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Isaac Bashevis Singer, un hombre generoso: qué mejor manera de considerar a este escritor que transfiguró los temas más simples en gran literatura. Bashevis Singer convirtió al yiddish en una lengua universal, le dio aire al cuento y fue un disciplinado estudioso de La Torá. Entre el mundo judío de Europa del Este y el de Nueva York, entre el deseo de concebir el gran libro y todos los libros posibles, su destino nos toca porque por encima de todo sólo quiso ser escritor. Para rendirle una especie de tributo, publicamos estos tres textos. El primero es un obituario escrito por uno de sus amigos; el otro es un fragmento de las memorias de Bashevis Singer: Love and Exile. El relato «La Línea perdida» es parte de su último libro de cuentos: The Death of Methuselah and Other Stories. 

Israel Shenker

Su mente rebosaba de eternas preguntas y respuestas francas. Tanto en la conversación como en lo escrito era directo e intenso, no un alma de dudoso perfume dada al pensamiento insulso y a la expresión fría. Lo que transmitía era la carga de la experiencia que los juicios moldean, que la imaginación transforma, que la reflexión densifica, que el humor aligera. En parte profeta, en parte huraño, escritor de genio, irónico, pesimista y cínico, no parecía jactarse de su superioridad sino que se presentaba como alguien inofensivo y vulnerable. Si en el Upper West End de Nueva York hubiera habido un concurso para el hombre más pálido y descolorido, Isaac Bashevis Singer habría sido el candidato favorito. Parecía un trabajador de una fábrica de matzo, como si siempre hubiese vivido en interiores, una criatura delgada y frágil que huía de los rayos del sol y aun del aire fresco, el tipo de gente que murmuraría sus oraciones cotidianas.

Desde su juventud en Varsovia hasta su muerte en Florida en julio, a la edad de 87 años, Singer tuvo una extraña relación con Dios: de hombre a Hombre, personal y franca, a veces inexorable. «La creencia de que el hombre puede hacer lo que quiere sin Dios, me es tan lejana como el Polo Norte, dijo, mientras esperábamos con demasiada paciencia que nos sirvieran en una nevería judía Era nuestro primer encuentro en 1968 cuando lo estaba entrevistando para el New York Times, y yo trataba de apartar de mi mente la siguiente idea: «Algún día llegará mi blintz.»

Israel Shenker. Periodista norteamericano, fue reportero para The New York Times. Este obituario apareció en The New York Times Review of Books, agosto de 1991.

«No creo que la religión tenga que estar conectada con el dogma o la revelación», continuó Singer. «Puesto que es un Dios silencioso, habla a través de los hechos, de los acontecimientos, y tenemos que aprender este idioma. La creencia en Dios es tan necesaria como el sexo. No importa cómo lo llames -naturaleza o poder superior-. La fuerza poderosa que te cuida, y la estrella más lejana, todo eso es Dios.

«El Todopoderoso se la pasa prometiendo cosas, y no cumple lo prometido», dijo. «íQué no nos ha prometido a los judíos! Le tomó 2,000 años hacernos llegar a Israel. Quizá los políticos también cumplan sus promesas después de 2,000 años. Hay algo claro: nuestra naturaleza será exactamente la misma. Un hombre estacionará su auto en la luna y vivirá en Madison Avenue, pero siempre tendrá los mismos apetitos y las mismas tsuris (perturbaciones)».

Singer sugiere que si Dios hubiera sido un poco menos omnipotente, el Todo poderoso habría hecho el intento de explicar a las víctimas el porqué de su sufrimiento, y no lo hubiera dejado todo a la conjetura. ¿Por qué Dios tuvo que pro ceder siempre en forma tan misteriosa? ¿Qué pudo ser más estrafalario que tener a un autor dotado como Singer, tan fácil de apreciar, y hacer que escribiera en yiddish, un idioma que tan pocos podían entender? Singer contó la historia del dueño de una librería yiddish que tenía doble chapa en su puerta. «No temo que la gente me robe,» explicó el librero. «Temo que algún autor irrumpa y deje aquí más de sus libros».

Sin embargo yo estaba frente a uno de esos ladrones en potencia condenado a la oscuridad de las páginas de The Dailly Forward, el periódico yiddish de la ciudad de Nueva York, donde sus cuentos aparecían desde principios de 1935, y que luego ganó el Premio Nobel de Literatura 1978, demostrando que el yiddish podía retribuir con algo más que lágrimas y risas. Al Forward lo llevó los 81 años de su existencia para anunciar la buena noticia de Estocolmo con un encabezado que entusiasmó incluso a aquellos corazones judíos anestesiados por las desilusiones: «ISAAC BASHEVIS SINGER INICIA SU DISCURSO DEL NOBEL EN YIDDISH».

El Forward dijo a sus lectores que el acontecimiento marcaba la primera vez en la historia que la Academia Sueca oía el yiddish. Este es un idioma de origen remoto y en constante evolución. Su vocabulario y sus metáforas cambian según el país, y su significado depende en gran medida de la entonación del que habla El yiddish se parece al sueco sólo por arriba. El sueco es un idioma vernáculo restringido a zonas de Escandinavia, pero el yiddish puede ser mal comprendido en todo el mundo.

Con el paso del tiempo Singer dejó de entregar en persona su yiddish a las oficinas del periódico, y sus cuentos y las entregas de sus novelas llegaban por correo o incluso por medio de mensajero. Por fin había conseguido una máquina de escribir, de ahí que leerlo fuera aún más placentero para sus editores. En el principio fue el verbo, reconoció Singer después de habernos tratado cierto tiempo, pero al final fue pura basura. «Una editorial grande tiene 10 ó 12 editores, y cada editor está ansioso de encontrar una niñita que escriba acerca de su tía que se acostaba con los soldados, para que pueda aclamar ahí el trabajo de un genio. Las editoriales los venden en pasta dura y en rústica, pero en realidad deberían venderlos como forros para pastas de otros libros.

«Hoy, cuando se publica un libro», se quejó, «aparecen de repente 10 falsos testigos para atestiguar que es lo mejor que ha aparecido. Si yo fuera Moisés hoy, le agregaría otro al mandamiento de no jurarás en falso: `No alabarás la mala escritura de tu prójimo’. Aunque hubieran algunos buenos escritores, se perderían en este lodazal de falsas alabanzas. En vez de decir que lo bueno es bueno y que lo malo es malo, los críticos dicen que lo malo es bueno.

«Si nuestros supermercados nos dieran pan rancio o queso podrido o leche cuajada, habría un escándalo», dijo Singer. «Pero nuestros supermercados literarios han perdido toda responsabilidad y nosotros no decimos nada. Me dicen que existen muchos periódicos que no aceptan anuncios mentirosos. 

Si yo quiero anunciar que el sandwich que vendo dará vida eterna, no publican este anuncio. Cuando los libros malos son ultra-alabados, alguien debería vetar esos anuncios».

Por fin llegaron los blintzes que trajo una mesera arisca. Dijo Singer «Estoy seguro de que aunque llegara el Mesías, ella seguiría enojada. Y diría `Apúrate. Estoy esperando la Resurrección’. Y lo de la Resurrección va a ser un problema. Si le pareces obsoleto a tu hijo de 14 años, ¿qué menos obsoleto le parecerás a tu padre Abraham?»

Singer escribió en 1962 un cuento llamado El hijo que narraba el encuentro con su hijo a quien no había visto en 20 años. Ese hijo, Israel Zamir, cuyo sobrenombre hebraico significa «ave canora», publicó tiempo después su versión del encuentro en un periódico de Tel Aviv. Singer le dijo que tenía algunas buenas frases, pero que mientras en inglés los clichés habrían sonado jóvenes y en hebreo sagrados, de todas maneras eran clichés.

Casi de milagro, Singer conservó su propio estilo y su propios pendientes sobre el desgaste de su exilio voluntario en los Estados Unidos. Dijo que necesitaba tres condiciones para escribir un cuento; un tema verdadero, una narración con principio, medio y fin; el deseo de escribirlo y la ilusión de que sólo él podría hacerlo, no Bellow o Mailer. «Afortunadamente, tengo que obligarme a no escribir», dijo el autor de 30 libros e innumerables cuentos. «Me levanto cada mañana con el deseo de sentarme a trabajar. Toda mi vida, a mi imaginación la ha sobreestimulado la vida misma.

«Dios me ha dado tantas fantasías que mi problema no es cómo obtenerlas sino cómo deshacerme de ellas», me dijo una vez hablando por teléfono a larga distancia. También se quejó de los peligros de la corta distancia. A veces su esposa, Alma, interrumpía, porque también, como él decía, «las esposas de los escritores son proclives a poner un plato de sopa de pollo sobre los manuscritos».

Singer huyó de la sopa de pollo -y de los pollos- y se convirtió en un vegetariano devoto. Desde la infancia había visto que la fuerza decide el derecho, y que el hombre es más fuerte que los pollos: el hombre se come a los pollos, y no viceversa. Eso le molestaba, porque no había pruebas de que los hombres fueran más importantes que los pollos. Cuando daba conferencias sobre la vida y la literatura a menudo se hacían comidas en su honor, y los anfitriones servían comida vegetariana. «Por lo que, de alguna manera muy pequeña, les hago un favor a los pollos», dijo Singer. «Si algún día obtengo un monumento, será el que me hagan los pollos.

Traducción de Issbelle Marmasse y David Olguín