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Muchos jamás se habían quitado el sombrero. Usaban huaraches o caminaban con los pies acostumbrados a las comisuras de la tierra. Emigraban al norte porque el ejido o la pequeña propiedad ya no dejaban y porque en los años cincuenta los norteamericanos necesitaron y «pagaron bien» a la fuerza de trabajo mexicana. Se iban con la esperanza. Pero sin apego a ninguna ley, a muchos los regresaron: son los deportados.

Los braceros de entonces y de ahora harán de su ilegalidad un oficio. De eso tratan las fotos. Casasola busca entre la masa al individuo humillado, o al que por sus mínimas conquistas será célebre en su pueblo. Busca que los ojos de sus personajes le digan algo, no son hombres que se van sino que regresan: la caja de cartón (con su anuncio de jabón gringo) en vez del morralito; zapatos en lugar de huaraches; en las mujeres el pelo corto sustituye a la trenza; los pantalones bajo el vestido cubren las piernas de las niñas para las faenas del campo. Para Casasola la muchedumbre es ese montón de ojos que reta a la cámara, historia de rostros compungidos, no de derrota. A unos cuantos los separa de la masa, los espía, les roba el rostro. Otros le dan la espalda a su destino. Es la memoria gráfica, constancia visual de la elasticidad de la frontera México/Estados Unidos y de sus repercusiones.

En los años cincuenta hubo un incremento acelerado de migración de fuerza de trabajo mexicana, tanto de legales como de ilegales, debido a la intervención de los norteamericanos en la guerra de Corea; la disminución de los trabajadores agrícolas en ese país; el auge económico e industrial posterior a la Segunda Guerra Mundial; y a la crisis agraria de México. Después del periodo bélico, en el que hubo incontables abusos a nuestra fuerza de trabajo, México propuso al gobierno norteamericano que asumiera su responsabilidad financiera: transporte, subsistencia, cuidado médico de emergencia, gastos de entierro, libertad a los trabajadores para escoger a su empleador, garantías contra despidos injustificados, etc. Dicha propuesta fue rechazada. Y se puso en práctica la Ley número 78 que prohibía el trabajo ilegal en los Estados Unidos. Sin embargo, en enero de 1953 se inicia el reclutamiento unilateral de mano de obra. Así, al mismo tiempo que el Congreso de los Estados Unidos condena en el papel la contratación de ilegales, permite en la práctica su existencia, que modera según sus propias necesidades. De febrero a julio de 1953 fueron deportados cincuenta mil mexicanos. Para muestra el botón que presentamos aquí.

Las fotos que aquí se presentan fueron tomadas por Ismael Casasola en 1953, en Nuevo Laredo. Algunas fotos son inéditas, otras fueron publicadas por la revista Hoy. El material fue facilitado por la fototeca del INAH.

1. Las trabajadoras domésticas mexicanas se incrementaron de 8% en la década 1930-40 a 15% de 1950 a 1954.

2. Entre 1948 y 1959 los salarios agrícolas en los Estados Unidos eran de nueve a dieciséis veces más altos que en nuestro país. En 1910-1914 sólo 7.4% de los extranjeros deportados por los Estados Unidos eran mexicanos; en 1930-1934 las cifras relativas suben a 42.8%; de 1935 a 1939 a 52%; de 1940 a 1944 a 64.6%. De 1950 a 1954 a 72.9 por ciento.

3. La fila de la incertidumbre.

4. Según una encuesta, el 80% de los repatriados en 1953 había pagado «mordida» para ingresar a los Estados Unidos. Un intermediario arrestado en Monterrey admitió que en día y medio de trabajo ganaba 280 dólares. En 1953 «la mordida» para pasar al otro lado variaba de 250 a 300 dólares.

5. Trabajadores ilegales alojados en el cuartel de La Loma. La mayoría eran procedentes de los estados agrícolas.

6. Bracero detenido en Nuevo Laredo. Las razones de la migración: 47% por necesidad de trabajo, 38% por necesidades económicas,. 76% jornaleros con tierra de temporal que se quedaban sin empleo por largo tiempo.

7. Al empezar el siglo, de cada cien mexicanos que emigraban a los Estados Unidos, setenta eran hombres y treinta mujeres; de 1950 a 1954, cincuenta y cinco eran varones y cuarenta mujeres. De 1941 a 1945, la proporción de matrimonios mexicano-norteamericanos fue de 45 %, de 1951 a 1955 pasó al 84%.

8. El destino de las familias que se fueron a los Estados Unidos dependía, por lo general, de la entidad federativa de la que partieron. Los de Monterrey preferían trabajar en los estados del sur; los de Sonora en la costa de California y Arizona; los de Durango y La Laguna -especialistas en la pisca de algodón- en los estados del sureste, al igual que las familias del Bajío, trabajadores de azúcar y vegetales.