¿Por qué veo venir a lo lejos a mi amigo de la infancia, Gerardo Bermúdez, cargando a su padre en la espalda mientras los dos cantan el famoso bolero “Sin Ti”?

Algo más: ¿por qué camino al encuentro de Gerardo y su padre, con mi hijo de la mano y la horrible certidumbre de que mi madre me ha abandonado para siempre si, en primer lugar no tengo hijos y, en segundo, mi madre nunca me abandonó?

La respuesta es simple y profunda a un tiempo: veo todo esto porque transito por un sueño de mis treinta y cinco años en una madrugada de lluvia y olvido.

Hace tres o cuatro horas que duermo y todo indica que el arte de la noche, como quiso Borges, ha invadido al arte de la vida. Por esa modesta razón me acerqué a Gerardo y le pregunté, como si él llevara en la espalda una mochila y no a su propio padre, lo siguiente:

-¿No es un poco incómodo llevar así al padre? -le señalé, en efecto, a su padre que cantaba “Sin ti” como si quisiera ganar un premio a la mejor interpretación de un bolero clásico.

-Para mí este es un sueño recurrente -me dijo Gerardo-. Hay gente que sueña con sus perros, o viejos amigos de la infancia; yo, en cambio, sueño con mi padre cada vez que puedo, es una forma poco común pero útil de recuperarlo, un modo de sanar una pérdida, por decir así.

-Que tú sueñes con tu padre no es extraño -le dije-, pero que yo te sueñe a ti con tu padre es menos común. Sobre todo si pensamos que hace ocho años no nos vemos -le dije.

Me separaba de Bermúdez casi una década de asuntos que enfriaron nuestra amistad hasta volverla el adorno de un recuerdo en la memoria.

-Ah, ya entiendo -me dijo, como si hablara de una confusión que le ocurriera cotidianamente-. Voy a tratar de explicarme: en realidad, en este momento sueñas tu propio sueño: caminas con tu hijo por el Parque España de la colonia Condesa, de la ciudad de México y te llama la atención llevar de la mano un hijo que aún no tienes pero que, como sabemos, tendrás muy pronto. Además tienes miedo de que tu madre te abandone, un viejo temor que te acompaña desde los tres o cuatro años de edad, los años que ahora tiene tu hijo en el sueño.

-Yo, por mi lado -siguió Bermúdez-, sueño que llevo a mi padre en la espalda y cantamos “Sin Ti”, un himno, una canción que de alguna extraña forma nos une. Lo importante es esto: no se trata de un solo sueño, sino de dos escenas soñadas por distintas personas. En esta hora duermo en otra casa, en otra cama, con otra mujer. Se trata de un típico caso de intersección de sueños dispares. Soñamos con cosas distintas, pero nos encontramos en un solo sueño. A mi me ocurre muy seguido y a veces es incómodo. La otra noche me intersecté con un hombre que tenía un sueño edípico. ¿Cómo decirte?: cohabitaba con su madre. Cuando me vio llegar con mi padre en la espalda se puso frenético, nos insultó, nos dijo cosas increíblemente agresivas. En otra ocasión me intersecté con una mujer que se caía de un precipicio; le salvé la vida, aun con mi padre en la espalda, y terminó diciéndonos que no teníamos derecho a meternos en el fondo de sus miedos más profundos. En fin, la intersección de los sueños es algo que le ocurre a mucha gente. Cuando el sueño es absurdo, hay serias posibilidades de que se trate de una intersección; es decir, de un sueño ajeno que sueña otra persona en ese momento en algún lugar del mundo. El asunto no tiene mayores enigmas, es muy simple, pero la interpretación de los sueños, la teoría de las profecías y cosas por el estilo lo echan a perder.

-Sin la teoría esto sería más sencillo -prosiguió Bermúdez-. Amaneceríamos y, en lugar de preguntarnos lo que quiso decir mi sueño con Ernesto Iturbide, que caminaba por el parque con su hijo de la mano; en lugar de que, en unas horas, te despiertes y te preguntes sobre el significado de tu sueño con Gerardo Bermúdez llevando a su padre en la espalda; en lugar de que, si es el caso, ya que hace años no te veo, vayas corriendo al diván del analista y le cuentes que me soñaste y él por una suma altísima de dinero te diga: “Lo que pasa es que existe una proyección del padre puesta en Gerardo Bermúdez, que en realidad es usted cargando a su padre y el miedo de perder a la madre”. En lugar de toda esa cháchara, simplemente diríamos: “Hombre, qué gusto me dio saludar anoche a Bermúdez y a su papá y qué bien cantan “Sin Ti”. Y yo, por mi parte diría: “hombre, qué gusto me dio saludar anoche a Ernesto Iturbide a quien no veo desde hace diez años, qué simpático está su hijo, es idéntico a él”. Si dijéramos esto nos evitaríamos enigmas y dolores, misterios y deseos.

Gerardo Bermúdez hablaba con rapidez y naturalidad de la intersección de los sueños. Los años posteriores a nuestro último encuentro siempre lo recordé así, con saco y jeans y un aire de superioridad frente a los asuntos de la vida que le infundía a los demás una rara confianza. Como suele ocurrir en los sueños, un viento de irrealidad invadía la escena. Le pregunté:

-¿Y experimentas muy seguido estas intersecciones?

-No es un experimento Ernesto, en el sentido en que no se experimenta con las cosas de la vida; la vida no es un experimento, ¿o sí?

-Para mí sí, un experimento del que nunca se obtienen los resultados deseados.

En el último experimento que vivimos juntos yo perdí una mujer y él la ganó, para perderla más tarde en alguno de los rincones de su madurez de escritor más o menos reconocido antes de cumplir los cuarenta años.

Me devolvió esta verdad envenenada:

-Te equivocas, un experimento siempre se puede repetir; en cambio, la vida es irrepetible, aunque se fundamente en el ensayo y el error.

En ese momento pasó junto a nosotros un hombre elegante seguido por varios guardaespaldas que sospecharon de nosotros en cuanto nos vieron. Me dijo Bermúdez:

-La intersección tiene sus defectos. Intersectarse con un político es una monserga. Siempre tienen el mismo sueño. ¿Adivina? En efecto -me dijo, como si yo hubiera dicho algo-, se sueñan presidentes. Emiten decretos, dan órdenes, nunca descansan, van de gira, despiden al pueblo desde oníricas escalerillas de avión, saludan muchedumbres. ¿Y qué ocurre? Ocurre que el sueño propio se vuelve intolerable. Una de las veces que me intersecté con políticos tuve una agria discusión; más bien tuvimos, me refiero a mi padre, el político soñador y a mí mismo. Le dije con toda claridad que yo no creía en las ilusiones de la libertad política ni, tampoco, que la democracia conllevaba necesariamente unidad, coherencia, felicidad, buen gobierno, justicia, paz. Le dije que la calidad de su gobierno -de su gobierno de sueños- era más bien baja. Le dije además que no soñara, que ser presidente no era eso que ocurría en esa ilusión porque como todo mundo sabe, Calderón se equivocó: la vida no es sueño.

-¿Y qué hizo el político? -le pregunté.

-Lo que hace todo político cuando tiene que contestar: me dijo que mi crítica era destructiva y se fue dando certificados de tierra a oníricos campesinos pobres. Iba apresuradísimo a inaugurar una colonia que llevaría su nombre. Esta clase de intersecciones son muy tristes porque demuestran que los sueños son deseos incumplidos, promesas que la vida nunca cumplirá. Unos días después de la intersección de la que te cuento, leí en los periódicos que el político renunció a su cargo. No se volvió a saber de él. ¿Te conté mi intersección con el Papa Wojtyla? Sensacional. No sueña con imágenes religiosas y Cristos de rodillas sangrantes, como cualquiera podría suponer: sueña maravillas de poder e intolerancia.

Quería oírlo hablar, recuperar la voz del pasado, cuando ignorábamos que la amistad es un don tan frágil como los sueños. Acaso por esta razón interrumpí con un nombre, un sueño que ambos compartimos años atrás:

-¿Qué sabes de Eugenia?

-La perdí -me dijo, como si hubiera perdido un libro o una moneda.

-Pero antes la ganaste -respondí rápido.

-Sólo para perderla un tiempo después, como pasa con los sueños cuando se despierta de ellos.

Recordé mientras dormía la figura clara de Eugenia, las ilusiones que compartimos y la forma simple en que un día me dijo que quería a otro que fue, por un azar -como dijo ella-, mi amigo Gerardo Bermúdez. Los perdí a los dos al doblar el cabo de esperanza de nuestros veintisiete años y borré para siempre el repertorio de nuestra obra: las noches, los sueños, la bisutería de un futuro incumplido y borroso.

No quisiera importunarte -me dijo Gerardo-, pero ahí enfrente hay una mujer muy hermosa que camina contigo por una habitación que desconozco. ¿Se puede saber quién es?

-Alguien que dijo que no quería saber de mí ni en sueños. Por cierto, qué mal me veo. Me vi, en efecto, caminar en un sueño ajeno.

-Nunca podremos mirarnos como nos ven los otros. No te preocupes, la intersección de los sueños no acepta espejos. En este momento ella sueña contigo; si te acercas, el otro desaparece y quedas tú en la escena.

-Todavía, de vez en cuando, apareces en mis sueños -me dijo Norma. -Es algo incontrolable pero a la vez natural, fueron tres años de mi vida. Nadie puede borrar tres años así nada más.

No le hablé de la intersección de los sueños. Esta omisión me hizo sentir frente a ella como un embaucador, un actor al que sólo le importa lograr sus personajes, a cualquier precio.

-Cada vez son sueños más extraños y más reales -me dijo-. ¿Por qué te sueño otra vez en este cuarto en donde nos quisimos, en un lugar al que nunca volveremos juntos? De ti me quedan astillas en los sueños. No sé por qué viene Gerardo Bermúdez, un hombre a quien no conozco salvo porque, me dijiste, ¿te robó una mujer? No entiendo por qué lleva a su padre en la espalda, es una chusquería que sólo se permite en los sueños. Por si fuera poco vienes además con un hijo que no tenías, ¿lo tuviste ya?, y tienes miedo de que tu madre te abandone. Esto es como de locos.

Una vez más recuperé la locura de tener a Norma, el absurdo pero cierto litigio de prometerle el futuro, la noche, los sueños. Oyéndola recordé esa forma de sentencia con que arreglaba sus dudas y sus sentimientos:

-Todo es por algo. Mi analista dice que he puesto en Bermúdez una proyección de mi propio padre, a quien en forma figurada llevo en la espalda. La aparición de un hijo tuyo en el sueño es la última forma de perderte. Otra más, entre las muchas formas en que te perdí. El miedo de que tu madre te abandone tiene también un significado: ese miedo no es otra cosa que el temor que tuviste conmigo, la forma en que te negaste a la seguridad, al amor, en fin, a la protección que no supiste recibir de mí. Todavía te sueño, pero poco a poco desaparecerás de mi vida y de mis noches. ¿Está claro?

-Clarísimo -le respondí.

Si omití la intersección de los sueños, en cambio le dije una verdad redonda:

-Quise soñar contigo muchas veces y no pude. Me ocurre que estoy dormido y pienso que tengo un ilimitado poder y digo voy a traer a Norma a mi sueño. Pero mis sueños no saben crearte. Aparecen mujeres que no son tú ni de lejos. Estás temblando, ¿estás enferma?

-No. Estoy excitada.

Todavía no hay un criterio seguro para distinguir el sueño de la realidad. Por esto y porque nos quisimos logramos ahí el amor loco de otros tiempos, como si se tratara de una escena real y no de un capricho de la memoria, o mejor, de una intersección intemporal. A la hora de los cigarros me dijo:

-¿Sabías que me casé?

-No, te felicito.

-Un hombre mayor que tú, más maduro, con menos miedo. Pero todavía te sueño, ¿qué te parece?

-Bien. ¿Y si te ve esa marca en el cuello, qué le vas a decir?

-Que me la hizo el hombre de mis sueños, a quien hacía mucho tiempo no veía y que no pude resistir las ganas de verlo desnudo, otra vez, en mi cama y esas cosas que se dicen en las mañanas los esposos. ¿Te extrañó que no volviera a llamarte?

-No me extrañó, se acabó y cuando se acaba, se acaba, como dicen los locutores deportivos, incluyendo las llamadas y otras persistencias.

-Pero volviste -me dijo Norma ofreciendo un perfil que tiempo atrás me alivió de cualquier infortunio.

-Sólo en sueños.

-Como sea, volviste. ¿Qué fue lo último que te dije? Prueba

tu memoria.

-Me dijiste: “Desaparece de mi vida, no quiero verte ni en sueños”, eso fue lo más agradable, lo demás preferí olvidarlo.

-Te lo tomaste muy en serio. No volví a saber de ti, como si te hubieras ido del país. -Ven, dame un beso -me dijo moviendo las cobijas arrugadas que improvisaron olas de tela y color.

-¿De qué hablamos esa noche? -le pregunté antes de darle un beso breve, perfectamente posible para dos gentes que se quisieron.

-De todo -me dijo. -Pero sobre todo de la novela que empezaste muchas veces con gran entusiasmo y que abandonaste con el mismo desaliento varias veces. Al final la terminaste. 

-¿La leíste?

-Por supuesto -me dijo.

-Escribí de ti, hablé de nosotros lo mejor que pude -le dije muy cerca de la oreja, como si fuera un secreto guardado mucho tiempo.

-Fuiste muy fino, pero poco veraz. Como sea hay un par de asuntos que resolviste bien, en los cuales lograste una fidelidad a nuestro tiempo que me conmovió, pero también me dio rabia.

-Todo el tiempo te tuve en la cabeza, una idea fija, por llamar así al hecho simple de extrañarte.

-Lo hiciste bien y, al final, la terminaste, algo que no te sentías capaz de hacer. Ganaste. Yo en cambio perdí. También hablamos de algo que te obsesionaba entonces: Gerardo Bermúdez y la mujer que te quitó. ¿Te sigue obsesionando?

-Menos que antes.

-Por cierto -me dijo Norma-, leí el libro de tu amigo. Ahí hay un cuento en el que, estoy segura, aparece esa mujer. Creo que ni siquiera le cambió el nombre, ¿Eugenia? Se trata de una historia en donde toda la trama ocurre en distintos sueños, un poco rara. Por cierto, creo saber por qué sueño con él: porque de eso hablamos la noche en que nos despedimos. Se quedó grabado; cuando despierte lo voy a anotar para decírselo al analista. Los sueños nos dicen muchas cosas. ¿Me quisiste?

-Mucho más de lo que pude. ¿Y tú?

-Demasiado. ¿Me puedes decir, entonces cómo llegamos a todo esto?

-No tengo la menor idea.

Esa fue otra verdad esencial en ese sueño: no tenía la menor idea.

Se acercó Bermúdez y me preguntó:

-Le explicaste la intersección.

-No pude. Creo que es mejor así, ¿no crees?

-Todo se vale.

La despedida ocurrió en silencio y me dejó un recuerdo que no parecía del todo real. En cambio, le agradecí a Bermúdez la realidad y la sorpresa que fue para mí la intersección de los sueños. Gracias a esto conocí a gente interesante, arreglé cosas pendientes que de otro modo nunca habría podido ordenar en mi cabeza bajo el rubro de “asunto concluido”.