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Juan Molinar Horcasitas

El tiempo de la legitimidad.

Elecciones, autoritarismo

y democracia en México

Cal y arena

México, 1991

268 pp.

«El tiempo de la legitimidad» al que se refiere el título de la obra de Juan Molinar, es el tiempo prometido a los mexicanos por sus élites gobernantes desde el inicio mismo de la historia de México como nación independiente, pero es el tiempo que aún no ha llegado. En esta obra se encuentra minuciosamente descrito y analizado el largo y tortuoso camino electoral que el México del siglo XX ha seguido para retrasar o acelerar -depende de la perspectiva y posición que cada actor tome- su cita con la democracia.

En las democracias políticas reales, la literatura sobre el sistema de partidos y el sistema electoral es abundante. Por ejemplo, el resultado del análisis electoral en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o Inglaterra, bien puede llenar en cada caso una biblioteca de buen tamaño. En México, en contraste, cuando más llenaría un estante de dimensiones modestas.

En vista del hecho anterior, no hay duda que el trabajo de Juan Molinar busca llenar un espacio que por largo tiempo ha estado vacío: el espacio que corresponde al tema electoral. La marginación de lo electoral se encuentra tanto en la producción de los científicos sociales mexicanos como en la de los mexicanólogos extranjeros. Por muchos años ambos, estudiosos nacionales y extranjeros, decidieron que la explicación del fenómeno político mexicano se podía encontrar por vías más directas y ricas que la historia y el análisis de los procesos electorales; después de todo, es bien sabido que las cifras electorales en México siempre han sido manipuladas, nunca han reflejado la realidad de las preferencias ciudadanas, y que las elecciones no deciden nada sustantivo, simplemente ratifican decisiones previamente tomadas en otros ámbitos. Las decisiones políticas sustantivas -quién obtiene qué cosa, cómo y cuándo- y las urnas son, en México, realidades que no coinciden.

El análisis de Juan Molinar parte del supuesto de que en México vivimos en un sistema de elecciones no competitivas. Y elecciones sin competencia son, por definición, elecciones sin sustancia. Pese a ello, el autor se convenció, y se propone convencer a los lectores, de que la ausencia de competencia no significa ausencia de importancia de las elecciones como indicadores de la realidad del poder en México. Así pues, leer El tiempo de la legitimidad no es otra cosa que recorrer de la mano de Molinar una vía poco transitada -por ser poco atractiva- para llegar al corazón del sistema político mexicano, al meollo del autoritarismo mexicano.

A mi juicio, Molinar tiene un rotundo éxito en su propósito. Usando el análisis electoral, las tres primeras partes de la obra constituyen una periodización- y por tanto una explicación- de la historia política mexicana desde el fin del periodo de la guerra civil revolucionaria hasta la actualidad. Una explicación original, sustantiva, que no sustituye sino complementa a las ya existentes.

El tiempo de la legitimidad caracteriza al sistema político que corre de la victoria revolucionaria al ascenso al poder del general Cárdenas, como un sistema multipartidista donde las regiones y sus subsistemas políticos tenían una gran capacidad de acción independiente y podían negociar con el centro de una forma que hoy sería imposible. Luego, entre 1933 y 1938 México vive la formación del partido único y que incorpora al grueso de las fuerzas sociales relevantes. Entre 1938 y el inicio del gobierno de Miguel Alemán, Molinar no ve otra cosa que una etapa de transición que termina en 1946, cuando la legislación electoral de ese año abre el camino a lo que es, desde el punto de vista del sistema de partidos, el inicio del México contemporáneo.

Y aquí están las tres etapas que realmente concentran de manera magistral el esfuerzo e imaginación de historiador político de Juan Molinar. La primera, la etapa formativa, abarca de 1946 a 1963, la siguiente es la clásica, que va de 1963 a 1976, y después la posclásica, que llega hasta 1985. ¿Y de 1985 para acá? Ahí está el gran desafío que este libro hace a su autor, pues la última parte de la obra se titula «Hacia la crisis final», es decir, hacia la desaparición del sistema de partido hegemónico. Sin embargo, lo ocurrido el 18 de agosto de 1991 hace necesario replantear la visión (y darle un nombre más claro a la etapa que va de 1986 a la fecha), pues todo indica que se inició un proceso inesperado por llevar al sistema electoral mexicano -y a su sistema político en general- al «clasicismo». Así pues, las circunstancias le han dado un carácter muy peculiar a este libro: apenas acaba de ver la luz y ya está pidiendo, demandando, la segunda edición, corregida y aumentada.

En la parte final de la obra, fechada en mayo de 1991 en La Jolla, California, donde cursa el doctorado en ciencia política, Juan Molinar se refiere a la posibilidad de que en las elecciones federales que estaban por venir, la oposición, en particular la que hasta ese momento había colaborado con el gobierno salinista, el PAN, no sancionara la limpieza de la elección al no lograr lo que esperaba -una o dos gubernaturas, varios senadores y una presencia en la Cámara de Diputados, «suficiente para seguirle otorgando veto sobre reformas constitucionales».

El PAN ya puso en duda la legitimidad de los resultados de las elecciones de 1991; la aplastante victoria del PRI hizo retroceder a la oposición a tiempos que se creían superados, entre otros, por el propio Molinar. Obviamente, la oposición de centro-izquierda hizo lo mismo. Y con esto México sigue viviendo, prolongando, la época de las elecciones sin credibilidad.

En la última parte del libro, Molinar sostiene, con base en lo ocurrido hasta antes de las elecciones federales de 1991, que el sistema de partido hegemónico había entrado en su «crisis final, definitiva». Por tanto, propone que la tarea futura de los diferentes actores políticos mexicanos sería, ni más ni menos, la articulación de la alternativa que debería reemplazar a ese sistema de partido hegemónico que ya no corresponde a las nuevas circunstancias pluralistas de México y el mundo. Así pues, lleno de optimismo, el autor nos proponía y se proponía trabajar en un tema que teórica y prácticamente sería difícil, pero lleno de vitalidad: la transición a la democracia.

Desafortunadamente para Molinar y para muchos otros mexicanos que comparten sus valores políticos -los democráticos-, ese no va a ser el caso. En el futuro inmediato las energías del autor van a requerirse para explicar el cómo, el porqué y las consecuencias, la peculiar evolución del sistema electoral y de partidos de México que, siguiendo los términos del libro, se ha movido del periodo del posclasicismo hacia atrás: hacia la etapa clásica.

Pero antes de seguir adelante, deseo detenerme en la naturaleza de las etapas recorridas por el sistema de partidos mexicanos de 1946 a la fecha, y que constituyen el corazón de la obra. Se trata de capítulos bien pensados, llenos de datos y, sobre todo, de interpretaciones basadas en una lectura concienzuda de las obras relevantes, mexicanas e internacionales.

La etapa formativa (1946-1963) es notable por su flexibilidad en torno al número de partidos que entran en la contienda, y la pérdida de terreno, paulatina pero constante, del partido oficial. El periodo concluye cuando el régimen decide centralizar el proceso electoral a fin de cerrar avenidas a la oposición partidista.

La etapa clásica (1963 a 1976) lleva a una vida política electoral -y también la otra- muy controlada y centralizada, pero ese control que impidió cualquier sorpresa en las urnas tuvo un costo: la deformación de la representación, la exclusión de actores políticos importantes y la natural falta de credibilidad de elecciones rigurosamente controladas.

El periodo posclásico (1976-1985) es el de las reformas que tratan de volver a abrir espacios a la lucha partidista, de dar posibilidades a las minorías políticas hasta entonces excluidas, pero sin permitir que el PRI perdiera su carácter de partido hegemónico («lo que resiste, apoya»). Para los comicios de 1982 ya había 9 partidos en el juego electoral. Pero la resistencia de esos apoyos terminó por ir más lejos de lo esperado. El caso de Chihuahua en 1983 (cuando ganó la oposición) y 1986 (cuando el PRI venció sin convencer) mostró los límites del reformismo. Y aquí una nota al margen, el análisis del caso Chihuahua llevó a Juan Molinar a realizar un estudio ejemplar, que desenmascaró el fraude usando los propios datos oficiales. Pero volviendo al tema, ya para 1985 el gobierno encontró que en 15 de las 20 ciudades más importantes el abstencionismo era muy elevado (superior al 55%) o la votación para el PRI muy poca (por debajo del 50%). En el mediano plazo el PRI, y el sistema en su conjunto, entrarían a un callejón sin salida. A un aceleramiento de la ilegitimidad.

En la página 160 Juan Molinar incluye una gráfica muy ilustrativa: es la proyección de las tendencias en cada una de las tres etapas descritas, y las tendencias de la última que se inició en 1976. Aquí se muestra que de haber seguido las cosas como estaban en 1985, en 1988 el PRI habría obtenido poco menos del 60% de los votos y en 1991 apenas el 50%. Los resultados, al menos los oficiales, nos dicen que las cosas no fueron así; en 1988 la baja fue mayor, pero en 1991 hay una recuperación que las tendencias no pueden explicar. Los resultados anunciados en 1991 corresponden a la proyección de eso que el autor llama la etapa clásica. Hemos vuelto a encontrarnos con el pasado, con la edad de oro del sistema político mexicano por lo que a elecciones se refiere. Desafortunadamente esa época clásica, según el autor, fue también la época de ineficiencia creciente de las elecciones para sostener la credibilidad del régimen.

El tiempo de la legitimidad es un texto en el que con envidiable soltura se combinan elementos cuantitativos con cualitativos, el texto con las gráficas. Lo mismo se abordan temas legales que sociológicos, económicos que políticos. Se ven pasar por estas páginas al gobierno, a los partidos, a sus candidatos y a las elecciones, pero también están los esquemas macropolíticos, las formaciones de bloques según unos ejes táctico-estratégicos e ideológicos: un trabajo a la altura de la mejor ciencia política.

Al llegar a la última parte, a la que el autor denominó «La caída del sistema», se afirma que la victoria electoral del PRI en 1988 significó no sólo un triunfo forzado, sino también «la quiebra del sistema de partido hegemónico… Se salvó la parte principal del sistema (el PRI) pero se agotó el sistema en su conjunto». Ante este diagnóstico el autor asegura, confiado, que la competitividad real que se manifestó en el 88 «sentó las bases para una transición democratizadora, pero el proceso que produjo esos resultados fue tan conflictivo y complejo que mermó los márgenes de acción de todos los actores y dificultó la construcción política de esa transición». Pues bien, Molinar resultó el profeta que no pretendió ser, las dificultades de esa transición posible fueron tantas… que finalmente no se dio. Y seguimos en la búsqueda del tiempo de la legitimidad.