A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Llego a mis hermanos: Manuel, el mejor médico del planeta Tierra, él lo sabe todo, su diagnóstico da siempre pie con bola, no falla, lo atosigamos en su bondad inacabable mi hermana y yo, hasta sacarlo de sus casillas: «!soy pediatra, no gerontólogo!» responde. Es mi seguridad, mi tranquila salud, el apoyo serio con la pasividad de un abuelo, como lo fue el nuestro, médico de los de antes, o mis tíos Enriques, uno Romero Ceballos, doctorazo de pueblo que, desesperado de sus hermanas, murmuraba: «ítómate una aspirina, ponte mercurocromo, pégate un curita y no me des lata!», y el otro, Mendoza Albarrán, que se fue al norte y se perdió. Teresa: inteligente, valerosa, de cortante sentido del humor, buena, sola por furia y destino, nos queremos y nos peleamos desde que nació. Es una flor en su búcaro que se deshace sin pedir ayuda, la veo rodeada de pétalos y dolor; desterrada de su idolatrada Suprema Corte de Justicia, la imparte en sí misma con la honradez característica de mi sangre. Xavier es el ángel de la casa, con alas que se atropellan en las puertas giratorias; la señal propia en él es coraje para subsistir dignamente a pesar de una semiceguera que lo hace, no obstante, superarse. Huérfano desde los cinco años, es nuestro hijo y el más sabio por silencio, dotado de una rara indiferencia y eso, la orfandad, desamparado y armado de tercas paciencias.

Mis hermanos y yo hemos conseguido una amistad de cuarteto de Guanajuato, porque somos infatigables en las diferencias y necedades nacionales, de nacencia, de origen. Nos gustamos en la risa e incesantes nos celamos. Por supuesto que soy la entercada en que me quieran y estén orgullosos de mí. Manuel y yo fuimos juntos al colegio, y nos acercamos lo suficiente para que en las puertas del Cristóbal Colón y del Francés nos dijéramos un hasta luego cumplido sin falta. Xavier y yo nos complementamos en el trabajo respetándonos en los caracteres alejados como las Antípodas. Lo quiero con hondura, me inclino ante su inocente pureza e implacable altivez. Con Teresa la cosa cambia, porque pareciéndonos mucho repetimos la rivalidad de hermanas frente a la madre, claro que mi mamá la quiso más a ella… y vuelta a empezar.

Luchitey es la otra hermana-prima-amiga que me acompaña, inteligente. Lucía Esther Leroux es ejemplar en su lucha nutricional y su entrega política que hace ver contra viento y marea con voz que sube a los metales, y un humor en sordina, el cual, no obstante, usa talentosa para amainar la furia izquierdista que su noble corazón le arrebata.

Un día me casé llena de testigos lujosos en Atlixco. Me entregó Héctor Azar, padre providente. Dimos tres vueltas paternas al jardín en un auto negro de bodas verdaderas, y en el Palacio Municipal de Atlixco dijimos el sí el interfecto y yo. El juez estaba atónito al llamar a los testigos, no salía del asombro: ¿Gabriel García Márquez, el de Cien años de soledad ¿Octavio Paz, el poeta? ¿Flores de la Peña, el secretario de Pesca? ¿Cesarman, el cardiólogo, el psicoanalista?… la lista de cineastas, escritores, etc., produjeron una especie de conmoción cerebral y dijo un fervorín, llamémosle así, todo desarticulado, al pie del mural de Juárez, mi felicidad era extrema, en primer lugar había adelgazado, y creí, ilusa, que bajaba al puerto último y seguro; me equivoqué otra vez, no hay remedio.

Ya voy en las últimas, boqueo, íqué felicidad! De esto a mi novela otra, la que se llamará Trenza de seda y describe ideales todavía no lo suficiente maltrechos, mi empeño en ser, con la misma terquedad guanajuatense, de la política. Voy a San Miguel de Allende y me siento a platicar las horas enteras con Enrique Fernández Martínez, mi único amigo de provincia, el que rompió la pesarosa soledad de aquel lugar, jardín cerrado para mí, que fui juzgada extranjera habiendo nacido a tres cuartos de hora del jardín principal de mi ciudad adoptada para la muerte; allí no soy de allí, son los gringos, sí, de Minnesota, de Amarillo, de donde usted quiera y mande, no yo. Muy difícil para mí, descasada, con mal inglés, digno de Katy Jurado, sin capital, ni marido, nada más la pertenencia al estado desde mis tatarabuelos y choznos, sólo, y una desdicha que enseño a veces sin querer. Con Enrique más que todo la conversa es monólogo, porque si bien sabe oír, es tan arrebatador lo que dice, pronostica, juzga, decreta, que lo de uno importa un bledo. Me río mucho con él y su inteligencia de acero, profeta, me gusta su compañía, su buen gusto y generosidad, convivo con sus hijos, paseamos en motocicleta, sorbemos helados, y todos los días encuentra para mí casas empinadas y terrenos inaccesibles que me convence de comprar, y al ir a cerrar trato él desaparece en Grecia, en Nueva York o se va a dar la vuelta al mundo tres meses en trasatlántico… así no se puede. Enrique sería el mejor gobernador que mi tierra merece, es una pena para mí desde luego, que no esté en la pelea. Es soledoso como yo, viaja, goza la joven autoridad en la palabra y en las ciudades que recorre como un viajero antiguo con lupa en la mano y ojo avisor.

No quiero despedirme sin darle la vuelta al canasto de las frutas queretanas que es la amistad con Edmundo González Llaca, su historia, lo conminé a contarme una y otra vez, en aquellos viajes semanales en mi auto rumbo a su tierra, donde lo dejaba en una casa encalada que brillaba materialmente al sol como si fuera a quemarse, y yo seguía mis pisos sanmiguelenses, ícómo hablábamos!, ícómo la oía, oigo!, una inteligencia la suya muy interesante, de provinciano educado en Francia, culto e inasible, se va de la mano como agua, es una imposibilidad, mas también entrañable, plagado de bondades y manías, como la política en él dominante. Es seguro, honrado y tenaz, adoro materialmente su humor chispeante, no hay a su lado hora tediosa, y miren que las pasamos hasta el amanecer en el Palacio de San Lázaro, antes de la hoguera que le estaba decretada. Quiere Edmundo ser todo, como yo, y a veces bordamos en regresar a las curules y él se niega y yo insisto, y de allí al reino de la imaginación no hay más que un paso. Cuéntame de tu abuelo… cuenta; cuéntame de tus tíos los rancheros, cuenta y me cuenta de su mamá que yo conocí, sapientísima y aún dejando ver la belleza fuera de serie que era en su juventud; cuéntame de cómo naciste y te ibas a morir y sonaron las campanas de la iglesia y dijo tu abuelo el gobernador que vivirías, que esa era la señal esperada… y cuenta. Fuimos a entregar el bosque de «Los Alcanfores» que ganó siendo diputado González Llaca, a Ferrocarriles de México, y en lo cual ayudé con un granito de azúcar. Edmundo ni nos saludó, estaba radiante, menos, por supuesto, que su hermana Patricia, la muchacha que a mí me encanta de tan bonita. Lo extraño, nos buscamos como náufragos, cargamos difuntos parecidos, oquedades, enfraternados, vamos.. El querría que bordara más de nuestras diputaciones y nuestros futuros, exigiría más tomos que En busca del tiempo perdido, pero esto no es, ya lo dije cien veces, nada más que un ramo de rosas que ofrezco antes de deshojarse.

Por eso no quería, según transcurren los días (mañana es 31 de diciembre), aparecen en mis «caxoncitos» seres que no planeaba sacar a colación, lo he dicho al cansancio, la promesa se rompió ante adversidad disciplinaria de una tarea inconclusa y que debí cerrar, y lo hice, por salud mental y respeto a mí misma. Juan Antonio Araujo es mi otro afecto esencial. Hicimos juntos la campaña guanajuatense riéndonos a borbotones (entonces Toño estaba muy alegre y su humor era contagioso y finísimo, delgadito como un hilo de oro). Un día al pasar por los terrenos de su rancho cerca de Silao, vimos desde el camión del candidato a gobernador muchos caballos corriendo; sus estampas erguidas y brillosas eran el paisaje mismo, bellos y fuertes allí iban al trote rápido como jugando carreras con el autobús. ¿Son machos o hembras?… Toño dijo que diez nada más eran hembras, ¿cómo las distingues?… ípor las pestañas!… Allí supe que íbamos a estar emparejados juntos, curul a curul, amigos hasta hoy, Es un hombre entero y elegante, ahora un tanto meditabundo y creo que le pesa su hermano muerto del corazón en sus brazos, y a su vez las dos operaciones a corazón abierto que le han hecho a él. Sabe de política guanajuatense como pocos, tiene clase, y las heridas en su pecho le han dado mayor amorosidad. Los guanajuatenses no tenemos propiamente fama de codos, de avaros, sin embargo por ahí anda la cosa, y los ejemplos sobran, empezando por mi abuelo paterno, pero Toño es la excepción y presuntuosamente me uno a él en la misma. No nos dude la prenda ni la talega para abrirla, quizás es nuestra falla, pero a ambos se nos borra la deuda. Pentimento.

Se me ocurre que no puedo hablar de Toño Araujo sin regresar a la Cámara de Diputados en la evocación de las implacables desveladas que aguantábamos como un solo hombre (y mujer), él a mi derecha y en la curul contigua, a mi izquierda, Alberto Mercado, otro amigo de una simpatía arrolladora y con el cual no es posible estar sin reír… sus imitaciones de los oradores maletas, los farragosos, los torpes, los incisivos derechistas que suplen el dedo admonitorio por manecitas donde el índice y el pulgar juegan matar pulgas enseñándonos lo mínimo de la discusión. Luego encendía una pajuela de incienso y concentrábase en el íOmmmmmmm! yoga, para terminar la noche e iniciar el alba leyéndome su poesía amorosa. A veces nos visitaba Almita Salas, diputada por Jalisco, a la cual, estoy segura, sacamos de su seriedad campesina para jugar con nosotros a la risa de la vida. Lleverino, Lacozepeda, Graco Ramírez Abreu, Arenas, Orcí, los míos ajenos…

Esas fueron las noches… la preciosa vida verdaderamente vivida… El pasado entre las manos antes de morirnos.