Juan Molinar Horcasitas. Politólogo, autor de El tiempo de la legitimidad. Este texto fue escrito para presentar el número 3 de la revista semestral Eslabones (Sociedad Nacional de Estudios Regionales), enero-junio-1992. 132 pp. 

El número tres de la revista Eslabones es un minucioso y bien documentado recuento de las siete elecciones de gobernador que se desarrollaron en México durante 1991. Estos siete procesos políticos locales fueron muy diferentes entre sí, y yo he decidido clasificarlos, para falicitar su exposición, en tres tipos: elecciones en las que no pasa nada, elecciones en las que casi no pasa nada y elecciones en las que pasa de todo.

ELECCIONES DONDE NO PASA NADA

Arquetípicas de las elecciones donde no pasa nada son las de Campeche. Bastaría decir que ahí, a pesar de que el PRI ganó la elección con 82% de la votación, y a pesar de que hubo muy pocas protestas postelectorales, José Alberto Abud puede decir, con razón, que “no es aventurado afirmar que la sucesión gubernamental del 18 de agosto del 1991 despertó la inquietud e interés de los campechanos como no se veía desde los últimos 25 años”. Si éstas fueron las elecciones más interesantes de los últimos cinco lustros, imagine el lector cómo habrán sido las más aburridas.

¿Qué le permite entonces a José Alberto Abud, autor del artículo, afirmar con autoridad que estas elecciones sí atrajeron la atención y el interés de los campechanos? De la lectura del artículo extraemos y concluimos que el motivo de atracción fue la selección de candidatos a gobernador, tanto del PRI como de la oposición. Lo interesante de la candidatura priísta fue que, según el autor, el priísta ungido por el dedazo del centro era sin duda el menos distinguido y más escasamente apoyado de todos los precandidatos. Lo interesante de la candidatura opositora fue que recayó en una líder priísta con vasta experiencia (líder magisterial, exdiputada, exsenadora) y, sobre todo, discípula del gran cacique campechano, el hombre de Champotón, Carlos Sansores Pérez. Valgan los argumentos, pero el hecho palmario, a juzgar por los resultados electorales, es que ni la impopularidad del candidato priísta ni la experiencia de la candidata opositora sirvieron para verdaderamente despertar a los campechanos de su tradicional marasmo electoral.

Pero si nadie se sorprende porque en las elecciones campechanas no pasó nada, muchos nos sorprendimos porque en las neoleonesas pasó muy poco, o de hecho, “no pasara nada”. Visto en retrospectiva, hay algo en ese proceso electoral de 1991 que “no checa” ni con la costumbre electoral mexicana, ni con los usos y costumbres regiomontanos en particular: las elecciones de Nuevo León, siendo relativamente competidas, fueron de las menos conflictivas que se recuerden en muchos años. Este es un fenómeno extraño, pero ocurrió ante nuestros ojos: los partidos contendientes realizaron procesos de selección de candidatos a la vista de todo el mundo (incluso el PRI realizó una elección primaria con varios candidatos), la participación electoral de la ciudadanía fue relativamente alta, los candidatos perdedores aceptaron los resultados electorales oficiales sin demasiadas objeciones. Estos resultados incluso fueron convalidados, así fuera a regañadientes, por”los más exigentes observadores foráneos”. Nada de esto tiene mucho parecido, como señala Rafael Loyola, el autor de este memorioso y bien documentado artículo sobre Nuevo León, con los aguerridos procesos electorales que en el pasado reciente protagonizaron Conchello y Martínez Domínguez, o Canales Clariond y Treviño. No, esta vez el clásico regiomontano transcurrió sin grandes conflictos. De hecho, si los candidatos se llamaran Lasse, Niskassen o Littunen, juraría que el artículo describe las elecciones finlandesas. Pero como los perdedores se llaman Sada y De la Garza sabemos que se trata de Nuevo León.

El que no haya pasado nada en estas elecciones no les resta interés. Por el contrario, la conjunción de todas las características ya mencionadas las hace especialmente intrigantes, y aun inquietantes, sobre todo para quienes simpatizan con la oposición o para quienes entendemos que la democratización de México ha de pasar por una mayor fraccionalización del poder político. Desde el punto de vista de su relativa limpieza, o cuando menos de la dificultad de probar su turbiedad, los comicios de Nuevo León parecían moverse, aunque sea lentamente, en dirección de los sueños democráticos. En cambio, desde el punto de vista de los resultados, se movieron claramente en dirección de los sueños del régimen: una victoria clara, contundente, e indiscutible del PRI. ¿No habrá sido esta elección tan sólo un espejismo? Ahí queda el artículo de Loyola para discutirlo.

ELECCIONES DONDE CASI NO PASA NADA

Una anécdota que Marta García Ugarte reporta en su artículo sobre Querétaro pinta de un plumazo la tradicional solidez priísta de ese estado. Al parecer, en 1991 los candidatos para puestos federales, en especial Fernando Ortiz Arana, hoy diputado federal, y los candidatos a cargos estatales, en especial Enrique Burgos García, hoy gobernador, no coordinaron muy estrechamente sus campañas, que transcurrieron cada una por su lado. Una de las diferencias entre ellas fue que algunos candidatos gastaban más que otros. Nos relata la autora que “como el tamaño de los carteles de Fernando Ortiz Arana, colocados en la ciudad capital, eran más grandes que los del candidato a gobernador, las personas comunes y corrientes en sus diálogos privados demandaban una acción directa: `que el senador Burgos (como entonces le decían al candidato del PRI) mande a quitar esos carteles, porque le quitan autoridad’. Al parecer el licenciado Burgos no tomó medidas, pero sí lo hicieron algunos militantes sumados a los equipos de trabajo de los distintos candidatos. Las quejas en las oficinas del partido porque los carteles más grandes `desaparecían’ fueron usuales al finalizar los días de campaña”. Hasta aquí la cita. Hasta allá el respeto queretano a las jerarquías.

Sin embargo, decir que en la elección queretana de 1991 no pasó nada nuevo sería una exageración, a pesar de que el PRI ganó la elección con 76% de los votos válidos contra sólo 19% del PAN, su más peligroso rival. Sería una exageración porque ese margen, con toda su amplitud, resultó más cerrado que el de seis años antes, cuando los números fueron 85% y 12%, respectivamente. Además, en 1991 la oposición lanzó candidatos diferentes a los del PRI, es decir, al menos existió en 7 de 18 municipios, cuando la norma tradicional era cero de 18. También es de anotarse el hecho de que la selección de candidatos priístas se realizara exitosamente mediante las célebres y hoy extintas “consultas directas a la base”. Y, para rematar, el PAN ganó en San Juan del Río, el segundo ayuntamiento en importancia en el estado. Este triunfo fue en particular notorio porque no ocurrió por nocaut, como en el pasado tenían que ser las escasas victorias opositoras, sino por “decisión dividida”, como se estila cada vez más hoy en día. Es decir, en la “primera caída” (la jornada electoral) los resultados oficiales preliminares daban la victoria al PRI por 22,103 votos contra 18,829, pero en la “segunda caída”, la calificación del proceso, fue anulada la votación de 20 casillas rurales, con lo cual se decretó el triunfo del PAN, que se respetó en la “tercera caída”, la intervención sancionadora o revertidora “del centro”.

Por último, como bien señala Marta Eugenia García, autora del artículo, la continuidad de la hegemonía priísta en el estado es un tema en sí mismo o, en sus palabras, “la sucesión gubernamental (queretana) de 1991 resulta de particular importancia precisamente porque se efectuó sin indicio de tender a la alternancia del poder”.

Los comicios de Colima son otro caso de elecciones donde casi no pasa nada. De hecho, el candidato del Partido Revolucionario Institucional ganó la gubernatura sin demasiados problemas: obtuvo 70% de la votación oficial contra 12% del PAN y 9% del PRD. Además, la abstención no fue nada para escribir a casa (el acostumbrado 50%) y las protestas opositoras, de escasa intensidad y duración, apenas si atrajeron la atención de algún observador. De hecho, puedo decir que en Colima no pasó casi nada porque el proceso preelectoral sí ofreció algo que recordar.

Como dice Pablo Serrano, el autor de ese artículo, en el proceso de selección del candidato a gobernador se enfrentaron en una elección primaria un tejón colimota, Carlos de la Madrid Virgen, contra Socorro Díaz Palacios, una “mapuche” del centro (mapuche: colimeñismo por chilanga; chilanga: provincianismo por odiada defeña). Para sorpresa de muchos de los priístas colimenses, acostumbrados a que el centro les releve de la molestia de elegir su candidato, esta vez, mediante otra notoria elección primaria, el candidato local le ganó a la enviada del centro. Se dirá que este rasgo de novedad no es mucho, pero hay que aceptar que tampoco es nada, aunque al final, como nos dice el propio autor, “los colimenses parecen conformes con el nuevo orden, nada se mueve y Colima vivirá los próximos años como el `paraíso político’ que siempre ha sido”.

ELECCIONES DONDE PASA DE TODO

El caso sonorense, bien documentado por Víctor Reynoso, muestra algunas caras contrastantes de la vida electoral de México. El humor político, por ejemplo, que funciona como descarga de la tensión electoral y la frustración que produce el fraude electoral. Reynoso nos describe las llamadas Operación ojitos, convocada por el PAN, y su contraparte, la Operación ojitos… morados. La operación ojitos consistía en que los panistas y sus simpatizantes salieran a las calles armados de cámaras fotográficas y de video para registrar todos los actos ilícitos que observaran. La operación ojitos morados consistía en quitarles sus cámaras a los panistas y colorearles sus ojitos de morado. Esta operación fue convocada mediante volantes firmados por el PPM, una organización política local que se autodenominó “Partido Por el Medio”.

La elección sonorense también tuvo muestras de humor involuntario por parte del equipo de campaña del candidato priísta, Manlio Fabio Beltrones. El mejor ejemplo fue la difusión de un fax apócrifo en el cual el líder nacional del PAN, Luis H. Alvarez, supuestamente llamaba a rendir cuentas al candidato panista, Ramón Corral, por su fracaso electoral. El mayor problema con el fax no es que fuera apócrifo, sino que era demasiado obvio: las hojas que se filtraron a la prensa llevaban impreso el número telefónico de la oficina de Beltrones en el Distrito Federal.

No fueron humoradas, en cambio, los acontecimientos que se suscitaron después de la elección. La victoria del PRI fue contundente, pero no indiscutible. De hecho, los panistas de San Luis Río Colorado, Guaymas y Puerto Peñasco la discutieron acaloradamente. Intensas protestas, que en Puerto Peñasco acabaron en un violento motín, condujeron a soluciones negociadas: en Guaymas se estableció un Consejo Municipal bajo la dirección panista, y en San Luis y Puerto Peñasco se formaron consejos sin intervención de los priístas impugnados.

Cabría anotar que el gobierno de Sonora no siempre participa del humor político local, como lo ha aprendido el candidato a presidente municipal de Guaymas, José Ramón Uribe Maytorena, que meses después de la elección fue encarcelado en medio de un proceso judicial en su contra por peculado, despojo, amenazas y agresiones.

Pero los casos “estelares” de este interesante número de Eslabones son, sin duda, los de Guanajuato y San Luis Potosí, pues en ambas entidades ocurrieron fenómenos políticos novedosos y trascendentes. De hecho, el número está dedicado a la memoria del recientemente fallecido Salvador Nava, líder político potosino de gran valía. Todas las ilustraciones y viñetas del texto recrean diversos aspectos del movimiento navista en todas sus épocas.

La estelaridad de los casos guanajuatense y potosino es inevitable: en esos estados se conjuntaron candidaturas significativas, organizaciones opositoras notables, una concentrada atención de medios de comunicación nacionales y extranjeros, una amplia movilización electoral y, sobre todo, desenlaces plenos de sorpresa y dramatismo.

Carlos Martínez Assad, animador principal de la revista Eslabones, entrega una artículo sobre Guanajuato que invita a la reflexión, y no sólo al optimismo. Martínez Assad nos dice que los episodios de Guanajuato y San Luis Potosí quizá “signifiquen la construcción de un nuevo orden que, por una parte reconstruye las relaciones entre las entidades federativas y el Estado y, por la otra, replantea el vínculo entre lo social y lo político”. En síntesis, Martínez Assad nos avisa que “un nuevo pacto federal está en ciernes”. Pero esta novedad no debe ser motivo de contento. Al menos no si el recuento del proceso electoral que el autor realiza es certero, y creo que al menos en buena medida lo es, ya que la historia que se nos presenta es una interminable tragicomedia de equivocaciones, en donde sólo los atropellos a la justicia y al derecho son mayores que las pifias. Y mucho menos aun debe alegrarnos este nuevo pacto federal si resulta cierta la ominosa advertencia de Jorge Castañeda con la que Martínez Assad cierra su artículo: “pequeño destino para México que del laboratorio político guanajuatense resulte la fórmula que pueda aplicarse al conjunto de la nación en su tránsito a la democracia”.

Alberto Aziz, por último, nos presenta un recuento de las elecciones potosinas de 1991 en el que combina el gusto por el detalle en la medición con una orientación más propensa al análisis cualitativo. Es quizás en este último terreno donde mejor se despliega su análisis, pues aquí combina la agudeza con la experiencia en la observación y estudio de procesos electorales. Esta es una característica general de los artículos incluidos en este número, que salvo algunas excepciones, como la de García Ugarte y Reynoso, son demasiado parcos en el uso de estadísticas electorales.

Aziz nos ofrece al mismo tiempo no sólo un recuento de lo que ocurrió en San Luis Potosí, sino una certera explicación de sus causas y, más aún, una interpretación de sus vínculos nacionales.

Así, el lector no familiarizado con la política local potosina puede comprender los orígenes de las luchas políticas del estado cuando Aziz nos recuerda que el navismo viene de lejos: después de todo, “el referente (político…) de San Luis (es…) un movimiento cívico que se enfrentó al poder caciquil del santismo hace 30 años y al corporativismo, también caciquil, del exlíder `vitalicio’ del magisterio a principios de los años ochenta”. El origen del navismo en los cincuentas, su vuelta en los ochentas y su revuelta en 1991 tienen una misma causa, la que Enrique Márquez, citado por Aziz, sintetiza: “el centro no ha sabido cómo sustituir en San Luis Potosí el cacicazgo por otra forma política”.

Por último, una versión de conjunto de este Eslabón, aunque semejante tarea no sea sencilla. La mera lectura del índice de la revista hace pensar en un surtido de dulce, de chile y de manteca. Nuevo León y Campeche; San Luis o Guanajuato junto a Colima; Sonora y Querétaro. Elecciones donde no pasa nada, junto a elecciones donde pasa de todo. En apariencia, los autores reunidos en este número nos ofrecen múltiples respuestas: caciquismo, corporativismo, centralismo, presidencialismo, imposición, autoritarismo. Sin embargo, mientras escribía esta nota de presentación, aunque mejor debería decir, esta enfática carta de recomendación, noté que un solo hilo conducía la trama. ¿Qué es lo que da unidad a todos estos procesos electorales dispersos, en donde o pasa de todo o, por el contrario, no pasa nada? Parecería que la conclusión es que a cada caso le aqueja su propio mal. Pero no es así. Todos estos males políticos que quejan a nuestra República son, finalmente, epifenómenos de una sola realidad. Ninguno de ellos es otra cosa que una de las múltiples encarnaciones de una sola causa. Detrás de cada cacique tradicional se mueve una moderna institución que vincula entre sí a todos nuestros caciques contemporáneos. Detrás de nuestras formas más perversas de corporativismo vigila un organismo que le impone sus formas excluyentes y coercitivas. En el centro del centralismo reside un arreglo político que oprime con celo todas las tendencias autonómicas del país. Pero, sobre todo, el presidencialismo, origen aparente de todo bien y todo mal, de toda imposición y de cada solución, no podría ser lo que es si detrás de él no anduviera el verdadero actor de estas historias. Y ¿quién más podría ser? Es el PRI, es el PRI.