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NEXOS CON LOS LIBROS

Héctor Aguilar Camín

La guerra de Galio

Cal y arena

México, 1991

592 pp.

Desde el principio de la novela, La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín es sobre todo la historia de la propia novela, de su propia escritura. Los materiales acopiados por Oralia Ventura y los recuerdos e indagaciones personales del viejo historiador que acomete la tarea de contar la educación, la vocación y la época de su discípulo Carlos García Vigil, no se nos ofrecen como una realidad compacta, sino como un modelo para armar, como un libro que escribir, un misterio que develar o interpretar.

De ahí que, conforme se relatan los acontecimientos violentos o amorosos, los episodios de periodismo, guerrillas o antesalas del poder, se relate también o sobre todo el esfuerzo de un narrador inteligente y honrado por encontrarles o darles algún sentido, todo ello abiertamente, a nuestra vista.

Este enfoque de la-novela-dentro-de-la-novela, de una novela que trata de la escritura de una novela, es uno de los recursos más agraciados en la historia de la literatura, desde el Quijote, quien goza incluso de la oportunidad de discutir las varias novelas que sobre él se han hecho, y dar todo honor al historiador árabe Cide Hamete Benengeli, hasta las modernas recreaciones de Henry James, André Gide, Miguel de Unamuno, Pirandello, Carlos Fuentes y José Bianco.

El mundo, la sólida realidad pueden en efecto ser fascinantes, pero no lo es menos el espectáculo de una mente que trata de ordenar su caos, situación que incluso puede aportarle algún nervio detectivesco. Como sabemos, lo mejor de las buenas novelas de detectives no está en la realidad de pleitos a tiros y de codificados delitos, sino en la mentalidad deslumbrante del detective. Es un poderoso espectáculo el ver pensar, el seguir el curso accidentado de un pensamiento.

Para cumplir tan resplandeciente papel mental, muchos autores de novelas policiacas han dotado a sus detectives de una especiosa y minuciosa sabiduría de anticuarios, científicos, historiadores; Aguilar Camín ha escogido la ruta más corta: ha tomado directamente a un historiador, y puesto en servicio de la novela toda la experiencia de este investigador en una larga vida de estudio y deciframiento de enigmas históricos. La ardua historiografía al servicio del pasado inmediato y del amigo recientemente difunto.

Ahora bien, el trabajo de interpretar, de reconstruir, de descubrir una visión nueva detrás de un laberinto disperso de varia y confusa documentación, siempre lleva el riesgo de la ficción. Hasta la ciencia tiene el riesgo de la ficción: Plinio, que había sido ciencia muy seria, se nos volvió literatura fantástica, como nos dice Borges. Otro tanto les ocurrió a ciertos historiadores de la antigüedad. Hay teorías historiográficas que son verdaderas novelas. Muchos fracasos de la historia como ciencia son curiosas e involuntarias obras de imaginación. Baste recordar buena parte de las crónicas de Indias, que más bien se resuelven en fabulaciones atrevidísimas. El historiador de Aguilar Camín, al tocar una historia personal, enfrenta deliberadamente esta linde con la ficción.

¿Hasta que punto el detective de veras reconstruye el crimen y acierta con el verdadero delincuente; hasta qué punto el historiador de veras rearma una historia pasada y nos entrega su espíritu, su carne, sus motivos?

Chesterton inventó a su exitoso Padre Brown a partir del truco cristiano de reconocer al justo en el pecador: todos somos pecadores, todos podemos pensarnos como tales, y el padre Brown no encontraba mayor problema en encarnar mentalmente a sus criminales y descubrir así cómo habrían actuado en tal situación. Otros autores no se pretenden tan seguros de la realidad: Salambó -o los cuentos de Flaubert (San Julián, Herodías) situados en los principios del cristianismo- seguramente hablan más de los ensueños románticos de un desorden estético, de una liberación antiburguesa, propios de la Francia de la segunda mitad del siglo XIX, que de sus asuntos específicos. Hay más orgías entresoñadas del tipo de Las flores del mal en Salambó, que una recuperación minuciosa de Cartago, por más que sepamos que Flaubert dedicó años al estudio arqueológico e historiográfico de su asunto.

Tal vez algo de esta afirmación sería también válida para los estudios historiográficos de Michelet, Taine o Renán. El hermosísimo Jesucristo de Ernest Renán habla más de la restauración católica en Francia, un catolicismo romántico a lo Chateaubriand, después de los desórdenes jacobinos y ateos de la Revolución Francesa y de otras revueltas, que de la historia como ciencia positiva.

Otros autores, finalmente, y entre ellos Aguilar Camín, han llegado a un tercer nivel de relación entre el interpretador y lo interpretado: en obras como Los papeles de Aspern de Henry James, Aura de Carlos Fuentes y La pérdida del reino de José Bianco, el narrador que se sumerge en una vida ajena empieza a transformarse un poco en el ajeno -hasta llegar incluso a soñar que ama sus mismos amores, que ha vuelto al pasado del otro, y lo repite-, o bien el ajeno no puede evitar parecerse un tanto al autor que está organizando y recreando su memoria.

El yo siempre está al borde de convertirse en un otro: «No puedo soportar, no puedo entender que tú no seas yo mismo, que los dos seamos dos entidades diferentes; cómo quisiera, sin dejar de ser yo mismo, convertirme en ti», dice el protagonista de El diablo y el Buen Dios, de Sartre, cuya La Náusea también fue un cartapacio a interpretar.

Escribir historias es convenirse un poco en los otros, ser los otros sin dejar de ser uno mismo. A partir de los mismos documentos probablemente se escribirían muchas novelas diferentísimas. Hay un rito ancestral en esto de reconstruir al otro, de comulgar con él, de volverse un tanto él mismo. Quiero decir que el historiador de La guerra de Galio asume la fatalidad de dar mucho de su sangre, de su personalidad, de sus misterios, al hombre que reconstruye y recrea, que conviene parcialmente en un reflejo de sí mismo. Lo asume con toda deliberación:

«Lavé mi propia culpa, dice el narrador de La guerra de Galio, escribiendo la novela que Vigil había vivido y esbozado. Esa es una forma de explicarlo. Otra es que en los papeles de Vigil encontré la fascinación que antes sólo había encontrado en los archivos… Como al principio de una aventura, al final de ella seguía obsesionándome, rebelándome, la muerte prematura de Vigil, su falta de sentido, su gratuidad insoportable. Tuve la urgencia, la necesidad casi física de volver a aquella muerte, a aquella noche, y emprendí mi propia pesquisa retrospectiva para reconstruirla, negándome a su azar absurdo, empeñado en arrancarle su secreto».

La guerra de Galio admite, lateralmente, la interpretación de la historia de los dos que soñaron. No sé qué palpitación sartreana creí encontrar en ella. Términos como «libertad, actos, gestos, vacío del mundo, puertas cerradas, mundos gratuitos…» Tal vez no sean siempre referencias voluntarias aunque alguna vez, estratégicamente, aparece alguna cita, sino sedimentación del pensamiento culto mexicano de esos años, y sobre todo, de los años de formación del historiador. 

Un sueño del yo que busca convenirse en un otro, o en unos otros, y que no puede hacerlo mediante meros «gestos», como se decía hace unas pocas décadas, sino que son necesarios los «actos». «El infierno son los otros», se dice en A puerta cerrada, y la única manera de salvarse del infierno es arrojándose a él, como el Orestes de Las moscas, ese robador de las muertes ajenas… Ese laborioso y apasionado enfrentamiento intelectual entre el yo y los otros, que por lo demás ha dirigido buena parte de la narrativa moderna – Borges, Cortázar, Onetti-, lleva a esos dos que sueñan, el muerto que guiña desde sus papeles y sus recuerdos, y el vivo que se asoma a las resquebrajaduras de la muerte y el destino concluido a través de esos rastros, abiertos como llagas, como citas, hasta el acto del encuentro de ambos sueños. Y algo de rito: de vindicación, de salvación, de limpieza de la memoria del muerto, de expiación existencial. Una vez escrita la novela, aunque fuese por un otro, el muerto puede recobrar su tranquilidad silenciosa.

Existe la pésima costumbre en México de desestimar literariamente las novelas con asunto importante. Aunque ahora nos parezca increíble, nada menos que los Contemporáneos -aunque fuera meramente Ortiz de Montellano el que lo expresó públicamente- opinaron que un Martín Luis Guzmán escribía mal sobre temas oportunistamente políticos. Es cierto que la mayoría de las novelas mexicanas con asunto importante han merecido tal desprecio, pero hay algunas buenas, capaces de fundar una tradición artística e intelectual por derecho propio, en la que La guerra de Galio ocupa un lugar destacado, y que se remonta al Alonso Ramírez del siglo XVII, y se vuelve profusa en el XIX y en torno a la conmemoración de la Revolución Mexicana.

Pero los asuntos son lo de menos. En rigor, no hay asuntos privilegiados -por importantísimos que parezcan a la política o a la historia-, y tampoco asuntos excluidos. Lo importante de una novela es su valor literario: su construcción, su lenguaje, su inteligencia. La importancia de la Revolución Mexicana no salvó a su tropel de malos novelistas; hay asuntos aparentemente mínimos o insignificantes que hacen estupendas novelas, como El libro vacío de Josefina Vicens o El Bordo de Sergio Galindo.

En este sentido, estrictamente literario, tengo la certidumbre de que La guerra de Galio es uno de los esfuerzos más serios, en décadas, de la novela mexicana, por estructurar -orquestar, más bien- narraciones complejas, con multitud de personajes, episodios y perspectivas, y además, por aliar a la narración de la realidad y de la acción, los esfuerzos y los movimientos de la inteligencia.

Debe destacarse su laboriosa arquitectura. Es una novela compleja minuciosamente organizada. No un librote de monólogos, delirios y rollos interminables, capaces de irse agregando hasta superar al directorio telefónico, cuya amenidad comparten, como el que estilan a veces incluso novelistas célebres como Fuentes, García Ponce o Del Paso.

Aquí, en cuanto arquitectura, apunto mi principal objeción: creo que la densidad narrativa, la importancia literaria, el peso y la credibilidad de los personajes y episodios referidos al tema periodístico de la novela no guardan proporción con el enorme espacio y el énfasis central que se les concede. No me refiero al asunto de la prensa mexicana, sino a los personajes, los episodios, las conversaciones de La República dentro de la novela de Aguilar Camín; yo los hubiera preferido notoriamente más condensados. Y en cambio, podría haber leído más, mucho más, del protagonista y del historiador, de los guerrilleros, de la ciudad y de la noche. El maquiavélico Galio me pareció un tanto operístico e inofensivo, un guiñol que quiere hacerse el malo con aforismos que no merece, cuya propia brillantez lo derrumban; la nobleza de Octavio Sala me habría resultado del todo inconvincente, una mera ostentación aventurera de un ego feroz, sin las ocasiones en que se esconde en su cueva, en su limbo, perdido en sus dudas y su silencio. Un hombre que duda ya tiene cierto material trágico. Sea como fuere, ni Galio ni Sala me parecieron los mejores trazos de la novela: se ven tiesos en cuanto aparecen Mercedes, Paloma, Oralia, Vigil, los Santoyo.

Hablo de personajes. Para hablar de otras cosas, se escriben otro tipo de textos. Y aquí estamos en una novela. Quien quiera ver el pensamiento político o historiográfico de Aguilar Camín podrá encontarlo muy clarito en La frontera nómada, Saldos de la revolución, y Después del milagro. Pero aun así, no es del todo impune el asunto histórico en la literatura. Los asuntos que le dieron pie a La guerra de Galio, y que no son exclusivamente las efemérides de Excélsior y la represión antiguerrillera, son hechos históricos sobre los que la novela debe permitirse las mayores libertades, a fin de recobrar su esencia, de alzar su almendra de sentido y de verdad encarnados. La ficción histórica tiene sus compromisos y sus rigores, que no son la literalidad ni el atiborramiento de datos y fechas, ni la descripción estadística o fotográfica.

La verdad literaria, novelesca, sobre asuntos históricos tratados en forma de ficción, con lo que tiene que ver es con la verdad interior de la historia, con su médula: aquí, el camino más breve entre dos puntos no es la linea recta, sino los arabescos de la imaginación. El espíritu de Grecia está en La Iliada y en La Odisea, aunque Helena, Telémaco, Ayax y Patroclo jamás hayan existido, ni aun el propio Aquiles con su talón en el pie o en otro lado. El arte, como ya dijo Cocteau, «es una mentira que siempre dice la verdad». Si no, no es arte.

Pero hay que llegar a esa verdad, a esa almendra: al «espíritu del tiempo», al temperamento y la pulsión íntima de las cosas. No nos importa si de veras la marquesa salió efectivamente a las cinco, pero es fundamental que el aliento de la novela sea verdadero. Y aquí no hay métodos ni recetas: se hace literatura o no se hace.

Esta verdad interior resulta difícil y definitiva, y a la larga -muchas veces, también a la breve- en ello se construye el juicio del lector las Memorias de Vasconcelos tienen esa verdad, ese espíritu de la época, ese aliento de vida recobrada, por más que puedan abundar en defectos parciales; también varios libros de Azuela, de Guzmán, de Revueltas y de Fuentes.

Esta verdad interior es lo que hace de La región más transparente la crónica intelectual del México de los cincuentas, aceptada en su momento y tres décadas después; y de Casi el paraiso, en cambio, tanto en su momento como ahora, una pequeña simulación oportunista -un gesto turbio que llama a gritos a Juan Orol- de la misma época.

Yo encuentro plenamente en La guerra de Galio esa almendra, esa verdad literaria no-literal, esa historia profundizada, ese sabor familiar de épocas y hechos y hombres que nos fueron contemporáneos. «Sí, es esto», me dije varias veces durante la lectura: buena parte del aliento de esos años, de esos hechos, de esos actos queda en este poderoso volumen.

De modo que con La guerra de Galio se podrá decir, nuevamente, que entre las muchas cosas que fallan en este país, no se cuenta siempre su literatura Esta novela honra, como un réquiem justo y sentido, los años tremendos a que se aboca; honra incluso sus desastres y sus errores, al enfocarlos con la pasión y la buena fe que, a pesar de todo, hubo también en ellos. Es una época apasionada que ha sido apasionadamente recobrada, y deja abiertas todas las discusiones, reverberantes en este juego del protagonista y su narrador, en esta laberíntica fábula de los dos hombres lejanos que quedaron atrapados en el mismo sueño, el sueño de los otros que es siempre, de algún modo, también el propio. Dos hombres sueñan el mismo sueño allá y acá del cristal de la muerte:

«Salí a mi coche en el garaje del hotel y respiré la noche, dice el narrador, agradecido de su posible revelación, contento de mis años y de los de Vigil, como si la suma de sus milagros bastara para redimir sus desgracias. Luego empaqué mi fantasía retrospectiva, reconocí que no había secreto que desentrañar ni explicación que obtener de la piedra dura de la noche, como no hay futuro que salvar ni presente que pueda mejorarse en la exploración del muro muerto de la historia. Acepté eso: la hermosa y áspera gratuidad del mundo, su belleza brutal, renuente lo mismo al absurdo que al sentido, su libertad caprichosa y fértil, ignorante de nuestros sueños, nuestros amores y nuestros nombres».

No un registro de hechos, sino un caracol de dispares resonancias nocturnas, como voces de muertos -aunque se trate de los vivos, que andan un poco fúnebres en la noche irregular y excesiva, tan creadora de horrores, fantasmas, paraísos e infiernos equívocos.

La noche interna de muchos jóvenes de los años setenta, borboteante: llena de esa vida de esos «actos», que los más entrañables -y son muchos- personajes de La guerra de Galio supieron crear para dotarse no de un mero sentido, sino de existencias plenas y urgentes, incapaces de esperar, incapaces de conformarse con menos, incapaces de vivir menos.