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En 1935, Eduardo Hay publica la primera de sus tres ediciones de autor con su versión de Rubaiyát de Omar Khayyam. En ese momento el general Hay es secretario de Relaciones Exteriores del gobierno de Cárdenas y figura menor pero importante de la revolución. Nace en 1877 en la ciudad de México, es ingeniero civil y militar, jefe del estado mayor de Francisco I. Madero y Antonio I. Villarreal. Pierde un ojo en la batalla de Casas Grandes, Chihuahua. Es diputado en la XXVI Legislatura. Tras el cuartelazo de Huerta es sucesivamente militar constitucionalista, convencionista en Aguascalientes, anticarrancista y subsecretario de Fomento del Gobierno de don Venustiano. Luego, embajador en Italia, Japón y Guatemala y cónsul general en París. Muere en 1941 en la capital.

El general Hay pertenece al grupo de quienes, fervientes creyentes en cualquiera de los proyectos de la Revolución Mexicana, buscan acreditar el impulso civilizatorio del movimiento, y rescatarse así mismos de las persuasiones de la violencia (Así, el intelectual preponderante del carrancismo, Luis Cabrera traduce el «Cantar de los cantares», el huertista Ricardo Gómez Robelo, según refiere Alfonso Reyes, lee a Browning en los campamentos, y a Martín Luis Guzmán lo sorprende allá al «centauro» José Isabel Robles («la encarnación, un tanto mitológica, de las virtudes marciales primitivas y ecuestres») enfrascado en las Vidas Paralelas. Hay se obsesiona con Omar Khayyam:

A la edad de veinte años, siendo estudiante, conocí la exquisita versión inglesa que hizo el irlandés Fitzgerald de las maravillosas cuartetas (Rubaiyát) de Omar Khayyam. Su lectura me cautivó. De entonces a la fecha (ya han pasado varios lustros), he leído las Rubaiyát centenares de veces. Siempre tuve a la mano, aun en mis muchos viajes, alguna pequeña edición de bolsillo, y siempre encontré nuevas bellezas en su lectura. Paulatinamente, sin darme cuenta de ello, Omar Khayyam se transformó en mi compañero espiritual, pues consoló muchas de mis tristezas e intensificó muchas de mis alegrías.

Para honrar a su devoción literaria el general Hay patrocina tres ediciones privadas de sus versiones. Las tres son de formato distinto y desde el punto de vista de las ilustraciones, la mejor es la segunda (de Ediciones Cultura, quinientos ejemplares), con dos dibujos para tricomías de Roberto Montenegro y diez dibujos a pluma de Ernesto García Cabral, que corresponden bellamente a las nociones en boga de orientalismo. José Gorostiza hace el prólogo de la segunda edición y dos años más tarde lo amplía. A la distancia, y no obstante sus precauciones y cautelas, quizá sea generosa en exceso la opinión de Gorostiza sobre el trabajo literario de Hay, de quien ofrezco una muestra:

Si quieres malgastar esa chispa de existencia y te precisa Buscar del gran secreto la clave, te conviene darte prisa

Mas si hay entre verdad y mentira sólo el grueso de un cabello

¿Me puedes informar si la vida es de la luz simple destello?

En su texto, Gorostiza reitera, con delicadeza, lo que le parece central en Hay: su modestia, la certeza de hallarse ante alguien que ama la literatura, y está muy al tanto de sus limitaciones (Afirma Hay: «Bien sé -lo digo sinceramente y sin falsa modestia- que mis versos son criticables por su forma, metro y por sus muchos otros defectos, y que su único mérito, si lo tienen, es la fidelidad, podría yo decir la lealtad, con que he traducido las Rubaiyát»). De esa fidelidad, de esa entrega, habla Gorostiza y esas «virtudes centrales» le parecen aún más indispensables en los años en

que escribe Muerte sin fin.

El General e Ingeniero don Eduardo Hay ha traducido al castellano las célebres Rubaiyát de Omar Khayyam, basándose en la versión inglesa de Edward Fitzgerald, a quien deben las literaturas occidentales el gusto, cada vez más extendido, por la obra del gran poeta oriental.

No conozco traducción alguna de Omar, en verso, firmada por un profesional de las letras. Hasta podría decir que el escritor de lengua española no ha emprendido nunca, sistemáticamente, la traducción de los grandes monumentos literarios de otras lenguas. La traducción, considerada como una profesión literaria, no existe entre nosotros: ha sido y continúa siendo una contribución generosa de escritores que abandonan momentáneamente su producción original, o bien de investigadores, catedráticos, estudiantes de idiomas, que han concebido, en el fecundo comercio de la curiosidad humana, una devoción particular por obras o autores de una literatura ajena.

Entre los primeros, la traducción no cesa de pertenecer, aunque indirectamente, a la producción original. «El Cortesano» se convierte, gracias al espléndido trabajo de Boscán, en una obra clásica de las letras castellanas. Para nosotros ya es un libro de Boscán, mejor que de Castiglione. No sin justificación se incurre involuntariamente en errores tan certeros como identificar a Cervantes y Don Quijote o como atribuir la «Ortodoxia» de Chesterton a Alfonso Reyes. Lo perfecto, en este género de traducción, se realiza cuando el traductor despoja al autor de su obra y se apodera de ella, y esto fue, ni más ni menos, lo que hizo Fitzgerald con las Rubaiyát.

Pero la traducción fiel, a la que alguien llamó atinadamente «traducción espejo», tiene a su vez una función insustituible. Trasplanta la obra original junto con la luz, la temperatura y la humedad propias de su clima. También podríamos llamarle «traducción estufa», porque en medio de cualquier literatura -la inglesa, por ejemplo- hace las veces de un invernadero en donde el investigador asiduo y el visitante ocasional pueden conocer las rosas de Omar o los lotos de Kalidasa, ya no como el producto de condiciones que se le ocultan, sino entre ellas, como una condición más del espíritu oriental. Por eso el amante de las letras que no puede emprender el viaje a un idioma remoto o inaccesible, prefiere estas traducciones que le ofrecen un contenido -por decirlo así- en estado de naturaleza. Hace falta en todos los idiomas, pero especialmente en castellano, una historia natural de la literatura que sólo la «traducción espejo», ejercida profesionalmente, podrá ir integrando poco a poco en nuestros anaqueles.

En ellos, la traducción de Eduardo Hay merece un lugar junto a las magníficas estancias de Fitzgerald, porque las ha captado en el espejo de la palabra castellana con tan amorosa solicitud, que admira pensar hasta qué punto puede el hombre prendarse de una obra del espíritu.

Eduardo Hay no es un escritor ni ha querido serlo nunca -no obstante que una inclinación manifiesta hacia el arte y la literatura le ha tenido en contacto con ellos desde la mocedad- porque ya en 1910, cuando se necesitó de todos los sacrificios para redimirnos de treinta años de dictadura, él había resuelto consagrarse por entero al bien de la patria; y ahora, cinco lustros después, su vida tiene ya esa profunda cohesión que hace «una vida» de la existencia del hombre.

Así, cuando en momentos de descanso se da a traducir las Rubaiyát de un «viejo amigo» de ayer, sólo pretende comunicar a sus amigos de hoy la admiración que le une con el orgulloso escepticismo y la magnífica rebeldía de Omar Khayyam, para establecer entre todos ellos, muertos o vivos, una hermandad, una comunión, un crucero espiritual.

No obstante, como Eduardo Hay consiguió más de lo que modestamente perseguía, su traducción rebasará sin duda la pequeña órbita de la intimidad para figurar -satélite de Fitzgerald- en el sistema solar de las Rubaiyát; es necesario, por lo mismo, informar a la crítica sobre ciertas particularidades de la traducción, no para que deje de examinarlas con severidad, sino para que pueda hacerlo con un profundo conocimiento de causa.

Teniendo en cuenta que el castellano es mucho menos compacto que el inglés, Eduardo Hay no quiso servirse de metros tradicionales, como el endecasílabo o el alejandrino, que le habrían obligado a sacrificar u oscurecer el pensamiento de Omar, ante la necesidad de someterlo a una medida demasiado corta; por lo contrario, cuando el metro elegido daba excepcionalmente un margen de cierta consideración, procuró interpretar el original en tal forma que el texto ganara en claridad lo que podía perder en literalidad.

El metro elegido consta de dieciocho sílabas con cinco acentos forzosos -2, 6, 9, 13 y 17- que, gracias a la acentuación de las sílabas sexta y decimoséptima, puede considerarse como la suma de un heptasílabo y un endecasílabo, pero que en realidad es una entidad métrica autónoma, por falta de pausa o cesura que marque, independizándolo, el periodo de siete sílabas. La frecuencia de la acentuación debió imponer al traductor restricciones de tal naturaleza que no es el menor de sus merecimientos el haberlas superado sin ostensible dificultad.

Ahora bien, un metro artificial, como el construido por Eduardo Hay, carece necesariamente de individualidad fonética. En teoría es un verso porque está sujeto a una cantidad silábica y a una ley rítmica, pero no lo es aún para el oído, porque sólo una tradición prolongada puede, a través de los años, fijar inconfundiblemente la cadencia de un verso. La circunstancia de que éste corra o deje de correr con suerte no resta legitimidad al intento. Hasta los tradicionalistas más ardientes lo encontrarán justificado, si recuerdan que, antes de llegar al octasílabo, las corrientes de la poesía épica española hubieron de chocar en una ensordecedora confusión de ritmos, y que el castellano asimiló el endecasílabo a costa de tantas asperezas y tan rudas dislocaciones como ofrece en las obras de los primeros italianizantes.

Por otra parte, el metro de Eduardo Hay no necesita presentar muchas excusas a la retórica, porque fue construido con tanta escrupulosidad que, en cuanto avance un poco en esta traducción, el lector podrá oír con claridad la cadencia, gracias a las numerosas Rubaiyát en que la articulación de las sílabas no ofrece dificultad alguna, lo cual es tanto como decir que podrá imponerla en todos los casos con sólo disolver diptongos o cometer sinéresis cuando el oído, cuyo automatismo es casi infalible, se lo mande.

Por lo que hace a la calidad intrínseca de la traducción, Eduardo Hay puso todo su empeño en interpretar con exactitud el original. Inútilmente buscaremos en ella los refinamientos que caracterizan a un «gran estilo»; no, el lenguaje de Eduardo Hay, ni deslumbrante ni opaco, se mantiene en una discreta penumbra, más atento a Reproducir la poesía de Omar que a Encarecer las dotes poéticas de su traductor. He ahí, precisamente, su mérito. Si Eduardo Hay ha hecho una excelente traducción de las Rubaiyát -la mejor, en verso, que yo conozco- se debe en gran parte a que pudo eliminar cuanto un espíritu orgulloso hubiese puesto en ella de narcisismo.

Escritas hace cinco años para la E primera edición de este libro, veo reproducir ahora, por tercera vez, las sencillas palabras con que me cupo la fortuna de presentar las Rubaiyát de Omar Khayyam, traducidas por Eduardo Hay, a la consideración de un público tan reducido como selecto.

La presente edición me tienta a volver sobre los juicios que emití entonces, no porque desee modificarlos en ningún sentido, sino porque es conveniente rejuvenecer de vez en cuando nuestras apreciaciones para infundirles la energía que pudo restarles el tiempo.

Nada envejece tan pronto como la palabra impresa, pero especialmente en las notas bibliográficas. En un comentario escrito hace cinco años, el lector actual no encontrará ya todas las condiciones que le daban su significación precisa. Los prejuicios creados en torno de la obra por acción de la crítica; su éxito o fracaso; las reacciones puramente personales que haya podido suscitar, de emulación, menosprecios, devoción, etc., se convierten en otros tantos factores que inducen al lector actual a escoger entre nuestras ideas, involuntariamente, sólo aquellas que hacen juego con sus propias ideas preconcebidas.

Es necesario tener presente, por lo mismo, que esta edición no aparece en iguales circunstancias psicológicas que las dos anteriores. El singular beneplácito con que la crítica y el público acogieran la traducción de Eduardo Hay -justamente, por cierto- magnifica ahora, hasta la desproporción, aquella encantadora timidez y auténtica modestia con que el traductor consagró su trabajo, como quien confía un secreto, a la intimidad de unos cuantos amigos.

Hoy día la traducción de Hay recorre nuestro mundo literario con la confianza que da la familiaridad. Habrá quienes la censuren y quienes la aplaudan, pero ya es para todos una «vieja conocida». En estas condiciones -sobre todo para los prosélitos, pues no hay que olvidar que la poesía de Omar Khayyám tiene un culto-la original modestia del traductor puede parecer excesiva y mi juicio original poco entusiasta. Ni en lo uno ni en lo otro hay nada, sin embargo, que no sea una falsa impresión.

Cuando releo esta traducción, me ocurre pensar todavía que su cualidad suprema está justamente en la modestia con que Eduardo Hay se acercó a las estrofas de Omar Khayyám, para vertirlas, palabra a palabra -como dice Aurea Procel- «sin derramar una gota». Mas no se trata aquí de modestia en su sentido de puro recato. Habría que pensar en cuántas virtudes más la determinan y sustentan, pues claramente se ve en esta traducción el amor de Hay por el original; la conciencia de sus limitaciones de estilo y de técnica y consiguientemente su tema de marchitar la inusitada perfección de Fitzgerald; amor y temor que, unidos a una total ausencia de vanidad, se funden en el tono de la emoción religiosa. La buena fortuna de la traducción de Hay se halla tan íntimamente ligada con este espíritu, que puede decirse -sin hipérbole- que se la debe enteramente. En efecto, las demás buenas cualidades en que abunda, parecen emanar todas de aquélla principal.

Por lo que toca a mi prólogo, sólo deseo asentar que me enorgullece el haber destacado desde el principio los aciertos de esta traducción; aciertos que escritores de tanto prestigio como José Juan Tablada, Francisco Castillo Nájera, Pedro de Alba y Samuel Ruiz Cabañas, así como unánimemente la crítica periodística, han precisado después con su mayor saber y autoridad.

La fidelidad de la traducción y su valor exegético -en el sentido de que «hace más transparentes los conceptos elípticos o muy oscuros que no son raros en Fitzgerald», según palabras de Castillo Nájera -son puntos en que la crítica toda ha coincidido sin discrepancia.

En la cuestión métrica, que más se prestaba a confusiones por el carácter de arbitrio personal que dio Hay a su periodo de 18 silabas, no hubo, por otra parte, diferencias fundamentales de opinión. Castillo Nájera, cuya autoridad en esta materia es indiscutible, estima que una constante rítmica de siete sílabas «nos da la clave de la cadencia del poema y nos permite retraer a formas más habituales el aparente verso de dieciocho»; en tanto que yo, en el prólogo de la primera edición, consideré ese verso como la suma de un heptasílabo y un endecasílabo, agregando que «en realidad es una entidad autónoma». La cuestión no merece ser debatida. Castillo Nájera tiene razón y no yo, que no llevé mi análisis hasta la descomposición del periodo de 11 sílabas en los de 7 y 4 que lo integran.

Mas lo anterior -insisto- no implica una diferencia fundamental de opiniones, ni mucho menos afecta a la corrección del metro elegido por Eduardo Hay, que nadie encontró injustificado, pues no sólo se apega estrictamente a los cánones de la versificación silábica, sino que se impone -también por preferencias personales- una frecuencia rítmica cuyas grandes dificultades no incitan ciertamente a la imitación.

Quiero añadir, por último, para acabar este apéndice a mi prólogo, que Eduardo Hay ha introducido en la presente edición considerables modificaciones y mejoras. No obstante el merecido triunfo de su traducción, que él no buscó, su modestia ejemplar sigue dando frutos. Lo da en las certeras correcciones que ha hecho a su texto primitivo; en la afortunada agrupación de las cuartetas según afinidades de tema y de emoción; en la inclusión de otras cuartetas, procedentes del francés de Franz Toussaint y que no figuran en la selección de Fitzgerald; por fin, en toda esta constancia y este empeño -prueba de que Hay no considera su traducción de las Rubaiyát como un esfuerzo agotado- que vuelve más ostensibles sus aciertos, inclusive el de mantener su estilo en el plano de esa deliciosa frescura improfesional en donde cristalizan sus mejores hallazgos.

¿Habrá que citar a Gide? «II me semble que les qualités que nous nous plaisons a appeler classiques sont surtout des qualités morales, et volontiers je considére le classicisme comme un harmonieux faisceau de vertus, dont la premiére est la modestie».