Las figuras principales son el presidente actual y los funcionarios de su equipo de trabajo que aspiran a sucederlo. Pero la sociedad y los grupos de interés que concurren en el Estado, no son simples convidados de piedra en el espectáculo sexenal. Cada quien influye como puede, aunque sea con una dosis de expectativas que se añade a la tensión que en estas fechas define al mundo político. Allí se encuentra la novedad principal en este proceso de cambio de gobierno en México.

LA POLITICA DEL SECRETO QUEDO ATRAS

Si la clave del tapadismo ha sido la política del secreto, entonces cada vez tenemos menos tapadismo. La solución cómoda y pragmática que se llegó a dar a las necesidades de renovación del sistema político mexicano, sustentada en la decisión discrecional del presidente de la República para nombrar a su sucesor, pudo ser garantía de estabilidad en un país bronco y desorganizado, pero ahora tiende a producir efectos contrarios. Las tensiones e inestabilidades de nuestro sistema político no pueden resolverse a fuerza de golpes de timón y decisiones iluminadas -con todo y lo importante que siguen siendo las aptitudes y el carisma personales- porque nos encontramos con un entramado social y político de complejidades inéditas. En torno a la Sucesión Presidencial, existen expectativas -colectivas, programáticas, políticas, y desde luego específicamente personales- que se desbordarían si no fuera porque pueden expresarse, o verse representadas, al menos en la grilla que en sus pequeños o grandes tráficos y regateos de intereses sigue siendo el sustituto aldeano de la política, o aunque sea en ese espejo empañado de la política que son los medios masivos de información. Tenemos una sociedad cuyos sectores más activos se interesan, comentan y esperan, a veces presionan y negocian -aunque reconocen que no influyen decisivamente. Como parte de ella, contamos con una prensa todavía a la altura de una política escasamente desarrollada y que por eso, respecto de la Sucesión no ofrece contextos capaces de airearla. Dicha prensa es tan predecible porque habitualmente reproduce tan sólo las palpitaciones más parsimoniosas surgidas del mundo de la política. Sociedad y prensa son, entre otros miembros del coro, al mismo tiempo público y telón de fondo al desarrollo de la política en la Sucesión Presidencial.

Lo novedoso es que el secreto tiende a difuminarse. Hace veinte años don Daniel Cosío Villegas deploraba que el juego del tapadismo “impide conocer a los colaboradores cercanos del presidente de México, de modo que cuando se destapa el Tapado, el público poco o nada sabe sobre sus méritos y habilidades”. Ahora, los hombres del presidente que pueden aspirar a la candidatura están en las páginas de todos los diarios; sus opiniones -a menudo en exceso reiteradas, y de esa manera trivializadas- llenan entrevistas y dan tema a libros; las especulaciones sobre ellos permiten que las columnas políticas sigan siendo reservorio de chismes con poco análisis pero mucha imaginación; sus biografías están impresas desde que comenzó el sexenio actual.

Los méritos y habilidades han podido ser conocidos, al menos en la dosis que ha autorizado la permanencia de una sólida institución presidencial, que además de omnipresente es unipersonal. Los funcionarios en posibilidades de ser designados candidatos presidenciales hacen y dicen todo el tiempo, presentan iniciativas y pronuncian discursos, viajan y vuelven, inauguran y ofrecen, en un activismo que ha sido constante a lo largo de este gobierno y que se intensificó ya en 1993. Estamos asistiendo al final del tapadismo, justamente en medio de un abierto destape de los posibles aspirantes a la candidatura presidencial por el PRI. Todo indicaría que el presidente permite, o incluso propicia, ese desempeño que llega a ser competitivo entre sus colaboradores. El problema para ese partido es qué hacer ante la necesidad de que la exposición de personajes que ocurre al margen suyo, involucrara de alguna manera a sus estructuras. Los eventuales candidatos priístas no se acercan específicamente a los militantes de ese partido, sino se dirigen a la sociedad en general, sobre todo a través de los medios de comunicación. Las precampañas priístas no pasan por el PRI aunque, formalmente, el candidato de ese partido ha de requerir la anuencia de la mayoría de los miembros del nuevo (y quizás influyente) Consejo Político Nacional.

UNA NUEVA COMPETENCIA ELECTORAL

La otra novedad es que la competencia política llegó para quedarse. Si 1988 fue en muchos sentidos sorpresivo, ahora es constatable la existencia de formaciones políticas sólidas y sobre todo capaces de competir con el PRI en términos regionales y, posiblemente, también nacionales. La experiencia del 88 no se va a repetir, al menos en términos idénticos, entre otras cosas porque al PAN no lo vuelven a agarrar adormecido en sus laureles norteños y porque el neocardenismo, después del experimento frentista de hace un lustro, ahora ha pagado la novatez de construir y tratar de darle sentido a un nuevo partido, el PRD. El Revolucionario Institucional consiguió en las elecciones intermedias de 1991 una recuperación asombrosa si se le compara con la caída electoral que había padecido tres años antes, pero el voto de esperanza a la mitad del camino salinista (todavía recientes las espectaculares medidas de inicios del sexenio que incluyeron la renegociación de la deuda externa y el encarcelamiento de varios personajes que se consideraban impunes) ahora tendría que ser voto de confianza a partir de los hechos, de ratificación del rumbo que se ha seguido y, allí, el panorama económico no acaba de ser tan bonancible para las mayorías, como se insiste en el discurso oficial. Las cosas no están peor, es cierto, pero la mejoría prometida por el gobierno ha tardado en llegar.

Es posible, eso sí, que las debilidades de las oposiciones para erigir una alternativa que además de distinta fuera confiable, sean capitalizadas por el partido en el gobierno. Otra vez, como le sucedió a Carlos Salinas, el aspirante a sucederlo tendrá que navegar en el torrente de una campaña intensa y contradictoria, a pesar de las averías de un partido cuya principal indefensión se encuentra en su ventaja sobre los demás, que es la dependencia respecto del gobierno. La próxima Sucesión se dirimirá por supuesto en las urnas, con una legislación electoral todavía insuficiente para garantizar transparencia y confiabilidad pero innegablemente mucho mejor que las reglas que teníamos hace cinco años. La Sucesión Presidencial de 1994, distinta y no, ya merito es novedosa pero aún no resulta del todo abierta.