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Karoshi: Trabajar cansa

Silvia Novelo. Profesora invitada en la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio.

Karoshi, término siniestro que describe la «muerte por agotamiento debido al exceso de trabajo», hizo su aparición en Japón hace más de diez años.

Sin embargo, sólo ha sido hasta los dos o tres últimos años que su triste significado se hizo del conocimiento público, adquiriendo poco a poco el apoyo organizado del pueblo japonés para reclamar, aunque tardíamente, el pago de indemnizaciones a las familias de los damnificados, que por lo regular son hombres entre los treinta y cinco y los cincuenta y cinco años de edad.

El Ministerio del Trabajo arguye la dificultad que representa el demostrar una correlación entre trabajo y muerte. Las empresas, por su parte, concentradas en una contienda casi irracional, han llevado a sus trabajadores a un nivel prácticamente ilimitado en cuanto a las horas extras, y se muestran indiferentes hacia la salud y las condiciones de trabajo de sus empleados.

Un aumento en las horas extras de trabajo, que entrara en vigor en 1975, tampoco ha podido ser controlado por el Ministerio del Trabajo. En 1988 fue inaugurada una línea telefónica por un grupo de médicos y abogados denominada «llamadas de emergencia por (casos de) karoshi», que en menos de seis meses había recibido ya mil ochocientas seis consultas, incluyendo novecientos setenta y cinco casos de muerte.

«La Legislación para accidentes de los trabajadores es un mero disfraz», claman los familiares de las víctimas, cuya lucha encarnizada ya ha logrado algunos «triunfos». En mayo del noventa fue constituida la Asociación de familias anti-karoshi de Tokio y hoy incluye ya a más de cien familias.

Como es sabido en el mundo entero, los asalariados japoneses se caracterizan por su dedicación al trabajo sin importar el número de horas extras que tengan que desempeñarse en el cumplimiento de su deber.

No obstante, habría que echar un vistazo a la vida diaria de estos individuos, no sólo en lo que se refiere a las horas que permanecen dentro de sus sitios de trabajo.

Las enormes distancias que desde sus hogares -generalmente ubicados en las afueras de Tokio- deben recorrer en trenes y autobuses para llegar hasta sus empleos, obliga a cientos de miles de japoneses a levantarse a horas muy tempranas y padecer la primera de las muchas situaciones estresantes del día: el congestionamiento dentro de los vehículos de transporte público en las «horas pico».

Hasta que llega la hora de la comida -que suele ser al mediodía (y durar entre treinta minutos y una hora), los trabajadores japoneses se encuentran atareados y presionados, además del trabajo en sí, por la pesada jerarquía social, que los obliga a mantener la cabeza baja frente a sus superiores. 

Carga que se repite, o continúa, durante las horas de la tarde, cuando el tiempo apremia y hay que terminar con los compromisos del día de acuerdo con la bitácora de trabajo, y si se puede antes.

Cuando el jefe se retira de la oficina pensarán en retirarse, si es que han cumplido con la agenda de hoy.

Pero si se les propone ir a algún bar o restaurante para discutir asuntos todavía pendientes, ello significará una orden a la que no podrán negarse.

He aquí, desde nuestro punto de vista, otro más de los atentados a la salud de los diligentes trabajadores japoneses. Las impresionantes cantidades de alcohol ingeridas a diario en este país, a cuya resistencia sus individuos no parecen estar debidamente dotados,(*) una vez más los enfrenta a un fuerte golpe -muchas veces con características de knock-out, antes de finalizar el día.

(*) Se ha hablado muchas veces de una enzima -catalizadora de alcohol- de la que carecen los orientales.

Cada uno de estos hombres, que a lo largo del día han venido acumulando angustias, disgustos, cansancio, quizá también una que otra humillación, para rematar con una buena dosis de alcohol, vuelven al «estrecho» hogar arrastrando los pies y a veces el alma.

Entonces, si es cierto que las enfermedades son, en muchos casos, de origen psicológico, habría que estar de acuerdo, al menos en parte, con los directivos de las compañías japonesas y con las autoridades del Ministerio del Trabajo, que se defienden diciendo que aún no ha sido demostrada la relación que existe entre el exceso de trabajo y la muerte prematura por enfermedades cardiacas, respiratorias o traumas cerebrales.