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Yo entraba al teatro Silvia Pinal a ver la obra Cats. Había comprado un boleto de primera fila y una vez que la acomodadora me instaló en mi butaca me puse a hojear el programa de mano. Echaba también miradas a la escenografía y escuchaba las conversaciones de los espectadores a la espera de que comenzara la función.

Alguien me llamó desde la parte de arriba del teatro. Me levanté de la butaca para localizar la voz y en un palco lateral vi a una mujer de unos sesenta años muy parecida a Margaret Thatcher.

-¿Sabe quien soy?- me preguntó a gritos.

-Sí- le grité, extrañado por el hecho de que no me diera vergüenza gritar saludos en público-. Por las fotos. Y la última vez, hace nueve años, la vi por televisión en la entrega de los Tonis. Nunca me esperé verla ahí. Como un fantasma televisivo. Sigue usted igual.

-Suba usted. Mi esposo no tarda en llegar.

-¿Qué son Los Tony’s -me preguntó la mujer de la segunda fila que venía con su hija y llevaba rato dudando de que la cantante María del Sol hiciera un papel digno como Grizabella, La Gata del Glamour; la señora había visto la obra en Nueva York y estaba segura de que en México el papel debió ser para la cantante Rocío Banquells-. ¿Los Tony’s es una cadena de pizzerías?

-Los Tonis son como los Oscares del teatro -le dije mientras tomaba mi chamarra, enrollaba mi programa de mano y me disponía a importunar a las piernas que separaban mi butaca del corredor.

-¿Y ella quién es, oiga? ¿Es conocida, verdad? -me preguntó la hija de la señora.

-Es Valerie Eliot -dije, con el pequeño orgullo público de que alguien conocido me invitara a su palco a departir, a excepcionarme.

-¿Y ésa, quién es? -preguntó la señora, como quien no está dispuesto a admitir distinciones si no están sancionadas por la fama radiofónica y televisiva.

-Es la viuda de T.S. Eliot.

-¿Y ése, quién es?

-Es el autor de esta obra.

-Joven, está usted loco. El autor de esta obra se llama Andrew Lloyd Weber -me dijo un señor de la tercera fila.

-La música es de Lloyd Weber -dije-. Las letras salieron de un libro de T. S. Eliot sobre gatos. Incluso «Memory», el hit de la obra, es un collage de versos de Eliot sacados de poemas como «Rhapsody on a Windy Night» y algunos de los «Preludes». El recitativo está sacado de Four Quartets. Aunque aquí oiremos la versión al español. Y ahí sí yo no sé. Pero es de Eliot. Seguro. Ahí está en el programa de mano.

-Mentiroso -dijo la señora-. En el programa no dice nada.

Actuando mi molestia, me puse la chamarra bajo la axila y desenrollé el programa de mano para buscar la refutación. Con molestia mayor vi que en el programa no se mencionaba a Eliot.

-Es un error -dije-. Cambiaron los programas. La otra vez que vine sí estaba. No importa. Créanme que es de Eliot. ¿Me permite salir? -le dije al espectador cuyas piernas me obstruían el paso. Miré hacia el palco y Valerie Eliot me hacía señas. Recordé también que en la otra ocasión no había palcos en el teatro Silvia Pinal. Los había extrañado porque eran parte fundamental de mi vida, o sea que eran parte fundamental del cine Estadio que dejó su sitio y su estructura al nuevo teatro.

-Está loco -dijo otro señor-. ¿Cómo va a ser la viuda esa señora si dijo que su marido llegaría allá arriba?

-No sé -respondí-. Déjeme pasar por favor -le dije a otra persona y casi a empujones de piernas logré abrirme paso.

Antes de llegar al corredor pasé bajo el palco de Velerie Eliot haciéndole con los dedos la seña de que en un momento estaría con ella. En el pasillo, buscando la escalera de acceso al palco, volví a encontrarme al Charlie. Digo volví porque días antes alguien me había llamado mientras yo caminaba por el Parque México de la colonia Condesa.

-¿No te acuerdas? -me gritó. El venía con un desatado niño de tres años de edad que a su vez venía con un chicharrón más grande que él.

-¿Quién eres? -le dije mientras nos acercábamos.

-Yaaaa. Pues Carlos.

-Charlie, carajo. ¿Qué pasó?

-¿A poco ya vives otra vez por aquí?

En efecto yo acababa de regresar a la colonia Condesa después de haber vivido años en la colonia Escandón. Al decir por aquí El Charlie se refería a los años de la palomilla del Parque México. El Charlie era el hijo de la portera de un edificio de la avenida México que rodea al parque. Mientras El Charlie trataba de controlar a su hijo nos hicimos un resumen de nuestras vidas y pasamos a preguntarnos a quiénes habíamos visto de los antiguos. A nadie, desde hacía años. En una de esas, como en un sobrentendido, me dijo que lo malo había sido lo de Pedro.

-¿Qué le pasó a Pedro? -pregunté.

-¿No sabes? No manches. ¿No sabes? Si era tu hermano.

-No, no sé nada.

-SSS. Se mató.

-¿Cómo que se mató? ¿En que?

-Se mató, cabrón. Se suicidó.

-¿Por qué? No mames.

-Se suicidó hace dos años. Bien pinche. Se pegó un balazo en la boca.

-¿Pero qué pasó?

-Se mató, cabrón. Así nomás.

-¿Y tú cómo supiste?

-Yo pensé que tú sabías. A mí me dijo mi mamá. ¿Te acuerdas de mi mamá? Todavía es la portera de aquí -dijo señalando al viejo edificio-. A mi mamá le dijo la señora Nieves, que aún veía a la familia de Pedro.

En la plática El Charlie había soltado a su hijo que estaba ya a varios metros de distancia. Charlie se apresuró a ir por él y apresuramos también una despedida con la típica cosa de a ver cuándo nos veíamos.

Ahora volvía a encontrarme al Charlie en el pasillo del teatro. El Charlie me dijo:

-íStetson! ¿Ya te acordaste? ¿Qué haces aquí por el cine Estadio?

-Ya no es el Estadio -le dije-. Es el teatro Silvia Pinal. ¿Por qué me dices Stetson?

-Para que te acuerdes, cabrón.

-¿Pero cómo sabes lo de Stetson? -me refería a mi incredulidad de que El Charlie supiera de la obra de Eliot y al hecho de que en la Tierra Baldía la voz cantante se dirige a un Stetson para preguntarle si el cadáver que plantó en su jardín el año pasado florecerá este año.

-Ya ves -dijo El Charlie-. Yo tengo mi culturita, güey. Además qué chiste, si aquí todo el rollo está muy eliotiano, ¿no? Digo, Cats y todo. ¿Vas a entrar?

Le dije que sí, ocultándole el hecho de que subiría al palco a ver a Valerie Eliot, sintiéndome culpable porque de algún modo sabía que El Charlie no tenía dinero para pagar la entrada; sabiendo, aunque estuviéramos dentro, que en ese instante estábamos afuera. Me despedí de él y volví a decirle que a ver cuándo etcétera.

A la puerta del palco estaba de guardián el jardinero Fidel, que cuando niños nos ponchaba balones y pelotas con el pincho de recoger basura -y con las fauces de su perro mastín El Canelo- por jugar futbol en los prados del Parque México. Me dijo que no podía entrar, que estaba reservado. Le dije que por favor avisara a la señora de adentro, lo cual Fidel -yo supe que me había reconocido como el infante que fui pese a los rasgos adultos- hizo de mala gana. Un momento después salió Valerie Eliot y me dijo afablemente que pasara. Fidel me vio entrar con ojos entre irónicos y ariscos. Detuvo a su perro Canelo.

Ya sentado, por hacer plática le dije a Valerie Eliot que hacía años, cuando aquello era el cine Estadio, no había puertas para entrar a los palcos, palcos que en realidad eran segundos pisos laterales: uno retiraba la cortina y estaba adentro. Tampoco había escaleras sino largas rampas.

-Qué interesante -me dijo-. ¿O sea que esto no era un teatro? 

-No. Era un cine. Más que un cine, era la mitad de mi vida -dije sin querer, y sin querer mi lacrimal entró en funciones. Valerie Eliot omitió mi turbación para no apenarme y dijo que su esposo no tardaría. En ese momento T. S. Eliot entró al palco. Estaba a finales de sus cincuentas, como yo recordaba haberlo visto en una foto de mediados de los cuarentas tomada en la editorial Faber & Faber. Antes que otra cosa, me preguntó:

-¿Cómo le dicen?

-Güicho -le dije.

-Güicho -me dijo-, yo soy Tom -y soltó una carcajada que yo había oído en un texano, papá de un amigo. Eliot me sacudió la mano varias veces y me invitó a sentarme. El se sentó junto a Valerie Eliot y comentó que era un sitio muy curioso. 

-Es que era un cine -dijo Valerie Eliot.

-¿Ah sí? Pues que lo hagan cine otra vez -dijo Eliot y soltó otra carcajada.

Como desatado, Eliot miró hacia la puerta del palco y preguntó para qué era ese hoyito que estaba en ella.

-Es para ver quién entra -le dije, extrañado yo también de que hubiera ese pequeño lente de aumento que sólo se usa en las viviendas-. Usted se asoma ahí y ve quién es la persona que quiere entrar.

-¿De veras? -dijo Eliot divertido y poniéndose de pie-. A ver, párese y salga -me dijo-. Usted toca, yo lo veo por ahí, y si considero que usted es aceptable, lo dejo entrar.

Salí, Eliot cerró la puerta, esperé un momento y toqué. Eliot me abrió y me dijo sonriendo y aprobando con un levantamiento de cejas que sí servía el invento.

-Ahora voy yo -me dijo, y salió. Esperó un momento, tocó. Cuando me asomé por la mirilla vi el ojo gigantesco de T. S. Eliot pegado a la puerta. Al entrar soltó su consabida carcajada texana.

Eliot dijo entonces que iría por palomitas. No tuve tiempo de decirle que en el teatro no vendían palomitas. Oí en cambio que al salir le decía al jardinero Fidel, refiriéndose al Canelo en una autocita de la Tierra Baldía: «íAleja al perro de ahí, que es enemigo de los hombres!» y se carcajeaba de nuevo mientras se perdía por el pasillo.     

-No me ha ido mal con Cats -dijo Valerie Eliot con la vista extraviada en el escenario-. Soy la heredera de los derechos de autor de mi marido. El señor Lloyd Weber, muy gentilmente, me ofreció un tres por ciento de las ganancias que Cats recaudara. Y sólo por asistencia a teatros, en todo el mundo -aunque más que nada en Broadway y Londres- Cats ha recaudado unos quinientos millones de dólares, sin contar grabaciones y derechos musicales. ¿Usted ya la conoce, no? ¿La vio en Broadway?

-No, no. Yo nunca he salido de México. Sólo compré el disco hace siglos.

-¿Siglos? La obra tiene diez años.

-Exactamente. Compré el disco cuando Cats todavía no llegaba ni a Broadway. Creo que fue el primer ejemplar de Cats que llegó a México y yo di con él de casualidad. Creo que fue en agosto de 1981. Incluso escribí algo en un suplemento cultural.

-¿No me diga? Tom -le dijo a Eliot que entraba con unos chocolates Pon pons (porque no había palomitas, pensé)-: Güicho escribió algo sobre Cats hace tiempo.

-No, pero no era nada -dije yo avergonzado por la indiscreción de Valerie Eliot.

-¿Me puede dar una copia? -dijo Eliot.

-Mire -le dije-, ni siquiera la tengo. No sé dónde quedó ese sumplemento. No me viene a la memoria si lo tiré o qué hice. En el fondo, nunca he conservado nada bien.

-Bueno, no importa -dijo Eliot, atajando mi confesión no pedida-. ¿No quieren Pon pons? -nos preguntó divertidamente. Luego insistió, con un Pon pons girando en la boca-: ¿Y qué decía su artículo?

-Mire, de verdad que no vale la pena -dije-. Y de lo que me acuerdo, tal vez hay cosas que le incomodarían.

-Dígamelo. A mí ya muy pocas cosas me incomodarían, después de toda una vida de incomodidades a la Prufrock -dijo Eliot y se carcajeó de nuevo.

-En alguna parte decía por ejemplo que tras el personaje de Grizabella en Cats…

-A Grizabella no la incluí en el Old Possum’s… -me interrumpió Eliot.

-Sí, por eso -dije-. Escribí que frente a ese personaje inacabado, o no incluido -y que luego fue posible rescatar gracias a que su viuda le dio los apuntes de usted a Andrew Lloyd Weber y al dramaturgo Trevor Nunn-, digo que al escuchar del disco lo atravesaba una especie de escalofrío al recordar a su primera mujer, Vivien Haigh-Wood.

-Eso ya pasó -dijo Eliot fríamente-. Pero usted se equivoca de cualquier modo. Grizabella no era más que una gatita cocota que acaba en los arrabales. Demasiado triste y truculento para los niños. Mi libro sobre los gatos estaba dirigido a los niños.

-Grizabella es, sobre todo -dije- una mujer cincuentona y desechada.

-En la obra queda redimida -dijo Valerie Eliot, desviando la vista del escenario y un poco molesta por la conversación.

En Cats sí -dije yo.

-Me refiero a la obra completa de Tom -dijo Valerie Eliot, secamente. Luego retomó la suavidad para preguntarme después de un suspiro-: ¿Qué más decía su nota?

-Bueno, hice una pequeña profecía que luego resultó cierta: que «Memory» iba a ser un hit y que seguramente el lacrimal de T. S. Eliot, de haber vivido para verlo, habría entrado en funciones. -En ese momento supe que el lacrimal de Eliot entraba en funciones; lo que no supe es si en ese momento las funciones de su lacrimal se estaban confundiendo con las del mío. El caso es que Eliot y yo nos pasamos por los ojos el dorso de la mano derecha-. Después de todo -continué- él insistió en que lo mejor para la poesía era que llegara a la mayor cantidad de público. Y después de todo -le dije directamente a Valerie Eliot- la misma obra de su esposo tiene mucho de music-hall. La Tierra Baldía parece en ocasiones un teatro de revista: entran y salen voces, canciones, números escénicos, personajes. ¿Recuerda usted, incluso, el ensayo de su esposo sobre Marie Lloyd, la actriz de music-hall?

-Recuerdo -dijo Eliot con una voz ahora cavernosa y con la vista perdida en el escenario, como si este «Recuerdo» fuera una autocita: el «I remember» que aparece varias ocasiones en la Tierra Baldía.

Por cambiar de tema, le pregunté a Valerie Eliot, como si Eliot no estuviera ahí (no estaba):

-¿Cuándo sale el segundo tomo de las cartas de su esposo?

-Ah, estoy en eso -dijo ella-. Yo creo que a principios de 1993.

-En el primer tomo algunas cartas estaban expurgadas y otras se excluyeron, ¿no?

-No sé de qué me habla -dijo Valerie Eliot-. Yo hice mi trabajo como debía hacerse -y añadió, cortante-: Hay papeles que por estipulación propia del Poeta -por primera vez no dijo Tom- sólo verán la luz a la vuelta del año 2010.

-Discúlpeme -dije yo.

-Acepto la disculpa -dijo Valerie Eliot.

-Debió ser Rocío Banquells -dijo a su hija la señora que al principio estaba en la segunda fila: inexplicablemente ambas se habían instalado en el palco, atrás de nosotros-. María del Sol no le mete fuerza, no le echa ganas. En Nueva York yo me puse chinita cuando cantaron «Memory». Y aquí, nada.

-Mire, señora -le dije volviendo la cabeza-. No sé qué tan bien lo vaya a hacer María del Sol en el momento en que de veras le toca. Yo no vi la obra en Nueva York ni en ningún lado pero, como solemos decir en Chetumal, mon cher, c’est la même chose. Por el disco que me sé de memoria desde hace años le digo que ésto que ella acaba de cantar -(me extrañó, y no, que estuviéramos en el intermedio del espectáculo cuando apenas esperábamos que empezara)- es apenas un atisbo, un «apunte musical» de «Memory» para terminar el primer acto. La interpretación fuerte de «Memory», cuando se supone que usted debe «ponerse chinita», viene cerca del final de la obra. Entonces espérese o acuérdese, si es que de veras estuvo en Nueva York.

-¿Y usted qué se mete? -me dijo la señora. Luego le dijo a Eliot, sacándolo de su vacío memorioso-: Este es el idiota que dice que usted hizo esta obra. -Como Eliot volvió a abstraerse, la mujer nos dijo alternamente a Valerie Eliot, a mí y a su hija, como una cacatúa que picotea-: Si en el programa lo dice bien clarito: el autor es Andrew Lloyd Weber, el mismo de Evita y José El Soñador y J.C. Superestrella. Y de El Monstruo de la Laguna Verde.

-No es El Monstruo de la Laguna Verde sino El Fantasma de la Opera -dije correctivo y rencoroso.

-Pues eso -dijo la señora.

-Pues eso -la remedé-. Y pues ya estamos fuera de moda -la remedé aún más rencorosamente-. Lo último de Andrew Lloyd Weber, y que usted no vería hoy ni aunque fuera a Nueva York porque no encontraría un solo boleto, se llama Aspects of Love, una obra basada (recuérdelo para cuando la traigan a México, cosa que ocurrirá dentro de unos quince años) en una novela de David Garnett. Y le anticipo el hit, recuérdelo: se llama «El amor lo cambia todo». Por cierto, Adolfo Bioy Casares tiene un ensayo espléndido sobre esa novela. De éso sí le puedo dar una fotocopia -dije, sin darme cuenta de la inconexión.

-¿Cuáles fotocopias, idiota, imbécil? ¿Por qué me habla así? -dijo la señora-. Estúpido. Animal. Además, no se haga, ya sabe lo que tiene que hacer.

-¿Qué, mamá? -dijo la hija.

-El ya sabe lo que tiene que hacer.

Este recordatorio me hundió en mi asiento.

-¿Tiene algo que hacer usted? -me preguntó Valerie Eliot ambiguamente.

-La señora tiene razón. Viene mi momento difícil -dije, y me levanté rumbo al pasillo. Afuera del palco el jardinero Fidel detuvo otra vez a su perro mientras él mismo descolgaba mi chamarra de un perchero que no estaba en el principio, me ayudaba a meter los brazos en ella, me ajustaba unas solapas que la chamarra no tenía y sonreía burlonamente, como el valet de Prufrock.

Busqué la puerta de acceso al foro. Antes de casi empujarme hacia el escenario, el gerente del teatro me dio un gato de peluche como diciendo: «Ni modo. Es parte del negocio».

Los actores estaban sobre el escenario, con los brazos cruzados al frente o con las manos en la espalda, con sus disfraces respectivos y como quien espera el discurso de las cien representaciones después de que se develó la placa.

Avancé hacia el micrófono. Mientras esperaba a que el público dejara de silbar y murmurar, levanté la cabeza y respiré hondo. El público seguía murmurando. Yo mismo como un actor que debe reflejar paciencia, bajé la vista para estudiar al gato de peluche que tenía en la mano derecha. Luego miré al techo y luego al círculo de actores atrás de mí. Cuando se hizo el silencio dirigí por fin la vista al público y dije ante el micrófono:

«Señoras y señores:

«Un distinguido espectador que nos acompaña esta noche lo escribió hace años en un poema titulado The Waste Land, la Tierra Baldía. El citaba a Buda para decir que somos pasto del fuego. Burning burning burning burning. Es así porque hace unos momentos en el pasillo me encontré nuevamente al Charlie quien, sin mencionarme el asunto, con su sola aparición me impactó otra vez con la noticia del suicidio de un querido amigo, Pedro Ventura, que se pegó un balazo en la boca. El Charlie no puede estar aquí para referirles esto mejor que yo, porque ni siquiera tenía dinero para pagar su boleto de entrada y ahora me siento mal de no haber hecho algo más, de no habérselo pagado, de no haberlo invitado a mi casa ahí mismo…

-Pinche tacaño -gritó alguien del público y yo tuve que mirar otra vez al gato de peluche mientras esperaba a que se disolviera la ola de risotadas.

«Pedro Ventura», continué en cuanto pude, «era mi hermano desde la infancia. Lo perdí al perder los dos la adolescencia. Una tarde, a los dieciocho años de nuestras edades, salió de mi casa con un ejemplar de Las flores del mal y no volví a verlo. Y de pronto por medio de El Charlie me entero de que se mató. Y sólo queda el lamento como una forma de la vanidad: tal vez si yo hubiera estado ahí las cosas habrían sido de otro modo. ¿Por qué no lo busqué yo en algún momento?…»

-Es lo típico -gritó alguien del público.

-Todos se sienten culpables después -dijo alguien más, mientras yo capeaba la interrupción volteando al círculo de actores que desdoblaban los brazos o descargaban el peso del cuerpo sobre la otra pierna hasta que el público dejó de murmurar.

«Es lo típico», retomé. «Y más que eso: lo previsible, lo argumental de la tragedia. La muerte trágica es un mal guión hecho por un argumentista inepto: lleno de baches y sin ahorrarse ninguna obviedad, ni siquiera la del amigo culposo que no buscó a tiempo al otro y ahora lo sabe muerto.

«La memoria es nuestra única escuela. ¿Qué aprendemos ahí? Que el tiempo es el fuego en el que ardemos. Por eso, ya que hablamos de fuego y memoria, es curioso lo que voy a contarles», dije, y levanté de nuevo la cabeza en una pausa escénica que era en realidad falta de aire. «Pedro Ventura yo», continué, «íbamos mucho al cine. Este mismo teatro, antes cine Estadio, era nuestro feudo, era como una extensión natural de la colonia Condesa aunque estuviera en la colonia Roma. Pero el incidente no ocurrió aquí sino en el cine México de la avenida Cuauhtémoc.

«Tendríamos unos once años. Fuimos a ver La noche de los generales, una película con Paul Newman y con la actriz italiana Silva Koscina, que me encantaba. La función ya había empezado y Pedro y yo subíamos al segundo piso del cine con nuestro cartón de palomitas y un vaso de cera con Pepsicola.»La memoria es nuestra única escuela. ¿Qué aprendemos ahí?

«En eso un cable chisporroteó como si por él corriera pólvora y hubo una explosión. La oscuridad del cine se encendió de chispas y llamas. Hubo gritos de pánico y todos salimos corriendo -nosotros con ventaja porque apenas llegábamos-, atropellándonos y esquivándonos a todo lo largo de los pasillos y las escaleras. Recuerdo a un señor infartado contra un barandal de las escaleras, tratando de seguir adelante, con el brazo izquierdo hecho una tabla y agarrándose el pecho con la mano derecha. Recuerdo a una señora que jalaba a su hijo de la mano y lo hacía volar y dar de tumbos por los escalones. Recuerdo zapatos regados en el camino, bolsas de mujer, suéteres, una pulsera.

«Llegamos corriendo hasta la calle y nos detuvimos frente a la fachada del cine, resollando, muertos del susto, entre una pequeña congregación que aumentaba con los curiosos y los rezagados que salían huyendo del cine México. En eso sentí húmedos los zapatos y los calcetines, y pensé que me había orinado. Pero no: me vi el pantalón y estaba seco. Al levantar la cabeza vi entonces que en la mano izquierda aún tenía el vaso de cera del refresco, prácticamente vacío, y en la mano derecha tenía el cartón de palomitas, casi vacío de no ser por las muruñas y las pelotitas de maíz que siempre quedan al final. Pero tenía las mismas cosas pero en las manos contrarias. Nos vimos como en un espejo y nos reímos del absurdo.

«Después supimos que habían apagado el fuego con un extinguidor antes de que llegaran los bomberos y las ambulancias. De regreso en el camión Roma-Mérida que nos llevaría a la colonia Condesa, Pedro Ventura y yo pensamos por separado que los condeseros no nos iban a creer o que nos considerarían cobardes o imbéciles por los objetos que conservamos sin darnos cuenta.

«Pero desde entonces, aunque entonces yo no lo formulara así, para mí la prueba de que alguien ha estado en el infierno es que al salir tiene en las manos un cartón de palomitas y un vaso de cera de Pepsicola.

«El hecho de que estos objetos estén en el pasado y sean tan difíciles de conseguir, indica que el de Pedro Ventura era un infierno irrecobrable.

«Ahora, si me permiten y para no entorpecer más la función, debo ir al Parque México a un servicio funerario y apartar de ahí al perro Canelo del jardinero Fidel, no sea que con las uñas vaya a desenterrar el infierno del que no salió Pedro Ventura».