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En lo que va de 1991 más de 30,000 cubanos han obtenido visas para viajar a Estados Unidos; de ellos una tercera parte no regresará. Y a pesar de esta creciente ruta legal para salir del país, no se detiene la oleada de salidas ilegales. Con la esperanza de que su solicitud para viajar sea aceptada, diariamente se forma una larga fila de cubanos frente a la Sección de Intereses Norteamericanos, a lo largo del muro marino de La Habana, el famoso Malecón. otros se desesperan, especialmente los que no tienen amigos ni familiares en el extranjero que puedan pagar los dólares necesarios para su pasaje, requisito clave para el viaje impuesto por el gobierno de Cuba. El último recurso para los que están decididos a abandonar el país es improvisar una balsa y botarla al mar en la oscuridad de la noche esperando llegar a Miami, que desde hace mucho tiempo es el destino principal de los exiliados.

Linda Robinson. Periodista. Corresponsal para Latinoamérica de U. S. News & World Report. Ha colaborado en nexos anteriores.

La cercanía de Miami los anima a correr el riesgo pero hoy va en aumento el número de salidas porque las condiciones económicas de la isla son cada día peores. El gobierno de Cuba ha admitido con franqueza que las penurias del país aumentan las filas de los desesperados y los desesperanzados. Los funcionarios informan a los cubanos que en los próximos tres o cinco años no habrá gran mejoría y que, incluso, las cosas pueden ponerse todavía peor. «Lléveme con usted», me suplicó una mujer colgándose de mi brazo, en un supermercado del Vedado, un barrio de La Habana. Tenía el rostro y los brazos cubiertos de escoriaciones y ronchas; me dijo que no podía conseguir suficientes medicinas para atender su enfermedad y que a su hijo, en Miami, no le alcanzaba el dinero para pagar su viaje, a pesar que desde hacía mucho tiempo ella había solicitado la visa.

La política norteamericana en materia de inmigración cubana parece esquizofrénica, como si no pudiera decidir si está ofreciendo una válvula de escape a las presiones para que Castro haga cambios, o si trata de ayudar en forma individual a los cubanos que desean salir de Cuba. El gobierno de Estados Unidos está dando menos visas de las que se comprometió a conceder en un tratado de 1987 celebrado entre los dos países. De modo que los cubanos han buscado otras formas de escapar que implican un riesgo personal mucho mayor. En el verano de 1990 unas cuantas docenas de jóvenes pidieron asilo en las embajadas de Checoslovaquia, Suiza, España y otros países, tratando de salir del país. Castro se negó a darles la salida y acusó a Estados Unidos y Checoslovaquia de provocar el incidente para perjudicar la imagen de Cuba en el extranjero. Los cubanos que solicitaron ese asilo están hoy señalados como perturbadores del orden y cuando menos uno de ellos fue arrestado.

Otra razón por la que Estados Unidos no tiene una política de brazos abiertos es el recuerdo, aún vivo, de los efectos desastrosos que en 1980 tuvo para Miami la llegada del barco Mariel que inundó a la ciudad con 125,000 refugiados cubanos. Los miamitas ya prendieron la alarma ante la posibilidad de una situación semejante, aunque los funcionarios del Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) declararon recientemente en Washington que el flujo actual de refugiados cubanos no rebasa su capacidad para absorberlos. Comparados con las que cruzan la frontera México-norteamericana -comentó Gene McNary, comisionado del SIN-, los lancheros cubanos son casi una travesura.

Pero el número de lancheros que se arriesga a cruzar las peligrosas noventa millas del estrecho de Florida, es seis veces mayor al del año pasado. El aumento de cubanos dispuestos a arriesgarse en esta última apuesta para escapar de las precariedades de Cuba, no es un problema importante de inmigración para los Estados Unidos, pero sí es un indicador claro de la desesperación en aumento, especialmente entre la juventud y las clases bajas que antes eran los principales defensores y beneficiarios de la revolución. Este año, entre el primero de enero y el 31 de julio, fueron rescatados 1404 cubanos que lograron sobrevivir a la travesía, mientras que sólo 467 pudieron hacerlo durante todo 1990. Si tal ritmo continúa, en este año serán alrededor de 2,400 los cubanos que lo logren.

Uno de los sitios más adecuados para botar una embarcación es la Playa de Santa Fe, al oeste de La Habana. El 20 de marzo Leonardo Selis, de 34 años, y Ricardo de Jongh, de 29, aprovecharon un apagón en las calles, a las 9 de la noche, para escapar desde esa playa después de meses de planes y preparativos. Selis y De Jongh no son como los lancheros comunes pues tienen más educación y medios económicos que la mayoría, pero su viaje requirió tanta valentía y buena suerte como el de cualquiera de sus compatriotas. Durante los últimos cinco años de su estancia en Cuba, Selis tuvo empleos menores pero también fue productor de televisión para los Ministerios de Educación y Cultura. De Jongh era un cineasta independiente que hacía producciones para el Canal 6 de Cuba sobre asuntos militares y turismo. En 1988 los unió el deseo compartido de abandonar Cuba, pero ambos dicen que empezaron a pensar en su salida después del Mariel, en 1980. Un primo de Selis salió entonces y Selis fue la primera persona a quien su primo llamó al llegar al Centro de Detención de Krome Avenue, en donde se registra a los refugiados que llegan al sur de Florida.

Desde 1988 los dos jóvenes intentaron varios proyectos de botes; construyeron una balsa pero comprendieron que no podrían llevarla a la playa sin ser descubiertos. En diciembre de 1990 rentaron una casa en un punto aislado de la playa de Santa Fe y comerciaron el equipo de fotografía submarina de De longh a cambio de una balsa inflable: la escondieron en un techo falso de uno de los cuartos, esperando las condiciones favorables para el viaje.

La esposa de De Jongh, con la que tenía un bebé de seis meses, no quería que su marido saliera de Cuba, y ninguno de los jóvenes confió a sus padres su decisión temerosos de que trataran de disuadirlos o de que más tarde les obligaran a contar lo que sabían. «Nunca me casé porque sencillamente no me entraba en la cabeza traer hijos a un mundo como ése», dijo Selis en Miami durante una entrevista en junio pasado. Tanto él como De Jongh insisten en que su motivación para salir de Cuba fue «básicamente política», no económica, añadiendo que tenían ingresos «superiores al promedio» y que «jamás les faltó dinero o comida».

El poema más caro del mundo

En un ensayo recogido en The Best American Essays, 1990, la autora Sue Hubbell cuenta que a la muerte de Elvis Presley su agente el famoso Coronel Parker contrató con una compañía vinícola la producción de un vino llamado Always Elvis. En la etiqueta venía un poema del mismo Parker, un poema de cuatro estrofas que le dio regalías por 28,000 dólares, lo cual lo convirtió, «verso a verso, en el poeta mejor pagado del mundo». Así acaba el poema y, para el caso, el mismo mundo:

We will play your songs from day to day

For you really never went away.

Lo cual nos lleva a preguntarnos si no habrá por ahí algún Khan del agave interesado en poner en el mercado el Tequila Pedro Infante. No nos interesan las regalías sino la creatividad artística. Ya tenemos el final del poema que iría en la etiqueta:

Siempre fuiste un gran cantante.

No te olvido, Pedro Infante.

Al pedirles que explicaran sus razones políticas De Jongh suspiró y dijo: «Es difícil de comprender si uno no lo ha vivido». Selis añadió: «Si uno no tiene un futuro en un lugar por culpa de un sistema que se dice ser el único sistema que puede ofrecer un futuro a los seres humanos, descubres precisamente que no tienes ningún tipo de futuro y que el presente es un simple sobrevivir… Es una razón más que suficiente para que de todas partes del mundo se emigre… quiero decir, el futuro. ¿Económico? No, eso es poca cosa. Pero todo lo que está pasando, el abuso, el engaño, la amenaza constante para que la gente no pueda hablar ni decir lo que piensa o siente, porque se amenaza por cualquier cosa… El que todos los días se inventen leyes…» «Las mentiras», interrumpe De Jongh tratando de resumir la letanía de las injusticias y agravios, «…para que prácticamente no puedas moverte», termina Selis.

Critican la guerra de Angola en la que murieron sus amigos cubanos por una causa que no era la de Cuba, y las muertes ocultas; el «apartheid turístico» que da «lo bueno a los extranjeros en dólares, y lo malo en pesos a los cubano», y que les impide hablar con los extranjeros que visitan la isla. Como muchos cubanos de su edad, hablan con mucho cinismo sobre la posibilidad de un cambio diciendo que la policía secreta aplasta de inmediato cualquier protesta. «En Cuba no habrá ningún cambio sociopolítico hasta que Fidel muera», dice Selis.

Los dos lancheros hicieron su viaje en sólo 39 horas, un tiempo notablemente corto, gracias al viento que impulsaba su vela montada en una balsa de hule inflable. Usaron muy pocas de las provisiones que habían almacenado, agua, leche y algunas sardinas. A diferencia de algunos lancheros que salen atolondradamente en chalupas, botes, flotadores de hule espuma, colchones de aire y toda clase de artefactos de fabricación casera, Selis y De Jongh estudiaron las estrellas, las corrientes del océano y esperaron a que los reportes del tiempo mencionaran condiciones propicias. Pero incluso ellos sufrieron lo que los lancheros menos preparados y deshidratados sufren: alucinaciones. «Veía y escuchaba a niños jugando, edificios que salían del agua», dijo De Jongh. «Las olas enormes nos calaban de frío, y sabíamos que había tiburones por todas partes».

Los rescató un bote pesquero entre las Islas Dry Tortugas y Cayo Hueso, y los dos reconocieron su buena suerte. Algunos lancheros tienen alucinaciones tan terribles que saltan del bote y se ahogan. otros carecen de velas y van a dar a la costa oriental de Florida. Al norte de Palm Beach la corriente del Golfo empuja hacia el océano Atlántico y muchos deben haber muerto en alta mar. No existen datos confiables sobre el número de los que mueren, pero se calcula que uno de cada diez, o hasta un cincuenta por ciento. Aunque aún deben encontrar un empleo fijo en Miami, Selis y De Jongh piensan que el riesgo que corrieron valió la pena. «(Salir en bote) es el reto más macho en Cuba en estos tiempos», comenta De Jongh, que lo compara con una carrera de autos. Pero es probable que quienes no lo lograron contarían una historia diferente.

Traducción de Mercedes Quijano