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CUADERNO NEXOS

San Luis y los perdedores

En términos de política de fuerza, o de movilización social y de la opinión pública si se quiere, el doctor Salvador Nava fue el ganador absoluto en el litigio potosino. También ganó el astuto político de San Luis en lo que podría llamarse la política presidencial: hacia el Presidente, todo el tiempo de su campaña; con el Presidente, al hacerlo árbitro único del conflicto, recipendario conspicuo del alegato navista en materia legal y procesal; contra el Presidente, al marchar hacia México con fecha anunciada de arribo el primero de noviembre, cuando habría una magna concentración para recibirlo.

¿Quién perdió? Zapata, por supuesto, que no pudo convencer a los potosinos activos y de pro, los que influyen y los que mandan, de que era portador en efecto de nuevos modos de gobierno y un real talante y compromiso civilista. Nadie pareció conmoverse por su discurso pacificador, con oferta renovadora, ni siquiera por los incidentes públicos donde quien pudo haber sido víctima física era precisamente él. Y así se quedó solo y nadie podía, tal vez tampoco quería, jugar con esa soledad a la política del poder.

En términos de política democrática, esa que supone normas claras y conocidas por todos, reglas duraderas y convenios de fondo entre las partes, nadie ganó. Todavía estamos incluso a la espera del alegato navista que descansa en algún anaquel de Gobernación.

Hay la tentación de decir que «perdimos todos», pero eso suena y sale del corazón de las tinieblas y nada tiene que ver con la democracia. Pensar que fue San Luis el que perdió, frente a poderes de aquí y de allá es, por lo menos, soslayar el contexto de incredulidad o abierto desaseo en el que se dieron las campañas, las elecciones y los resultados. Si no se asume esto último, junto con sus impactos sobre el ánimo público potosino y nacional, entonces la ecuación es harto simple: no fueron San Luis o Zapata los perdedores, sino todos los demás, lo que es decir demasiado en medio de tanta fiesta. Después de todo, elecciones habrá y pronto, con arcas vacías o semillenas.

Los resultados para el avance democrático están, en efecto, por verse, pero desbordan ya, sin posibilidad fácil de retorno a la pax potosina, el ámbito local en el que tan bien se mueve el navismo. «Democracia o muerte» fue el título de un artículo de Luis Rubio en La Jornada del sábado 12 de octubre. No se trata de un eco de castrismo postmoderno (aunque del cabeceador nadie puede hacerse cargo), pero sí de sugerir, de plantear, que el clásico «hasta aquí» de la política presidencial mexicana, ha sido ya del todo superado y que adelante sólo queda la democratización rápida y extensa del sistema, y desde arriba, concluye Rubio, supongo que en el afán de que sea expedita, creíble, firme.

San Luis, en verdad, pone al sistema todo frente a la urgencia de la reforma. Por paradójico que pueda sonar, hoy se cuenta en favor de ello con unos activos cuya desvalorización parecía estar en el centro de la estrategia democrática de muchos contingentes y aspiraciones opositores. La fuerza de la presidencia, asentada en hechos y derechos provenientes del electorado, sólo podrá mantenerse si no se la somete a un perpetuo toma y daca puntual y, tal vez este es el término, paraconstitucional que no puede sino producir espejismos de fuerza y realidades de progresivo desgaste. Hay pues, como probabilidad a la vista, la necesidad de que «desde arriba» se acelere el paso.

De otra parte, las acciones y decisiones en el Bajío y el altiplano han dado paso a la conformación (confirmación, sería quizá más acertado) de una suerte de convergencia implícita pero de fondo entre vastos intereses políticos y económicos, nacionales y regionales, en el cual sustentar un consenso de gobernabilidad y disputa política abierta y democrática. Nava y el panismo guanajuatense encabezado por el gobernador Medina, tal vez extendible hasta Baja California y desde luego centrado en el centro mismo del liderazgo nacional del PAN; las cúpulas de la empresa y, ahora, importantes grupos de propietarios y sectores medios y altos de Guanajuato, San Luis, Sonora y Nuevo León, etcétera, ilustran vértices y ejes de un acuerdo que puede ser y hacerse para durar.

Fincado en unas ambiciones de largo aliento sobre la economía, articulado por entendimientos cada vez más precisos y delicados en torno a la propiedad y su usufructo, cada vez más compenetrado de una misma visión del lugar de México en el mundo, al menos en lo que a economía toca, este es el tipo de consenso que dura y domina, que puede integrar los más variados contingentes y encauzar los más enconados conflictos, pero también dejar fuera, excluir y hasta rechazar a los que simplemente se oponen y ven en cada round el final de la pelea.

Este es, por lo demás, un entorno que hace compatibles las presidencias fuertes con los sistemas de poder e intercambio político abiertos. Este es el umbral en el que estamos o hacia el que empezamos con celeridad a movernos. Los oficiantes del business as usual, el priísmo enfeudado y creyente ingenuo en que con dinero bien usado las aguas vuelven pronto a su cauce, junto con los que, desde la banqueta de enfrente, festinan (y festejan) las «primeras derrotas» de Salinas pueden toparse, de nuevo, con el país del nunca jamás.

Rolando Cordera. Economista. Director del programa nexos TV.