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Jorge Aguilar Mora

Una muerte: sencilla, justa,

eterna.

México,

Era, 1990.

440 pp.

En una confluencia de géneros, Jorge Aguilar Mora aborda el ensayo, la crítica literaria, de vez en cuando las memorias personales, en ocasiones trozos que podrían ser cuentos o partes de alguna novela pero, sobre todo, historias regionales e individuales de la Revolución Mexicana

En cincuenta y dos capítulos, Aguilar Mora indaga, investiga, reflexiona y reconstruye historias de la Revolución Mexicana, a veces centrado en un personaje como Pancho Villa o Lucio Blanco -a los que sin duda dedica más atención, en particular al primero, que transita por todo el libro-, o como Rafael F. Muñoz, Ramón Puente o Nellie Campobello, o bien en cuestiones como los problemas fronterizos en esa época. Los temas son muchos y los enfoques variados.

El libro de Aguilar Mora rompe deliberadamente una y otra vez con las expectativas del lector. O, como dice José Emilio Pacheco: «No se deja controlar, clasificar, comentar, reseñar» («De Chimalistac a Tlatelolco». «Inventario», Proceso 759, 20 mayo 1991). Al inicio apunta hacia un libro de índole muy personal, de carácter autobiográfico. Sin embargo, esta primera expectativa se trunca. A juzgar por la fuerte presencia del narrador al principio, se esperaría una continuación de esa línea. Por ejemplo, en el capítulo «¿Qué es un mes de agosto si no es eso?», el autor reflexiona sobre dos de sus maestros -Sergio Fernández y Antonio Alatorre- y algo cuenta sobre cómo vivió el 68, nada volvemos a saber de David, de José, de Celia. En el último capítulo, de manera muy breve, se retoma un tono íntimo que no compensa la expectativa inicial.

Es cierto que a lo largo del libro los comentarios explícitos de carácter personal aparecen de manera intermitente, por ejemplo, en su relación con la investigación histórica, con observaciones del tipo: «Hay que introducirse en todas las reuniones secretas de los porfiristas y huertistas para distinguir la miríada de actitudes y posiciones. Esa pesquisa quedará para otro momento». O: «Su observación de José Emilio (¿Pacheco?) me dejó la inquietud de revisar las relaciones familiares de la casta porfiriana, de las que yo no sabía nada. Sin embargo, por ahora no he hecho nada de eso, y lo he pospuesto para otro momento…»; y también: «Ese movimiento íla reforma agraria!, se detuvo, por así decirlo, con esa idea de la pequeña propiedad y con la copia de la ley del homestead. Por mi parte, ese confrontamiento lo dejo para otro momento». Otras veces, decide no continuar investigando el tema y, de manera típica, nos lo informa.

Pero son más importantes los comentarios subjetivos implícitos. Como señala Armando González Torres: «La historia de Aguilar Mora no deja la elocuencia a sus narraciones o a sus personajes, sino que está colmada de apreciaciones subjetivas y sobreentendidos morales» («Literatura moral, escritura curativa». Examen; jul. 1991).

Muy temprano en el libro, al comentar la historia de los trece césares de Suetonio, el autor asienta sus intenciones y escribe: «No, mi libro no sería de historia, ni de revelaciones biográficas. Sería simplemente un libro de estilo. Un libro donde el estilo serviría para hacer económica una imagen que ciertos mexicanos tenemos en la imaginación, en nuestra convicción y en la memoria; pero que no tenemos en la escritura». Las pretensiones ciertamente son altas.

La perspectiva siempre será personal, al decir del propio autor «Durante los años de mi investigación sobre la Revolución, se fue dejando ver, cada día con más evidencia, que los datos históricos que me atraían y que yo perseguía por libros y por archivos eran transfiguraciones de hechos de mi propia vida». Así, por ejemplo, al escribir sobre Lucio Blanco, Aguilar Mora dice: «Era inevitable, entonces, fijar en él mi atención e indagar, a medida que trataba de entenderlo, si en verdad sus indecisiones históricas eran el rasgo con el cual yo me identificaba».

Desde la mirada de las historias individuales, Aguilar Mora ofrece lo que para mí es la mejor parte del libro. Narra, con facilidad y talento, algunos de los múltiples fusilamientos y muertes que tuvieron lugar en la Revolución (la cifra que por lo general se da es de un millón de muertos). En estas narraciones breves y penetrantes, y en la medida de lo posible, Aguilar Mora recrea algunos momentos intensos de esa experiencia tan íntima, inescapable, irrepetible e intransmitible que es -será- la propia muerte. Con respeto y habilidad, Aguilar Mora logra otorgar a estas muertes, y de alguna manera, por extensión, a todas aquellas muertes anónimas de ese periodo, el gran valor que tuvieron y tienen en cuanto a ese carácter único: «Los fusilamientos redimen su vida con un gesto, con la singularidad de su gesto, que no por repetitivo deja de ser único e intransferible: en estas descripciones, las víctimas hacen en el último momento un gesto decisivo y con ese gesto escapan de sus verdugos y toman posesión de su vida: la hacen suya, infinitamente suya». Pero, de manera que ya empieza a ser característica, Aguilar Mora abandona esa rica veta y rompe nuestra segunda expectativa.

La tercera expectativa, que no se cumple cabalmente, es la de los personajes históricos, si bien Pancho Villa es la figura más redonda, la que predomina en el libro. En esta faceta de retratos, la intención básica parecería ser entender y explicar precisamente a Villa. Respecto a él y Lucio Blanco, Aguilar Mora se plantea preguntas pertinentes, hace reflexiones lucidas pero, de nuevo, esta linea no parece ser explotada a plenitud, y procede a escribir sobre otras cuestiones, como los problemas fronterizos entre México y los Estados Unidos, o el Plan de San Diego. La abundancia de temas, figuras y problemas señala la posibilidad de una multiplicación de publicaciones potenciales, tal vez con mayor cohesión y menos ambición.

En este breve recorrido de la ruptura de expectativas en Una muerte sencilla, justa, eterna, siempre aparece, de manera significativa y definitoria, la palabra «personal». La visión que Jorge Aguilar Mora tiene de la Historia, de la Revolución Mexicana, de las historias, de su propia historia, siempre es personal, para bien y para mal.

Finalmente, una palabra sobre las fuentes. Detrás del libro hay una cantidad abrumadora de libros, periódicos, documentos y archivos consultados. No pocas veces, Aguilar Mora se muestra en desacuerdo con varias de las publicaciones y testimonios sobre el tema de la Revolución Mexicana. Entre ese despliegue bibliográfico, asombra no encontrar tres publicaciones recientes que, al decir de los historiadores, han resultado fundamentales para el replanteamiento del estudio de la Revolución Mexicana. Le Mexique. De l’Ancien Régime a la Révolution de François Xavier Guerra que apareció en francés en 1985 y en español en 1988. Revolutionary México. The Coming and Process of the Mexican Revolution de John M. Hart que apareció en inglés en 1987 y en español en 1990. The Mexican Revolution de Alan Knight que apareció en inglés en 1986. Su ausencia sólo podría explicarse en el caso de que el libro de Aguilar Mora hubiera permanecido cinco años en prensa. En cuanto a la pertinencia y validez, a las posibles aportaciones de la faceta historiográfica propiamente dicha del libro, queda a los expertos su evaluación.