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EL REPORTAJE DE NEXOS

En nexos 165 apareció la primera de las dos partes que forman este reportaje. En aquella entrega, Sergio Mastretta cubrió una extensión importante de esa zona tan bulliciosa y efervescente -pero en penumbra- que es el tráfico de ilegales centroamericanos a México, y de ahí a Estados Unidos. Ahora y desde el lado de allá, traza el mapa de la violencia en Guatemala mientras delimita los territorios de influencia de la guerrilla, del narcotráfico y de los polleros.

DROGAS, SELVA Y GUERRILLA

La región fronteriza se complica. A la acción guerrillera y contrainsurgente se suman los problemas del narcotráfico y de la depredación de la selva del Petén.

El primer asunto abarca toda Centroamérica: tan sólo por Costa Rica pasan cuatro toneladas de cocaína al mes, según Luis Fishman, ministro de Gobernación de ese país. En Guatemala se decomisaron en el mes de marzo 5,900 kilos de cocaína en dos operativos. Este incremento del tráfico es producto de las variaciones en el mercado internacional de drogas, motivadas por la reducción de consumidores ocasionales en Estados Unidos (de 23 a 14.5 millones), a consecuencia de una mayor vigilancia en las fronteras (Estados Unidos decomisó 65 toneladas de cocaína), y a los golpes dados al narcotráfico por la intercepción de aviones cargados de cocaína en territorio mexicano.

Los narcotraficantes abrieron entonces nuevas rutas de tránsito en Centroamérica. El Departamento de Estado informó al Congreso que el gobierno guatemalteco y la DEA destruyeron el 97% de los cultivos identificados de amapola, pero se curó en salud al afirmar que en las áreas bajo control guerrillero la erradicación de la droga es imposible.

Así que en los suelos volcánicos de la región fronteriza con México, se llegan a obtener cuatro cosechas de amapola al año. La producción aumentó de tal forma que por cada hectárea se obtienen quince kilos de opio, tres veces más que hace una década.

La droga y la guerrilla han traído la modernidad a Guatemala, con la actividad de los satélites Landsat, de la NASA. Por eso el ejército guatemalteco y la Guardia de hacienda pudieron detener el 23 de marzo pasado a 61 mexicanos y un guatemalteco dedicados a la tala ilegal de la selva del Petén, declarada reserva de la biósfera por la ONU. El 11 de abril detuvieron a doce mexicanos más, para incautar en ambos operativos 700 árboles talados, 4,300 trozas de cedro y caoba, nueve camiones, 17 motosierras, un tractor y un arsenal de hachas, machetes y armamento. Los mexicanos detenidos contaban con permisos oficiales del gobierno guatemalteco. Un ejemplar cortado de cedro o caoba tiene un precio de siete mil dólares en el mercado internacional.

Todo forma parte del intento guatemalteco por incorporar a la región de la selva a la actividad productiva, en una dinámica que ha llevado a que en dos décadas la población en el Petén haya trepado de 15 mil a 250 mil habitantes y a que el 40% de los bosques tropicales haya sido destruido.

SAN PEDRO

A las siete de la mañana en San Pedro el sol ha desplazado a la niebla nocturna y la población es un mercado que se descarga de las canastillas de los camiones y las costaleras indígenas. La mirada de un profano no distingue de la florida variedad de los bordados la procedencia de las mujeres en el marchanteo. Pueblo aparte de San Marcos, entre los dos forman una ciudad de dos aguas en un valle cercado por pinos y encinos.

De uno de esos camiones Francisco Xavier Gómez, jornalero nacido en la región fronteriza del volcán Tacaná, acaba de descargar cuatro canastos con hortalizas. Trabajador desde niño en fincas cafetaleras de por allá, intentó llegar a Estados Unidos en abril de 1991, pero fue detenido por agentes de Servicios Migratorios en la estación del tren en Guadalajara, tras veinte días de viaje por territorio mexicano. Francisco tiene 18 años y tiene muy en cuenta los riesgos de la edad: en cualquier momento puede ser reclutado por el ejército para combatir a la guerrilla que se mueve en este departamento.

– Uno está jodido -dice-. Si llega el ejército al pueblo nos acusa de colaborar con la guerrilla. Y si aparece esta gente se enoja por lo mismo, que le avisamos al gobierno cuáles son sus movimientos. Pero más tememos al ejército. Yo tenía un amigo, se fue a Estados Unidos, pero cayó rechazado por Migración de México. Estuvo algunas semanas fuera, entonces lo acusó el ejército de estar con la guerrilla Luego apareció muerto en un camino. De eso tengo miedo, estoy rechazado por México, no he ido por allá, ahora pueden decir que soy colaborador de la guerrilla.

Como la niebla, la muerte violenta es algo natural en Guatemala. Las cifras internacionales dejan a esta guerra civil de 30 años en el primer lugar de muertos (150 mil) y desaparecidos (40 mil). Para quien no tiene la costumbre, el terror se mira como a la parálisis que aqueja a un mendigo de la ciudad: es una fotografía, un paisaje que no nos contiene. 

Leo en el camión a Quetzaltenango una entrevista que Marc Cooper, el periodista de la revista Voice, le hizo al general Efraín Ríos Montt en 1990, cuando buscaba el reconocimiento de su candidatura para la presidencia de la República. Ríos Montt, «cristiano renacido», cabeza del golpe de Estado en 1982, se mira como un cruzado «de la justicia, la armonía, la ley y el respeto a los derechos humanos». Cooper le cuestiona que su ley es la de la mano dura, la guerra brutal y la política de la guerra arrasada que costó la vida a miles de indígenas.

Ríos Montt piensa como el policía de Hacienda del pueblo fronterizo:

– Lo que hicimos -le dijo a Cooper-, lo hicimos por la ley. Todo fue legal, no recuerdo en cuántas Leyes nos basamos. Y nosotros ganamos la batalla, porque eso fue, una batalla, no un día de campo. Nunca ordene el asesinato de nadie. Nosotros condujimos una guerra, mucha gente murió, de ambas partes. Eso fue todo lo que pasó. Pero nosotros nunca asesinamos a nadie, y eso lo saben ellos. Los comunistas saben que esa es la verdad.

– ¿Así que usted está orgulloso de lo que hizo?- le preguntó Cooper.

– En los 17 meses que estuve en el poder -siguió el general golpista-, yo cambié a la milicia: de un ejército de ocupación lo convertí en un ejército de integración. Esa fue mi obra maestra: rifles y frijoles.

Algo de eso platica Francisco Xavier Gómez, el mojado fracasado. En su casa, como muchas familias de la montaña guatemalteca, el retrato de Efraín Ríos Montt fue colgado junto a emblemas evangelistas como mecanismo de protección contra el ejército. Muchos campesinos se pasaron al bando de los cristianos conversos, al tiempo que miles de hombres fueron forzados a formar parte de las Patrullas de Protección Civil -más de 600 mil campesinos fueron organizados por el ejército para trabajar 24 horas a la semana en los pueblos indígenas-, y miles más fueron concentrados en lo que el ejército bautizó como «villas modelo». Todo para asegurarse de que los indígenas no volverían a realizar ninguna medida de colaboración con la guerrilla.

La ruta a Quetzaltenango remonta hacia el centro del altiplano. Pienso en las cuentas alegres de Ríos Montt. Llevo en la libreta la denuncia de organizaciones civiles guatemaltecas: tan sólo en los cuatro primeros meses de este año 200 guatemaltecos han sido asesinados o han desaparecido en lo que a todas luces habla del renacimiento de los escuadrones de la muerte. Es un hecho, contra lo que manifiesta Ríos Montt, que el ejército guatemalteco no ha ganado la guerra. Los militares nunca han dado cifras, por eso extrañó a medio mundo en la capital que hace quince días el general Arturo de la Cruz, apodado «el Canche», quien fuera jefe del Estado Mayor del presidente Laugerud en los años setenta, manejara la cifra de 10 mil bajas de soldados entre muertos y desaparecidos en los últimos diez años.

¿Por qué entonces el auge político de un militar como Efraín Ríos Montt -el hombre de la «aldea arrasada», que según organismos nacionales e internacionales de derechos humanos dejó un saldo de 30 mil muertos-, al grado de que el hombre común piensa que es él quien gobierna detrás del actual presidente Serrano?

Me lo explicará después un periodista de un diario capitalino que guardo en el anonimato.

– Mucha gente en Guatemala piensa que el principal problema en el país es la falta de seguridad, y cree que con Ríos Montt la hubo. Pero el argumento es falso: Ríos Montt creó los Tribunales de Fuero Especial, regido por militares y sin acceso del público. Hubo muchos fusilamientos, y le crearon la aureola de enérgico. El mismo, acorralado por periodistas italianos que le cuestionaban el genocidio provocado por la política de aldeas atrasadas, aceptó que era cierto, pero que fue necesario. Además está el hecho de que pertenece a las sectas fundamentalistas, los «cristianos renovados», que han impactado muchísimo entre sectores de poder en Guatemala, militares, abogados, empresarios, que se creen todos portadores de una misión que cumplir para salvar a Guatemala. Por eso muchos campesinos se convirtieron para salvarse de las fuerzas de seguridad. Un último punto: la corrupción a todos los niveles, algo que molesta al guatemalteco común y que con el presidente Vinicio Cerezo se produjo con desfachatez y descaro. Sólo Ríos Montt ofreció en su campaña acabar con ella: no robo, no miento, no abuso, decía su slogan.

Mujer quiché con sus hijos en el río Suchiate. Huyó de Nebaj en 1983. «Muchos murieron por anemia. Cominos monte. Sembramos pero cortaron los patrulleros y los soldados 200 cuerdas de milpa, y ya estaban saliendo mazorcas. ¿Que íbamos a comer? ¿Si los niños mueren quién tiene la culpa? Mejor nos vamos.

Así que el general genocida en 1982 se levantó en 1990 como el más serio aspirante a la presidencia. No lo logró porque la Constitución de 1985 impide participar en las elecciones a cualquiera que haya participado en un golpe de Estado. Su fama de duro y la certeza de que sólo con él Guatemala saldría del caos y la anarquía, fueron sus cartas de presentación para el proceso electoral.

Es imposible agarrar a un país en una vuelta de camión. Las imágenes pasan fugaces por la ventanilla, como la de Francisco Xavier descargando mercancías en San Pedro.

– Se busca la vida -me dijo el muchacho deportado por la policía migratoria mexicana-. En Guatemala, hoy, no se encuentra.

LA VIOLENCIA

La revista Inforpress centroamericana reproduce un informe del Departamento de Estado norteamericano: en 1990 hubo seis mil asesinatos en Guatemala: la mayoría de ellos ocurrieron en las zonas de conflicto. «Los militares -dice el informe-, frecuentemente no logran distinguir entre guerrilleros y población civil». Apunta también que muchos de los expedientes judiciales sugieren que los asesinos tenían acceso a la información proveniente de las prisiones, la corte de justicia y la policía Relata también que el ejército recluta soldados a la fuerza, captura a las personas en la calle o las saca de sus hogares sin orden judicial. Son los indígenas quienes más sufren el reclutamiento forzoso.

GUERRA Y NEGOCIACIÓN

Encuentro a Mario Payeras en algún momento de este recorrido. Nacido en 1940 en Chimaltenango, Mario es uno de los escritores guatemaltecos fundamentales en este fin de siglo y ha sido uno de los principales dirigentes de la guerrilla desde principios de los años setenta, cuando la guerra tomó forma en las selvas de Ixcán. Días de la selva (1979), El trueno en la ciudad, El mundo como flor y como viento, Latitud de la flor y el granizo (1987) y Los fusiles de octubre concentran por igual su calidad de combatiente y su ser literario con la pureza que sólo puede brotar de la sobrevivencia en la selva y en la guerra.

Mario, que vive en la clandestinidad, es uno de los dirigentes de la organización Octubre Revolucionario, fundada en 1984 tras la ruptura de un importante núcleo de militantes con el ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), convencidos sus promotores de que la alternativa militar para la revolución en Guatemala ha provocado una violencia genocida por parte del ejército sobre los civiles -sobre todo los pueblos indígenas- y sus organizaciones políticas. Desde entonces han buscado a través de la organización de obreros y campesinos alternativas políticas para la transformación de la sociedad guatemalteca.

Mientras platicamos tengo en la cabeza la imagen de Víctor Egeovani González Vázquez, muerto por los soldados el 8 de enero de 1991, recién regresado de México, deportado tras su intento de llegar al otro lado del río Bravo. Acusado de colaborar con la guerrilla, fue secuestrado ahí mismo en su pueblo de Tecaná, a la medianoche, para aparecer con un balazo de 9 milímetros en la nuca a la orilla de un río, varios días después.

Colaborador o no, Víctor Egeovani murió como miles de hombres presos de la violencia del ejército en su afán por desmantelar la guerrilla. Los militares creyeron haberla exterminado entre 1982 y 1985, cuando arrasaron el territorio indígena, sobre todo en Huehuetenango y Alta Verapaz. Datos de h Suprema Corte de Justicia de Guatemala establecían en 1985 que más de 400 comunidades fueron destruidas, cerca del 20 96 de la población se desplazó forzadamente, entre 36 mil y 72 mil adultos fueron asesinados y más de 120 mil niños quedaron huérfanos. Sin embargo, según las propias fuentes gubernamentales, en los últimos años ha habido combates de envergadura que apenas se veían en los años sesenta.

No es difícil comprenderlo: hay que ver tan sólo la estructura de la tenencia de la tierra para contemplar la base social de la guerrilla Según un estudio realizado por la Agencia Internacional para el Desarrollo, con sede en Washington, a principios de los ochenta los latifundios concentraban el 65% de la tierra cultivable con tan sólo el 2.5% de las fincas. De otra forma, 482 grandes finqueros tienen más tierra que medio millón de minifundistas. Y más: otro medio millón de campesinos guatemaltecos carecen de tierra. Y si se suman sus familias, tenemos más de 2.5 millones de personas sometidas a la penuria del trabajo jornalero.

Uno de ellos era Víctor Egeovani, asesinado por el ejército que combate la rebelión indígena más importante en la historia moderna guatemalteca.

Por eso la pregunta a Payeras es obligada: ¿qué perspectiva tiene la lucha armada y la negociación entre gobierno- ejército y guerrilla, la preocupación fundamental de los guatemaltecos?

– Hasta hoy ha operado una ecuación política -me dice Payeras- a mayor fuerza de la guerrilla, más poder del ejército en el Estado. Sin embargo, en el último año se han precipitado tres factores que subvierten esta realidad: por una parte, el ejercito se ha desgastado políticamente, ya no por ejercer el gobierno, sino porque sus excesos represivos han impactado a la opinión pública y han gastado un consenso nacional adverso a sus ejecutorias. Según la prensa, durante el gobierno de Cerezo los asesinatos por razones políticas fueron 2,933 y los secuestros 777. La gota que colmó el vaso fue la matanza de Santiago Atitlán, en diciembre pasado. Pero también la cuenta regresiva ha comenzado para la lucha guerrillera, debido ante todo a avances en el clima de distensión regional.

– El tercer elemento lo da el hecho de que con el presidente Serrano la clase dominante ha recuperado el control del gobierno, del que fue excluida en 1963 tras el cuartelazo del coronel Peralta Azurdia. El nuevo gobierno es de gente nueva en muchos sentidos, que expresan fuerzas políticas jóvenes. Debido a la debilidad de su partido y a su precaria legitimidad, Serrano ha conformado un gobierno de amplia participación, donde los empresarios y el ejército mantienen las riendas.

-¿Qué control tiene entonces el presidente sobre este proceso?- le pregunto.

– El presidente Serrano sólo tiene una posibilidad real de ejercer el poder: negociar la paz con la URNG, lo cual sólo será posible si se reconoce plenamente la legitimidad y la fuerza político-militar de la coalición guerrillera y se accede a sus demandas fundamentales. Sin el armisticio el país seguirá siendo ingobernable.

– ¿Quiere decir que la guerrilla todavía mantiene en jaque a las fuerzas del ejército?

– La guerrilla esté lejos de ser derrotada y en realidad nunca lo ha estado como fuerza militar rural. Pero la paz sólo se podría alcanzar si ambas fuerzas actúan con sabiduría. La URNG no debería intentar hacer la revolución desde la mesa de negociaciones, y el ejército tampoco debe pretender conseguir en las pláticas, que no pudo en el campo de batalla Y el presidente Serrano cometería un error a fondo si subestima la fuerza política de la URNG, su arraigo en la población de los frentes de guerra y la simpatía internacional que goza. La guerrilla es representante de sectores fundamentales de la nación, principalmente de amplias masas del campesinado pobre e indígena que por primera vez en este siglo protagonizan una rebelión contra el sistema social que los explota y desprecia.

Estas son las cuentas que la agencia noticiosa Enfoprensa hace de la guerra en el primer trimestre del año: 527 acciones político-militares equivalentes a 246 acciones de propaganda armada, 156 hostigamientos, 38 ataques a puestos fijos, 25 emboscadas, 24 sabotajes, 16 combates y 22 ataques contra unidades de la Fuerza Aérea. Se reportaron 431 bajas del ejército.

Las acciones guerrilleras aumentaron en abril. La URNG festejó el Primero de Mayo con operaciones en los departamentos de El Quiché, San Marcos, Alta Verapaz y Petén. Por la contraofensiva del ejército, según la agencia, cinco mil familias de la región nororiental se vieron obligadas a abandonar sus comunidades.

POLLEROS

Juan Carlos Limones es un hombre próspero en Chimaltenango. Un auto con placas de California aguarda en el garage, y en la sala espaciosa su mujer, tendida en un diván, habla por el celular mientras la parabólica trae una película de mojados mexicanos que estelariza Julio Alemán. Juan Carlos tiene por oficio pasar centroamericanos a Estados Unidos. «Ah, ustedes quieren ir a casa del coyote, nos había dicho el taxista, y sin titubeos nos dejó frente a una casa nueva estilo californiano. Ahora espero a que en el patio mi amigo Pedro logre un acuerdo con el hombre de bigotito y tejanita para una entrevista.

Julio Alemán, mientras tanto, es un sufrido lavaplatos en Los Angeles. «Andale, mojado -le dice un chicano-, no te hagas pato y friégale». Y más tarde me entero que en su pueblo mataron a la mujer y le secuestraron al hijo por razones incomprensibles en la trama. Ahora llora en un poste como perro herido, y alguien canta «fui por el mundo triste y desolado». Luego viene un comercial: la ITT le dice a los mexicanos que por 25 centavos de dólar pueden hablar a Tijuana y por 90 a Guadalajara, y todo entre paneos de helicóptero) sobre el Golden Gate con corte directo a un niño futbolero tal vez en la plaza de San Juan de los Lagos, con el remate de la voz femenina: «me fascina vivir aquí, pero a veces extraño tanto a los míos», y de nuevo la bondad de los precios de la ITT.

-Vamos- me dice Pedro. Y su seriedad rompe el encantamiento televisivo. El hombre no se despide de mi, me da la espalda cuando paso a su lado.

– Me negó todo -explica Pedro-. Dice que es su hermano el que anda en eso, que él no se mete en problemas.

Media hora más tarde Juan Carlos y otros cuatro hombres, tocan el portón de la casa de Pedro. No lo saludan contentos. 

-¿Qué vaina traes metida?- le dicen. Preguntan por mí, qué carajo quiero, en dónde estoy, ¿no sabe Pedro que la policía guatemalteca los está apretando?

– Mira lo que haces, Pedro, eres nuestro amigo, pero no te metas en mierdas porque aquí te lleva la chingada.

-Son duros estos jodidos- me dice Pedro después. Yo tengo las cuentas de Servicios Migratorios y su impotencia: en 1990 presentó ante el Ministerio Público Federal más de 2,400 querellas en contra de polleros -contra sólo 200 del sexenio anterior-, de los cuales se consignaron a 1,500. Amparos interpuestos antes de que llegue la querella dejan libre a la mayoría; fianzas mínimas sueltan a otra buena parte.

Pienso en el caso de Tapachula el año anterior: de 227 averiguaciones 117 fueron por violaciones a la Ley General de Población, en su artículo 118, relativo a tráfico pollero, pero sólo once personas están en la prisión. Dos casos muy sonados en esa ciudad, los de Romain Samayoa y René Mazariegos, de los más reconocidos capos de la frontera sur, detenidos en abril y liberados inmediatamente por la vía del amparo.

CIUDAD DE GUATEMALA

1. Octava Avenida, dos de la tarde en el centro de la capital. Cinco jóvenes miden el paso de un hombre con unos lentes oscuros Raybam clavados al cinto. El mayor, que no tendrá quince años, se impulsa en sus tenis sobre la cintura del atracado, que ha visto el movimiento y sujeta la mano del atracador.

Cacheos e interrogatorios, tarea cotidiana de los agentes de migración, Tonalá, Chiapas

– íVenga acá, cerote hijoeputa! -exclama el señor ya con los lentes en la mano derecha.

Pero ya un segundo jovencito arremete de una patada contra su estómago. El hombre se tuerce, espera un nuevo golpe que se estrellará en la cabeza.

El griterío enciende la calle, paraliza todo comercio. Los muchachos, de una pandilla cualquiera, Maras, como les dice la gente, nuestros Panchitos defeños, se escurren hacia la esquina.

Mario, mi amigo estudiante de medicina en la Universidad Autónoma de Puebla, también tenía quince años en 1982, cuando era estudiante de segundo de secundaria y participaba en el clandestino Frente Estudiantil Revolucionario Robin García, un grupo que venía del levantamiento popular de octubre de 1978 en contra del incremento a las tarifas de transporte urbano. En las calles quedaron muertos entonces más de 50 jóvenes por disparos policiacos. En 1982 el Frente ya estaba caracterizado como una «organización subversiva» que, de la demanda de una mejor educación -rehabilitación de aulas, escritorios, pizarrones y gises-, pasó al apoyo a las luchas obreras, primero, y a la participación directa en la lucha armada -pintas guerrilleras, barricadas en bocacalles y bombas incendiarias contra comercios gringos-, en la insurrección de 1981, cuando la guerra. como un trueno del trópico, llegó a la ciudad.

Pienso en él tras la escena del atraco frustrado.

– Fue la tarde del 29 de mayo de 1982 -me ha contado-, regresábamos de la escuela, los de la Policía Nacional me detuvieron con dos patojos en el bus. Nos llevaron al puesto. Ahí fue la primera golpiza, golpes y culatazos en el estómago. Después nos llevaron al Departamento de Investigaciones. Vinieron los interrogatorios: nombre, edad, origen, trabajo, organización política. Después, la gente de más rango que dice «sabemos quienes son», no hay rodeos para nosotros, por las buenas o por las malas. Vino la capucha, una bolsa de plástico que te envuelve la cabeza, con los pies y manos amarradas por la espalda, y casi te mata de asfixia. Y preguntas, nombres, que si conoces a fulanito, que si cuál será la próxima acción, luego te relajan a patadas en el estómago, así, diez, quince veces. Pasa el domingo, el lunes, el martes en la mañana, interrogatorios. Llegó gente del ejército. Fotografías, más interrogatorios. En la tarde, un gringo, rubio, alto, tal vez un israelí, que dirige el interrogatorio a la guerrilla: ¿conoces a fulano?, alguien que había estado en el movimiento estudiantil un año antes. Decía no, pero él sabía que sí, estaba muy informado. Luego volvía el policía mirá pisado, cerote, sabemos que mientes, si no hablás te vamos a quemar.

– Y ahí mismo, la tortura a un ladrón, lo ahogan en un lavamanos, dónde escondiste el dinero, culero, decí… En Guatemala te torturan por cualquier cosa. Luego siguió el viaje a la cárcel clandestina, a los ojos vendados, a los cuerpos desnudos, tirados bocabajo, sin hablar, pateados cada que se le ocurre al carcelero, interrogados cada día para lo mismo; dónde están los reductos de los subversivos.

Camino por la Octava avenida. No sé qué tan lejos están estos años del terror en Guatemala. Mario los sufrió dos semanas a sus quince años, con los ojos vendados, con picana eléctrica y capucha. Ahora lo veo de cuando en cuando, en la disciplina impuesta para sobrevivir a la Universidad Autónoma de Puebla, agradeciéndole su posibilidad de estudio al país que cruzó con su familia hace diez años para llegar al norte a ser declarado «niño de la guerra», refugiado político guatemalteco.

Me gana la soledad en la Octava avenida. A la vuelta de la esquina, otros Maras se entretienen en la cascarita.

2. Guatemala es el paraíso de la maquila para capitales de Corea, Taiwán, Hong Kong, Singapur y Estados Unidos. Entre 1987 y 1990 se generaron 45 mil empleos; las exportaciones textiles fueron por 165 millones de dólares en ese último año. El propio Ministerio de Trabajo revela el rostro oculto en un «Informe sobre la situación en la industria de la maquilan: buena parte de los empleados no está inscrita en el régimen de seguridad social; existe trabajo forzado, tanto de adultos como de menores de edad, «se llega al colmo de encerrar bajo llave a los trabajadores»; las jornadas de trabajo se subordinan a las metas de producción de las empresas y no a las normas laborales establecidas; existen ambientes de trabajo poco ventilados, periodos de trabajo extremadamente largos, condiciones deficientes de seguridad e higiene, carencia de guarderías infantiles y comedores para los trabajadores; se emplea a menores de 14 años.

El 70% o de los empleados son mujeres solteras. El salario diario en las maquiladoras es de 1.60 dólares o 240 quetzales al mes, equivalentes a 144 mil pesos mexicanos. Al año una obrera trabajó alrededor de 3,480 horas, 1,312 más que las trabajadas por un japonés y 1,531 más que un norteamericano

3. – Mire -me dice un taxista, el único servicio caro para la moneda mexicana en este país-, con los militares estábamos mejor. El dólar a lo más llegó a 2.50 quetzales, no que ahora todo ha subido y no hay seguridad. Critican mucho al general Ríos Montt, pero ese hombre fusiló a quien la debía, gente subversiva y maleantes. Ahora vea usted lo que le pasó a mi primo, se fue al norte, la hizo de pollero en Tijuana, ya se había hecho al modo mexicano. Por allá vino hace dos meses, no llegó a la esquina de su casa cuando lo picaron, lo dejaron muerto para que así lo viera su madre. Ese clavo tenemos ahora, mi hermano se fue con él, dicen que se hizo al modo mexicano y que pasa gente al otro lado en un carro. Va para un año que no se sabe de él. Ese es el temor que tenemos, que esté muerto.

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5. Rolando Pérez, guatemalteco de 24 años, cuenta la vuelta entera, su viaje a Los Angeles con su familia hace tres años. 

– Mi mamá se encargó del viaje. Con un amigo conectó a los coyotes y él mismo consiguió los documentos falsos, unos pasaportes provisionales, unas hojas amarillas con las fotos. Nos fuimos con un grupo de veinte, incluyendo unos salvadoreños muy simpáticos que hacían el ambiente. Conseguimos visa hasta el distrito Federal, por eso pasamos sin problemas por Tapachula. Tomamos un Cristóbal Colón. Por alguna razón nos bajamos en Puebla. Ahí agarramos otro camión al DF, donde nos tuvieron dos días encerrados en un hotel de esos pobres. Los polleros nos pedían dinero para la comida. Decían no salgan, no hagan ruido, y hablen como mexicanos. Y sus recomendaciones: que si nos preguntan de qué color es la bandera no digamos rojo, sino colorado. Y que molcajete es pa moler el chile y que digamos chamarra, no chupa.

– Después, ahí en la estación de buses se arrimó un hombre alto, delgado, de bigote y saco negro. Dijo el coyote: «ya nos detectaron, vamos a tener que dar mordida, y la mordida uno la paga. Se arrimó el hombre: «a ver, papeles, papeles». El coyote se le acercó, ya mi mamá le había dado dinero.

– De Guadalajara tomamos avión. Ahí nos pusimos ropa presentable, para pasar como gente que agarra altura. Nos llevaron a una ciudad cercana a Tijuana, en taxis desde el aeropuerto. En la noche hubo una reunión para explicarnos cómo íbamos a pasar. El primer grupo saldría a las cuatro de la mañana. La señal, un golpe en la puerta. Nos reúnen con el coyote, decía para todo bato. bato, un norteño de pantalón verde olivo, como de 23 años. Dijo: quiero cuatro ágiles que tengan. Me señaló a mi, a mi hermana y a otro muchacho. Nos fuimos en un taxi que nos dejó en un puente. Y rápido, dijo el norteño, cuando diga corran, corren a la velocidad que yo agarre. Y si me paro, se paran, y si arranco, arrancan. Y a lo dicho, saltamos mallas y corrimos, pasamos un barranco. Cosa de diez minutos estábamos del otro lado, en San Diego. Esperamos dos horas, porque había migra. Avanzamos un rato y otras cinco horas detenidos. Había una plantación de sandías y un hombre en un tractor, un chicano. Nos llevó a una granja, ya eran como las tres de la tarde. Entonces llegó un carro con un gringo, no dijo nada, sólo manejó. En la casa a la que llegamos había otro hombre en el jardín, hacía como que trabajaba. Dijo, cuando yo les diga pasen, háganlo, caminen normal. Nos llevaron a un cuarto, nos dieron de comer y pasamos la tarde viendo tele. Todo ese tiempo estuvieron llegando otros grupos, y ya antes de nosotros estaban otros guatemaltecos.

Celda de la cárcel municipal de Arriaga, Chis. Grupo de ilegales detenidos el 24 de mayo de 1991.

– A mi hermana la detuvo la migra. Dijo que era mexicana, como le habían dicho que hiciera. El coyote se dejó agarrar con ella. A los diez minutos de que la soltaron volvieron a cruzar la línea.

– Al otro día nos trepan en una pick up con camper. Dicen, «si para, no hablen, no tosan, no se muevan». Cuando sentimos, ya estábamos en Los Angeles. Nos llevaron a un departamento. Ahí le hablaron a mi hermano mayor, que ya estaba en L.A. desde antes trabajando. Nos dejaron en un McDonalds. El coyote pidió 300 dólares más por cabeza. No quería mi hermano, no se dejó. Pero al otro día que llegó mi hermana le dicen: «o das el dinero o se la entregamos a la migra». Ellos saben manipular los sentimientos, en Guatemala hacen un trato, pero en L.A. piden más. Allá pidieron 700, más los 300, mil dolares. Ibamos siete, fijese cuánto deja- mos.

6.- Al gobierno mexicano le consta algo -me dice uno de los representantes del gobierno guatemalteco en el Grupo Binacional formado para abatir la corrupción en los cuerpos policiacos de los dos países y desmantelar las mafias polleras que operan en la frontera-: la total violación de los derechos humanos de los indocumentados centroamericanos en México: golpizas, violaciones, cárcel. Si sabemos que esto va cambiando, que México ha hecho grandes esfuerzos, pero el punto de partida de cualquier negociación es ése. Y dos situaciones: una, Guatemala no cuenta con una ley que penalice el tráfico, y quienes la promovemos cortemos riesgos graves que atentan contra la propia vida. Otra, los deportados por México se quedan en nuestro país y ocasionan mucha violencia No hay de otra, los dos países tienen que entender que este es un problema regional.

LA EMBAJADA

Es una noche de fin de semana en el bar La Embajada, un congal de lujo en Coatepeque, la ciudad cafetalera a media hora de la frontera. Está repleto de mexicanos que han perdido antros de este tipo, cuando en marzo Salubridad cerró 18 burdeles en Puerto Madero. Las mujeres en oferta se exhiben una tras otra en el estrado, bailan una pieza y se desnudan a la siguiente, en una ola irrefrenable de encueratrices en tandas de a diez con descansos para recordar la marca de alcohol que bebe el público. Ivonne, Mireya, Wendy, Herlinda, mulatas hondureñas, mestizas salvadoreñas, negras panameñas arrebatan, suspiros en la marejada de sus muslos, provocan erupciones de sus senos volcánicos. Dos criollos de Tapachula confirman que esto no tiene comparaciones: 150 mil pesos por una chaparra mexicana contra los 100 quetzales (60 mil pesos) en La Embajada, que incluyen la variedad, la botella extranjera y la muchacha en la cama Y ya tienen a Mireya en la mesa que les sonríe y extiende un poco más sus ojos rasgados.

– Como en Tijuana -me dice mi acompañante, administrador de una finca de la región-. Allá las putas también son centroamericanas

Las muchachas pasan una tras otra en una secuencia de carnes que los tragos enredan con preocupaciones profanas en un burdel: en este instante alguien cruza el Suchiate con sus esperanzas en el morral y otro más se esconde en los matorrales rumbo a San Diego. En medio, México, el país al que los oligarcas guatemaltecos todavía valoran como el del apoyo a Cuba, el del populismo anarquizante y anticlerical, retaguardia de subversivos, santuario del Estado intervencionista.

Hago cuentas con el finquero: no hay cifras precisas, pero se estima en un millón los guatemaltecos que en los ochenta emigraron a México y Estados Unidos. En 1990 los braceros remitieron 430 millones de dólares a sus familias. Ahora el gobierno mexicano quiere detener su paso y aprieta h tuerca de sus servicios migratorios en Chiapas. Pero aquí no se ha resuelto nada la guerra arrasa sus pueblos indígenas, la agricultura de exportación -y el trabajo para 400 mil jornaleros- queda al vaivén de los precios internacionales y lo que aparenta ser un crecimiento económico, la ciudad de Guatemala y sus fábricas, es tan sólo concentración de miseria y desempleo.

Algo entiende el finquero, que sabe que cada año 70 mil jornaleros guatemaltecos pasan más de diez meses en el Soconusco, Trabajando en los cafetales:

– Te la volteo a vos -dice-. ¿Qué carajo le pasaría a tu país si los gringos arrojaran a los ilegales mexicanos? Coño, que les viene una revolución.

Regreso a México y su altiplano con esa y muchas más interrogantes. Nadie se atreve a dar cifras del movimiento económico que representan los ilegales. Por Tijuana cruzan 120 mil al mes, ¿pero cuántos de ellos pagaron trescientos dólares al pollero? En 1990 se detuvieron y deportaron 126 mil gentes en México, ¿pero cuántos lograron pasar? 397 chinos no lograron llegar a Estados Unidos, y habían pagado por lo menos 10 mil dólares a su pollero, pero no se sabe cuántos están ya con sus familias en San Francisco o Nueva York. ¿Cuánto gastaron los 119,497 guatemaltecos, salvadoreños y hondureños -el 94.3 % de los expulsados- por llegar al otro lado? Los testimonios llevan a decir que entre quinientos y mil dólares por cabeza. Y si se quita a los centroamericanos nos quedan alrededor de seis mil deportados entre beliceños, chinos, ecuatorianos, colombianos, dominicanos y peruanos, junto con indocumentados de otras 60 nacionalidades, y todos ellos por lo menos pagaron cinco mil dólares, sin contar gastos de viaje. Lo que sea, pero son fuertes los intereses que afecta la decisión mexicana de detener el tráfico en la frontera sur, en las rutas de Chiapas-Oaxaca México, Chiapas-Oaxaca-Veracruz-México y Quintana Roo-Tabasco-Veracruz-México. Los hoteleros como Rubén Guízar, propietario de Diario del Sur en Tapachula, no dejan de atacar a Servicios Migratorios por la corrupción de sus agentes. Los funcionarios de Gobernación no agachan la cabeza y afirman que las quejas son resultado de un trabajo que ha trastocado a fondo la red de tráfico con seres humanos.

Leyendas en la cárcel municipal de Arriaga, Chis. «México, perros corruptos», una definición que consigna el malestar generado por el maltrato a los indocumentados.

Fotos: Sergio Mastretta.

Hasta ahí es un problema policiaco, complicado por las ofertas para la corrupción -dejar pasar un tráiler con cincuenta pollos le puede dejar a un agente 20 millones de pesos- y la fortaleza de la red internacional de traficantes, con más de diez años de experiencia y controlada por bandas de polleros establecidas en Tijuana: todo con un aparato penal que poco puede hacer contra amparos y fianzas otorgadas con displicencia por los jueces.

Va mucho más allá el problema político. No se ve en el panorama que la guerra y la crisis económica centroamericana dejen de expulsar minifundistas, jornaleros del campo y desempleados. En los ochenta, a costa de su extorsión, lograron pasar por México para establecerse del otro lado. Hoy se les cierra el camino en una dinámica en la que sólo un número equivalente al 10 % de los detenidos logra pasar, en un cálculo tal vez aventurado de la Secretaría de Gobernación. ¿Cuánto tiempo durará este movimiento de expulsiones y reingresos, en un juego en el que a la larga no se sabe quién es el gato y quién el ratón?

INDEFINIDOS

Ciudad de México, estación migratoria en la calle de Agujas, en Iztapalapa. Un agente grita. «íA ver, esos indefinidos!»

Son dos hombres y un muchacho. Migración no les cree sus historias y ellos las repiten a quien los mire. Son los indefinidos, no tienen nombre más que para ellos mismos, no tienen apellidos en ningún documento, ni siquiera falsificado. Son ilegales y son nadie.

Braulio Medina García, de 35 años, nació en Tepic. No carga papeles, no trae maleta Como buen paria viaja a la deriva. «Soy mexicano -dice-, y la Constitución del 17 no obliga a cargar documentos». Y de ahí no lo sacará Gobernación.

Jesús Uzcamea García, de 44 años y nativo de Guaymas, tiene una versión particular «Salí hace cuatro días de la cárcel de Santa Marta Acatitla, diez años estuve reo. Me detuvieron en Estados Unidos por portar arma robada pasé cinco años en la penitenciaría de Florence, Arizona, luego me trasladaron a México. Salí de la cárcel y no había dinero, me fui para Apizaco a trabajar en una obra, allá me agarraron. De plano no le creen y casi juran que es salvadoreño.

Ronie John Luna de 19 años, hijo de salvadoreño y chicana, de plano saca su infancia en Texas y revela qué tan profunda es la migración centromericana y cuánto sorprende a los agentes: «I was born in Antecusa -me dice-, now I move to California, I’ve been living there for seven years. I went to Guatemala in december first, to our vacation… íCarajo, soy americano!».

Son tres de los indocumentados, una muestra ínfima de los más de 150 mil que se detendrán en 1991. En las horas que permanezcan detenidos se atendrán a las tortas que reparten los agentes.

Después seguirán, sin reclamos, su camino.