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CUADERNO NEXOS

Cuba: ¿Rectificar o ratificar?

Aislada por un bloqueo asfixiante que ya dura casi treinta años; abandonada a su suerte por sus antiguos aliados soviéticos (que tampoco las tienen todas consigo); a punto del colapso económico; sin petróleo ni alimentos suficientes, criticada por propios y extraños, Cuba se dispone a dar la batalla definitiva por su sobrevivencia sin renunciar al modelo socialista construido en la isla con el apoyo y el impulso soviético durante los últimos veinte años.

Ante una situación internacional que le es por completo desfavorable, la Revolución cubana quiere ser, así lo parece, el último símbolo del futuro que las realidades del mundo hunda en el pasado. Esa es al menos la primera impresión que dejan las conclusiones conocidas hasta ahora del último Congreso del Partido Comunista de Cuba, inaugurado en el límite de una situación límite que a todas luces ya resulta impostergable.

Los observadores menos pesimistas no podían esperar de este Congreso un viraje completo, pero sí una reacción cubana – cuando menos una «señal» indicativa- ante el desastre total y definitivo del socialismo mundial, sobre todo después del golpe en la Unión Soviética cuyo rápido fracaso dejó a Fidel con las palabras en la punta de la lengua.

No ocurrió nada parecido, aunque en verdad sabemos poco de lo que pasó tras bambalinas. Sorprendió a los corresponsales el tono deliberadamente cauteloso y hermético del Congreso, tan contrastante con los grandes espectáculos que hicieron de Fidel un maestro insuperable en el arte de aprovechar la más mínima rendija publicitaria. Pero a juzgar por los escasos resultados dados a conocer por una profusa pero insuficiente cobertura periodística, la anunciada «rectificación» se produjo en el marco de lo que constituyó una verdadera ratificación formal de los paradigmas ideológicos y políticos del llamado socialismo real, incluyendo, por supuesto, la adhesión al «marxismo-leninismo» que es la ideología oficial; la afirmación del partido comunista como partido único y un matizado pero definitivo no a la competencia electoral que rechaza una vez más cualquier aproximación cubana al pluralismo político en que se basa la democracia representativa.

Los cambios anunciados durante el Congreso, incluyendo el corolario de una «electrizante» pero a todas luces anacrónica discusión sobre el ingreso al partido de los creyentes, no añadieron nada especialmente nuevo a las posiciones consabidas del partido comunista cubano. Hubo, es cierto, rectificaciones de importancia en cuanto a la elección directa de los diputados y en otras materias -la asociación con capitales extranjeros- donde se hicieron novedosas precisiones.

Pero a pesar de las numerosas críticas al «modelo», en general el Congreso respondió negativamente a esas inquietudes o dejó en un impasse algunas de las cuestiones centrales que se discuten abiertamente en todos los foros del mundo donde se menciona la situación cubana y sus perspectivas. En primer término queda pendiente la posición ante las reformas ya que bajo cualquier hipótesis (en el caso de que el actual sistema sea una hipótesis) Cuba tendrá que iniciar acelerados cambios para reintegrarse con plenos derechos a la economía internacional bajo las condiciones más adversas imaginables. En este punto, el Congreso no añadió nada nuevo a las posiciones ideológicas más «ortodoxas». Al contrario, Cuba volvió a la misma postura de rechazo que expresó hace años ante las reformas aplicadas en otros países socialistas tendientes a liberalizar la economía planificada y el estatismo extremo que caracteriza al modelo. Esa posición confirma las criticas que los cubanos hicieron más adelante a los ensayos económicos que dieron origen a la perestroika soviética y cuyos riesgos disgregadores fueron mencionados por Fidel que, en los propios términos del Congreso, resultó fortalecido. No hay pues nada nuevo en ello. Pero eso es justamente lo que sorprende, dado que las condiciones actuales han cambiado por completo y son tan distintas que apenas si queda elección ante la posibilidad de un colapso total de las actividades. Aún si dejamos por un momento fuera del análisis las condiciones de guerra fría exigidas por los Estados Unidos para normalizar la situación impuesta por el bloqueo, es obvio que incluso así, en el caso de que no siguieran las presiones, la cancelación de la ayuda soviética, con la consiguiente caída del comercio exterior cubano, de todos modos pone en un punto de quiebra a la economía desarrollada bajo el modelo socialista, que tal y como existe hoy carece por completo de viabilidad y no podrá sostenerse funcionando por mucho tiempo. No obstante -y tal vez por motivos políticos e ideológicos- el Congreso rechazó abiertamente cualquier iniciativa tendiente a restablecer «el mercado», mediante la puesta en práctica de algunas medidas de extremada emergencia como sería legalizar el llamado mercado paralelo, cuya reanimación mejoraría el dramático desabastecimiento de productos básicos que hoy adelgaza el racionamiento, sin impedir el inevitable encarecimiento del auténtico mercado negro y el trueque desigual.

A ese rechazo del mercado en materia económica corresponde la posición mecanicista que identifica democracia y capitalismo, adoptada para abordar algunos asuntos políticos cruciales y espinosos impostergables que no desaparecerán de la escena hasta que consigan una respuesta adecuada. Es el caso del tema de la sucesión, un viejo problema planteado a la Revolución cubana desde sus comienzos en 1959. No se trata, por supuesto, de discutir el obvio y permanente liderazgo de Fidel Castro ni su capacidad para interpretar mucho mejor que otros dirigentes cubanos los ritmos y las necesidades de la gente, sino de un problema de primer orden para un Estado que nació y creó sus instituciones primordiales preservando el poder unipersonal de su primer dirigente, pero que tarde o temprano tendría que afrontar la cuestión del relevo. ¿Podrá mantenerse en Cuba un Estado unipersonal gracias al centralismo del partido y las fuerzas armadas? Esto es un problema del que se habló con claridad al inicio de la Revolución pero no volvió a plantearse -mucho menos a resolverse- antes de que la crisis del socialismo hiciera estallar los supuestos que daban coherencia al centralismo del partido y a la misma idea del dirigente único. Todo esto resurge y se enlaza al paquete mayor de la crisis cubana, más que la sucesión personal de Fidel -que no resuelve el partido único- se trata de la democratización de la sociedad y el Estado revolucionario. En este sentido las expectativas de la prensa internacional eran hasta cierto punto ingenuas. Fidel no haría nada en el Congreso que diera la falsa impresión de que voluntariamente aceptaba responder desde su casa pero en un incómodo banquillo de los acusados. Pero ninguna consideración táctica o ideológica, a menos que se admita la dirección vitalicia de Fidel, evitará que un asunto de esa dimensión se replantee de nuevo en la sociedad cubana sin necesidad del Congreso.

Es obvio, sin embargo, que las posturas del PCC están lejos de ser simples caprichos ideológicos para consumo interno. Al revés: la lógica del Congreso, incluyendo las reflexiones sobre el partido único y su centralidad, corresponden a una visión estratégica que tiene como fundamento principal asegurar la capacidad defensiva cubana bajo el supuesto de que la situación internacional evolucionará cada vez más -y no menos- hacia una confrontación directa con los Estados Unidos, ante la cual sería irresponsable no prepararse. El Departamento de Estado de los Estados Unidos expresó su decepción por los resultados del Congreso, pero es obvio que mientras subsista el bloqueo, Cuba no tiene por qué dar crédito a ninguna oferta proveniente de los Estados Unidos.

Parece claro que cada país -y Cuba no es distinto a los demás- encuentra sus propios caminos para resolver los asuntos que se consideran como cruciales, aquellos que por su propia naturaleza son históricos y no se deciden de un plumazo. Es el caso de la democracia, cuyos ritmos y formas nadie puede imponer ni calcar. Importa abrir un horizonte, un proyecto que permita pensar en ese futuro como un proyecto realizable. La pregunta, en definitiva, es si Cuba podrá darse el lujo de esperar sin dar paso en esa dirección y por cuánto tiempo. Tienen que replantearse muchas posturas internas para adoptar otras medidas que le permitan abrir nuevos espacios internacionales, superar la crítica situación económica y abrir cauces a un imprescindible proceso de modernización política que requiere algo más que una rectificación dentro del modelo conocido. Es evidente que la reactivación de la diplomacia fidelista está encaminada, justamente, a volver a Iberoamérica para tejer desde allí una nueva trama política que le permita negociar en mejores condiciones no sólo con su gran interlocutor que son los Estados Unidos sino también, y en primer término, con la sociedad cubana que también aspira a cambiar.

Cualquiera que conozca un poco la Revolución cubana sabe que el socialismo en Cuba no es por completo homologable al modelo que se impuso en otros países de Europa central. Cuba surge en Latinoamérica bajo el impulso de una problemática y unos valores distintos al del simple burocratismo marxista-leninista. La Revolución reivindica otra cultura, una sociedad diferente y otra ética en las relaciones internacionales que vale la pena destacar si aún es factible reconstruir los orígenes y el proyecto. Una palabra más: Fidel peleará hasta el final y pagaría gustoso cualquier precio para defender a la Revolución. Pero no cederá en nada que -aún sin serlo- parezca una rendición. Ojalá y los norteamericanos admitan que la guerra fría del siglo XX termine en el Caribe.

Adolfo Sánchez Rebolledo. Periodista. Es coordinador de nexos TV.