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Delal Baer. Directora y Senior Fellow del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, D. C.

1 Un nuevo continentalismo nació el 5 de febrero de 1991 cuando los líderes de Canadá, México y Estados Unidos anunciaron que negociarían un Tratado de Libre Comercio (TLC). El tratado, de lograrse, replanteará estrategias empresariales, remodelará el mapa mental de los ciudadanos de los tres países, y creará poco a poco una nueva identidad económica norteamericana basada en la competencia global.

El TLC es el resultado de tendencias constantes tanto en México como en Canadá de llevar a cabo más del 70% de su comercio con los Estados Unidos y compartir la producción con las empresas estadunidenses. Sin embargo, la decisión de profundizar y formalizar estos lazos económicos es un cambio cualitativo que puede ser tanto un gran reto desde el punto de vista político como un gran beneficio en lo económico. Los defensores de la apertura económica enfrentarán nacionalismos atávicos, las formas innovadoras de cooperación trinacional se enfrentarán a visiones restringidas de soberanía, el proteccionismo se enfrentará a la liberalización, y residuos populistas chocarán con las filosofías de mercado.

Los negociadores tuvieron su primera reunión importante en Toronto el 12 de junio de 1991, cuando se formaron grupos de trabajo para discutir acceso a mercados, reglamentaciones comerciales, servicios, inversiones, propiedad intelectual y conciliación de disputas. Un tratado final podría presentarse en corto tiempo, a principios de 1991, mucho antes de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, o a principios de 1993, también antes de las elecciones canadienses.

¿Pero qué fuerzas han llevado a Estados Unidos, México y Canadá hasta este punto? ¿Qué dificultades presenta el TLC para los tres países y cuáles son sus implicaciones multilaterales? ¿Qué aguarda el futuro para esta nueva configuración continental?

2 La economía mexicana en 1982 estuvo al borde del colapso después de la caída de los precios del petróleo, la crisis de la deuda y el agotamiento del modelo económico de sustitución de importaciones. A los líderes mexicanos no les quedó otra opción que buscar estrategias alternas de crecimiento. El presidente Miguel de la Madrid (1982-1988) estableció las bases para un TLC al transformar el perfil exportador de la nación. Las exportaciones mexicanas cambiaron del petróleo a las manufacturas, que saltaron de 14% en 1982 a 55% del total en 1989. Con el 85% de las exportaciones manufactureras destinadas a los Estados Unidos, asegurar el acceso a ese mercado resultó cada vez más importante. La decisión de buscar un TLC fue, entonces, la culminación lógica de esas tendencias.

Los factores internacionales contribuyeron a que México buscara el libre comercio. La ventas de petróleo y los préstamos comerciales ya no podrían financiar el crecimiento de la nación. Los patrones de oferta y demanda financieras internacionales fueron estructurados por las revoluciones en Europa del Este y las necesidades estadunidenses de capital para cubrir su déficit comercial y presupuestario. Se calcula que los costos de la reunificación alemana ascenderán a 600 mil millones de dólares y esta cifra parece modesta comparada con las necesidades de la URSS. La inversión extranjera es indispensable para el éxito de la reforma económica de México y la seguridad de acceso al mercado estadunidense ofrece la esperanza de crear un auge de inversiones y evitar la escasez de capitales.

El giro de México hacia los Estados Unidos refleja un reconocimiento riguroso de la realidad. Los utopistas pueden abogar por una integración comercial de México con América Latina, pero la región absorbe tan sólo una parte pequeña de las exportaciones mexicanas. Las perspectivas inciertas de acceso a los mercados de la Comunidad Europea (CE) después de su unificación en 1992, y la dificultad de entrar en los mercados asiáticos impulsaron a México hacia el TLC. Asegurarse contra el proteccionismo en su mercado más importante pareció una decisión más sabia que ir tras la quimera de la diversificación comercial.

Salinas de Gortari subió al poder con la necesidad urgente de lograr que la reforma económica produjera un crecimiento rápido, reforma que de otra manera podría dar marcha atrás a causa de un electorado impaciente. Algunos críticos acusan a Salinas de haber buscado una perestroika sin glasnost. En efecto, la historia de las dudosas prácticas electorales de México hace que la reforma política se vuelva esencial para completar la modernización. Un TLC podría ayudar a descentralizar la toma de decisiones económicas, a erosionar las tendencias paternalistas de un Estado autoritario y a separar la economía del control exclusivo de un partido.

La liberalización económica, cuando es exitosa, puede ser un ingrediente para facilitar la transición democrática. En el caso de Chile, la coalición del presidente Patricio Alwyn tuvo mucho cuidado de no interferir con las políticas económicas que habían traído crecimiento. El consenso sobre la política económica fortaleció a una delicada transición democrática al moderar a la extrema izquierda y al socavar las tácticas ominosas de la derecha. La izquierda de México podría complicar las tareas de democratización al insistir en posturas poco realistas en materia de política económica. El crecimiento económico unido con el libre comercio puede reconciliar la reforma política y la reforma económica.

3 Para los Estados Unidos, México no es sólo otro interés geopolítico. Estados Unidos perdió más de 300,000 empleos cuando la economía mexicana cayó en picada en los años ochenta y millones de mexicanos cruzaron la frontera en busca de trabajo. La lección de la crisis económica mexicana fue que los Estados Unidos preferirían tener a España, y no a Perú, en su frontera; Estados Unidos no desea un enclave de miseria tercermundista en su frontera sur. El libre comercio no es, definitivamente, una panacea para acabar con el subdesarrollo mexicano, pero puede ser la mejor oportunidad para promover el crecimiento y la estabilidad.

Menos tangible, pero no menos importante, es la nueva cultura política de las relaciones bilaterales o trilaterales implícitas en el TLC. La cultura política histórica de México consideraba la proximidad de los Estados Unidos como una maldición, no como una oportunidad. La cooperación bilateral se llevaba a cabo como un secreto sucio porque los líderes mexicanos no deseaban que los acusaran de unirse al enemigo. La diplomacia mexicana coqueteaba con el bloque oriental, votaba en contra de los Estados Unidos en las Naciones Unidas, ayudaba a las guerrillas apoyadas por Cuba y esperaba románticamente una crisis apocalíptica del capitalismo norteamericano. Hoy, a la búsqueda de un TLC, México se enfoca sobre intereses comunes. Con un TLC, los Estados Unidos tendrían un socio más eficaz para manejar los asuntos y las tensiones inevitables en una relación compleja. Por su parte, Estados Unidos evitaría tácticas arbitrarias, como el secuestro del mexicano Humberto Alvarez Machain, incidente que hace unos años hubiera paralizado la relación bilateral. Para Estados Unidos, un TLC puede significar la diferencia entre tener un vecino amistoso y un vecino ambivalente. El entusiasmo de Estados Unidos por el libre comercio con México no es, por lo tanto, el producto de un compromiso con personalidades o partidos mexicanos, sino con políticas que a su juicio resultarán en un vecino amistoso, estable, y próspero.

En términos económicos, Estados Unidos se beneficia de la prosperidad de México. Las exportaciones estadunidenses a México aumentaron de 12.4 mil millones de dólares en 1986, a 28.4 mil millones de dólares en 1990. Esto generó cientos de miles de empleos en Estados Unidos. Los estudios macroeconómicos más importantes indican que el TLC aumentará la competitividad de Estados Unidos frente a Europa y Asia a través de economías de escala, de la especialización, la producción compartida, y la racionalización continental. En pocas palabras, las fuerzas geoeconómicas y geopolíticas a la par han confluido para hacer del TLC una opción atractiva para los Estados Unidos.

4 La decisión de México de buscar un TLC con los Estados Unidos fue una sorpresa desagradable para Canadá en un momento en que Ottawa se enfrentaba al separatismo de Quebec, a problemas constitucionales y a disputas étnicas. Para Canadá fue difícil concentrarse en una integración comercial del continente cuando la propia nación parecía desintegrarse. El Partido Liberal, que a regañadientes había digerido el argumento de que Canadá necesitaba un acceso garantizado a los mercados de Estados Unidos, se encuentra ahora con que tendrá que proteger de nuevo sus ventajas logradas. De hecho, en Canadá hubo una agria elección en 1988 respecto al asunto del TLC. Los sindicatos, los ecologistas, grupos religiosos y los nacionalistas culturales que se unieron para oponerse al TLC con Estados Unidos, han vuelto a movilizarse para oponerse al libre comercio con México. El Primer Ministro Brian Mulroney, actualmente en una debilitada posición política, no puede alegrarse ante la idea de una nueva controversia.

Canadá decidió participar en el TLC porque no podía darse el lujo de estar ausente de la mesa de negociaciones. Las exportaciones canadienses son con frecuencia un reflejo de las mexicanas, como en el sector automotriz. Del mismo modo en que México temía la diversificación de sus exportaciones como consecuencia de un acceso preferencial de Canadá al mercado de los Estados Unidos, Canadá, por su parte, se enfrentaba a una necesidad similar de defender sus intereses comerciales. Además, si Estados Unidos firmara por separado tratados de libre comercio con un gran número de países, sólo Estados Unidos gozaría de los beneficios preferenciales de un acceso completo a todos los mercados. Canadá admitió también que su posición ventajosa para atraer las inversiones de los Estados Unidos, enfrentaría la competencia de México. Así, la participación canadiense en las negociaciones fue obligada tanto por los peligros de la ausencia como por los beneficios de la participación.

Los líderes de Canadá creen que en última instancia la nación se beneficiará de las economías de escala, la eficiencia, las especializaciones y los flujos de inversión que siguen a la integración regional. Aunque el comercio entre Canadá y México actualmente sólo es de 2.3 mil millones de dólares, en 1990 creció en un 20%, lo que ha llevado a algunos a pensar que podría duplicarse en los noventa. Canadá le apuesta al futuro del crecimiento mexicano.

5 La reacción política al propuesto TLC fue más compleja de lo que se esperaba. Irónicamente, las trepidaciones surgieron más del industrializado Estados Unidos que de México. Una coalición de ecologistas, sindicatos y activistas de los derechos humanos se movilizó en los Estados Unidos con sorprendente energía en busca de bloquear la autorización congresional a la autoridad fast track (vía expedita) para negociar un acuerdo de libre comercio.

La ecología fue el tema inesperado en los debates. Ecologistas alegaron que el libre comercio llevaría a las empresas a buscar refugio en México de los controles ambientales, agotarían recursos naturales y bajarían la exigencia de las normas estadunidenses. La suposición de que las empresas estadunidenses se instalarían en México en busca de menores costos de anticontaminación fue refutada por un estudio que mostró que de 271 nuevas fábricas construidas en el extranjero por las grandes compañías estadunidenses, más del 50% fue en la CE, 20% en Asia y solamente 3% en toda Latinoamérica. Sin embargo, los problemas de contaminación de México presentan un peligro a la salud de los ciudadanos americanos en el área fronteriza y las exportaciones mexicanas para consumo deben cumplir con las normas sanitarias estadunidenses.

El TLC establecerá nuevos precedentes y deberá calibrar con cuidado el tema del medio ambiente. La protección del ambiente ha sido el lujo de las naciones industrializadas. El temor al Alar y la dioxina en los Estados Unidos, por lo que se invirtieron enormes recursos en donde más tarde se demostró que no había problemas de contaminación, subraya la dificultad de equilibrar con sensatez los factores de salud, costo y estándares basados en certidumbres científicas. Estos balances son particularmente críticos para países pobres, que deben ponderar un mayor encarecimiento de la vida. México ha indicado la voluntad de imponer estos costos como cuando hizo obligatorio el uso de convertidores catalíticos en nuevos automóviles. El reto para los negociadores del TLC será el de reconciliar soluciones impostergables en materia ecológica con los costos, la reglamentación excesiva y el peligro de la exportación de la litigiosidad estadunidense.

Las disputas políticas de México entraron también en el debate del TLC. Algunas figuras de la oposición mexicana buscaron un foro en Estados Unidos para ventilar sus reclamos políticos, implicando incluso que un TLC debería estar sujeto a que observadores internacionales supervisaran las elecciones mexicanas. Algunos congresistas estadunidenses cuestionaron si era apropiado profundizar vínculos comerciales con un país que no comparte del todo las instituciones democráticas occidentales. La mayoría decidió que si bien el sistema político mexicano está lejos de ser perfecto, tampoco es un Estado paria que amerite la imposición de sanciones. Sería más probable que México evolucione hacia la democracia con un TLC, dado que una economía de mercado intensifica inevitablemente el libre flujo de ideas. En todo caso, la situación política de México no fue al final un punto decisivo para la mayoría de los congresistas.

Los temas centrales del debate en torno al TLC giran alrededor de un conflicto entre una actitud liberal sobre el libre comercio y una tendencia proteccionista en la sociedad estadunidense. El proteccionismo se expresa bajo la forma del temor a la pérdida de empleos, en las preocupaciones sobre qué sectores perderán, y de que México pudiera ser usado como plataforma de exportación para los países asiáticos. La central sindical, AFL-CIO, declaró la guerra al TLC, alegando que los bajos salarios mexicanos serían un atractivo para las empresas y esto acarrearía una pérdida de 500,000 empleos en Estados Unidos. Estos reclamos probablemente exageran el posible impacto del ajuste, dadas las enormes diferencias en productividad laboral y el hecho de que la economía mexicana es un vigésimoquinto de la estadunidense.

En el fondo, al debate en Canadá y en los Estados Unidos lo mueven los temores bajo el agua a una decadencia industrial de sociedades avanzadas. El trauma de las incursiones de Asia y Europa en el mercado estadunidense está detrás de la incomodidad que hoy provoca el TLC. La productividad industrial estancada en comparación con Japón y Alemania y persistentes déficits comerciales han aletargado la posición estadunidense como líder indiscutible de la economía mundial. La penetración de importaciones de Asia y Europa ha llevado a un proteccionismo fuera de lugar y enfocado hacia México. Estados Unidos aún tiene que determinar hacia dónde enfocará sus energías competitivas en una economía globalizada. La mayor oposición al TLC proviene de industrias y sindicatos que gozan de cuotas especiales y de protección arancelaria, como la industria textil y la horticultura. Estos sectores no sólo se oponen a comerciar con México, sino que desearían limitar las importaciones de cualquier procedencia. Sin embargo, el futuro de la fuerza laboral estadunidense no radica en empleos de costura de poca habilidad; los argumentos sobre los bajos salarios en México falsean el desafío. Estados Unidos no debería estar compitiendo con los países de bajos salarios como México, sino con las naciones de altos salarios y elevada tecnología como Alemania y Japón. 

Después de largas pláticas con los líderes del Congreso, la Casa Blanca respondió a preocupaciones sobre libre comercio con un «plan de acción» que amplía la agenda de las negociaciones para incluir temas no comerciales en pláticas paralelas. Este plan exige a la Agencia de Protección Ambiental (EPA) estadunidense y a las autoridades mexicanas, la negociación de un amplio acuerdo sobre la situación ecológica en la frontera, asistencia técnica conjunta y ayuda mutua. Más aún, este acuerdo se propone conservar los altos estándares ambientales estadunidenses y ofrece a organizaciones ecologistas un sitio en los comités gubernamentales de asesoría. El plan promete también un fondo para capacitación de trabajadores desplazados y compromete a los departamentos del trabajo de Estados Unidos y México a discutir prácticas y normas laborales. Habrá seguramente disputas sobre el alcance del programa de ajuste laboral, ya que el sector sindical trata de obtener del gobierno una política abarcadora en materia de trabajo-mercado. El plan de acción, sin embargo, fue suficiente para ganar la aprobación de la vía rápida en ambas Cámaras. Aun así, el voto final para el TLC será difícil.

La batalla por la «vía rápida» dividió especialmente a los demócratas. El Comité Nacional Demócrata (cúpula oficial del partido) aprobó una resolución contra el libre comercio con México, mientras que el Consejo del Liderazgo Demócrata (que representa tendencias centristas dentro del partido) favoreció al TLC. Los demócratas se vieron forzados a elegir entre sindicatos e hispanos, y entre votantes del cada vez más importante suroeste y votantes de las antes importantes, pero en declinación, regiones industriales del noreste y el medio oeste. Demócratas que se dicen ser amigos de América Latina vacilaron entre las presiones de su electorado y su conciencia en materia de política exterior. Más de dos tercios de los demócratas en la Cámara baja votaron contra la renovación de la autoridad para negociar bajo reglas expeditas, incluso 17 de los 22 presidentes de comités legislativos -todos demócratas-. Los grupos de intereses especiales dominaron el día. Representantes de zonas productoras de vestido y calzado en los estados del sureste y del noreste votaron contra el fast track; los distritos base de plantas automotrices y textiles de Indiana, Illinois, Pennsylvania y Michigan hicieron lo mismo. Pero los poderosos baluartes políticos del suroeste, como Texas, California y Florida, favorecieron el libre comercio.

La lacerante batalla por la vía rápida dejará su marca en el acuerdo final. Un sensible manejo de la forma en que sectores débiles llegarán al libre comercio será importante para lograr apoyo político al acuerdo final. Las industrias competitivas pueden adaptarse rápidamente a un ambiente de cero tarifas pero en sectores más sensibles las tarifas deben ser desfasadas lentamente para evitar quiebras repentinas de empresas y pérdidas de empleos. Se deberán considerar garantías como tarifas retroactivas (Snapbacks) para el caso de súbitos incrementos de importaciones.

El reto político del TLC es desarrollar un acuerdo trinacional, no partidista, sobre competitividad y libre comercio. Sobresalen cuatro requerimientos. Primero, partidarios del libre comercio no deben sacrificar sensibilidad y compasión por principios; no hay forma de negar que existen presiones de ajuste. Segundo, a cambio de atención a sus preocupaciones, los sindicatos canadienses y estadunidenses deben acabar con su rechazo a realidades económicas globales. El sector laboral estadunidense ha incurrido en la falacia de que todo aquel que favorece el libre comercio es también antiobrero. Tercero, las tres naciones deben poner sus miras en mejorar su competitividad económica y así definir públicamente al TLC. Finalmente, el costo de no lograr un acuerdo sería alto. Las relaciones entre México y Estados Unidos retrocederían una década y Norteamérica perdería una oportunidad de montar una estrategia de competitividad global, un hecho que sería notado por todas las naciones comerciales.

6 Las pláticas sobre el TLC se dan en un momento delicado del comercio mundial. El GATT quedó bajo tensión luego del estancamiento provocado por temas como propiedad intelectual, agricultura y servicios en la reunión ministerial de diciembre de 1990 en Bruselas. El estancamiento de la ronda de negociaciones o la improvisación de soluciones mínimas reduciría la confianza en el sistema multilateral y favorecería tendencias a la solución unilateral o regional de problemas.

El temor a la formación de bloques comerciales puede ser exagerado. Es improbable que el TLC viole los principios del GATT o levante barreras externas. Las reglas multilaterales son una alta prioridad para los Estados Unidos, ya que el 74% de su comercio se realiza fuera de Norteamérica. De manera similar, el comercio de Japón con sus vecinos del Pacífico constituye sólo 35% de su comercio total, reforzando también la prioridad del GATT. Sólo Europa da señas de comportarse como un bloque; los doce miembros de la CE realizan un 70% de su comercio entre sí o con la Asociación Europea de Libre Comercio.

La preocupación sobre la formación de bloques ha ensombrecido el efecto saludable del TLC en incentivar a Latinoamérica a reducir sus barreras comerciales externas. El recelo sobre la favorable posición de México para el comercio y la inversión con Estados Unidos tiene a los países latinoamericanos luchando por ser los siguientes en la fila. Ese sentimiento aumentó el 27 de junio de 1990 cuando el presidente Bush presentó su Iniciativa para las Américas, que ofrece libre comercio a cambio de la liberalización latinoamericana. Argentina, por ejemplo, anunció metas arancelarias del 9% y Brasil reducirá escalonadamente sus aranceles para llegar a un máximo de 14.2% para 1994. La reducción sudamericana de aranceles y la eliminación de licencias de importación tiene beneficios multilaterales. Finalmente, la mayoría de los nuevos miembros del GATT procede de América Latina, lo cual traerá nuevas presiones sobre Europa y Asia para liberalizar la agricultura y otros asuntos de interés para las naciones en desarrollo. Recientemente se mencionó el nombre de Salinas de Gortari como posible sucesor de Arthur Dunkel, director del GATT, sugiriendo así que la estrella latinoamericana está en ascenso en la organización.

El progreso en el GATT podría ser propiciado por un TLC que anticipe futuras direcciones en servicios, agricultura e inversiones. El regionalismo, como en el caso del TLC y Latinoamérica, estimula crecientes círculos de liberalización que producen beneficios multilaterales. La formación de grupos regionales liberalizados puede crear unidades de negociación más manejables para el GATT. El desafío será sostener el vigor del multilateralismo, para que coexista con el regionalismo.

7 ¿Qué aguarda el futuro más allá del TLC? ¿Qué nuevas fricciones podrían darse como resultado del estrecho contacto de una nueva relación? ¿Generará el TLC otras formas de integración, y de ser así, cómo será Norteamérica dentro de unos 10 ó 30 años?

La liberalización económica podría transformar a las Américas en el curso de una generación. El TLC significa que México se ha convertido en un país de Norteamérica, preparado para tomar parte de los valores empresariales del Occidente y participar en los mercados occidentales de capitales. México está logrando esta transición sin renunciar a su identidad latinoamericana, y servirá como interlocutor entre Norteamérica, América Central y América del Sur, como lo demostró la reciente Cumbre Iberoamericana de Guadalajara. El ejemplo mexicano puede inspirar a otros países latinoamericanos y sembrar futuros tigres asiáticos en este hemisferio. Chile es ya un éxito latinoamericano y Venezuela puede seguir el mismo rumbo. En el mejor de los mundos posibles, América Latina puede semejarse a un conjunto de Españas nacientes.

Esto no es necesariamente un escenario descabellado. Imaginemos un México que reduce su crecimiento demográfico y mantiene un rápido crecimiento económico como resultado de la especialización y de los incrementos de la productividad, frutos de un TLC. Sólo necesita recordar que el ingreso per cápita de Corea del Sur sólo era alrededor de la mitad del de México en 1980; Italia era un país exportador de mano de obra a mediados de los años sesenta. Según algunas investigaciones pioneras, México podría aumentar la tasa de crecimiento de su producción por trabajador en un 1.57% anual y, después de 25 años, aumentarla en un 48%, colocándose así, por decir lo menos, en el mismo nivel que España o Irlanda. Los asuntos de la migración México-Estados Unidos se volverían irrelevantes y sería posible contemplar el movimiento libre de los trabajadores.

Pero habrá problemas en el futuro. Podría surgir un desacuerdo entre quienes prefieren una reglamentación más trilateral y los que pretenden un mayor grado de descentralización y soberanía. Estas tendencias son ya incipientes. La izquierda de los tres países parece más dispuesta a pasar por alto la soberanía, lo cual se manifiesta en ideas como un acuerdo social trilateral y en reglamentaciones unificadas en los sectores de salud, laboral y medio ambiente. De hecho, como se le concibe hasta ahora, el TLC no tiene parecido alguno con la CE que fija aranceles comunes para el exterior, permite el movimiento libre de los trabajadores y planea políticas e instituciones supranacionales.

Las fuerzas graduales que durante los últimos treinta años llevaron al TLC, en los próximos treinta podrían llevar a un grado mayor de colaboración. Imaginemos, por ejemplo, un lento incremento en la cooperación macroeconómica informal. México tiene ya una motivación intensa para alcanzar tasas de inflación comparables a las de sus vecinos norteamericanos y es probable un tratado fiscal entre las tres naciones. Los Estados Unidos serán cada vez más sensibles al impacto de sus políticas macroeconómicas en México y Canadá. Parece probable que con el tiempo se reduzcan las diferencias en las balanzas comerciales, en las políticas fiscales, y los valores monetarios. De ser así, podrían considerarse algunos mecanismos para el financiamiento conjunto de los desequilibrios comerciales de emergencia. La creación de mecanismos trinacionales para solucionar disputas, y de organismos que regulen asuntos fronterizos ecológicos, podría ser el embrión de estructuras más abarcadoras. Después de todo, por definición las organizaciones internacionales y los tratados como el GATT y el TLC conllevan una reducción de la soberanía para dar paso a una autoridad reguladora conjunta.

Un nuevo mercado político norteamericano de ideas puede ser otra fuente de fricciones a medida que las políticas trasfronterizas se vuelvan una parte del paisaje trilateral. Ya hubo un precedente interesante con las coaliciones transnacionales formadas por los opositores al TLC durante el debate sobre la vía rápida. Partidarios de la organización Pro-Canadá hicieron visitas muy publicitadas a la ciudad de México, mientras mexicanos opositores al TLC cabildeaban al lado del AFL-CIO (Federación Norteamericana del Trabajo Congreso de Organizaciones Industriales) en el Congreso de los Estados Unidos. Las alianzas políticas entre regiones proteccionistas como Ontario, el Medio Oeste estadunidense y la izquierda de la ciudad de México pueden ser un fenómeno persistente. De manera más amplia, las fronteras políticas se hacen borrosas cuando México cultiva a las organizaciones hispanas de los Estados Unidos, cuando los estadunidenses escrutinan las elecciones mexicanas y cuando las organizaciones no gubernamentales de Canadá expanden su campo de acción. El debate en Norteamérica se ha trilateralizado con una rapidez notable.

También se intensificará la integración microrregional y trasfronteriza. Las comunidades del norte de México y las del sureste de los Estados Unidos cada vez son más parte del mismo cuerpo económico y social, con una anatomía compartida en infraestructuras y servicios. Esta integración es más profunda en las ciudades gemelas de la frontera como Ciudad Juárez y El Paso, pero también se extiende a ciudades del interior como San Antonio y el centro industrial mexicano, Monterrey. Incluso estados más distantes como Arkansas y Colorado consideran cuidadosamente su integración con el comercio norte-sur y los flujos de transporte.

El calor del debate que rodea al TLC sugiere que los costos reales y subjetivos de un tratado podrían revivir el populismo y el proteccionismo, sobre todo si las economías que lo integran llegan a sufrir una larga recesión. El crecimiento económico solidificó el compromiso con la liberalización comercial en la CE, y haría lo mismo para el TLC.

A fin de cuentas, las tres economías podrían mezclarse en una red de producción integrada y compartir una cultura universal, basada en la ciencia y cuyas raíces se remontan a Francis Bacon. Los habitantes modernos del México urbano tendrán más en común con sus contrapartes de Toronto y Chicago que con los campesinos de la Oaxaca rural.

Puede ser útil volver al espíritu de la Comisión Monnet, que ofreció un plan para Europa en un momento extraordinario. Las tres naciones de Norteamérica, en forma más modesta, han llegado también a un momento decisivo. Tal vez deseen, por lo tanto, crear una comisión de sabios de Norteamérica para que trabajen en el periodo post-ratificación. Uno de sus objetivos sería informar sobre el impacto del Tratado durante su implementación, con juicios sobrios que atenúen las acusaciones y contraacusaciones politizadas. La comisión podría adoptar también una agenda con vistas al futuro en temas tales como la competitividad de Norteamérica, vínculos entre instituciones científicas, integración fronteriza, el sistema ecológico continental, los intercambios educativos y culturales. La aportación histórica del TLC invita a aunar los recursos creativos como nunca antes para pensar en el futuro de Norteamérica.