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Enrique Sema

Amores de segunda mano.

Universidad Veracruzana,

Xalapa, 1991,

163 pp.

Es una fortuna encontrarse con el primer libro de cuentos de Enrique Serna. De entre sus virtudes, la narrativa mexicana de nuestros días podría conformarse con sólo una: su punzante y atractiva manera de aventurarse por los ambientes sentimentales más sórdidos, más delirantes, con una escritura impecable. Esa escritura es capaz de hacernos creer que hay pasiones que llevan al ridículo y que el ridículo es la única cruz contra el vampiro de la monotonía y la redundancia.

Bajo una andanada repetitiva de buenos sentimientos, de certificados de buena conducta sexual, declaraciones de amor al prójimo, consagraciones nostálgicas de vidas y costumbres mojigatas, Serna descubre con lupa los síntomas de un nuevo orden amoroso que va más allá del escándalo y el análisis psicológico. Por eso sus historias repiten un mismo destino tragicómico: sus personajes se entregan con tanta vehemencia a su papel de outsiders de la pasión que ni siquiera reconocen el momento en que sus actos sublimes se vuelven caricaturas del amor. ¿O es que eso es el amor: la impronta material de un arquetipo que han creado el cine y las telenovelas y nuestra pobre educación sentimental, la sombra en la caverna de los sentimientos?

Podemos atribuirle a Enrique Serna uno de los mejores atributos de la narrativa que apenas está llegando: sin restarle méritos a la realidad consigue exacerbarla hasta el grado en que resulta extraña. La diversidad de tonos, el recurso de la parodia como eje de la crítica a una cultura que tiende a civilizar lo que hay de anómalo en el amor, la presencia tras bambalinas de un alguien que parece el narrador o el mismo Serna, el cinismo atribulario y malediscente, la ausencia de atributos físicos en los personajes y un refinado empleo del melodrama le proporcionan a estos cuentos una atmósfera de extrañeza en la que el cuerpo es la primera víctima y el peor actor de sus emociones.

Es evidente que Enrique Serna no sólo se interesa sino que está en deuda con el mundo de la marginalidad social y sexual. Sus personajes vienen de ahí y se debaten entre el horror ante su probada autenticidad y el deseo de parecerse a todos los demás. Son exhibicionistas pero quisieran los privilegios del voyeur; son damas de la caridad pero quisieran exterminar a todos los niños mugrosos de la ciudad de México; son piezas de arte viviente pero detestan su «deplorable condición ornamental»; son una familia que se reúne dos veces a la semana para prometerse una despedida ahora sí definitiva; son mecanógrafas que sueñan con su principe azul y que van de pueblo en pueblo escribiendo cartas que les dictan y que no dicen lo que deben de decir; son hombres de letras que escriben relatos que no son suyos; son travestis que ensayan frente al espejo un gesto que no les pertenece. Así se mantienen infieles a una identidad infiel. A Enrique Serna le fascina estos raros y atroces individuos que se arrojan sin cortapisas al momento extremo en que la vida se afirma cuando literalmente se derrumba.

Como toda figura que arrastra su decadencia orgullosa y discretamente, el amor que compite con los modelos del cine o la televisión quiere parecerse a ellos para asumir de prestado su verdadera vocación, la del melodrama. Amores de segunda mano constata que la educación sentimental de nuestros tiempos se obtiene en la escuela nocturna. Quizá lo bueno del melodrama es que se trata del remedio más eficaz contra los vuelos del espíritu y que reivindica la digna ridiculez de muchas historias de amor. En manos de Enrique Serna este género adquiere una fuerza inusual. A cada instante contemplamos la derrota de eso que llamamos «buenas costumbres», como si estuviéramos ante un desafío permanente. De ahí la desazón y la amargura de estas historias. En el fondo, sus protagonistas se mueren por seguir el dictado de los amores convencionales pero están condenados a vagar por los basureros del sentimiento. Les gustaría acomodarse en la rutina y empeñar su talento en sitios mejores que el cabaret o el cubículo de investigación.

Los cuentos de Enrique Serna transitan por un desfiladero desde cuyas alturas se contempla el abismo del cuerpo. Y eso que casi no hay sexo. El asunto sólo está presente para reforzar el escarnio. Como si el goce congelara los cuerpos y los amenazara con la frigidez absoluta. Por lo demás, Amores de segunda mano cuenta con un aliento de prolongada inconformidad: ¿en dónde está el falansterio en el que aguarda la armonía pasional? No está en ninguna parte, diría Enrique Serna, nos está vedado regresar al amable paraíso del amor. Ese es uno de los escándalos de la literatura: mostrar inequívocamente la debilidad de toda certeza. Si creíamos que del amor brotan nuestros más sublimes empeños, bastan las historias de Serna para convencernos de que también de ahí brotan nuestros más ridículos asombros.