Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Mujeres de ojos grandes (Cal y arena).

Este texto fue leído en el simposio “Presente y futuro de la literatura mexicana” que se llevó a cabo en la Universidad de Guadalajara del 13 al 15 de mayo de 1993.

¿Cuántos personajes de los creados por la imaginación aventurera y despiadada de Carlos Fuentes se han vuelto parte de la imaginación colectiva en nuestro país?

A veces se me aparecen en sueños sus mujeres febriles y desbordadas, me aterran como una pesadilla sus hombres inclementes, sus fantasmas.

Detesto la estampa de sus fieros revolucionarios tanto como he querido amarlos y he pasado muchas páginas enamorada de un hombre suave como el marido de Constancia, de un mago irrepetible como su amante.

De tal modo confiere personalidad a lo que inventa que no sólo los hombres y mujeres, sino el paisaje, las paredes, los patios, las recámaras, el polvo de sus historias se acomoda en nuestro ánimo y nuestra memoria como en el fondo de un acantilado. Quizá por eso tanto y tantos añoramos la transparente región de aire que nunca vimos sobre el puente de Nonoalco.

Pero no sólo el polvo y el aire de México, no sólo muchos de sus hombres y mujeres, no sólo su idioma más ruin, su palabra más suave son los inolvidables personajes de Fuentes, sino Fuentes mismo como testigo incansable, como el más ávido de los escuchas, como el más vehemente de los que narran, ha terminado por convertirse en uno de sus mejores personajes.

Esto que a veces nos resulta tan lógico en Fuentes no sucede con todos los escritores, sucede con los menos.

Casi siempre es mejor leer a un escritor que tratarlo, casi siempre es más fácil quererlo por su palabra escrita que por su voz, casi siempre admiramos de lejos a quienes nos cuesta lidiar de cerca.

¿Qué cualidades y desvaríos, qué pasiones y olvidos convierten al escritor Fuentes en el personaje Fuentes?

No puede saberse, cada quien recibe sus propias claves, cada quien descifra o disfruta el enigma con lo que va encontrando.

Hace unos meses conversábamos mientras llegaban todos los integrantes de una expedición a los principales rumbos de rumba que sacuden al Distrito Federal. Fuentes bebía un martini en el que temblaba una aceituna.

Es una costumbre mediterránea hablar de comida mientras se come, quizá por lo mismo hablábamos del tiempo mientras lo sentíamos correr como siempre que algo se espera. Entonces Fuentes dejó caer una clave de las muchas que me han hecho pensarlo como uno de sus más enigmáticos personajes. Detuvo el gesto de avidez con que acostumbra mirar el mundo y dijo como si hablara consigo mismo:

-Yo lo que temo del tiempo es que no me alcance para escribir todo lo que me falta.

-¿Pero cuánto te falta? -le pregunté más asustada que compadecida.

-Muchísimo -contestó haciendo bailar la aceituna de su martini, siguiéndola con los ojos para moverse aunque fuera con ella.

-¿Todavía no te basta con lo que has hecho?- le pregunté pensando en las más de diez mil cuartillas que su dedo torcido ha puesto por el mundo para contarlo de una manera ferviente, audaz, inagotable.

Fuentes tiene torcido el dedo índice de la mano derecha porque algo de sí mismo se ha negado a la modernidad implacable de su viajera vida. Así que no sólo ha escrito más de diez mil cuartillas, sino que las ha escrito en una vieja máquina mecánica y con ese único dedo.

-Ya no recuerdo lo que he escrito. Sólo pienso en lo que me falta escribir -dijo.

Casi siempre los libros de Fuentes invocan su obsesión por el tiempo, pero yo sólo hasta esa tarde me di cuenta de qué manera carga este hombre con un reloj sobre los hombros.

“El talento se mide en cuartillas” decía Jules Renard para torturarse porque no era prolijo. Fuentes no puede hacerse tal crítica ni de chiste, sin embargo está seguro de que le falta escribir mucho. No sólo no se le han acabado los temas, como les ha sucedido a otros escritores de su generación desde hace unos veinte años, sino que guarda muchos apretando su apresurado corazón.

Apenas tiene sesenta años, se ve como de cuarenta y ocho y es dueño de un cuerpo tan incansable como el de un adolescente pirata.

Así las cosas escribirá unos treinta años más. Lo que asegura por lo menos otras diez mil cuartillas.

¿Cuál de sus personajes ha sido capaz de una fortaleza comparable? No Artemio Cruz, y eso que fue de piedra, no Aura, que en su afán por asir el tiempo es capaz de matar lo que más ama. Ni siquiera Ixca Cienfuegos que era eterno.

Fuentes ha querido agrupar todo lo que ha escrito hasta la fecha bajo el título “La edad del tiempo”, pero ni todos sus personajes juntos serían capaces de decir, como lo dice Fuentes, que todavía les falta mucho por hacer.

Esta que les he contado es una de las claves de mi personaje Carlos Fuentes. Tengo algunas más.

Se, por ejemplo, que obligado a elegir uno solo de sus sentidos para andar por la vida, elegiría el del tacto. Sé que se le encienden los ojos al hablar de política como no he visto que se le enciendan al más febril de los políticos. Sé que tiembla al recordar el futuro. Sé cómo goza el cine, sé que jamás he visto a nadie saber más que él cuando se trata de esa trivia. Sé que aborrece los menús repetidos y que aprendió la diplomacia necesaria para no mostrarlo. Sé que repite con precisión y delicia sus mejores conversaciones con Fernando Benítez. Se que añora las calles que caminaba cuando salía de San Ildefonso a recorrer librerías con su maestro Manuel Pedroso. Sé que busca el mar y que anda junto a él cuando necesita agrupar un desorden que atormenta su cabeza.

Detrás de todo esto hay claves para un personaje insólito en la vida real y en la que puede imaginar la literatura.

Sin embargo hay una actitud en Fuentes que no necesita descifrarse y que ha sido el otro motivo esencial por el cual lo respeto y admiro: su generosidad con los otros escritores. 

Nunca lo he oído criticando a un escritor, jamás ve menos importantes los trabajos de otros, lee con pasión, con fidelidad y hasta con paciencia todo lo que se escribe en México, para no hablar de la obsesión con que está al día en la literatura de cuanto lugar puede.

Sabe en qué termina el último libro de su mejor amigo y sabe qué dice el más joven poeta que publica a su alrededor. Lee todos los días todos los periódicos. Y si puede, busca a quienes no conoce, y se hace cómplice de los dolores de cabeza y el trabajo cotidiano de sus colegas.

Hay que contar quienes quieren a un hombre para saber qué tanto es capaz él de querer a otros. Fuentes es un hombre muy querido por que según dicen unos “trabaja de seductor” y según puede verse es un seductor confiable. Por eso estamos hoy aquí.

Nos hemos reunido para hablar de literatura, de lo nuestro, porque Fuentes no quiso aceptar el homenaje que la Universidad de Guadalajara le ofrecía nada más para él. Porque pudiéndose erigir en un ídolo solitario prefiere asociarse a nuestras dudas, a nuestras certidumbres, a nuestros deseos.

Y elige esto no sólo por sencillez, sino por inteligencia. No sólo por prudente sino porque se niega a que el tiempo lo devore y se lo lleve a otra parte.

Los personajes son seres reales o imaginarios que se graban en la esperanza y fecundan los recuerdos de otros.

Para conseguir esto han sabido estar cerca, como están cerca de nosotros los hombres y mujeres que duermen o reviven en los libros.

Yo creo que Carlos Fuentes es el más bravío de sus personajes, creo que su pasión por las palabras es la más intensa de todas las pasiones que ha sabido contarnos, creo que ha recorrido con celo y avidez cada círculo de su tiempo, creo que ha logrado quedarse como un lujo en el ímpetu y la memoria de otros.

El ha querido llamar “La edad del tiempo” al largo regalo en el que trabajó durante todos estos años. Pero Fuentes es un hombre que no puede separar su trabajo literario de su intensa aventura personal. Por eso aún es joven su destino, aún lo reta y lo turba el porvenir, aún tiene diez mil cuartillas más con las que lastimar su dedo y enfebrecer nuestro tiempo.