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La proximidad de la fecha de conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América ha tenido la particularidad de avivar, en ciertos medios latinoamericanos, una corriente hostil a la conmemoración del histórico acontecimiento. Hay que distinguir aquí, antes de seguir adelante, los dos significados de «celebración» y de «conmemoración» porque es tal vez en estos dos vocablos -en estos dos vocablos equívocos, como decía el clásico- donde esté arraigado el malentendido que inficiona actualmente, con más virulencia que nunca, el sentido que se pretende dar a la efemérides en la solemnidad de los programas oficiales y que tiene su réplica polémica, sobre todo en los círculos intelectuales de Hispanoamérica y en algunos de España.

No puede sorprender en absoluto que en este tiempo de violencias inauditas, de guerras quirúrgicas y mercenarias a escala mundial, de despiadado aplastamiento de civilizaciones, culturas y sociedades inermes por parte de las potencias super desarrolladas y superarmadas, bajo el signo del nuevo orden mundial instaurado de hecho aunque no de derecho a partir de la guerra del Golfo; no puede sorprender en absoluto -se podría inferir-, que este resurgimiento de las metrópolis de opresión, depredación y expolio haya exacerbado la sensibilidad, el miedo, el sentimiento de rechazo y de humillación que padecen los pueblos colonizados o neocolonizados desde hace varias centurias desde un confín al otro del planeta.

A partir de este 12 de octubre falta un año para que se cumpla el Quinto Centenario da Descubrimiento de América Para prologarlo publicamos este ensayo de Augusto Roa Bastos en exclusiva para México que llama a la unidad de América latina.

La partición histórica de aguas representada por la fecha del Quinto Centenario, marca la división entre la antigua ecúmene de la tierra conocida y habitada y la vasta porción de pueblos desconocidos e ignorados a los que había que conquistar, someter, devastar, esclavizar, en nombre de las sacrosantas normas del occidente cristiano, pero también de sus más definidos intereses de dominación. Las Leyes de Indias, promulgadas bajo el patronato de la Corona, no pudieron, sino en una mínima parte, atenuar y menos aún humanizar el régimen encomendero en el laberinto de la Colonia.

Este acontecimiento histórico -el descubrimiento por los europeos del continente indígena- marca con singular nitidez el enfrentamiento de Europa con los pueblos que iban a llamarse americanos. Los pobladores autóctonos nunca contaron en la economía humana y material del imperio; del mismo modo que los enormes contingentes de gente esclava, arrastrada desde otras regiones no menos inhóspitas y atrasadas, para servir de bestias de carga a los colonizadores europeos y por fin a los criollos y mestizos como herederos y beneficiarios del largo y desordenado imperio colonial.

En este contexto histórico, extraordinariamente complejo, que arranca de la Conquista y la Colonia, no es casual que la significación del Quinto Centenario sea susceptible de diversas interpretaciones y esté saturado de cargas irracionales, a veces irreductibles, que el paso de cinco centurias no ha hecho más que agravar. Con toda evidencia, la destrucción, el crimen, el despojo no pueden ser celebrados, como fastos ejemplares de la humanidad. Pero tampoco la actitud hostil y condenatoria que se ha levantado contra la efeméride a ambos lados del Atlántico se reduce a una discusión crítica y denunciadora sobre lo que fue la hecatombe de la Conquista y la Colonia con los excesos inenarrables que constituyen siempre la marca de los imperios.

No puede decirse, sin embargo, que esta actitud de rechazo de las élites mestizas frente a la ex metrópoli se haya instituido en una costumbre ritual, renovada a cada centenario, y menos aún, que esta actitud áspera y condenatoria de los profesionales de las ideas, constituya una nueva manera de encarar las relaciones entre España y los países de América hispana, en este momento grave del mundo. Lo que, al menos, hubiera sido saludable y oportuno.

En sus aspectos más gruesos, esta erupción conflictiva – síntoma del viejo trauma- ha tomado la forma de una indignada furia antihispánica en algunos círculos de intelectuales de ambas orillas (no solamente hispanoamericanos). Celebración o conmemoración (y el matiz semántico, como se ha visto, no es desdeñable), el significado de la fecha no puede no incluir el tema sacrificial de la aniquilación de las culturas indígenas por la conquista y la colonización que el descubrimiento de Colón inauguró en el Nuevo Mundo.

Podría decirse que se trata de un rebrote de la Leyenda negra, actualizada y potenciada con los excesos de los prolongados imperios coloniales que sustituyeron a España en la poco laudable tarea de sojuzgar en su beneficio regiones enteras del globo. Tarea que no ha cesado en los tiempos actuales sino que por el contrario ha recrudecido de una manera trágica y alarmante en el último medio siglo.

Los paliativos que se han buscado para neutralizar el malentendido no han sido menos desafortunados. Parecería que en todo esto hubiese una suerte de pudor inconfeso, de mala conciencia no asumida por ambas partes, de hesitación en decir las cosas por su nombre. La conquista y la colonización se han dado en llamar ahora «encuentro de culturas» o «encuentro de dos mundos, dos fórmulas aún más equivocas, por complacientes y ambiguas, de dar nombre a aquello que ocurrió a partir del arribo de Colón. Una manera vergonzante de camuflar, también a destiempo -bastante tardíamente, hay que decirlo- el tremendo choque de civilizaciones y culturas, las luchas terribles en las que las culturas autóctonas acabaron devastadas y sus portadores sometidos o aniquilados, como ocurre siempre en las guerras de conquista con sus inevitables ciclos de opresión colonial.

La conquista y la colonización del llamado Mundo Nuevo también están llenas de sombras, de horrores y de crímenes. Y de hecho no son el etnocidio, la esclavitud y la expoliación los que honran esta empresa. La verdad histórica no se puede maquillar tan fácilmente con semiverdades o contraverdades puramente verbales. «Encuentro de dos mundos», «encuentro de culturas» son apenas subterfugios retóricos de una mala conciencia colectiva o de una todavía peor memoria histórica que ciertos gobiernos excesivamente contemporizadores se empeñan en manipular con el fin de lograr el equilibrio celebratorio o conmemorativo, descargándolo de sus elementos polémicos en lo histórico, en lo político, en lo cultural. Empeño, a decir verdad, bastante desdichado, pues deja intacto el fondo real del problema Conocemos el origen de estas fórmulas de buena voluntad pero de escasa verosimilitud, puestas al servicio de la causa de la conciliación, del olvido, del perdón de la historia. Y podría afirmarse que estas argucias retóricas son en buena medida responsables de la animadversión creciente que la intelectualidad del continente mestizo manifiesta contra la conmemoración del Quinto Centenario como símbolo, en el espacio y en el tiempo, de un redivivo orgullo imperial por parte de la ex metrópoli y, por otra, de los resentimientos y las viejas heridas de los pueblos vencidos. Creo que estamos ante un típico anacronismo de doble filo.

Las tachas de la Colonia -que existieron como en todos los procesos coloniales- no pueden ocultar y anular, sin embargo, un hecho positivo, olvidado o desechado por los críticos a ultranza del imperio español. No debemos olvidar que la colonización española es el único caso, en la historia de los imperios de occidente, que tuvo por contrapartida la insurgencia de un pensamiento condenatorio de la guerra de conquista y el surgimiento de una verdadera conciencia anticolonial, que fundamentó una filosofía moral y jurídica en el pensamiento y en la acción de los hombres más eminentes de la época, y que formó una arraigada tradición en la vida cultural española, entroncada con el pensamiento erasmiano.

Esta pasión moral, convertida en conciencia crítica, es la que enfrentó en un duelo dantesco el pensamiento anticolonialista hispano a la Contrarreforma y a la Inquisición en las dos líneas antagónicas de absolutismo y humanismo, que en España y en América contendieron desde la Conquista a la emancipación, y aún después. Basta con mencionar los ejemplos paradigmáticos de Francisco de Vitoria, de Francisco Suárez, del propio Cervantes, cuya novela fundadora admite, sin duda, una lectura paródica y satírica de los nuevos «caballeros andantes» que andaban asolando América.

El propio Bartolomé de las Casas, a quien se debe en gran parte el surgimiento de la leyenda negra, debería ser incluido en esta nómina, aun cuando la importación de negros del Africa sugerida y solicitada por él para reemplazar a los indios de las encomiendas, parecería minar la actitud ética y cristiana del santo varón que tomó a pecho la salvación de los indígenas, aun a costa de sustituciones sacrificatorias en una suerte de extraño racismo teológico de salvación y redención que los historiadores del pasado colonial no se han ocupado aún de clarificar.

No podemos olvidar, por otra parte, que tras el mestizaje biológico y cultural que sucedió a la conquista, fue de entre los criollos, mancebos de la tierra y mestizos de donde iban a surgir los rebeldes y emancipadores, es cierto; pero también los más encarnizados capitanejos y tiranuelos cuya descendencia sigue padeciendo nuestra América.

En este contexto, no se puede siquiera suponer que la conmemoración del Descubrimiento (no la celebración, es preciso repetirlo) vaya a festejar o solemnizar, por cierto, la parte sacrificial de este drama. Tampoco intentará poner una máscara fastuosa sobre las atrocidades que se cometieron, puesto que su monumentalismo fúnebre hará más evidente aún el sentido de esta desventurada historia.

Sin excluir ni olvidar la parte oscura e inenarrable de aquella hecatombe de los pueblos precolombinos, la destrucción de sus culturas, de sus religiones, de sus mitologías, del asiento de sus ciudades y sus riquezas, el sentido genuino de la conmemoración no puede no estar sino en la proyección hacia el futuro de este acontecimiento que es patrimonio de toda la humanidad. La única manera legítima de conmemorar estos fastos es la de vivir la historia en clave de futuro donde convergen y se entrelazan las líneas positivas de aquellos acontecimientos memorables que nos han dejado su permanente y dolorosa lección, su compromiso de unión y alianza.

En esta época, en la que hemos llegado a un punto límite, el discurso histórico no puede ser, no es ya, únicamente, un saber. Es sobre todo una ética del conocimiento histórico. Esta moral de la conciencia histórica exige, a su vez, un comportamiento justo y solidario a los miembros de una comunidad forjada por una historia que les es también común. Y estas comunidades deben unirse y actuar juntas en lo mejor de sus genuinas potencias o virtualidades para hacer sentir su presencia mediadora y conciliadora en un mundo al parecer condenado a la violencia, generada por los intereses de los centros hegemónicos de poder.

Por todo ello, la conmemoración del Descubrimiento va unida necesariamente a la toma de conciencia crítica de los grandes problemas comunes y de una acción política gradual y consecuente con la progresiva solución de los mismos. El proyecto cultural y económico de integración es una empresa cada vez más necesaria y, al mismo tiempo, cada vez más erizada de dificultades y escollos que parecieran condenarla a un aplazamiento indefinido.

Es evidente que el concepto de la España democrática como compañera de las naciones hispanoamericanas en un plano de igualdad y en un plan de comunidad orgánica de naciones no resulta aún viable. Salvo en empresas de cooperación y ayuda multilaterales o parciales. En su mayor parte, las colectividades latinoamericanas no han accedido aún al asentamiento y estabilidad de sus instituciones democráticas bajo un genuino estado de derecho, agobiadas por el tremendo flagelo de la deuda externa, por la inestabilidad política y el marasmo económico, signos evidentes de su dependencia de los centros mundiales de decisión.

La comprensión del pasado, desde el presente y su proyección al futuro es, así, la única lectura inteligible de la historia para la construcción de un proyecto de plurales dimensiones. Esta lectura comporta una toma de conciencia crítica, no únicamente por las minorías culturales, por los estados y por los gobiernos, sino también y sobre todo por los millones de seres humanos de todas las capas culturales y condiciones sociales de esta vasta porción de la humanidad que forma el mundo iberoamericano.

La conmemoración de la efeméride del Quinto Centenario vería disminuido su sentido si en ella no está asociada intrínsecamente la presencia de los pueblos mestizos hispanoamericanos, de los pueblos indígenas que sobreviven al holocausto de hace cinco centurias, y a los que se debe, tanto por parte de España como por parte de las sociedades nacionales de América Latina, el más completo desagravio y reconocimiento en la defensa de sus derechos, de sus culturas, de su preservación material, de su dignidad humana. 

Tal desagravio y reconocimiento, que sigue siendo una vieja deuda incumplida de restitución social y cultural, no adquirirán su vigencia histórica sino como componentes de una conciencia general y federativa de la unificación e integración de nuestros países de común origen en una comunidad orgánica de naciones libres.

La conmemoración del Quinto Centenario va unida así al esclarecimiento -en su doble acepción de clarificación y de ennoblecimiento- de este concepto miliar de la unidad como comunidad de pueblos de un mismo horizonte cultural; situación cuya penosa evidencia se manifiesta aún en el desconocimiento mutuo de las historias de cada región, de cada país, llenas de los equívocos y ambigüedades que asentó en ellas la colonización y que fueron refrendadas por la historia de los vencidos.

Las historias no son sólo el pasado «documentalizado» por la historiografía con mayor o menor erudición, con mayor o menor grado de buena fe, de verosimilitud, de credibilidad y de honradez. Los hechos históricos no sólo se hallan registrados en los documentos ni sólo dan cuenta de ellos las interpretaciones tejidas en el marco de la hermenéutica. Los hechos fundamentales viven, sobre todo, en la memoria colectiva; son claves genéticas de sus identidades, las que se reflejan a través de sus comportamientos.

Las identidades reales de los pueblos no se definen de manera abstracta ni se revelan más que en los momentos de crisis o de plenitud colectivas, en lucha con los infortunios y las vicisitudes, en busca de su genuina expresión individual y colectiva; en ocasiones, de su propia sobrevivencia.

Por todo ello, la conmemoración del Descubrimiento del Nuevo Mundo por los europeos (que siempre será el segundo descubrimiento) va unida necesariamente a la toma de conciencia crítica de los grandes problemas comunes y de una acción política gradual y consecuente que contribuya a la progresiva solución de los mismos.

El proyecto de unificación e integración de los países iberoamericanos con España y Portugal, es una empresa sujeta aún a grandes escollos y dificultades que parecerían condenarla a un aplazamiento indefinido. No se puede correlacionar ni integrar magnitudes diferentes, o que se hallan en desigual estado de desarrollo. Es evidente, pues, que el concepto de la España democrática como compañera de las naciones hispanoamericanas en el plano de una comunidad orgánica de naciones no resulta aún viable en su plenitud solidaria, salvo en empresas de cooperación y ayuda multilaterales o parciales, y por lo mismo casi siempre transitorias, efímeras o ineficaces. En su mayor parte, las colectividades latinoamericanas no han accedido aún al asentamiento de sus instituciones, agobiadas por el tremendo flagelo de la deuda externa, por la inestabilidad política, por el bloqueo de sus productos, duro precio de su dependencia a los centros mundiales de poder.

La revisión crítica de las relaciones entre España y los países hispanoamericanos no es por tanto un revisionismo histórico-cultural postulado desde el ángulo de ideologías contrapuestas. La plural amalgama de razas, de culturas, de motivaciones e intereses legítimos, la necesidad de relaciones más estrechas y orgánicas, de un conocimiento mutuo más amplio y profundo, depurado de leyendas negras y leyendas blancas, constituye hoy la nebulosa de un mundo en gestación que busca plasmarse en medio de grandes pero no insuperables dificultades.

Lo que importa, desde el ángulo de lo posible, es justamente establecer y organizar una sociedad comunitaria sobre la base de nuestras identidades, afinidades y diferencias, en una conjunción que no anule sino que vitalice -en la interdependencia- la autonomía y la soberanía de cada país. Y esto sólo puede lograrse sobre las correlaciones entre los países latinoamericanos que tienden hacia la democratización y la España democrática. Una España en su unidad con Europa, en su europeísmo geográfico, pero también en su iberoamericanismo esencial. Quiero decir: unidad de España con Europa, de la que forma parte, y unidad de España con Latinoamérica, con la que forma un mundo aparte.

Tampoco podemos transferir a la España democrática el fardo no menos aberrante del neocolonialismo actual cuyo rodillo compresor sabemos cómo funciona y sobre qué ejes. Esta creciente y un poco tardía indignación «hiatórica» contra la España imperial ¿no es tal vez la descarga ambigua de las élites mestizas hispanoamericanas, destinada a otros imperios aún vigentes, más actuales, más eficientes y más implacables, pero también menos susceptibles a la crítica y a la condenación? Si esto fuera así, tal operación oblicua sería una manifestación más de la mala conciencia de las élites mestizas que están tratando de eludir su responsabilidad histórica en la frustración o, por lo menos, en el aplazamiento indefinido de la liberación e integración latinoamericana en su totalidad, en su plenitud solidaria.

En lo que nos concierne como hispanoamericanos no se trata ya solamente de un ajuste de cuentas permanente con la España imperial, ella a su vez desaparecida No sería honrado transferir a la España democrática, únicamente, el fardo aberrante del pasado en su totalidad y menos aún el fardo no menos aberrante el neocolonialismo actual, pero acerca, el cual nuestras intelligentsias se manifiestan con una rara moderación de lenguaje en el mismo momento en que la marea antihispánica, como viejo resabio imperial, remonta con el apoyo de los viejos estereotipos.

He aquí, para América, el verdadero sentido de la conmemoración del Quinto centenario: afirmar y consolidar, en primer lugar, la identidad de los pueblos latinoamericanos en el contexto del Tercer Mundo al cual pertenecen no por destino elegido sino por su situación de dependencia, de atraso, de aislamiento; y en segundo lugar, afirmar y consolidar esta identidad en la unión y alianza con España y Portugal.

La identidad, autonomía y soberanía le los pueblos latinoamericanos, instauradas sobre la base de su efectivo desarrollo, implica necesariamente la participación de los pueblos indígenas y de todas las minorías marginadas en la construcción de un nuevo orden democrático, representativo, pluricultural y pluralista como concreción de la nueva sociedad que está emergiendo en América Latina, y de la cual España es nuestro aliado natural.

Este mundo no realizado aún de la unificación en una comunidad orgánica de naciones, es el que nos queda por descubrir. A la inversa de Colón que no sabía que descubría un Mundo Nuevo, nosotros -españoles, portugueses y latinoamericanos- sí sabemos hoy que este mundo de la integración existe en potencia y que debemos contribuir a realizarlo. No importa el tiempo cronológico que nos lleve hacerlo. Las grandes empresas de paz, de libertad, de solidaridad democrática se fraguan en el tiempo de las generaciones y los pueblos. De cara al milenio que comienza, América Latina enfrenta, en su conjunto, la continuidad interrumpida de su emancipación, la construcción de su segunda independencia en las estructuras orgánicas de una efectiva democracia pluralista que nos permita participar activamente en un plano de igualdad y responsabilidad en el mundo de mañana.

Entre lo utópico y lo posible, éste es un reto de la historia. O lo que es lo mismo, un desafío del porvenir.