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Carlos Monsiváis. Escritor. Acaba de aparecer una edición aumentada de su libro Nuevo Catecismo para Indios Remisos.

1. Ley de la naturaleza estatal: el presidente de la República designa a quien lo habrá de suceder. Nada más él, en la intimidad de su conciencia y en el barullo de consultas y negociaciones con los grupos de poder, toma la decisión, luego -se dice- de consultarle a los astros en lo alto de la pirámide. Y a tan grave responsabilidad la apuntala la superstición del sistema político: en cada sexenio sólo uno está autorizado para frecuentar el porvenir.

El presidencialismo, la metamorfosis de un cargo público en monopolio indiscutido del poder, la ciencia infusa del autoritarismo, es, también, el método distributivo de compensaciones; por eso los perdedores callan y felicitan, y la crítica interna se deteriora en el rezongo. Al procedimiento de abolición de la ciudadanía se le da el nombre (con la vulgaridad de la acción que describe) de Tapadismo, la escenificación de falso y verdadero suspense que culmina en el nombramiento o Dedazo. Estamos sin duda ante la práctica más abyecta de nuestra vida política, cuya degradación el Tapadismo implica y exige.

Cada nueva generación de funcionarios, llega convencida de las ventajas del Tapadismo: la Estabilidad, la Paz Social, la transmisión pacífica del mando, y esta certidumbre lleva a prescindir incluso del cinismo, que ha sido la estrategia de salud mental del priísmo histórico. Carlos Monsiváis.

2. En cada sexenio la nación invierte horas, semanas y meses de su vida pública y privada, en adivinanzas, intuiciones, pálpitos, deducciones, inferencias, el operativo incesante de las tandas del rumor. La obligación de todo padre de familia que se respeta es estar informado del inside story del poder. El obstáculo mayor al desenvolvimiento de la opinión pública es el diálogo obsesivo, la repetición que nunca cansa: “A mí me parece que el Tapado es…” El juego es inevitable. El fraude adjunto es la fe de cada persona en sus facultades de predicción. El resultado es patético: quien participa en la lotería mental del Tapadismo descree a fondo de cualquier ejercicio democrático, y reafirma la vigencia de la razón cínica. Si el cinismo es la ironía desde la resignación, y la jactancia lúcida dentro de las oscuridades de la impotencia, la razón cínica halla en la exaltación invertida del Tapadismo su tierra firme. El presentimiento obsesivo (“Va a ser Fulano…”) es confesión de límites de la nación y de los ciudadanos, y por eso el Tapadismo es tan decisivo en el auge de la abstención electoral. ¿Qué mayor desencanto que afirmar con los hechos: “Si alguien ya eligió, da igual mi voto”?

3. Al vigor del Tapadismo se opone una prueba en contrario: El 88, el mito y las realidades del desastre electoral del gobierno, y la “caída del Sistema”. A remediar ese fracaso se dedicaron los tres primeros aros del gobierno de Salinas, el ideario de Pronasol, la manipulación de los medios informativos, el esfuerzo por recapturar la confianza que es más y que es menos que la legitimidad. Los elementos a favor del régimen eran exhaustivos: los amplísimos recursos de la Federación a favor de un solo partido, el fraude electoral, la represión selectiva y brutal, la adquisición masiva de la disidencia, el ingreso a la permanencia en los ámbitos de la corrupción, las vastas limitaciones de la oposición de izquierda, empeñada en la autofagia, y la marrullería de la oposición de derecha, obstinada en que la realpolitik le abra el camino del triunfo en el año 2000.

Todo esto ha remendado con celeridad el tejido del Tapadismo. 

4. El Tapadismo es técnica ubicua que ocurre en casi todos los niveles. Así por ejemplo, cada gubernatura demanda un Tapado (nunca el Tapado), y quien más, quién menos, los que ejercen algún nivel de mando, se sienten, en relación al escalón siguiente, Destapables, esto es, con derecho a beneficiarse del capricho o la sagacidad de la voluntad unipersonal que, al margen de sus méritos, los consagre. Y tiene que ser “al margen de sus méritos” porque, en el escaño que sea, el Tapadismo les exige a los concursantes (un término más exacto que los candidatos) el olvido de sus cualidades específicas. No serán elegidos por eso, sino por el método al que las numerosas explicaciones no vuelven menos insondable: la decisión de Arriba. Y por eso el centro espiritual de los concursantes es la incapacidad de rebeldía. 

5. Se preguntan los posibles regidores “de los destinos del país en el próximo sexenio”: ¿Cómo llegaré a ser El Tapado? Hay un primer paso: la tenencia de un nicho en el Gabinete Presidencial, pero falta todavía para ser la primera figura en la ceremonia que, sin rubor alguno, llamamos El Destape.

Los pasos de la obtención del Gran Favor están codificados:

· A la lealtad administrativa se le remodela ataviándola de culto místico: “Cualquier éxito que yo tenga en mi desempeño, se debe a que sigo al pie de la letra las admirables instrucciones del Señor Presidente”. O, como dijo Genaro Borrego al ser nombrado dirigente nacional del PRI: “Mi primer deber es con el presidente de la República”.

· La elección de colaboradores se norma según las pautas de una corte de exégetas, panegiristas, cantores de hazañas, enemigos jurados de los concursantes rivales.

· La presencia en los medios escritos exige la adquisición momentánea o permanente de columnistas que filtren elogios y advertencias, y requiere de la obtención constante de las ocho columnas de los diarios, certificados visuales de permanencia.

· El Destapable usa buena parte de su tiempo en la emisión de líneas rituales: “No pienso en el futuro. Me basta con cumplir lo mejor que puedo con los deberes que me encomendó el dinámico y patriota presidente de la República”. (Si hay un modelo del autoelogio es el lema del presidente Ruiz Cortines: “No siembro para mí Siembro para México”.

· El Destapable, debido a su puntual absorción en los rituales, no se afanará por hacerse de una visión de conjunto del país. Más bien, intentará exactamente lo opuesto: captar el panorama como desfile de fragmentos inconexos. No hay problemas a entender sino fuerzas reales a conquistar. La preparación técnica es un subcapítulo de las relaciones públicas. Los problemas específicos del cargo son escollos que una posposición adecuada evita.

En la sustitución de los programas de gobierno por las tácticas del triunfo a corto plazo se engendra mucho del desastre gubernamental. El efectismo es el homenaje de la publicidad a la inmediatez. ¿Para qué atender a lo sectorial pudiendo soñar con la totalidad? Esto, por supuesto, no se aplica al caso de los gobernadores, en su mayoría convencidos de hallarse al término de su carrera política y, por lo mismo, radicalmente interesados en la jubilación colosal.

6. El Tapadismo es obstáculo enorme en el camino de una sociedad moderna, en el sentido de espacios donde se desarrolla la conciencia crítica. Mucho de la ineptitud y la insensibilidad rampantes, se derivan del afán de complacer -y de no contrariar, algo distinto- al dueño del Dedazo, lo que se reproduce a escala. Así por ejemplo, es muy común el funcionario, estereotípico y real, cuyo propósito central es eliminar en los subordinados el deseo de “saltarse instancias”. “Aquí en esta oficina el único autorizado para dirigirse por escrito, o verbal o mentalmente a los superiores, soy yo, el titular”. Esto no sólo exhibe mezquindad y pobrediablez, sino entendimiento del lenguaje burocrático. En el horizonte del presidencialismo, quien aspire al ascenso necesita convencer a los superiores de que, en su zona administrativa, el único existente es él. Y gracias a este procedimiento, la administración pública se vuelve diáfana: consiste en el Elegido, en el centro, sus colaboradores inmediatos y dos o tres millones de fantasmas, que también se llaman burócratas.

7. 1994 será, de modo inexorable, el último año del Tapadismo, de la-Democracia-de-un-solo-hombre. Esto no es envío profético, sino comprobación de lo evidente: el costo altísimo de mantener un sistema donde la primera regla es la suspensión, de hecho: la eliminación de las capacidades personales en beneficio del siguiente nombramiento que es la prolongación de la vida.

Al Tapadismo se oponen también otras circunstancias: la mayor información disponible en el país, el desgaste de las correas de transmisión de la lealtad institucional, por lo menos, en sus niveles de apoyo incondicional, sigilo y discreción; el abstencionismo y la localización de los elementos fársicos de la política. Esto último no es asunto desdeñable, y el expediente tiene en su haber hechos ampliamente significativos, como el falso Destape de octubre de 1987, cuando una estación de radio difundió la noticia de que el Bueno era el procurador general de la República Sergio García Ramírez. Sin demasiadas repercusiones, se exhibió, no sin humor involuntario, la fragilidad de la sucesión presidencial basada en el Tapadismo.

Ciertamente, evitar el desbarajuste a escala nacional ha sido la gran carta de credibilidad del Sistema, pero el desbarajuste ya está aquí, en la crisis económica, en la destrucción de la movilidad social, en la recesión que “desacelera” la capacidad de los publicistas oficiales, en el derrumbe de la credibilidad, en la corrosión de la seguridad pública, en el desaliento. Cada nueva generación de funcionarios, ahora ya de universidades particulares, llega convencida de las ventajas del Tapadismo: la Estabilidad, la Paz Social, la transmisión pacífica del mando, y esta certidumbre lleva a prescindir incluso del cinismo, que ha sido la estrategia de salud mental del priísmo histórico. Pero el pragmatismo tan alabado, de cuyo carácter positivo nadie duda en el gobierno, no implica verdadera eficiencia. ni conocimientos específicos (Político es aquel útil para cualquier puesto, ya que la sabiduría viene de Arriba). Unicamente, al no ser sino la improvisación festejada, se vuelve el mayor enemigo de la estabilidad.

8. El 94 tendrá lugar en tiempos de globalización, lo que afectará visiblemente a la esencia del procedimiento, uno de los orgullos postreros del aislacionismo. Pero no ocurren en vano la ansiedad del Tratado de Libre Comercio, las presiones del gobierno norteamericano (la más ostensible: lo relativo al narcotráfico) y la vulnerabilidad de la economía nacional, y en la decisión del Tapado, como de costumbre y más que de costumbre, habrá “acuerdos binacionales”. La aprobación en donde estuvo la revolución: el candidato del PRI, posgraduado en Estados Unidos a la fuerza, tendrá visiones más contentadizas de la soberanía, será un convencido del mundo “unipolar” y profesará las más de las veces un nacionalismo de picnic.

9. Carezco de pronósticos para el 94, más allá de localizar su carácter de última carcajada del Tapadismo. La fecha se “mitifica” un tanto en el vacío, con predicciones ambiguas de violencia, enfrentamiento e ingobernabilidad, mientras la Reforma Política, tan anunciada, se empantana a fondo y amanece con la novedad del tercer senador por entidad. En el camino al 94 los partidos, si queremos describirlos con generosidad, no abundan en ofrecimientos. El PRI se ufana de su carácter tristemente subordinado, tal y como lo exhibió La Cena en casa del señor Ortiz Mena, con asistencia del presidente de la República, donde se pasó la Charola en búsqueda de la mínima cuota de 25 millones de dólares; tal y como lo refrendó el sainete de la Convención priísta en Aguascalientes, con Genaro Borrego despedido y Fernando Ortiz Arana ascendido, ante el pasmo de los asistentes, cuyas libertades oscilaron entre el mayor o el menor énfasis en el aplauso; tal y como lo reiteró la nueva propuesta de Reforma Política que Ortiz Arana leyó a un atónito grupo de parlamentarios que allí se enteraron de que era exactamente eso lo que habían decidido sin saberlo.

El PAN, que sí avanza, va muy a la zaga del proyecto económico del salinismo, no entiende el mundo contemporáneo, repite las fórmulas un tanto huecas de la “subsidiariedad” y, en donde tiene mando, se regodea en su mentalidad intolerante, flor del anacronismo represivo. El PRD ha dispuesto de militantes excepcionales, mártires y entusiastas, pero lo asfixian el amor de la izquierda y de la ultraizquierda por los escondrijos del ghetto, la ebriedad de protagonismo de algunos de sus líderes, y la confusión entre fiebre movilizadora y trabajo riguroso. El PRD pudo representar y concretar algunos intereses básicos de la sociedad civil, y auspiciar la democratización general, pero lo han lastrado el autoritarismo que es la doble herencia del PRI y la izquierda partidaria, la orfandad anímica a raíz de la caída del socialismo real, y la costumbre de odiar al de junto porque está más cerca.

Según creo, la deficiencia más grave del PRD es el olvido de toda democracia que no sea electoral, y el convertir en la práctica al gobierno en interlocutor único. En materia de cultura, de tolerancia, de vida cotidiana, el PRD se ha hecho a un lado, no obstante sus enormes posibilidades al respecto. Por ejemplo, el Consejo Nacional del PRD votó en forma unánime por la despenalización del aborto como meta legislativa. Sin embargo, no han vuelto a decir una palabra sobre el tema. Los profesionales de las nupcias (a estas alturas) de marxistas y cristianos sueñan con el voto católico, y el propio Cuauhtémoc Cárdenas señala a la Iglesia católica como una de las instituciones que sostiene el tránsito a la democracia (no los cristianos, sino la iglesia misma), y asegura que de llegar a la Presidencia modificará el artículo 130 constitucional para darle más derechos a los clérigos. Esto significa,en momentos de clara intolerancia eclesiástica, el descuido de cualquier programa de atención a la vida cotidiana y de los derechos de mujeres y minorías y, también, la indiferencia ante las libertades de expresión, enseñanza, creencia y creación.

¿Qué se augura? Si persisten las condiciones actuales, un panorama de irritaciones, enredos, desgastes, derroches y falsos denuedos. Analizar las características de los precandidatos del PRI no me interesa porque no serán sus cualidades ostensibles las que lleven a uno de ellos a la candidatura. Y luego de ver la pobrísima campaña del señor Emilio Chuayfett en el estado de México, con todo y jingle, me convenzo: todo el derroche no arma un candidato, y la lógica a que corresponde busca, como su gran modelo el Tapadismo, suprimir las posibilidades de la democracia y el gobierno racional.