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Manuel Vázquez Montalbán

Galíndez

Seix Barral

Barcelona, 1990

355 pp.

Después de Alejo Carpentier (El recurso del método), Gabriel García Márquez (El otoño del patriarca) y Augusto Roa Bastos (Yo, el Supremo), se antojaba muy difícil escribir otra novela sobre la figura del dictador hispanoamericano.

El catalán Manuel Vázquez Montalbán -conocido autor de numerosas novelas de detectives, que tienen como centro al investigador-gourmet Pepe Carvalho- publicó en abril de 1990 su novela Galíndez, sobre el caso del vasco Jesús Galíndez o Jesús de Galíndez, desaparecido en Nueva York en 1956, supuestamente por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo, el «Benefactor», que gobernó la República Dominicana durante treinta años. (Sobre el mismo dictador vale recordar la novela satírica del chileno Enrique Lafourcade, La fiesta del rey Acab, sin contar que algunas de las anécdotas de El otoño… de García Márquez provienen de este modelo).

Vázquez Montalbán acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura en España y recibió el Premio Hammet-90, precisamente por esta novela.

No es ésta la primera vez que un ibérico se interesa en las dictaduras latinoamericanas. El antecedente obvio es, desde luego, Ramón del Valle-Inclán, quien publicó en 1924 su «novela de tierra caliente» Tirano Banderas.

En Galíndez, Vázquez Montalbán utiliza el recurso de una investigadora estadunidense interesada académicamente, en principio, en elucidar el caso de la desaparición de Galíndez. Muriel Colbert, ex-mormona de Salt Lake City, viaja por su propio país, luego por España y el País Vasco, hasta llegar a la República Dominicana en busca de información. El presunto punto de partida académico de Muriel y su recorrido geográfico le dan pauta a Vázquez Montalbán para tocar, sin banalidades, puntos de gran relevancia y vigencia como el compromiso ético de los intelectuales, en este caso en Estados Unidos; la participación y el papel del investigador en las pesquisas académicas; el estado actual de la sociedad española contemporánea, en la que intentan convivir distintos nacionalismos arraigados; las secuelas inevitables de deterioro y desmoralización en un país como la República Dominicana, después de treinta años de férrea dictadura («Las dictaduras son panteístas, el dictador consigue depositar un pedacito de sí mismo en todos los demás»); la relación subterránea de los Estados Unidos con países como la República Dominicana en tiempos de Trujillo y después, así como con facciones, grupos o partidos en pugna de diversas tendencias y nacionalidades; y el estado actual de la izquierda en España y en Latinoamérica.

En esta novela poliédrica, Vázquez Montalbán transita de la segunda a la tercera persona. La segunda persona es en realidad una primera persona disfrazada que encarna en monólogos, lo que permite al autor profundizar en los personajes centrales de su narración: la investigadora Muriel, el agente estadunidense Robert Robards, el pintoresco don Angelito Voltaire O’Shea Zarraluqui, hasta llegar a una exitosa y verosímil recreación de las últimas horas posibles en la vida de Galíndez.

Vázquez Montalbán es inmisericorde con sus personajes. Ilumina sin piedad muchos de los recovecos y las oscuridades de Muriel y Galíndez, que contribuyen a redondearlos, otorgándoles hábilmente una complejidad convincente.

Para Vázquez Montalbán la realidad es más bien gris, en tonos oscuros. Desde la perspectiva del desencanto y del suspenso más policiaco que académico, y admitiendo desde el inicio que no existe una verdad única para nada, reconstruye un mosaico verosímil del caso Galíndez. El escritor mismo sigue los consejos que el Dr. Radcliffe, el académico estadunidense, le da a su alumna y ex-amante: no hay una realidad única. Al intentar reconstruirla sólo se puede aspirar a una aproximación a la Rashomon de Kurosawa (o a la Cuarteto de Alejandría de Durrel). Vázquez Montalbán logra entretejer las vidas particulares de sus personajes con la trama más amplia de la desaparición del vasco, manteniendo la tensión narrativa.

La novela progresa en contrapunto. Por un lado sigue a Galíndez en una versión posible de lo que fueron sus últimas horas y, por otro, al resto de los personajes en el camino de su destino.

Como en muchas otras novelas sobre el tema, uno de los ejes importantes es la figura del dictador. Trujillo sólo aparece en una escena, cuando se enfrenta a un Galíndez secuestrado y torturado. Aquí es clara la denuncia a la dictadura. Pese a que en realidad el desenlace del secuestro de Jesús Galíndez se da por hecho, Vázquez Montalbán crea toda clase de expectativas para llegar a ese punto.

En un remedo de juicio, el «Benefactor» y un militar revisan las afirmaciones de Galíndez en su libro La era de Trujillo. El vasco se defiende afirmando que no todo es negativo, y con el argumento de que su libro es fruto de un trabajo científico, como un eco de las supuestas pretensiones académicas de Muriel. Lo que más molesta a Trujillo son las difamaciones a su familia, en particular a su hijo «Ramfis».

El tratamiento del dictador es relativamente convencional, pero pertinente dentro del contexto del resto de la novela. Su influencia y control, como en muchas otras novelas, es total. De hecho, de alguna manera se extiende más allá de la muerte del propio Trujillo, treinta años después, y alcanza a la académica estadunidense, embarcada en varias búsquedas simultáneas, en ámbitos de muy distinta índole.

En su intento de conocer y entender a Jesús Galíndez, Muriel Colbert utiliza su investigación académica como punto de partida para un rastreo de su identidad, en la eterna búsqueda del sentido de la vida. Desde el papel de una supuesta investigadora científica, Muriel llega a convertirse en actriz de una trama, de inicio propia, donde termina por desempeñar un papel predeterminado, a cuyas líneas ella ha contribuido, no obstante, en una única representación.

La desaparición original de Galíndez obedeció a la voluntad de imponer un silencio mortal a la crítica. Las otras muertes -la del piloto que lo trasladó de Nueva York a la Dominicana, la del doctor que certificó la muerte «accidental» del piloto- cumplieron el mismo propósito. La imposición de este silencio, la voluntad de borrar las huellas, que proviene de una cadena de decisiones de alto nivel, tomadas «fuera» de la novela, es el sello de estas muertes. Pese a que en el caso específico de Galíndez la orden de su muerte procedió directamente del «Benefactor», en la novela no distinguimos a la cabeza o a las cabezas responsables de la imposición del silencio, y eso agrega un aterrador tinte metafísico que apunta a una suerte de sangriento deus ex machina, capaz de decidir a su capricho sobre las vidas de los personajes. Sin embargo, nunca hay la sensación de que éstos sean títeres; fatalismo, tal vez, a la griega, en la medida en que los personajes se enganchan en la tragedia por el impulso de sus propias debilidades. Así, el destino de Muriel quizás era previsible, pero eso no le resta fuerza a la novela, cuyo logro fundamental reside en esta dinámica entre las características de los personajes y una trama que termina por rebasarlos. Pero la sangre no deja de correr. El segundo desenlace queda abierto y fuera de la novela, y constituye un eslabón más de la violencia sin término.