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Rafael Segovia. Profesor investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

Querido Luis Miguel:

En este mes de junio ya se sabe o se cree saber quiénes serán los hombres importantes del gabinete. Gobernación, Hacienda, Educación, Trabajo y Relaciones se antojan claros e inevitables. Queda la duda de quién irá a la secretaría técnica de la Presidencia, de si habrá un nuevo José Córdoba, de si el tan manoseado estilo personal de gobernar se mantendrá o de si habrá un giro. A estas alturas no hay un hombre que destaque, capaz de ocupar un puesto tan conflictivo, aborrecido por la clase política y la prensa, que pudieron dar rienda suelta a su xenofobia durante este gobierno.

Las secretarías de Estado son otra cosa. Desde el momento en que se sabe que el poder está en Los Pinos, se sabe también que los secretarios tienen que obedecer ciegamente al presidente y que sólo en materias menores, como las administrativas, tienen alguna latitud los miembros del gabinete. Los nombres de quienes se supone van a ir al gobierno son bastante tecnocráticos. Todos menos Gobernación -noblesse oblige- son doctores de universidades de allende el Bravo, con un promedio de 37 años de edad. Tres son del ITAM, el cuarto tiene una licenciatura del Politécnico y un doctorado de Arkansas. De los tres itamitas se sospecha que uno al menos no ha defendido aún la tesis de doctorado. El quinto es un tránsfuga de El Colegio. Para la clase de política esos tiquis miquis importan poco. Puede ser que Proceso envíe a alguien a rastrear los pseudodoctorados de los Estados Unidos.

Secretarías menores y descentralizadas, sin ser ignoradas, no tienen el mismo valor que las cinco nombradas por los políticos, que resignados ante el avance tecnocrático, se dan a un análisis de una complejidad tal que pocos pueden entenderlo. Sólo una cosa resulta obvia el candidato tiene pocos amigos y, peor aún, no son conocidos. Se ignora el grado de intimidad, de simpatía y de fidelidad que se da entre estas personas. Queda, pues, la puerta abierta Queda por ejemplo el DF: se conocerá más tarde quién va a encabezarlo. Agricultura, en la cual Chapingo ya no pinta nada, no es deseada abiertamente por nadie. Se buscará a alguien tipo Hank, dispuesto a cargar con todo lo que acompaña a esta secretaría.

Nadie, o muy pocos, piensan en qué gabinete formarían los candidatos de la oposición si el PAN o el PRD ganaran las elecciones. Ver al PRI fuera del gobierno es algo que no imaginan ni las mentes más calenturientas. La oposición ha asumido su papel testimonial con una buena voluntad conmovedora. El PAN, con ayuda de organizaciones católicas y conservadoras cuando no reaccionarias, ha puesto el énfasis durante toda la compañía en los problemas morales de la sociedad (drogas, aborto, asaltos y violaciones) para no dar pie a una contraofensiva de los foristas, dispuestos a ver un triunfo del PRD antes que uno del PAN. Confía en las ciudades grandes y medianas; al campo lo considera perdido por no tener hombres y mujeres capaces de movilizar lo que podría ser una clientela natural. Sus seguidores y sus posibles votantes le complican la vida día tras día. La directiva no encuentra en ellos un auténtico deseo de cambio. Estos panistas dan un apoyo de dientes para fuera: ansían una crítica despiadada, fuerte, valiente, con frecuencia injusta. Su maitre a penser es Lorenzo Meyer, porque no encuentran en el PAN un escritor capaz de decir algo que les llene. El cambio, bien visto, no es deseado por estos votantes reblandecidos por los éxitos económicos de Salinas. Dudan que un panista en la Presidencia sea medianamente obedecido y tenga la fuerza indispensable para seguir manteniendo el rigor financiero que es la gloria del presidente y de Pedro Aspe. No es seguro que quienes asisten a los mítines panistas vayan a votar por el blanquiazul. La abstención y el miedo están ahí. Son la expresión mejor de algunos estados de ánimo, de las contradicciones y dudas internas de los ciudadanos.

Para un programa electoral, las propias elecciones son un engorro. ¿Cómo poner a millones de personas divididas por clases, oficios, profesiones y creencias ante un documento donde todo el mundo encuentra algo, por poco que sea, beneficioso para él y su familia? Rafael Segovia

En esta ocasión los partidos menores sienten no haberse equivocado: todos están detrás del PRI, menos el PDM, que sigue encerrado en su sinarquismo, y el PT, que ha declarado a todos los demás traidores a la clase obrera. En 1993 pasaron las de Caín con la reforma política y las exigencias panistas sobre el monto de los votantes y la calidad de partido nacional. Todos esperan un favor del PRI que les permita mantener sus “posiciones” en los estados más una diputación en el DF para el jefe del partido. Temen en este momento que el PRI los ignore y los deje en merced de una ley electoral nada convincente.

El PRI ha publicado un programa de gobierno olvidado de todo el mundo. Como es ya una tradición desde el Plan Sexenal de Cárdenas resulta demasiado largo, farragoso y plagado de contradicciones, consecuencia de haber sido escrito por varios intelectuales que no siempre coinciden con las exposiciones tecnocráticas de los consejeros más cercanos del candidato. A falta de un programa claro y accesible, el tricolor se ampara en su plataforma electoral, donde se advierte la mano de una sola persona.

Para un programa electoral, las propias elecciones son un engorro. ¿Cómo poner a millones de personas divididas por clases, oficios, profesiones y creencias ante un documento donde todo el mundo encuentra algo, por poco que sea, beneficioso para él y su familia? Los partidarios del public choice y del racionalismo económico a ultranza no saben cómo arreglárselas para dar con la fórmula del cebo unitivo donde caiga el público municipal y espeso. El nacionalismo está de hecho condenado: nadie puede salir con una plataforma nacionalista a ultranza cuando se ha firmado un acuerdo de libre comercio con dos países que esconden maravillosamente su propio nacionalismo. Para evitar este escollo se inclinó, el autor de la plataforma, por la modernidad, menos comprometedora y de mejor aceptación. El único miembro del equipo del candidato que estudió en Francia insistió en que it faut ratisser large, pero no propuso una manera de hacerlo, de manera que se recurrió a las plataformas anteriores.

La campaña electoral ha sido un duelo entre el PRI y el PRD; las propuestas del PAN, su programa, tan confuso como el del PRI, con su tufo clerical y reaccionario, sólo convenció a unos cuantos.

El discurso perredista no cambió de una elección a otra. El énfasis está otra vez en las irregularidades electorales que se cometerán, en el financiamiento de las campañas, en la utilización de propiedades del Estado por parte del PRI. De ahí no hay quien los saque. Pero frente a la monotonía del caso se percibe un tono moderado tanto en la crítica de los programas priístas y secundariamente del PAN, como en las ideas de cambio que manejan. No hay radicalismos. Ni siquiera se pide secundaria para todos. La fusión de todas las corrientes y de las ideas expresadas por los líderes de estas corrientes, consideradas una prueba de democracia interna – algunos hablaron de centralismo democrático para evitar el estallido-, fue un acto de fuerza impresionante, logrado a última hora por la sola voluntad del candidato. No se llegó a la escisión pero estuvieron cerca, para satisfacción del PRI, cuyo presidente, aludiendo a estas querellas, se echó un responso sobre la responsabilidad de la clase política, responsabilidad frente a los ciudadanos mexicanos y frente al universo mundo que los contemplaba en ese momento. No fue su discurso más afortunado.

Vigilante a más no poder, el candidato del PRI está confiado. Sus consejeros de imagen le prohibieron los trajes color café, sobre todo los de modelo italiano. Aconsejaron no utilizar nunca un Grand Marquis y disminuir las comitivas. En las sesiones de trabajo, de manera especial en las públicas, no debían de intervenir más de seis expositores ni nadie que tuviera más de sesenta años. Impresionaron poco al candidato, máxime que las encuestas de intención de voto no podían ser más halagüeñas. No sólo se colocaba por encima del 60% sino que había una progresión constante pese al escepticismo de los políticos opositores y de la prensa en principio especializada.

El PRD insiste en su supresión radical, pues con el pretexto de la modernidad, alega, se está violando la libre voluntad de los electores y se teme se produzca una band-wagon effect entre los votantes menos ilustrados. Varios simpatizantes del PRD empleados o dueños de agencias de estudio de la opinión pública han manifestado su disgusto ante un trato incomprensible que puede dejarlos sin ingreso.

Las cifras no están totalmente desglosadas -no llegan al nivel de casilla- y esto se ve como una ventaja indebida del PRI. El 60% tiene un grado de concentración alarmante para los analistas del llamado partido oficial. En Baja California, en Sonora, en Durango y Chihuahua puede haber sorpresas por el lado del PAN y en Michoacán y Guerrero por parte del PRD.

El presidente del PAN pone su mejor esfuerzo en la conquista del Sureste: pensó en prometerle Quintana Roo a Yucatán hasta que se dio cuenta de que ustedes eran quintanarroenses. Promesa o no promesa, Yucatán está en el filo de la navaja. Las encuestas sobre este estado son escasas e imprecisas. Sólo las publicadas por el Este anuncian una derrota impresionante del PRI, que lo toma a broma.

No se han dado a conocer cifras sobre la abstención posible. Parece como si hubiera un acuerdo entre los partidos para evitar el tema. Se sabe que la abstención, de cierta manera, favorece al PRI, aunque con un costo temible. PAN y PRD no saben qué actitud tomar, aunque les va, como se ven las cosas ahora y desde aquí, tanto como al PRI si la abstención mantiene su tendencia histórica.

La prensa extranjera está desesperada ante lo mortecino de esta campaña. El Miami Herald, el New York Times, el Wall Street Journal, Le Monde y El País, han enviado a sus estrellas de segunda, es decir, a los que se ocupan de este continente. Se mueren de hastío, y buscan el scoop, para encontrarse con la atención del público volcada sobre el campeonato mundial de futbol. Los periodistas extranjeros veteranos de estas lides se encuentran con una Facultad de Ciencias Políticas indiferente, donde sólo el CEU, y no todo, está participando de una u otra manera. El PRD no está de acuerdo con los artículos publicados por los periódicos norteamericanos, únicamente favorables al PRI, y a su garantía de gobernabilidad.

Contra Televisa se nota una furia mal contenida de la oposición, pero no se ventila el punto porque las consecuencias serían peor que el agravio mismo. Se ataca en cambio de manera despiadada al canal 22 que aprovecha las películas sobre la Revolución Mexicana para sacar a unos presentadores y comentaristas a los que sólo les falta el logotipo, además de tocar La rielera cada media hora. Se ignora por qué esta polca se considera el himno del PRI, cuando la tocó y cantó más otro partido.

En el ambiente flota el desengaño y el aburrimiento. Unos no quieren hacerse ilusiones y otros ni siquiera se impacientan. El fruto está maduro. Hay que ponerse a trabajar, dicen, y empezar a preparar la próxima reforma electoral. Ya están formados los equipos encargados de esta tarea.