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Margarita de Orellana

La mirada circular, el cine

norteamericano de la Revolución

Mexicana, 1911-1917

Era

México, 1990

Hay una fábula zen en la que un discípulo le pregunta al maestro sobre la concentración y éste responde:

– No veas lo que quieres ver, sólo imagínalo; o velo de reojo o de pasada, como si no lo vieras; o velo a través de su reflejo en el agua u olvídalo y deja que llegue sólo a ti.

La mejor manera de ver las cosas no siempre es verlas directamente. Así, la historiadora Margarita de Orellana nos ofrece en La mirada circular, el cine norteamericano de la Revolución Mexicana 1911-1917, una visión insospechada sobre nuestro movimiento revolucionario que dice (y ve) más que muchos tratados: circular pero también oblicua, de reojo e imaginada, casi de veras como un reflejo en el agua, terriblemente grotesca y temblorosa. Mirada que ve al que nos mira, que lo atrapa en su infinita lejanía, en su altivo desprecio. Y en algo tan sencillo como en el cine que se filmó sobre nuestra Revolución. Por eso la mirada ve además hacia una pantalla en donde todo -toda nuestra gesta revolucionaria -es pura representación, con escenarios de cartón y actores (que en realidad son los personajes reales) disfrazados de sí mismos. Eso eres tú -diría el maestro zen- en la mirada del otro, de aquel que se ha dedicado a mirarte, a observarte y a verte grotesco aun en aquello que creías más heroico.

¿Pero de veras somos eso? ¿Esa es nuestra Revolución, ese es nuestro Pancho Villa, ese es nuestro Apostol de la Democracia, esa es nuestra beautiful señorita? Vernos a través de la mirada del otro es, de veras, no soportarnos. Y, sobre todo, no soportar al otro: el infierno.

En la medida en que te resulta insoportable lo eres, estás ahí, en la representación de tu propio drama grotesco, agregaría seguramente el maestro zen. Qué imagen imperecedera de nuestra Revolución es esa que narra el libro de Margarita de Orellana en la que oficiales villistas ordenan a sus soldados vestirse de federales y los hacen actuar como soldados del gobierno que son atacados por tropas villistas ante las cámaras norteamericanas. Qué mala representación fue a veces nuestra lucha revolucionaria, de mexicanos contra mexicanos ante la brutal mirada del «otro». Qué fácilmente nos cambiaban de papel (de disfraz), como a Pancho Villa, que de bandido generoso y justiciero pasó a ser un despiadado criminal. Pancho Villa, cuenta el libro, firmó incluso un contrato de exclusividad con la Mutual Film Corporation por veinticinco mil dólares, y se creyó consentido de los gringos hasta que fue satanizado y perseguido por la agresión a Columbus.

Como dice Friedrich Katz en el prólogo: «El libro de Margarita de Orellana se termina en 1917, pero los estereotipos que describe continúan viviendo en las películas hollywoodenses sobre México». ¿Quién fue Emiliano Zapata?, nos preguntaban en la escuela. La respuesta inevitable: Marlon Brando. Y es que de veras para el mundo fue más Marlon Brando que lo que haya sido en realidad. Desgraciadamente la realidad es más lo que se hace con ella que lo que es realidad. Una verdad prefabricada es más verdadera que una verdad real; la del cine, por ejemplo. Por eso también dice Katz: «Las opiniones de la mayoría de los norteamericanos y de los europeos sobre la Revolución Mexicana no están basadas en trabajos académicos de historia ni en las grandes realizaciones artísticas que esa revolución generó -las pinturas de Diego Rivera, José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros-, y mucho menos en la gran producción en torno a ella. El conocimiento general de ta Revolución Mexicana, uno de los grandes levantamientos sociales del siglo XX, está basado sobre todo en las películas de Hollywood». Zapata seguirá siendo Marlon Brando. Nuestra revolución, un escenario de cartón. Pancho Villa, el último Pancho Villa que filmó Hollywood Todo empezó con lo narrado (descubierto) en el libro de Margarita de Orellana. El problema es que también de alguna manera ahí termina: es un círculo cerrado, una mirada circular que se basta a si misma. Por eso también es un espejo para todos los que nos miramos en él.