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Le enseñé a mi hermano el primer capítulo de mi novela y su reacción fue favorable. Abe Cahan, editor de Forward, también lo había leído y publicó una nota amistosa sobre él. Me darían cincuenta dólares a la semana durante el tiempo de mis entregas -una suma fantástica para alguien como yo.

Los autores que rentaban cuartos a Nesha me envidiaban, pero yo sabía que algo no funcionaba con este trabajo. Anoté en mi cuaderno las tres características que toda obra de narrativa debe tener para ser buena.

1. Un argumento preciso y lleno de suspenso.

2. El autor debe sentir una apasionada urgencia de escribirlo.

3. Y debe estar convencido, o al menos tener la ilusión, de que él es el único que puede tratar ese tema.

Faltaban en mi novela los tres requisitos; para empezar, mi urgencia de escribir.

Como regla casi todo lo que había escrito venía fácilmente. Con frecuencia mi pluma se rezagaba, era más lenta que yo para poner en el papel lo que tenía que decir. Pero ahora cada frase me presentaba dificultades. En general mi estilo era claro y conciso, pero ahora la pluma parecía -como si por voluntad propia- redactar frases largas y complicadas. Siempre tuve aversión por las digresiones y los flashbacks, pero ahora constantemente caía en ellos, sorprendido de lo que estaba haciendo. Una extraña fuerza dentro de mi, un dybbuck (demonio o genio del mal) literario, saboteaba mis esfuerzos. Traté de dominar a mi íntimo enemigo, pero él me burlaba con sus trucos. En cuanto me sentaba a escribir se apoderaba de mí una extraña somnolencia, incluso cometía errores de ortografía. Había comenzado la novela en una máquina de escribir yiddish que me regaló mi hermano. Aun así, eran tantas las equivocaciones que nadie hubiera sido capaz de entender nada en medio de aquel desorden. Volví entonces a mi pluma fuente, que de pronto empezó a gotear dejando unas manchas espantosas. Había un elemento suicida en este autosabotaje, pero ¿cuál era su origen? ¿Deseaba a Lena? ¿A Stefa? ¿Extrañaba el Club de Escritores? De alguna forma mi estancia en América me degradaba, me había hecho retroceder a las pruebas de principiante en la escritura, en el amor, en la lucha por mi independencia. Sentí en carne propia lo que debía ser para alguien nacer viejo y con los años hacerse joven en vez de adulto, viendo cómo disminuye paulatinamente su posición, experiencia, valor personal, la sabiduría que se adquiere con la madurez.

Forward no había comenzado a publicar mi novela, no obstante haber yo enviado, con mi hermano, un cierto número de páginas y de haber recibido un adelanto. Salió mi fotografía en la sección de rotograbado. Casi todos en Seagate eran lectores de Forward y me reconocían en la calle, me saludaban y felicitaban. Empleaban todos el mismo cliché: que yo había llegado a América «con el pie derecho», mientras otros escritores tuvieron que esperar años para que sus nombres y fotografías se publicaran en el diario. Algunos, entre quienes me envidiaban, añadían que se lo debía todo a mi hermano. Sin su intervención, Forward no me habría abierto sus puertas. Yo sabía bien qué tan cierto era eso.

Me consideraba un éxito, pero en muy poco tiempo, después de la aparición del segundo o tercer capitulo, vendría mi caída. Ya no era posible retrasar la entrega de mi novela porque habían anunciado la fecha de su publicación; ya estaban impresas varias columnas y yo había corregido las galeras. Algunas obras de higiene mental que leí, aseguraban que no hay error o pecado que no pueda enmendarse, afirmación que en mi caso estaba muy lejos de ser verdad.

Durante las primeras semanas en Norteamérica acostumbraba caminar por las calles de Seagate; ahora, cuando quería dar un paseo, tomaba la calle lateral hasta la Avenida Neptuno y caminaba rumbo a la Avenida Mermaid. Evitaba el muelle, ya que por ahí andaban los escritores yiddish. Podía caminar tan lejos como hasta Brighton Beach o incluso Sheepshead Bay. Aquí nadie me conocía. Tenía dinero y comía con la menor frecuencia posible en la casa de mi hermano y su familia, porque no me dejaban pagar. Algunas veces dedicaba largas horas a estas caminatas y, al regresar por la noche, me escabullía hasta mi habitación para no encontrarme con Joshua. En mi mesa se desparramaban pilas de papeles tan altas, que me era imposible dar con la paginación, se había complicado tanto como mi escritura.

Mi cuñada tocaba a la puerta y preguntaba:

– ¿A dónde sales todos los días en un momento dado? ¿Dónde comes? Preparo tus alimentos, se enfrían y tengo que retirarlos. Nos estás causando mucho pesar.

Genia, no puedo ser una carga para ti y Joshua por siempre. Estoy ganando dinero y quiero ser independiente.

– ¿Qué te pasa? ¿Qué clase de carga crees que eres? Si preparo algo, siempre hay suficiente para ti también. La comida de esas cafeterías a donde vas es basura. De veras, no estás actuando correctamente. Incluso Yosele pregunta ¿dónde está el tío Isaac? ¿Regresó a Polonia? Nunca viene a vernos.

Le prometía a Genia comer con ellos todos los días, pero regresaba a las cafeterías. Tenía miedo de que mi hermano preguntara por los progresos en mi novela No quería decepcionarlo, ni tampoco decirle la verdad. Me iba a pedir que le mostrara lo que llevaba escrito, y yo sabía que sería un gran golpe para él. No sentí sino una urgencia: esconderme de todos.

Un día que estaba sentado en la cafetería de la Avenida Surf, llegó Nesha. Mi primer impulso fue abandonar el almuerzo y escapar, pero ya me había visto y se acercaba a mi mesa. Traía un vestido verde y un sombrero de paja, de alas anchas. Me levanté y la saludé. Vi en su rostro la expresión de alegría que causa un encuentro inesperado con alguien querido. Dijo:

– Me detuve frente a la cafetería pensando si entrar a tomar un café. Estoy tomando mucho café. Bueno, nunca esperé encontrarte. ¿Prefieres comer aquí que en casa de tu hermano? 

Caminaba y me dio hambre. Siéntate. Te traeré café. ¿Quieres tomar algo más?

– No gracias, nada. ¿Puedo fumar?

– Seguro, no sabía que fumabas.

– Lo había dejado pero volví a hacerlo. Voy por mi café.

– No, yo voy.

Fui a la barra y pagué por dos tazas de café negro y dos rebanadas de pastel. Los ojos de Nesha se llenaron de contento: «Un verdadero caballero». Nesha probó el pastel y dijo:

– Si dejo de fumar voy a engordar de inmediato. Empecé a fumar, incluso a beber, después de lo que le ocurrió a Boris. Pero tal era la situación que debí pensar en el pago de la renta y en cómo conseguir mi pan y el de mi hijo. Fue así como me involucré en el enredo de administrar una casa. Todos los escritores están ahí y a menudo preguntan por ti: «¿Por qué no viene?, ¿dónde se esconde?». Probablemente dedicas todo tu tiempo a la novela, ojalá que se publique muy pronto. A todos los periódicos les faltan cosas de buena calidad.

– No estoy seguro de que te guste mi novela -dije.

– Eres muy modesto. Todo lo que he leido tuyo es interesante. 

– Gracias, pero no hay garantías. Buenos escritores han escrito páginas malas.

– Estoy segura de que será buena. Te ves algo pálido. ¿Trabajas mucho? Y no estás bronceado, nunca se te ve por la playa.

– El sol -dije- le hace daño a mi piel.

Generalmente los pelirrojos tienen la piel muy blanca. Se queman rápido. Pero si no te expones demasiado, un poco de sol es saludable. En serio que me recuerdas a Boris. Nunca pude convencerlo de ir a la playa en verano. Decía preferir las montañas, pero cuando fuimos una vez a Adirondacks, permaneció adentro, sentado y dibujando todo el tiempo. Trató de lograr lo inalcanzable en su arte, esa fue su desgracia. Tu hermano va a nadar, aunque sin entusiasmo. Entra en el agua y se queda ahí parado, meditando.

– Nosotros no nadamos.

– Tampoco los otros, sólo chapalean y hacen ruido. Hablan de literatura, mencionan esta o aquella crítica. Lo que ellos escriben rara vez es sabroso. ¿Has tenido noticias de tus amigos de Varsovia?

– Sí, me llegaron dos cartas a la redacción de Forward.

– ¿Y cómo está la situación en Varsovia? -me preguntó.

– Peor cada día

Ya todo era cosa del pasado -el examen del cónsul estadunidense en Toronto (similar al que hiciera ante el de Varsovia)-, las felicitaciones de Zosia, sus deseos y besos. Como siempre, cada vez que algo bueno me ocurría, le pregunté a mi yo íntimo, mi ego, superego, id, o como se llame, si al fin era feliz. Pero él guardó un prudente silencio. Al parecer yo tenía una inmensa capacidad para el sufrimiento, ningún logro me satisfacía. ¿De qué había que alegrarse? El escéptico en mí -nihilista y rebelde- hizo suyas las palabras del Eclesiastés: «A la risa dije: Enloqueces, y al placer: ¿De qué sirve eso?». Yo era un escritor yiddish sin éxito, alejado de todo y de todos. No podía vivir con Dios ni sin El. No creía en el matrimonio, pero tampoco soportaba la soledad.

Habíamos tomado una combinación de almuerzo y cena en un pequeño restaurante muy ruidoso, y luego caminamos de regreso hasta el Hotel King Edward. Por alguna razón, Zosia se detenía ante los aparadores de las tiendas. Le pregunté qué buscaba pero ella no me respondió con claridad. Debían dolerle los pies porque se demoraba en las tiendas de zapatos para damas. Le ofrecí esperar a que comprara un par de zapatos nuevos, y me aseguró que tenía unos en su equipaje. Además estaban cerrando las tiendas.

Era de noche cuando llegamos al hotel. Con toda la excitación que me produjo haber conseguido la visa, casi olvido que Zosia y yo estábamos ahí para liberarla de la desgracia de haber permanecido virgen, a una edad a la que otras mujeres tenían marido o amantes, o ambos. Yo estaba ansioso por cumplir con mi muda promesa, en su beneficio y en interés de mi propia vanidad masculina, pero ya desde el principio del viaje fui consciente de que algo como un dybbuck antisexual se había apoderado de mí. Un espíritu malicioso me decía que acuerdos como éste no sólo eran moralmente erróneos, sino también fisiológicamente precarios. El sexo, como el arte, no se hacen por decreto -al menos no en mi caso-. El poco deseo que me inspiraba Zosia la tarde en que planeamos nuestro viaje, se desvaneció casi de inmediato, y yo empecé a sentir algo parecido a la hostilidad frente a esa solterona que se me había pegado como parásito. íQué ignominia -pensé- tener que depender de un poco de sangre y algunos nervios para que se produzca la erección! A diferencia de otros miembros del cuerpo, el pene es autónomo para funcionar, o no, de acuerdo con sus propias inclinaciones éticas y estéticas. Los cabalistas llaman a este órgano «el signo del sagrado convenio». Responde al nombre de Yesod, el mismo de una de las diez esferas de la emanación divina. Lo que en realidad sentía era una suerte de erección negativa, si puede decirse así. Mi pene trataba de encogerse, de escabullirse ocultándose para sabotearme en castigo por mi atrevimiento al tomar una decisión así, sin su permiso, por intentar beneficiarme a sus expensas. Mi juez interno determinó que nada le debía a Zosia. Debía permanecer completamente pasivo y no tomar iniciativa alguna. Voy a imaginar -me dije- que fui arrestado en Windsor por la tarde y que ahora estoy en una prisión canadiense.

Los dos estábamos muy fatigados por la larga caminata y decidimos tomar un descanso. Zosia fue a su habitación para acostarse una media hora, yo traté de hacer lo mismo en la mía pero ni siquiera pude dormitar, mucho menos dormir. Cerré los ojos y ellos también se habían vuelto autónomos, se abrían por voluntad propia. Si existe eso que llaman Nirvana, quiero intentarlo ahora mismo, decidí. Zosia debió leer mi mente. Sonó el teléfono y era ella, tartamudeando:

– ¿Qué pasa con nuestro plan?

– ¿Cuál plan?

– dije con una voz sofocada.

– Se supone que vamos a celebrar.

– Ven y celebraremos.

– Bien, me voy a vestir -y colgó.

¿Para qué tenía que vestirse?, murmuré en mis adentros. ¿O quiere decir desvestirse? Esperé lo que me pareció un rato muy largo y ella no llegaba. ¿Qué estará haciendo? ¿Se prepara como una novia? Estaba impaciente por su arribo -no para cumplir con aquella obligación autoimpuesta, sino para salir de ese asunto de una vez por todas-. No podía acostarme ni sentarme y empecé a caminar de un lado para otro en la habitación. Me paré frente a la ventana y miré hacia la calle siete pisos abajo. íQué oscura la ciudad! Todas las tiendas cerradas. Un hombre solo, al parecer ebrio, pasó por la acera. Se tambaleaba y gesticulaba. Envidié su vagabundeo. Nadie esperaba nada de aquel hombre, era libre de pasar la noche como quisiera. Escuché que tocaban y corrí a abrir la puerta. Al otro lado estaba Zosia en traje de noche (¿o era un negligé?) y zapatillas plateadas. Por primera vez se había puesto algo de maquillaje, discretamente aplicado, su nariz estaba polveada y sus mejillas coloreadas con lo que parecía rouge. Incluso su peinado era distinto. «Rendida incondicionalmente», esta frase tan escuchada a fines de la Segunda Guerra Mundial, vino a mi mente. Ella sonrió medio atemorizada con esa ingenuidad que en ocasiones expresan incluso las mujeres más malhumoradas. Entienden tan poco a los hombres como ellos a las mujeres, pensé. Estaba armada con este recurso que a nadie ha conquistado todavía. La oí decir:

– Hoy debe ser un día de fiesta para nosotros.

– íQue hermosa estás! Entra

– Un día como éste ocurre una vez en toda la vida.

Ya no era la misma Zosia que admiraba a Baudelaire por ser el único poeta y pensador que podía decirle al mundo toda la triste verdad, que podía hablar de la miseria, sino una solterona decidida a perder su virginidad a cualquier precio. Me senté sobre la cama y le acerqué una silla. De una u otra manera tenía que darle confianza en mí y mis proezas masculinas, y le dije:

– No creo que tú hayas pasado por tanto enredo cuando conseguiste tu visa.

– ¿Qué? Me la dieron aun antes de que estuviera segura de que quería ir a América. Ya te lo conté, había alguien que me amaba y a quien yo pensé que podía amar. De hecho, América fue un proyecto de mi padre, no mío. ¿Qué esperaba yo encontrar en los Estados Unidos además de una extrema soledad? Pero tú eres un escritor, tienes ahí un hermano, un periódico que te publica, un medio. Crecerás.

– No, Zosia, estoy completamente solo.

– No quiero oír eso. Espera, te tengo una sorpresa.

– ¿Qué clase de sorpresa? -le dije.

– Hoy en la mañana compré una botella de champaña especialmente para la ocasión. La camarera me vio entrar con ella y trajo un recipiente con hielo. Ya se derritió, pero el agua aún está fría.

Traducción de Patricia Morales