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Kevin Buckley:

Panamá: la verdadera historia

Simon y Schuster

Nueva York, 1991.

Panamá: la verdadera historia es el recuento extraordinario de una historia ampliamente desconocida, terriblemente mal cubierta en la prensa y a menudo increíble: cómo Estados Unidos cortejó, protegió y se desencantó de Manuel Antonio Noriega, llegando a matar a miles de panameños a fin de encerrarlo en una celda de Miami donde apenas sabe que hacer con él. El texto de Buckley, como ocurre cada vez más con los relatos extensos de periodistas, está escrito espléndidamente; está bien investigado y concebido de manera profesional. Amen de sus muchas virtudes, probablemente se le puede criticar que incurre en una de las desventajas que tienden a caracterizar a los relatos periodísticos: cierta falta de distancia analítica y de abstracción. Pero la aventura está tan remachada, la trama es tan bizantina y los actores tan conocidos, que el simple recuento de los hechos parece suficiente para destacar los objetivos principales del autor.

Buckley rastrea la participación de Estados Unidos en la tragedia panameña desde los primeros contactos con Noriega hasta la confusión y la ambigüedad que rodeó al primer aniversario de la invasión en diciembre de 1989. Incluso aquellos que más se beneficiaron con la invasión no consideraron adecuado celebrar el año que moría. La revisión del trabajo de los corresponsales extranjeros abarca desde la brutal manera en que Noriega alcanzó el poder, como parte de las consecuencias de la oscura muerte de su mentor, el General Omar Torrijos, hasta las maneras aún más brutales con las que gobernaba. Buckley describe en detalle cómo Noriega hizo que torturaran y posteriormente decapitaran a Hugo Spadafora, uno de sus primeros allegados y finalmente uno de sus rivales, y cómo los abusos desenfrenados a los derechos humanos, la corrupción y la lucha destructiva movilizaron finalmente al pueblo panameño.

Jorge G. Castañeda es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México y actualmente escribe un libro sobre el futuro de la izquierda Latinoamericana.

Este artículo apareció en el diario The New York Times, el 20 de junio de 1991.

Pero la historia de Buckley se centra correctamente en el papel que Estados Unidos desempeñó en todo el asunto. Constantemente subraya lo que, en el mejor de los casos, el mismo Noriega sólo podía percibir como señales cruzadas. Mientras que el Congreso de Estados Unidos lo había castigado en un principio debido a las violaciones de derechos humanos, el Ejecutivo lo engatusaba para que cooperara en asuntos relacionados con las drogas. Posteriormente, un brazo del Ejecutivo parecía perseguirlo debido a la corrupción y sus vínculos con los cubanos, mientras que otro continuaba premiándolo por su papel en la ejecución de las leyes de narcóticos, y otro todavía buscaba su ayuda para entrenar y armar a los contras nicaragüenses. En palabras del General Fred Woerner, jefe del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos hasta que fue despedido en el verano de 1989: «Estados Unidos apoya la elección fraudulenta de Barletta. Estados Unidos condena la sustitución fraudulenta de Barletta por Delvalle. Estados Unidos reconoce la legitimidad de Delvalle sólo cuando lo sustituye Noriega». No era de extrañarse, concluye Buckley, que Noriega nunca entendiera lo que Estados Unidos lealmente quería hasta que la invasión contra ese pequeño país estaba de hecho en camino.

Esto es todavía más cierto si uno lee cuidadosamente los pasajes donde Buckley aborda la relación, que por lo general no se menciona, entre los contras, las drogas y la CIA. Buckley afirma que Richard Brenneke, corredor de armas y piloto, sostuvo en el testimonio de su juicio por perjurio – del cual fue absuelto- que Donald Gregg, el Consejero sobre Seguridad Nacional del Vicepresidente George Bush, sabía de una operación aprobada en 1985 mediante la cual agentes israelíes Proporcionarían armas a los contras, pero en el entendido de que el Cártel de Medellín «pondría el dinero y los aviones para comprar y transportar las armas». No hace falta decir que Noriega estaba al tanto de esto y de muchas otras cosas.

Mucha de la información de Panamá: la verdadera historia ha salido a la luz pública de una manera u otra, pero Buckley la reúne de manera magistral. Muestra lo que sucede cuando Estados Unidos apoya por razones de realpolitik o afinidad ideológica a un líder extranjero desagradable, pero útil -de hecho-, y después tiene que llegar al extremo -como resultado de imperativos políticos nacionales o de presiones internacionales- de deshacerse de un aliado que se ha salido de su control. Buckley está convencido -y uno no puede sino estar de acuerdo con él- de que para el tiempo en que ocurrió la invasión, ésta era verdaderamente la única opción que le quedaba a la administración Bush que se había puesto a sí misma contra la pared, hecho que, por supuesto, no hizo de la invasión algo más sensato, o menos censurable moralmente. Un año después, como lo presenta Buckley, Noriega estaba en una confortable celda de Miami haciendo llamadas telefónicas y desvariando a lo largo del hemisferio, y el pueblo panameño todavía esperaba los millones de dólares que suponía iban a acompañar a las tropas y helicópteros norteamericanos que se abalanzaron sobre ellos unos pocos días antes de Navidad. En cuanto al número de vidas panameñas que de hecho costó el arresto de Noriega y el golpe al narcotráfico, Buckley deja al Departamento de Defensa hablar por sí mismo en una cita terrorífica que cierra el libro, pero no el tema: «El memorándum del Pentágono estipulaba que ‘el pago de los reclamos individuales relacionados con el combate, bajo un programa similar al de la ayuda norteamericana (USAID) que se aplicó en Granada, no entraría dentro de los mejores intereses del Departamento de Defensa de Estados Unidos debido al enorme número potencial de tales reclamos'».

Traducción de David Olguín