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Miroslav Holub es un poeta y biólogo checoslovaco. Acaba de aparecer en español un libro con sus Poemas en Ediciones Cátedra. Este artículo se publicó en Harper’s, mayo de 1991.

Durante una celebración no muy pequeña de algunos éxitos en la investigación, uno de los investigadores ocupado en el cultivo de tejidos in vitro exclamó: «In vitro veritas». La frase comenzó a perseguirme. ¿Qué tanta verdad puede uno encontrar «en un vidrio»? Tras dos mil millones de existencia unicelular, la vida trazó el camino de la especialización celular, de la división del trabajo y las funciones entre las células, y de la fusión celular en organismos mayores y más autorregulados. ¿Qué puede revelarse al arrojar células y fusiones celulares en un recipiente lleno de algún ingenioso, aunque algo deficiente, protomar?

Las células normales, no malignas, se rehúsan a crecer en los cultivos durante determinado periodo de tiempo. Pero en su tiempo asignado in vitro pueden revelar parte de la verdad sobre si mismas. En un cultivo bien hecho, las células diseñadas para ingerir seguirán ingiriendo por un tiempo, las células cardiovasculares pulsarán rítmicamente durante un tiempo, las células divisibles se dividirán un poco más, y las células nerviosas ampliarán las delicadas y refinadas proyecciones a través de las cuales se transportan los impulsos. Células diseñadas para sintetizar anticuerpos pueden elaborarse para ese fin, en especial después de fusionarse con células de tumor. Cuando esto sucede, líneas de células casi inmortales surgen de una sola célula, creando así uno de los instrumentos más productivos de la biología moderna: anticuerpos monoclonales absolutamente puros. Estas células, en cultivos grandes y refinados pueden producir interferón o facilitar la producción de virus para vacunas.

Las células de los cultivos de tejidos nos dicen muchas cosas ciertas sobre sí mismas. Pero saben tanto de la música del organismo como lo que sabe un montón de azafrán sobre la «Canción de primavera» de Mendelssohn. Separadas de las células de los tejidos conjuntivos, que proporcionan redes intrincadas voluntariamente, las células in vitro sufren quizá no sólo de falta de alimento, sino de falta de información. Intentarían lograr contactos naturales, buscarse entre sí, producir señales y combinarse con tejidos primitivos. Pero carecerán de su principal significado, el que indujo los orígenes de cuerpos multicelulares. Estarán peor que una hormiga sin su hormiguero o una persona aislada en un cuarto oscuro, a prueba de ruidos.

Observar cultivos de tejido en el microscopio es muy satisfactorio porque es uno de los pocos medios de introspección directa en los modos de vida celular. Pero al mismo tiempo es triste y perturbador: serás testigo de la extinción de las unidades vitales. Oxígeno insuficiente, una fracción de demasiada acidez, un error en uno solo de los aminoácidos, y no queda nada sino un cementerio vasto y silencioso, un campo de batalla casi vacío después de una batalla en la que perdieron todos los bandos.

Y en este testimonio sólo hay una verdad general, una verdad básica con dos caras que puede observarse en el vidrio, a través del microscopio.

Todo persona que se dedica a cultivar tejidos sabe que las primeras horas posteriores a la implantación de las células en el medio son las peores. Los factores más primitivos, como la naturaleza misma del agua o del suero embrionario puede ser el fin del cultivo. Incluso empleando la mejor agua y el suero menos tóxico, las primeras horas son una gran hecatombe entre las células, una vasta selección entre los individuos que resistirán y los que no (la mayoría). En el cultivo de tejidos, las células se seleccionan mediante un proceso que sólo difícilmente puede predecirse y controlarse. La vida de los colectivos celulares en el cultivo es siempre subtotal, nunca total. La inmortalidad relativa que logramos en nuestras células involucra sólo una pequeña selección de células, de cualquier clase. Las células normales crecen sólo durante un tiempo limitado, establecido por el número programado de divisiones celulares posibles. Sólo las células de tumor muestran un crecimiento general -con un cuidado apropiado, un crecimiento ilimitado- como homenaje vivo al donador muerto. (Las células más sorprendentes de este tipo son las de Henrietta Laks, que crecen in vitro desde 1951). Pero, finalmente, aun los cultivos de los individuos seleccionados, los más aptos -obedientes a la ley de la vida básica-, perecen. Ese es un aspecto de la verdad antes mencionada.

El otro asunto es que aun en lo que puede designarse como un cultivo muerto siempre se puede encontrar alguna pequeña cosa celular aislada capaz de vida y autoconservación. Después de los más terribles intentos de congelar y descongelar siempre existe, todavía latente en algún sitio, una pequeña porción de vida celular. Una célula en mil, una célula en un millón, en diez millones, pero ahí está esperando algún tipo de salvación. Mientras que la vida en un cultivo celular está muy lejos de ser completa, la muerte en un momento dado nunca es cien por ciento total.

Una excepción memorable a esta regla fue la experiencia de una investigadora en un laboratorio que visité hace algunos años. Ella cultivaba linfocitos una y otra vez, que en el lapso de un día estaban todos muertos.

La investigadora nunca le contó a nadie de su extraño y mortífero talento, y pronto se retiró de la vida práctica. Nadie logró nunca repetir esta experiencia. Después de cualquier clase de error siempre persiste un fragmento que no vale la pena conservar pero que ilustra el otro aspecto de la verdad: la muerte colectiva es casi siempre subtotal, no total. Siempre hay un individuo fuera de control -quizá se oculta, quizás es olvidadizo, quizás es especialmente capaz o especialmente incapaz.

Cuando desechamos los desperdicios del cultivo de tejido, debemos asegurarnos de que siempre haya allí algo muy pequeño pidiendo ayuda. Ya no es la voz del cultivo de tejidos, sino más bien el suspiro de la última, inútil -pero sin embargo esperanzadora- esperanza. Y ya no sólo la ciencia, sino aun la poesía. Ya no lo referente a la justicia, sino algo más allá de ello, una excepción estadísticamente insignificante y despreciable.

El murmullo incongruente de la última célula viva: si te falta tiempo no lo desperdicies; ve al microscopio y mira el movimiento celular huérfano en el plato. Escucha. No escucharás nada esencial para el oído de la biología, pero después de un tiempo reconocerás un sonido cósmico; que pese a toda la tristeza de la única célula traicionada y condenada, hay en su sola existencia algo de optimismo para las células en general. Siempre hay alguien que transgrede la muerte. Y aun cuando tomara el Agua Muerta (que, según la leyenda checoslovaca, une los pedazos de cadáveres desmembrados) y el Agua Viva (que da nueva vida a los príncipes y princesas restaurados) para hacer un cultivo de tejido de la célula abandonada, o un ratón con el cultivo de tejido, en el hecho de la última célula surge la esencia -una esencia que contribuyó al principio de la vida celular hace miles de millones de años.

La excepción estadísticamente insignificante en las situaciones más experimentales, carece de importancia para la ciencia. Pero es importante para el hombre. Es que in vitro veritas, aunque por lo común nadie lo escuche, porque, por lo común. no hay tiempo para escuchar.

Traducción: Delia Juárez G.