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Italo Calvino

El camino de San Giovanni

Tusquets

Barcelona, 1991

166 pp.

Es difícil no ceder a la tentación de escribir unas memorias -o lo más cercano a ellas- para guardar y conservar la materia porosa y blanda de la experiencia directa. El camino de San Giovanni proviene de esa actitud primordial de la supervivencia. Las memorias brindan referencias tangibles pero nada asegura que lo que digan sea completamente cierto. Quizá son un disfraz del olvido pues sólo quedan los despojos a los que el recuerdo transforma y llena de sentido. Tal vez -como lo sugiere Calvino- son una cura para el remordimiento. Ir en busca del pasado se parece a buscar en un bote de basura los restos que ya dábamos por perdidos.

Calvino escribe desde el reverso y la opacidad del mundo. Pero, ¿que quiere? Quiere darse forma a través de una memoria traicionada que ya no conserva el recuerdo de si misma. Y que escribe: fragmentos de su vida arrastrados por el viento de la escritura que lamenta la perdida de la experiencia original y encuentra la certeza de que lo escrito no puede reproducirla, sino apenas rescatar algunos jirones, pedazos de algo mucho más intenso que el acto de la escritura.

Por eso no podemos pensar en una autobiografía. Estos cinco «ejercicios de la memoria» cubren pequeñas parcelas y no aspiran a la totalidad; quieren recobrar la textura de algunos hechos del pasado ya sin la inocencia de los primeros días. Entre el momento en que la escritura se lanza a recobrarlo,    Calvino interpone   la distancia.

En El camino de San Giovanni hay una maravillosa reflexión sobre el valor de las imágenes que prefiguran la historia de ciertas vidas. El sendero que baja y conduce hasta la ciudad, el espejismo no tan lejano de una cuadrícula donde se escondían las calles, se hinchaba un campanario y se distinguía la línea de los muelles; el cine como metáfora del mundo y de una personalidad concentrada en si misma; los campos de claveles y una cesta colgada del brazo, el deseo de estar en otra parte, todo eso va cobrando forma en estas páginas como signos de un futuro que Calvino descifra cuando recobra el pasado, o cuando al menos recobra una parte de el. 

El mundo de estos recuerdos es ritual en el sentido profundo que le atribuyen los relatos de aventuras: el rito como prueba iniciática y como momento de tránsito a otras realidades: de la infancia a la madurez, del campo a la ciudad, de los sonidos y los colores a la literatura. En el primero de los cinco ejercicios Calvino establece ese itinerario ritual que marco cada una de las estaciones de su sensibilidad literaria pero que lo alejó del camino familiar, el que subía su padre: «cual era el camino que buscaba sino el mismo que mi padre cavaba en la espesura de otra extrañedad, en el supermundo (o infierno) humano, que buscaba de noche en los zaguanes mal iluminados (a veces una sombra de mujer pasaba fugazmente) si no la puerta entreabierta, el otro lado de la pantalla de cine, la pagina que al volvería introduce en un mundo donde todas las palabras y las figuras resultan verdaderas, presentes, experiencias mías, ya no el eco de un eco de un eco».

De muchos modos, Calvino se lamenta por lo que antes no quiso. Incluso no presume de buena memoria, o mejor dicho, juega con ella y nos permite transitar de los recuerdos nítidos a los espacios en blanco. Porque ese es el camino de San Giovanni: aquel que lleva al recuerdo y luego al olvido y después termina en la escritura. El sentido de «La poubelle agéée», una suerte de sonata antipastoral, es de lo más cercano a la pasión de Calvino por eso que podríamos llamar «la estética de lo mercurial»: la preceptiva de quien sirve de mediador entre dos mundos, el de arriba y el de abajo, el de los pesos muertos y el de los pesos vivos, el del campo y el de la ciudad. No por nada el acto de tirar la basura se convierte asimismo en un acto ritual. Si al principio era rito de iniciación ahora lo es de purificación. Cuando Calvino menciona su gusto de juventud por transportar la cesta cargada de alimentos o por servir de mensajero, caemos sin darnos cuenta en el retrato que hace de sí mismo, casi como no queriendo, como quien se oculta en los demás: un ángel, intermediario entre los hombres «y el cielo de las ideas en que inmerecidamente planeamos (o creemos planear) y que sólo puede subsistir en la medida en que no seamos vencidos por la basura que produce cada acto del vivir incesantemente», un negro y pesado ángel «de la limpieza y la levedad». En el instante en que Calvino se proyecta en la tarea del basurero, entendemos el significado ritual de este libro: es inútil buscar en la memoria lo que le ha sido arrancado por la literatura.