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En un Inventario escrito en la depresiva estela de la guerra del Golfo, José Emilio Pacheco lamentaba que ningún intelectual francés se hubiera opuesto a la política belicista y «atlántica» del gobierno de François Mitterrand. Al ser informado que por lo menos uno -a saber, Régis Debray- se manifestó en contra de la claudicación francesa, Pacheco reconoció su error. Pero aclaró que seguía desconociendo el texto crítico de Debray, ya que años antes había jurado dejar de leer a quien contribuyó con sus textos a la muerte de miles de jóvenes latinoamericanos.

Espero que José Emilio recapacite, y lea las páginas que siguen, porque hallará en ellas la misma frescura y el tono contestatario que han caracterizado el análisis y la prosa de Régis Debray desde aquellos inducidos lejanos escritos de la década de los sesenta. Sobre todo, encontrará en ellas a uno de los últimos ejemplares de una especie europea en vías de extinción: el intelectual de izquierda. Por más de un cuarto de siglo, Debray ha permanecido del mismo lado, en el mismo mundo, con las mismas lealtades, odios y amores. En nuestra época, en nuestros países, no es la más común de las virtudes.

Debray fue en efecto uno de los muy escasos intelectuales franceses que rechazaron el alineamiento de su país con la cruzada moral de George Bush. Criticó con vigor y tristeza resignada el abandono de más de treinta años de política independiente de Francia en el mundo árabe. Lo hizo como lo tenemos que hacer todos quienes aún nos situamos contra la corriente. Como lo hace también en el texto de la conferencia que publica nexos, asumiendo una postura solitaria en Europa, y que parece serlo cada vez más también en México.

Para Debray, el destino y la historia de Francia -¿convendría la confusión con México?- radica no en sus alianzas actuales, sino en aliarse «con el débil contra el fuerte. Cuando hace lo contrario, traiciona tanto a su historia como a sus intereses y su porvenir». Pero su antiamericanismo, con el cual Debray quisiera acabar, no está reñido con la vida y la razón: «En lo personal, no veo inconsecuencia alguna en querer apasionadamente a Faulkner, Scorsese, Coppola, Sara Vaughan, Sam Francis o Paul Jenkins, y rechazar, para Francia, el estatuto de Puerto Rico».

Reconoce Debray la contradicción «ateniense» de Estados Unidos: ser quizás el país más democrático del mundo, y al mismo tiempo el más dominador. Ha sabido, con los años, entender y escoger lo que aquel país le ha aportado realmente al mundo, y el daño que también le ha hecho. Pensar hoy a Estados Unidos como es y como incide en el mundo, es una tarea que los intelectuales franceses emprenden finalmente, con varios lustros de retraso.

No es menor el nuestro, y para empezar a colmarlo, quisiera proponer, siguiendo a Debray, una simple sugerencia. Quienes tanto admiran hoy en México a Estados Unidos, podrían tal vez distraer su veneración por el papel del dinero («The color of money»), y considerar la posibilidad de fascinarse también con la gran herencia de la potencia perdida: su organización política, que con sus innumerables defectos, ha tenido a lo largo de los años una vocación participativa, descentralizadora y popular casi como ninguna otra. Es cierto que Calvin Coolidge decía que «The business of America is Business», pero pese a haber sido el ídolo de Ronald Reagan, no pasó de ser un mediocre presidente. Hay algo más que admirar en Estados Unidos que un mercado, un modelo de consumo y una opulencia casi siempre mal llevada. Es la lección de Régis Debray, como lo fue años antes la de Jean-Paul Sartre, y de todos los hombres de buena voluntad que fueron de izquierda y han sabido seguirlo siendo.