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A fines de agosto pasado publiqué un fragmento de Confesiones, que Víctor Serge escribió en 1938 cuando, en el delirio de esos años que él mismo llamó «medianoche en el siglo», viejos revolucionarios rusos confesaban en los procesos de Moscú inverosímiles y alucinantes rosarios de crímenes. Me llamó entonces la atención cuántos se sintieron tocados por estas palabras de otro tiempo:

Si alzamos a los pueblos e hicimos temblar los continentes, fusilamos a los poderosos, destruimos los viejos ejércitos, las viejas ciudades, las viejas ideas comenzamos a hacer todo de nuevo con estas sucias y viejas piedras, estas manos cansadas y las magras almas que nos dejaron, no era para regatear contigo ahora, triste revolución, madre nuestra, nuestra niña, nuestra carne, nuestra decapitada aurora, nuestra noche con estrellas oblicuas, con su inexplicable Vía Láctea destrozada.

Para estos amigos míos, pensé, apenas ahora ha llegado la revelación de la ruina definitiva de la revolución de Octubre, cuando la Unión Soviética ha estallado desde adentro y desde abajo en un proceso que, guste o no, sólo es posible calificar como una revolución.

Sin embargo, Serge escribió esa poesía en 1938, buscando dar razón de las increíbles confesiones de los viejos héroes y diciendo a todos que la revolución rusa agonizaba en los procesos de Moscú y en los crímenes del stalinismo en España. En esos años fueron exterminados físicamente quienes la hicieron y la dirigieron, hasta tal punto que hoy la memoria de los artistas soviéticos registra a 1937 como el más negro año del ciclo abierto en 1917, el año de las rejas, las alambradas y las cruces.

Ningún socialista entenderá el derrumbe soviético de nuestros días y su paradójico contenido liberador, si no alcanza antes la conclusión de que la revolución de Octubre ya había sido asesinada en los años treinta junto con la inmensa mayoría de sus dirigentes. Lo que ahora se ha derrumbado es otra cosa. Es el régimen político privilegiado y opresor alzado por los sepultureros de aquella revolución, los embalsamadores del cadáver de Lenin, los que en Yalta se repartieron con Estados Unidos y Gran Bretaña el dominio del mundo y la subordinación de las naciones y los que desde entonces siguieron exclusivamente una política de gran potencia.

Esa gran potencia terminó. Desde una perspectiva socialista, no veo por qué haya que lamentarse cuando una potencia nacional opresora de otros pueblos se desploma desde adentro. No significa esto prejuzgar sobre el carácter y las intenciones del régimen sucesivo, sino simplemente constatar la inviabilidad y la caducidad del precedente.

Las notas siguientes, presentadas en noviembre de 1990 en un coloquio internacional organizado por la Universidad Autónoma Metropolitana, El socialismo en el umbral del siglo XXI, apuntan una reflexión sobre los orígenes y los antecedentes del actual desastre de la Unión Soviética y de sus enterradores (bueno es recordar que el demagogo ruso Boris Yeltsin tiene más de 60 años y se educó desde joven en las filas y las doctrinas del PCUS y en las funciones del gobierno soviético), así como sobre el destino del socialismo, ideal humano anterior y posterior al ciclo del comunismo soviético.

México, D.F., octubre de 1991.

1. La revolución rusa de 1917 fue una inmensa explosión liberadora: acabó con un imperio, barrió a terratenientes y capitalistas, destruyó y construyó ejércitos, desencadenó las fuerzas creadoras de los trabajadores y los oprimidos, inventó nuevas formas de gobierno democrático, alimentó las esperanzas y las luchas de los de abajo en todo el mundo, proclamó como sus ideales la igualdad, la justicia y la libertad y convocó, no sólo en sus palabras sino ante todo en los grandes hechos históricos, a construir un mundo sin explotados, sin oprimidos y sin humillados.

El régimen político posterior a la revolución termina en una gran retirada de la dirección soviética, que está llevando hoy hacia el capitalismo a lo que de esa revolución quedaba en su país. Ese régimen no fue denotado en una guerra. Lo derrotó el mercado, la circulación universal de las mercancías (incluida la fuerza de trabajo) y de los capitales en el mercado mundial.

El régimen surgido de la revolución de Octubre -cuyos avatares no toca aquí analizar- se mostró incapaz de vencer al capitalismo en el único y último terreno en que se decide al fin de cuentas la confrontación entre dos modos de producción: la productividad del trabajo, medida en el mercado internacional.

2. Esta derrota, resistida y postergada durante décadas por combates defensivos de heroísmo inaudito por parte de los marxistas, los socialistas y el pueblo soviéticos y por la solidaridad de los trabajadores del mundo, mirada hacia atrás deja una estela de desastres para lo que es la idea original de socialismo: justicia y libertad.

Desde al menos la mitad de los años veinte y aun antes, el régimen soviético fue acumulando una historia de represión a los trabajadores de la ciudad y del campo; opresión, represión y deportaciones masivas de las nacionalidades en la Unión Soviética, «cárcel de pueblos» como lo fue el Imperio de los Zares; represión a las ideas, procesos falsificados y exterminio de opositores en la Unión Soviética y fuera de ella; creación de un universo de campos y lugares de deportación, concentración y trabajo forzado; represión, invasión y opresión de naciones y movimientos de liberación nacional: países bálticos (1939); Alemania (1953); Hungría (1956); Polonia (1956); Checoslovaquia (1968); Afganistán (1979). Esto, sin contar los movimientos revolucionarios intervenidos, negociados o estrangulados, los más notorios de ellos España (1936-1939) y Grecia (1944-1947). Innecesario es recapitular aquí la estela paralela de desastres que en esas mismas décadas dejó el capitalismo sobre la superficie entera de la tierra.

Desde los años veinte en adelante, ese régimen se ensañó, en nombre del comunismo, ante todo con los marxistas y los socialistas rusos de todas las tendencias: socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas, comunistas y bolcheviques, encarcelándolos, deportándolos, fusilándolos, silenciándolos y calumniándolos. Esta represión asesina se extendió en los años treinta y cuarenta a todo el mundo, como sucedió incluso en México y en Estados Unidos.

Esa política expresaba los intereses y las visiones de una nueva clase o estrato dominante en la Unión Soviética la burocracia estatal. Esta capa social ha hecho sus pruebas históricas y ha fracasado en todos los terrenos, dejando por doquier una huella de incapacidad, crímenes y desastres. Ahora, tal como fue previsto por los marxistas desde los años veinte, una parte sustancial de ella se apresta a volverse capitalista y a transformar sus privilegios en propiedades. Se cierra así el ciclo de la burocracia estranguladora de la revolución de Octubre.

3. La existencia de la Unión Soviética y su confrontación con Estados Unidos y las demás potencias imperialistas protegió, después de la segunda guerra mundial, a una serie de revoluciones nacionales en Africa, Asia y América Latina. Pero, al mismo tiempo, impuso a esas revoluciones pesadas condiciones de subordinación a los modelos burocráticos y los intereses nacionales de la Unión Soviética.

Los marxistas, hoy más que nunca, están obligados a discernir entre lo que es solidaridad internacional y lo que es interés nacional del Estado soviético en sus enfrentamientos con otras potencias. Un análisis marxista desprovisto de visiones estatistas e ideológicas mostrará en todos los casos el predominio absoluto en la política soviética de su propio interés nacional-estatal. Los archivos, en su momento, lo confirmarán sin el menor lugar a dudas.

Esas revoluciones hicieron bien en utilizar la contradicción entre la clase gobernante soviética y el capitalismo internacional, entre la Unión Soviética y Estados Unidos (así como, por ejemplo, la rebelión irlandesa de la Pascua de 1916 aprovechó la guerra entre sus colonizadores británicos y Alemania). Los marxistas, por el contrario, harían mal en idealizar aquella contradicción y confundir políticas dictadas y limitadas por el interés nacional-estatal con políticas socialistas y revolucionarias. Harían mal también en olvidar, en nombre de una visión estatista de la lucha de clases y la revolución, que la mayor revolución de este siglo, la revolución rusa de 1917, pudo vencer sin otro apoyo que sus propias fuerzas y la solidaridad de los trabajadores de Europa y del mundo; y que la revolución china triunfó en 1949 contra la opinión y las advertencias de los soviéticos.

4. El régimen burocrático sólo pudo imponerse venciendo la resistencia de los marxistas soviéticos de todas las tendencias. No los pudo silenciar, tuvo que exterminarlos y cubrirlos de lodo. Todavía no se ha terminado de conocer esta resistencia heroica. El Estado totalitario soviético tuvo que falsificar la historia paso a paso. Como todo régimen de ese tipo, es particularmente vulnerable a las ideas, sobre todo porque se cubre con ideas a las cuales niega y suprime en la práctica.

Los socialistas y marxistas están obligados a ir a fondo en la historia, el análisis y la comprensión de esta lucha a muerte contra las ideas. No se trata de deformaciones o desviaciones de un ideal original. Son rasgos consustanciales del Estado burocrático alzado sobre la derrota de los bolcheviques, los marxistas, los socialistas y el pueblo soviético a partir de los años veinte. La teoría de las supuestas «deformaciones» sólo sirve para cubrir la realidad, la novedad y la esencia antisocialista -es decir, enemiga de la justicia, la libertad y la igualdad- del régimen burocrático y para ahorrar a quienes creyeron en él y lo apoyaron la necesidad de una revisión a fondo y sin concesiones del pasado.

El socialismo no fue derrotado ahora en la Unión Soviética. Fue derrotado en terrible lucha entre los años veinte y los años treinta por la burocracia estatal conservadora que alzó un Estado represivo y subordinó a él a los comunistas de todo el mundo. Lo que ahora fue derrotado por el capitalismo no es el socialismo, sino el régimen económico retardatario de esa burocracia estatal. Lo que está siendo cuestionado y desintegrado por sus propios pueblos es su régimen político.

La tragedia es que ese régimen adoptó el nombre del socialismo, pero nunca sus valores y sus ideales, y ahora se repliega y se desintegra en la confusión. Mientras los marxistas y los socialistas no aclaren esa confusión, en primer lugar en sus propias cabezas, ideas y concepciones, sobre el presente y el pasado de la Unión Soviética y en consecuencia sobre los suyos propios, se les seguirá escapando el sentido profundo de los actuales acontecimientos y continuarán desgastándose en explicaciones narrativas y coyunturales que en corto tiempo es preciso sustituir por otras nuevas.

5. La polémica teórica soviética a partir de los años veinte versó sobre todos los puntos de la construcción del socialismo y sobre la idea misma de socialismo. Es imposible hacer un trabajo marxista serio sin recuperarla.

Fueron significativas en América Latina las modas teóricas (por ejemplo, Gramsci o Althusser), particularmente en el seno del marxismo académico, que ahorraron a muchos hacer un ajuste de cuentas teórico con el comunismo soviético y el stalinismo, mientras los grandes debates de los marxistas soviéticos han merecido atención apenas episódica o han sido tratados como hechos históricos antes que como hechos teóricos. La peor superficialidad en estos casos es la que consiste en afirmar, sin otra prueba que la propia ignorancia de los escritos de Marx, de Luxemburgo o de Trotsky, que el stalinismo está ya contenido en el marxismo o que stalinismo y trotskismo son «hermanos enemigos». No conozco ningún caso en que, si se excluye la mala fe, no sea una sustancial ignorancia la base de esas afirmaciones tranquilizadoras. Pero en la actividad intelectual, científica o académica, dictaminar sobre lo que se ignora es una actitud carente de toda ética.

En la raíz de aquellos debates soviéticos está la concepción misma de la historia, del trabajo humano y del socialismo. Se me permitirán algunas citas, reproducidas aquí no como argumento de autoridad sino simplemente como ilustración y recordatorio de los temas, la profundidad y h actualidad de los argumentos que se cruzaban en aquellas discusiones:

Reducida a su base primordial, la historia no es más que la persecución de la economía de trabajo. El socialismo no podría justificarse por la simple supresión de la explotación: es necesario que asegure a la sociedad mayor economía de tiempo que el capitalismo. Si esta condición no se cumpliera, la abolición de la explotación no sería más que un episodio sin porvenir, escribía León Trotsky en 1936 en La revolución traicionada, libro que es en cierto modo una síntesis de esos debates ahogados en sangre en ese mismo año 1936 con el inicio de los grandes procesos de Moscú, a los cuales siguieron por largo tiempo el silencio, la noche y la niebla.

Esta economía de tiempo, esta productividad del trabajo, sólo puede medirse a escala mundial. En marzo de 1930, en el prólogo a la edición en Estados Unidos de La revolución permanente, León Trotsky escribía:

El marxismo considera a la economía mundial no como la suma de partes nacionales, sino como una realidad poderosa, independiente, creada por la división internacional del trabajo y el mercado mundial y que, en la época presente, predomina sobre los mercados nacionales. Las fuerzas productivas de la sociedad capitalista han sobrepasado desde hace mucho las fronteras nacionales. La guerra imperialista fue una expresión de este hecho. Desde el punto de vista de la producción y de la técnica, la sociedad socialista debe representar una etapa más elevada en comparación con el capitalismo. Tratar de construir una sociedad socialista nacionalmente aislada significa, pese a todos los éxitos pasajeros, arrojar hacia atrás las fuerzas productivas, incluso en relación con el capitalismo. Intentar alcanzar, independientemente de las condiciones geográficas, culturales e históricas del desarrollo del país, que constituye una parte del mundo entero, una proporcionalidad acabada de todas las ramas de la economía en el marco de las fronteras nacionales, significa perseguir una utopía reaccionaria.

6. Ya desde aquellos años, las polémicas de los opositores soviéticos exigían la utilización plena del mercado y de la democracia como correctivos y bancos de prueba de la planificación económica. Escribía Trotsky en octubre de 1932, en La economía soviética en peligro:

Los innumerables participantes de la economía estatizada, particulares, colectivos e individuales, manifiestan sus exigencias y las relaciones entre sus fuerzas no sólo por la exposición estadística de las comisiones de planificación, sino también por la influencia inevitable de la oferta y la demanda. El plan se verificará y en gran medida se realizará por intermedio del mercado. La regularización del propio mercado debe basarse en las tendencias que en él se manifiestan.

Los organismos mencionados deben demostrar su comprensión económica mediante el cálculo comercial. El sistema de la economía de transición no se puede considerar sin el control del rublo. Esto supone por lo tanto que el rublo sea igual a su valor. Sin la firmeza de la unidad monetaria, el cálculo comercial no hará más que aumentar el caos.

(…) Sólo la coordinación de estos tres elementos: la planificación estatal, el mercado y la democracia soviética pueden asegurar una dirección justa de la economía de la época de transición.

Y en 1936, en La revolución traicionada, Trotsky agregaba:

Esta función del dinero (la acumulación), unida a la explotación, no podrá ser liquidada al comienzo de la revolución proletaria, sino que será transferida bajo un nuevo aspecto, al Estado comerciante, banquero e industrial universal. (…) El papel del dinero en la economía soviética lejos de haber terminado, debe desarrollarse a fondo. La época de transición entre el capitalismo y el socialismo, considerada en su conjunto, no exige la disminución de la circulación de mercancias sino, por el contrario, su extremo desarrollo. (…) Por primera vez en la historia todos los productos y todos los servicios pueden cambiarse unos por otros. (…) El aumento del rendimiento del trabajo y la mejoría de la calidad de producción son absolutamente imposibles sin un patrón de medida que penetre libremente en todos los poros de la economía es decir, una firme unidad monetaria.

Como estos y otros incontables ejemplos pueden mostrar, glasnost y perestroika son apenas tardías versiones burocráticas, pero no por ello menos impostergables, de lejanas demandas y propuestas de los marxistas soviéticos. Llegan tarde, sin embargo, cuando la acumulación de anteriores rezagos y desastres y la complejidad de los desafíos nacionales y mundiales las han convertido en medidas defensivas de un orden burocrático ya cercado y minado por la ofensiva multiforme y poderosa de las mercancías y de las fuerzas productivas del capitalismo mundial.

7. El presente retroceso desordenado hacia el capitalismo – pese a la resistencia de buena parte de los soviéticos- tiene su temprano e inexorable origen en la teoría y la práctica de la construcción del socialismo en un solo país. Esa teoría, formulada por primera vez por José Stalin en 1924 y convertida en base doctrinaria y lugar común en la mente de los comunistas de todos los países, sigue dominando los análisis y las visiones de muchos socialistas que critican el actual estado de cosas en la Unión Soviética y los países del Este europeo, pero ven sus orígenes en los años sesenta o setenta y no en la ruptura social y política de los años veinte. En 1930, León Trotsky escribía:

Desde el punto de vista de los principios, la separación con el marxismo de la escuela de Stalin en la cuestión de la construcción del socialismo no es menos significativa que, por ejemplo, la ruptura de la socialdemocracia alemana con el marxismo en la cuestión de la guerra y del patriotismo en el otoño de 1914, es decir exactamente diez años antes del viraje stalinista. Esta comparación no tiene un carácter accidental. El «error» de Stalin, así como el «error» de la socialdemocracia alemana, es el socialismo nacional.

La idea reaccionaria del socialismo nacional o del «socialismo en un solo país» conduce a identificar al socialismo no con una relación social y una sociedad superior en cultura, en libertad y en productividad al capitalismo como sistema mundial, sino con el Estado nacional del país que se declara socialista. El socialismo deja de ser entonces la libre actividad de los productores organizados, la autorganización de la sociedad, para convertirse en la acción del «Estado socialista».

El Estado nacional se convierte así en el sujeto y el portador del socialismo y su aparato burocrático termina contraponiéndose por un lado al capital como valor que se valoriza y por el otro al socialismo como trabajo que se autorganiza. No es sorprendente la popularidad alcanzada por esta doctrina en amplias capas de la intelectualidad que se identifican a sí mismas con el Estado, no con la autorganización independiente de los trabajadores, y cuyo pensamiento político va siempre del aparato estatal a la sociedad, nunca de la sociedad a ese aparato.

La idea de la existencia de un «campo de Estados socialistas» y su absurdo corolario, la idea de «los dos mercados mundiales», no es más que la extensión de esta concepción estatista del socialismo.

De este modo, se pierde totalmente la visión marxista de una entera época de transición global al socialismo a escala mundial, como tuvo lugar en su momento la transición entre feudalismo y capitalismo. Esa visión está presente en Marx desde La ideología alemana hasta los Grundrisse, la correspondencia con Engels o las últimas cartas a los populistas rusos.

Esa transición multiforme y compleja está conformada y jalonada por luchas, avances y retrocesos políticos, económicos, sociales y culturales dentro y fuera de las fronteras de los diversos Estados nacionales, procesos que en su conjunto van cambiando el mundo y constituyendo la transición epocal. Esa visión universal viene sustituida por la perspectiva de una serie de victorias nacionales en las cuales se «instaura el socialismo» en cada país a partir del momento de la conquista del poder político del Estado por las fuerzas que se declaran socialistas. Es decir, se retrocede de la visión del capitalismo como un sistema mundial a una visión del socialismo como una suma de sistemas socialistas nacionales, un «campo de Estados socialistas» que se enfrenta a un «campo de Estados capitalistas». Todavía hoy este pensamiento estatista sigue siendo dominante en la mayoría de las corrientes de ideas y organizaciones que se declaran socialistas. Quedan por eso desamparadas ante la desintegración desde adentro de lo que llamaban el «campo socialista».

8. Los Partidos Comunistas de todos los países se organizaron sobre esta teoría y este programa ajenos al marxismo, lo mismo que sus diversos «compañeros de ruta» políticos o intelectuales. Todos ellos han justificado, defendido y propuesto como modelo, en uno u otro momento, el socialismo estatista de la Unión Soviética. Todos han ignorado, encubierto y en muchos casos compartido los crímenes de la burocracia soviética. El daño que los Partidos Comunistas y sus satélites han causado durante décadas a la idea misma de socialismo es incalculable.

No se trata de negar el heroísmo, las luchas y la sinceridad de muchos militantes y dirigentes comunistas. Decenas y cientos de miles de ellos han dedicado sus vidas a esa lucha o han muerto combatiendo por el ideal del socialismo y contra el horror y la opresión del capitalismo. Pero también los cristianos han mostrado las mismas cualidades y esto no prueba la justeza de sus ideas y sus concepciones. Se trata de que ante la catástrofe universal del comunismo soviético no se puede cubrir el error teórico con la rectitud de las intenciones o las conductas personales.

Los Partidos Comunistas y sus teóricos y escritores han justificado la dictadura de la burocracia, han negado sus crímenes, han defendido la idea y la práctica del partido único de Estado, han silenciado hechos monstruosos como la división nacional de Alemania, el muro de Berlín y la represión contra las nacionalidades en la Unión Soviética, han minimizado y a veces hasta justificado los mayores crímenes contra la idea de socialismo cometidos por un Estado -y luego una serie de Estados- en forma sistemática y organizada, en defensa del poder, los privilegios y la política de una casta burocrática de advenedizos, opresores y explotadores.

Sobre esa base, han desarrollado una visión estatista, y en el mejor de los casos redistribucionista, de lo que sería la sociedad socialista y han contribuido a confundir las ideas de millones y millones de revolucionarios en todos los países y a alejar del socialismo, hoy, a miles de millones de seres humanos, para quienes el socialismo ha quedado identificado con el régimen dictatorial y atrasado de la burocracia estatal soviética.

Cuando la casa se derrumba sobre la propia cabeza, no se puede ir a ver cuál reparación de último momento estuvo mal hecha. Es preciso estudiar e ir a fondo. Todos los socialistas, es decir, todos cuantos compartimos la idea de un mundo posible de justicia, igualdad y libertad entre los seres humanos, estamos obligados a hacerlo. Los comunistas, que confundieron al régimen burocrático con la antesala de ese mundo, más que nadie.

Frente a la explotación, la crueldad y la inhumanidad del sistema capitalista, tal como la vivimos día con día, esa recuperación de los ideales originales del socialismo es la tarea más urgente de la última década de este siglo de las grandes revoluciones.

9. En las grandes jornadas de 1989, año mágico en el siglo, desde los días de Tienanmen hasta la caída del muro de Berlín, una casta explotadora y su régimen de opresión fueron asediados, sacudidos y en diversos lugares derrotados. Como ha sido analizado en otros lugares (ver, entre otros, mi ensayo «Tesis sobre China», Cuadernos Políticos, no. 59/60. México, agosto 1989), esto tiene que ver con otros grandes cambios mundiales a partir de la mitad de los años setenta: restructuración mundial del capitalismo, revoluciones tecnológicas, transformaciones del mundo del trabajo, retroceso de las posiciones y las conquistas de los trabajadores en los grandes países capitalistas industriales y semindustriales, debilitamiento de los Welfare States y sus «pactos sociales», crisis arrasadora en los países subordinados y menos desarrollados (el llamado «Tercer Mundo»).

Pero, hecho determinante para cualquier perspectiva futura, aquellos regímenes no pudieron ser destruidos por las armas capitalistas ni fueron derribados por una guerra universal cuyas destrucciones habrían enviado hacia un futuro lejano cualquier idea de socialismo. Se derrumbaron o fueron obligados a retroceder en el terreno económico por su ineptitud para la competencia en el mercado mundial y en el terreno político por la movilización nacional y democrática y la sublevación de sus propios pueblos. Para la gente y para los marxistas esto representa una diferencia capital: la vía del capitalismo para combatir al socialismo y destruir a los regímenes que en su nombre lo enfrentaban era la guerra, no las revoluciones democráticas, como todo el siglo lo ha probado con creces, desde las invasiones y las guerras contra la Unión Soviética en 1918-1921 y 1941-1945, hasta China, Corea, Cuba, Vietnam, Granada, Nicaragua y la «guerra estelar» de Ronald Reagan. Esa guerra global fue evitada y son los propios pueblos de Europa del Este, no la intervención militar extranjera, quienes están buscando o inventando sus caminos incluso contra la dominación extranjera, aunque ésta se dijera «socialista».

Esos pueblos se alzaron contra regímenes estatistas, autoritarios y opresores en pos de las mismas antiguas ideas: justicia y libertad. Si estas ideas se les aparecen ahora bajo la forma idealizada de la libre circulación de mercancías y del mercado como supuesto vehículo de un reparto más justo contra la arbitrariedad y el privilegio impuestos por el comando burocrático, la responsabilidad total de esta visión invertida de la realidad recae sobre esos regímenes, que simbolizaba ante esos mismos pueblos la negación de cualquier justicia y de toda libertad.

Les llevará un tiempo y dolorosas experiencias el aprendizaje de lo que es el reino del privilegio, la injusticia y la exclusión bajo el capitalismo. Pero, cualquiera sea este difícil trayecto por delante, el hecho es que era necesario derribar primero aquellos regímenes desde abajo, como ha sucedido, para que las cabezas de millones y millones de seres humanos en todos los países pudieran liberarse, en la experiencia práctica social y no en la propaganda o en los estudios críticos, de la funesta identificación entre socialismo y Estados burocráticos y autoritarios, de la larga pesadilla del «socialismo real».

Se podrá decir que habría sido mejor que esto ocurriera a través de movilizaciones antiburocráticas por el socialismo que preservaran muchas conquistas que hoy el capitalismo amenaza. Tal vez. Pero ocurrió de otro modo y es siempre mejor esta explosión democrática desde abajo que el congelamiento de toda perspectiva socialista por la presencia abrumadora de ese bloque que cerraba el camino, los regímenes del llamado «socialismo real». Uno de los mayores crímenes cometidos por las castas gobernantes en esos países es que las revoluciones democráticas y liberadoras que cubrieron el año 1989 no hayan podido contar con la visión teórica del marxismo ni con el programa del socialismo, falsificados y reducidos por esas castas a la función de ideología de su dominación y en consecuencia repudiados por sus pueblos.

Esos movimientos han abierto paso por ahora a nuevos procesos capitalistas y hasta pueden desembocar en gobiernos militares: el futuro puede reservarnos un Jaruzelski ruso. Sin embargo estos procesos restauradores, como la historia de las revoluciones (incluida la mexicana) ha podido demostrarlo muchas veces, no podrán disolver o hacer desaparecer de la conciencia colectiva, la trama de relaciones culturales y de solidaridades entretejidas en la vida social a partir de la revolución de Octubre y en las décadas posteriores. Tendrán que hacer las cuentas con ese patrimonio espiritual y social que constituye en sí mismo una fuerza material. Y esa poderosa incógnita está lejos de habar sido despejada.

No hace mucho Luciano Galicia, viejo revolucionario y organizador sindical mexicano desde los años treinta, llamó mi atención sobre un documento de la Oposición de Izquierda en el Partido Comunista soviético. Tan temprano como 1927, apenas diez años después de la revolución, ese documento que ya entonces había que repartir ilegalmente, decía:

Durante los próximos planes quinquenales quedaremos todavía lejos de los países capitalistas avanzados. ¿Qué sucederá en ese tiempo en el mundo capitalista? Si admitimos que pueda disfrutar de un nuevo periodo de prosperidad que dure algunas decenas de años, hablar de socialismo en nuestro país atrasado será una triste necedad. Tendremos que reconocer que nos engañamos al considerar a nuestra época como la de la putrefacción del capitalismo. En este caso, la República de los Soviets será la segunda experiencia de la dictadura del proletariado, más larga y más fecunda que la de la Comuna de París, pero al fin y al cabo una simple experiencia. El proletariado europeo necesita un tiempo mucho menos largo para tomar el poder que el que nosotros necesitamos para superar, desde el punto de vista técnico, a Europa y a Estados Unidos… Mientras tanto, tenemos que reducir sistemáticamente la distancia entre el rendimiento del trabajo en nuestro país y el de los otros. Mientras más progresemos, estaremos menos amenazados por la posible intervención de los precios bajos y, en consecuencia, por la intervención armada.

La historia, como siempre, resultó mucho más compleja y enredada. El proletariado europeo no tomó el poder, vino primero la intervención armada (1941) y mucho después la de los precios bajos, y otras cosas sucedieron. Pero la sorprendente claridad de aquella visión estratégica de largo plazo y de sus elementos fundamentales es indiscutible. Todavía no se puede asegurar que el peor de esos pronósticos -la revolución rusa como una segunda y gigantesca Comuna de París- haya terminado por cumplirse. Parece evidente, sin embargo, la superioridad y la objetividad de este método de análisis frente a la ceguera sin futuro de la teoría del socialismo en un solo país. Es el método que es preciso recuperar.

10. La actual ofensiva planetaria del capital no sólo aspira a destruir cuanto subsiste de la revolución de Octubre en la Unión Soviética, en China y en otras partes del mundo. Quiere borrar la idea misma de socialismo de las mentes y los sueños de los seres humanos. Por seguro que sea el fracaso de esta tentativa -el socialismo renace todos los días en la rebelión contra la explotación del capital, en las relaciones de cooperación y solidaridad de los trabajadores y en las movilizaciones democráticas de los pueblos-, es igualmente seguro que el socialismo no podrá recuperar su lugar en las esperanzas humanas ni el marxismo el suyo como teoría revolucionaria sino a través de una profunda reorganización crítica de las ideas socialistas y una recuperación y actualización de las premisas marxistas, la primera de ellas la idea de la transición como una época planetaria entera.

Nuestro siglo de revoluciones y contrarrevoluciones debe ser nuevo objeto de estudio global del marxismo. Los remiendos sucesivos del jruschovismo, el breznevismo y el gorbachovismo, recibidos apologéticamente cada vez por los seguidores de la teoría del socialismo en un solo país, deben ser sometidos a la misma crítica radical.

El socialismo no podría avanzar como fuerza política organizada sin alianzas políticas y acuerdos de los tipos más variados en las diferentes situaciones concretas, sea con determinados sectores o ideólogos de la burocracia o con otras fuerzas diversas puestas en libertad por la crisis de esos regímenes.

Pero el marxismo no es una simple idea política. Es una teoría de la sociedad capitalista, de sus formas de explotación y alienación y de sus insalvables contradicciones; de las relaciones de dominación y subordinación entre los seres humanos y de las condiciones de su abolición; y de la conformación bajo el capitalismo de una moderna clase de trabajadores asalariados (no solamente de obreros industriales) en cuyas relaciones de cooperación y solidaridad estaría el germen, presente en esta sociedad, de las posibles relaciones de una sociedad futura de productores libremente asociados, de mujeres y hombres libres e iguales.

En tanto teoría moderna de la dominación, la alienación, la explotación, la revolución y la liberación, el marxismo no hace alianzas teóricas ni combinaciones eclécticas de diversas teorías. Con esa condición, la crisis deberá ser también ocasión e inicio de una nueva acumulación en el pensamiento marxista y en el programa del socialismo.

11. El nuevo terreno de esta acumulación teórica y política es la singular combinación que vivimos entre la apertura de nuevos horizontes de expansión para el capitalismo, su previsible absorción de poblaciones enteras crecidas y educadas en relaciones ajenas al capitalismo, y al mismo tiempo los síntomas persistentes de declinación en el centro todavía más poderoso del sistema, Estados Unidos. El derrumbe de los Estados burocráticos en Europa, la expansión territorial del capitalismo y su restructuración en nuevos grandes bloques, vuelve a plantear la posibilidad de guerras intercapitalistas por un nuevo reparto del mundo. Panamá y el Golfo Pérsico podrían ser apenas vislumbres de este viraje de la historia. La barbarie capitalista está lejos de haber tocado sus límites.

Al mismo tiempo, seguimos asistiendo a una expansión sin precedentes, en profundidad y en extensión, del conocimiento, la cultura y el número de los trabajadores asalariados bajo nuevas y cambiantes formas de organización del trabajo y la producción. Se configura así una confirmación y una mutación de lo que para la teoría marxista es la contradicción social dominante del siglo: la contradicción entre el trabajo y el capital, que colora epocalmente todas las otras complejas contradicciones y relaciones entre los seres humanos y entre éstos y la naturaleza, cada una de las cuales sin embargo debe ser tratada en su propio mérito y no asimilada a ninguna otra.

Ese es también el terreno de la reorganización del moderno pensamiento marxista, imposible bajo cualquiera de las versiones del socialismo nacional.

12. Los socialistas y los marxistas hemos recorrido en este siglo un largo camino. No renegamos de nada, luchas, aciertos y errores. La idea socialista, a lo largo de nuestro siglo, cambió el mundo; permitió conquistas imborrables ya incorporadas a la vida social en todos los países; iluminó las mayores luchas y movilizaciones liberadoras de la humanidad; y dio actualidad viviente y secular, contra la humillación, la opresión y la explotación de los regímenes capitalistas y precapitalistas, a las antiguas aspiraciones humanas de justicia, libertad, igualdad, solidaridad y conocimiento.

El socialismo ha sido la guía y el motivo de los sentimientos, los sueños y las acciones más generosas en nuestra época. El siglo, que parece cerrarse con un repliegue general del socialismo, se cierra en cambio con los prolegómenos materiales de una nueva liberación de esas ideas que al socialismo dieron origen.

La crisis significa también la desvalorización de las viejas ideas, los antiguos conocimientos y la fuerza de trabajo intelectual que era su portadora, así como la apertura de una nueva acumulación. Estamos al comienzo de un nuevo ciclo de acumulación teórica, comienzo no marcado por la aparición de alguna obra fundadora sino por acontecimientos planetarios y epocales.

Pero el marxismo, como todos sabemos, no es sólo una teoría sino también una práctica. Exige por eso una ética que otras teorías y conocimientos no demandan. No ha habido nunca y no habrá reorganización del ideal socialista y de la teoría marxista sin una idea moral en sus cimientos. Nada se puede reconstruir sobre la ignorancia, el ocultamiento, la mentira y la calumnia. La crítica de las ideas es también una crítica de la práctica y ésta sólo es posible si la preside una ética de la conducta política marxista, exigencia desconocida, innecesaria o antagónica pata otras escuelas de la política. Esa es también la gran lección del desastre de las dictaduras burocráticas y de las mentiras y falsificaciones del socialismo en un solo país.

Ninguna discusión que oculte en todo o en parte el pasado, que se niegue a ver y criticar el error teórico y sus inexorables y funestas consecuencias prácticas o que intente poner los límites de los intereses particulares al instrumento universal de la crítica, tendrá el menor futuro.

El pueblo de lo que fueron los países soviéticos, en la riqueza acumulada de su experiencia y su pensamiento social e individual, guarda potencialidades todavía no reveladas para el futuro del socialismo. Sólo se nos mostrarán y nos iluminarán si no ponemos límites artificiales o arbitrarios a nuestra crítica, nuestro conocimiento y nuestro aprendizaje del pasado.

13. Como alguien que ha vivido en este siglo, «nuestra patria en el tiempo», no alcanzo a ver ahora razones valederas para la tristeza, la desolación y el desconcierto que gana a tantos socialistas. ¿Es que se han olvidado de cuánto quedó ya a nuestras espaldas?

Este fue el siglo del fascismo y el nazismo, sus campos de exterminio, sus hornos de cremación, su genocidio de los judíos; de los doce millones de muertos, según Jruschov, en las represiones stalinistas; de las guerras coloniales y la tortura metropolitana; de las hambrunas en Africa y las devastaciones de la naturaleza en el planeta; de las dos guerras mundiales y las innumerables guerras entre naciones; de las deportaciones de pueblos y el genocidio de los armenios; del racismo y el macartismo en Estados Unidos, el apartheid en Sudáfrica y el despojo de su patria a los palestinos; de la traición comunista a Barcelona en 1937 y la barbarie franquista; de China invadida por Japón y de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki; de Camboya arrasada por los bombardeos de Estados Unidos y después por los comunistas de Pol Pot; de Vietnam martirizado por franceses y estadunidenses y de la guerra entre China y Vietnam; de las guerras religiosas en la India y el Shah y el Ayatollah en Irán; de las atrocidades de los militares argentinos contra su propio pueblo y de la crueldad de Thatcher asesinando presos irlandeses; de la entrada de los tanques soviéticos en Budapest y en Praga y de la masacre de comunistas en Indonesia; de la interminable tiranía en Guatemala y la larga guerra sucia de los militares contra la democracia y el pueblo de El Salvador.

Como el ángel de la historia de Walter Benjamin, esta pirámide de ruinas podemos contemplar si miramos hacia atrás en nuestro tiempo. Pero por cada una de esas ruinas, se alzan en este siglo aéreas arquitecturas de devoción, heroísmo y solidaridad levantadas por los seres humanos en su infatigable resistencia, en la interminable persecución de su propia libertad. Desde la revolución mexicana de 1910 hasta la vietnamita de 1975, la nicaragüense de 1979 y las europeas de 1989, este es también el siglo de las revoluciones. Sólo una gran hipocresía o una gran ignorancia puede separar la maduración del reclamo democrático en este fin de siglo de la obra libertadora y demoledora de imperios, opresiones, dinastías y tiranías que estas revoluciones realizaron, casi siempre acosadas y combatidas por el poder militar y financiero de Estados Unidos, Gran Bretaña y las otras grandes potencias «democráticas».

También en este siglo echó raíces universales la democracia, que no nos fue dada en parte alguna como un subproducto del mercado. En toda América Latina, el respeto al voto no fue gracia concedida por las clases gobernantes, terratenientes y capitalistas. Fue arrancado en durísimas luchas por los trabajadores, los campesinos, los pobres, las mujeres, los jóvenes, contra las oligarquías agrarias y el capitalismo bárbaro y militarista. Así fue en Chile, Argentina y Uruguay, en Brasil y Venezuela, en Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia, en Costa Rica y el Caribe. Así deberá ser, todavía, al menos en México, Panamá y Centroamérica.

El socialismo y el marxismo latinoamericanos tendrán también que rescatar plenamente su memoria histórica, muchas veces borrada o deformada por la historia oficial del «marxismo-leninismo», dogma que hoy se ha desplomado junto con el muro de Berlín y con las glorias de Stalin y Breznev. Las raíces de nuestro socialismo se entrecruzan en la historia latinoamericana con las rebeliones y movimientos agrarios, sindicales, nacionales y antimperialistas. Esa es nuestra estirpe, no la que nos inventaron los autores de manuales, así como la estirpe del socialismo francés está en 1789, 1848 y 1871 y la del soviético en los populistas y los marxistas rusos.

Entonces recuperaremos, desde las primeras décadas de este siglo, a los sindicalistas revolucionarios que en Estados Unidos, México, Cuba, Brasil, Argentina, Chile, Bolivia o Uruguay organizaron por todo el continente sindicatos, huelgas y huelgas generales desde comienzos de este siglo; al socialismo agrario de Emiliano Zapata y su república campesina de Morelos y a los organizadores de movimientos campesinos en todos nuestros países; y a los grandes nombres de nuestra compleja y larga estirpe socialista latinoamericana, los protagonistas olvidados, postergados o embalsamados por las historias partidarias oficiales, ellos mismos con sus luces y sus sombras como todos los humanos de esta tierra.

14. Revoluciones democráticas es el nombre de los actuales movimientos de los pueblos para conquistar su derecho a gobernarse. Los acecha una nueva dominación del capital y del dinero, que como siempre trae consigo la exclusión, la opresión, la pobreza para muchos, la riqueza para pocos y las guerras para todos. Pero antes de poder organizarse para enfrentarla con los ojos abiertos -lo cual llevará tiempo, trabajo y sufrimientos-, a esos pueblos les era indispensable dejar atrás la opresión burocrática del pasado inmediato, su universo mental de mentiras impuestas y de doble lenguaje, su mundo de verdades negadas y de historia oficial, sus aparatos corruptos, secretos, arbitrarios e impunes.

La dominación burocrática, orgánicamente sustentada en la hipocresía, es la mayor enemiga de la organización libre y autónoma y la independencia de las fuerzas y el pensamiento del trabajo. Sin estas condiciones, la lucha por el socialismo y el socialismo mismo son inconcebibles. Romper desde abajo esa dominación, como de hecho ha ocurrido, era y sigue siendo la primera condición para organizar esta lucha sobre bases más extensas y con experiencias históricas mayores y más profundas.

Rompiendo la noche es el título del libro donde Piatniski relata el combate heroico, silencioso y clandestino de los bolcheviques contra la autocracia y la censura zaristas en los primeros años de nuestro siglo. Es medianoche en el siglo, llamaba Víctor Serge en 1937 a su crónica sobre el horror de la dictadura stalinista. La noche quedó atrás, titulaba Jan Valtin a la historia de su escape individual de los infiernos gemelos del stalinismo y el nazismo. La metáfora ambigua de la noche alude a los orígenes a la vez iluministas y románticos de la rebeldía de los marxistas. Vivimos ahora días de ilusiones perdidas para unos y pesadillas disueltas para otros. No basta. Para poder liberar de la noche al socialismo, es preciso antes restablecer la verdad y la memoria y poner en libertad a la palabra. En eso estamos.

San Angel, México, D.F., 27 de noviembre de 1990