A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
Este texto de Régis Debray fue leído en una conferencia dada en la Universidad de Nueva York el 27 de abril de 1991; nexos lo publica con autorización del autor.

En Francia, la doctrina antiestadunidense se ha convertido en algo demasiado peligroso. En mi país, la menor sospecha de “unamerican activities” le valen a un individuo, no, o todavía no, la persecución penal, pero sí el ser anotado en una especie de lista negra moral que lo coloca a uno entre el histérico y el obsesivo, el Museo Grévin y el lazareto. El macarthismo, que ustedes vencieron, actúa en nuestro país a distancia, en su versión suavizada. La corriente antiestadunidense está definida como “una peste blanca envuelta en tela tricolor”, a medio camino entre el racismo y el antisemitismo. ¿Quién desea que lo lleven de nuevo, cito a mi amigo Jacques Julliard, hacia “esa triste caravana de reaccionarios comunistas, de revanchistas, de escritores fracasados o de falsos gaullistas de izquierda que ha encontrado en el estadunidense al chivo expiatorio ideal de los tiempos modernos?”. Aquellos que piensan como yo que la estadunización amenaza tanto la libertad de ustedes como la de nosotros (puesto que la primera víctima de la estadunización, a pesar de todo, son los Estados Unidos de América), sólo pueden “chillar frenéticamente” —aquí cito al brillante Michel Crozier. El ridículo mata en el acto a los “caballeros del quiquiriquí”. Sinónimos de “antiestadunidense”: anticuado, xenófobo, instigador, conflictivo, marxista, fascista, envidioso, abarrotero, autoritario. “Proestadunidense” quiere decir: creativo, moderno, abierto, universal, liberado.

El territorismo del estereotipo es infantil pero eficaz. Trata clínicamente al contradictor enterrándolo en una tara de carácter, una aficción mal cuidada; lo contrario, en una palabra, del razonamiento objetivo o del discernimiento intelectual.

No subestimo las ventajas prácticas, en el combate de las ideas y de las fuerzas, del prefijo anti. En la polémica siempre se tiene interés en explicar lo que podría pasar por un sentimiento noble (el amor por el propio país) con un sentimiento bajo, negativo (el odio a otro); como también por reducir el resultado de un análisis histórico, apoyado en los hechos, comunicable a todos, a una patología individual ligada a los accidentes de una biografía, a un estado de ánimo, a unas obsesiones (“De Gaulle humillado por Roosevelt se venga veinte años después”).

Es raro que un “antiestadunidense” confiese serlo. Sartre y De Gaulle siempre desmintieron el haberlo sido, sobre todo cuando estaban de visita en Estados Unidos. Si yo les digo que no soy “antiestadunidense”, ustedes tendrán algunos motivos para no creerme. Por lo tanto, no me crean complaciente o prudente si niego rotundamente el apodo de antiestadunidense. Este calificativo es una tontería. No existe un pueblo elegido como no existe tampoco una nacionalidad maldita. Estadunidenses o franceses, antes que nada somos lo que hacemos. Toda discusión sobre la corriente antiestadunidense tiene, así, trampas y no puede más que volverse en contra del desdichado remiso al que le lloverán cien citas de ancestros grotescos. Es inútil volver a las trivialidades de la posición antiestadunidense de papá, en donde se vierten desde hace cincuenta años las burradas del xenófobo, la fatuidad del provinciano, el despecho del venido a menos y la antimodernidad del filisteo. Este repertorio reaccionario de sandeces es de alta alcurnia, al contrario del antisovietismo, que se remonta al siglo XIX. Todos saben que “juzgar a los Estados Unidos es juzgarse a uno mismo”. A lo largo del tiempo, los Estados Unidos se han convertido en una vasta e interminable metáfora, en donde el nombre de un país llega a encarnar todo lo que no le gusta a la cultura del pasado, desde Baudelaire y los hermanos Goncourt hasta Bernanos, Céline y Georges Duhamel: el materialismo contra el idealismo; “la industria que es más importante que el arte”; “la mezcla, la degeneración social y cultural”, el melting-pot del negro y del judío. En esta tradición, “Estados Unidos” son las palabras claves que se le dan a democracia, racionalidad, cantidad, técnica, masa, estandarización, feminismo, vulgaridad, versus jerarquías naturales, fuerzas de la vida, refinamiento de la mente, distinción individual, sana dominación del macho. Esta posición estadunidense es vieja como la derecha pero no olvidemos que el Fig-Mag es un himno semanal a las barras y las estrellas y que Le Pen ha proclamado cientos de veces que Reagan era su modelo. El liberalismo, americanolatra, compensa ampliamente el chovinismo, americanófobo. En la extrema izquierda, la guerra fría nos valió un florilegio bastante hilarante; desde el análisis ideoquímico de la Coca-Cola hecho por Roger Vailland hasta la constatación astronómica de Pierre Daik: “siempre del oeste es de donde se alza la noche para asaltar al mundo”, pasando por el grito de alarma de un veterinario llamado Sartre: “los Estados Unidos tienen rabia”. De derecha o de izquierda, el antiamericanismo de principio, es en el fondo un esencialismo que fija en un arquetipo sin historia ni geografía, compacto y sin contradicciones internas, el principio de todo lo que no entiende o lo que uno no tiene el valor de enfrentar. Este chivo expiatorio, en donde se fusionan Las Vegas y Harvard, J. R. y Ciudadano Kane, el Ku-Klux-Klan y Kennedy, lleva en sí todos los pecados del mundo moderno, las miserias del Sur y perversiones mercantiles del Norte. Se relaciona con el pensamiento mágico.

Tranquilícense. No cultivo los rituales de la hechicería. En mi opinión, no basta que una operación en el Tercer Mundo sea estadunidense para que ipso facto se vuelva criticable (como, para los del Tratado del Atlántico, esté justificada ipso facto). Cuando se considera que la existencia precede a la esencia y que no se cree ni en el gran Satanás ni en Dios, se juzga con los hechos, golpe por golpe.

La acritud de la decadencia nacional sería en nuestro país la segunda mala fuente de americanofobia. Cuando una potencia de primer orden en 1918 se vuelve una potencia de tercera setenta años más tarde, se expone a los reflejos del hidalgo español después del Siglo de Oro. El que toma el lugar de uno nunca nos resulta amable. A veces tengo añoranza de la Europa de los antiguos reductos pero no estoy dispuesto a entonar la loa del merendero en contra del autoservicio.

Queda una tercera fuente de fobia a la que confieso haber cedido algunas veces: la desaparición del fuero clerical, la pérdida de estatus. Una sociedad en la que los egg-heads no cuentan mucho repugna al intelectual tradicional que goza en la suya de cierta preeminencia. Lo que se ha convenido en llamar, por metáfora (tomando una vez más una palabra por otra), “la estadunización de Francia”, es decir, en lenguaje de los medios, la sustitución de la grafósfera por la videósfera, debido a la revolución electrónica, ha destronado al erudito y al poeta en beneficio del presentador de televisión y del creador de eventos. Desde luego, Péguy ya hablaba de “la feria en la plaza” y Julien Gracq, en 1950, escribía “la literatura del estómago”. Los Estados Unidos todavía estaban lejos del corazón y de los ojos. Y efectivamente fueron unos franceses quienes privatizaron TF1 y saquearon el PAF, prueba de que la estadunización no es un fenómeno made in America, aunque en público lleve los colores norteamericanos. Es un hecho que en Francia uno no encuentra prácticamente ningún antiestadunidense en el mundo de los negocios ni en los medios de comunicación. Nueva York es la Meca del gran periodista y del empresario. En Francia estas dos categorías sociales se han adueñado del poder tanto social como intelectual —Libération y l’ Expansion constituyen los dos pilares de referencia del nuevo orden moral instaurado por una izquierda que le acomoda mucho al sector privado y por todas partes deja que el sector público se venga abajo. Una izquierda que, después de no admitir más reforma que la espectacular, ya no hace reformas sino que todo lo convierte en espectáculo. Todavía encontrarán ustedes antiestadunidenses en los clérigos a la antigua, sublevados contra nuestros nuevos amos; los grandes publicistas, los hombres de negocios y los gurús de los medios. Ya sea que este despecho corporativo remita a una derrota del pensamiento (como lo afirma Finkielkraut) o a un deslizamiento de terreno técnico (como yo lo creo) o a ambos, no podría servir para pensar las cosas. Y menos aún funciona de sexto sentido, que es el sentido de la orientación.

Entonces, me dirán, si yo no me reconozco en ninguna de estas tres categorías, ¿qué clase de “antiestadunidense” comparece ante ustedes?

Yo no iría a manifestarme en defensa de la Fiesta de Fulano al grito de “Mickey go home”. Pero, por muy reformista que sea yo ahora, sigo siendo, por instinto y más que nunca, antiimperialista, para retomar un término ajado. Lo cual puede traducirse, en Africa y en tanto que sea necesario, por antifrancés; en Europa occidental, eventualmente, por antialemán (no es más que una eventualidad); en Europa del Este y en otros países, por antiruso y, un poco por todas partes, a tal señor tal honor, por antiestadunidense, si se admite esa palabra. Mido lo que tuvo de benéfico y a veces de decisivo la ayuda estadunidense para Europa y para el mundo. Combato la hegemonía actualmente ejercida por el poder estadunidense en las conciencias y en los pueblos, ni más ni menos.

Esto no tiene nada que ver con las personas. Como regla general, los individuos estadunidenses me parecen más bien atractivos, más abiertos, más sanos y menos mezquinos que los individuos franceses. Esto no tiene nada que ver con la sociedad estadunidense. Si yo tuviera que exiliarme algún día, sólo dudaría entre Italia y los Estados Unidos, que sin duda es hoy para el Antiguo Mundo lo que la Italia del Renacimiento fue para la Europa medieval del norte. Sus bibliotecas, sus museos, sus universidades no tienen equivalente en nuestro país, como tampoco lo tiene el New York Review of Books. La metrópolis siempre es lo que un Imperio hace mejor y en 1991 es más fácil criticar la política extranjera estadunidense en Nueva York que en París (al igual que en 1951 un argelino podía criticar el colonialismo francés en París, pero no en Argel). Aquí se respira un aire de libertad que no tiene igual y yo quisiera que el Parlamento de Francia practicara, tanto como se hace aquí, el debate contradictorio y que tuviera los mismos medios de acción que el Senado de los Estados Unidos. No les haré un enésimo elogio de la democracia en los Estados Unidos, basta con Tocqueville aunque muchos de sus escritos reflejen una consternadora posición antiestadunidense (con tal de que Alain Minc, Globe y Poperen no vayan a ser demasiado exigentes). Esto sólo tiene que ver con el Estado norteamericano y con las relaciones entre los Estados.

De “diez errores políticos”, decía Bergson, “hay nueve que consisten simplemente en creer que todavía es cierto lo que ya dejó de serlo. Pero el décimo error, que podrá ser el más grave, será el de no creer que todavía es cierto lo que sin embargo lo sigue siendo”. Creer que la mundialización del ideal democrático suprime las relaciones de fuerza entre las naciones y el viejo tren del mundo, constituye, a mi parecer, el décimo error de los socialistas new-look. No porque las tesis de Lenin acerca del imperialismo, estadio supremo del capitalismo sean obsoletas, las parejas inmemoriales como dependencia/independencia, alianza/vasallaje, dominación/ subordinación han dejado de tener sentido. Quitemos a la palabra cualquier resonancia moral y culpabilizante pero constatemos que existe un imperialismo estadunidense, por las mismas razones por las que existió un imperialismo romano, árabe-musulmán, austríaco, español, otomano, francés, alemán, chino, británico, soviético, y me quedo corto. La originalidad estadunidense, hoy en día, es el tamaño crítico debido a la ausencia de contrapeso exterior. Con la evaporación de su rival soviético, hay que remontarse al Imperio romano para encontrar un precedente en un mundo tan estratégicamente unipolar. Los historiadores discuten sobre si estamos en tiempos de Augusto, de Trajano o de Dioclesiano: ascenso en el poder, llanura o nuevamente descenso. A propósito del Golfo, se puede sostener la tesis “Samurai” —el mercenario sin dinero que desempeña la sucia tarea de los nuevos ricos— y la tesis “padrino” —el mafioso que ejerce el tradicional chantaje de la protección para explotar a todo el vecindario. Estas tesis no se excluyen. La guerra del Golfo fue, creo yo, una operación rentable, aun en términos financieros: hacer que sus clientes y aliados asumieran los gastos del mantenimiento del orden imperial me parece más bien una prueba de salud (el dinero de los emiratos permitió a La metrópolis esquivar los posibles vetos de los japoneses y de los alemanes), pero yo me inclinaría fácilmente por la tesis de la decadencia global. Los Estados Unidos vuelven a ser lo que eran antes de la guerra: uno de los tres o cuatro grandes centros industriales y financieros del planeta. Sin embargo, no es ni en Bonn ni en Tokio ni en Bruselas, sino sólo en Washington en donde coinciden los tres arcos del poder político-militar, económico-financiero y tecno-cultural. Esta intersección basta para preocuparme. Reino o República, Francia se edificó en contra de la idea de Imperio y sus encarnaciones sucesivas. Si Francia, desde el siglo XI, se hubiera colocado siempre del lado del ganador, sería una provincia inglesa, alemana o española. Sólo debió su existencia al hecho de aliarse con el débil en contra del fuerte del momento. Cuando hizo lo contrario, traicionó tanto su historia como sus intereses y su porvenir.

Claro está que el Imperio estadunidense no es responsable de todas las desgracias del mundo. Tiene una base económica, pero su política exterior no necesariamente se deriva de sus estructuras capitalistas, como lo creían los teóricos marxistas de principios de siglo. Por supuesto, se puede ser un gran país industrial y extraer materias primas del Tercer Mundo sin tener allí guarniciones ni llevar a cabo expediciones por todos los confines del planeta. La prosperidad de los Estados Unidos no está edificada sobre la miseria del sur —no más de lo que las dictaduras del Tercer Mundo tienen su fuente o su base en el poderío estadunidense. Como decía Malraux, “los Estados Unidos son la primera potencia que se volvió imperialista sin haberlo deseado”. Pero, ¿no es este el caso de todos los grandes Imperios de la historia? Napoleón pensaba que un gran hombre provenía del encuentro de un gran carácter y de una gran casualidad. Un gran Imperio también proviene del encuentro de un gran pueblo y de un vacío de poder fuera de sus fronteras. El astro estadunidense no desea hacer daño a nadie. Sigue su curso y pone en órbita sin pensar que hace mal. Incluso está allí para promover el Bien urbi et orbi y salvar a la humanidad entera (a veces a uno le gustaría que fuera más perverso y atormentado, que no estuviera tan lleno de buenas intenciones). La supremacía no es una voluntad, buena o mala. Es un engranaje. El imperium depende de una mecánica de las fuerzas, no de una psicología de las intenciones. Nuestra colonización suave no es del orden de la conspiración, es una inundación. Estamos atrapados en la ola, la corriente, la marca. Un fenómeno físico: al más débil le corresponde hacerlo pasar de la etapa mecánica a la etapa dialéctica. ¿Cómo? Con una serie calculada, más o menos astuta o provocadora, de operaciones de resistencia intelectual o moral en primer sitio.

En la izquierda, con los Estados Unidos, caminamos a destiempo. Furiosamente anti después de 1945 —no hablo de las genuflexiones SFIO ante Washington, que son innatas— cuando los Estados Unidos, gobernados por los demócratas, eran más bien de izquierda. Cuando llega Reagan, he aquí que Francia es pro. El Silicon Valley se convierte en nuestro mito movilizador en el momento en que este modelo industrial fracasa en California. Nuestros socialistas adoptan para el partido demócrata los ojos de Jimena cuando este partido entra en descomposición en los Estados Unidos. La izquierda de este país necesita una Europa independiente que se resista al Imperio pues sabe por experiencia que los gastos de la hegemonía imperial representan otro tanto ganado a la protección social y a la integración racial; el Imperio y la República, en los Estados Unidos, están en función inversa. Pero al ideal europeo de la izquierda progresista estadunidense se le ha adelantado la estadunización de la izquierda europea que incorpora con entusiasmo las Cruzadas exteriores de la Casa Blanca. La brecha parece agrandarse entre el sueño de los EU, el nuestro y la realidad social de este país tercermundizado, con sus marginados, su mortalidad infantil elevada, sus desempleados en el abandono, su retraso educativo aberrante, su contaminación desastrosa, sus ciudades deterioradas y que une, a la tasa de participación política más baja de los países industrializados, la tasa más elevada de prácticas religiosas. Pero los Estados Unidos reales no cuentan en los debates de los que son objeto afuera, entre aquellos que los quieren y aquellos que los odian más de lo debido. Nuestros proestadunidenses del terruño lo son en primera instancia porque los antiestadunidenses franceses los horripilan y no porque los Estados Unidos en sí los entusiasmen. Por el contrario, puedo asegurarles que no rechazo a los Estados Unidos sino la idolatría que han creado en mis paisanos. A veces me da la impresión de que me gusta más su cultura, su creatividad, su civilización, de lo que les gusta a los defensores absolutos que tienen los Estados Unidos. Jean-Paul Sartre, famoso antiestadunidense, nos hizo amar el jazz, Dos Passos y Nueva York, mientras que a Raymond Aron, proestadunidense oficial, le importaba poco la cultura de este país y sólo le interesaba la Alianza del Atlántico. El antiyanqui Baudelaire nos dio a conocer a Edgar Allan Poe. Entonces, ¿acaso es antiestadunidense incitar a los europeos a que se retiren de la OTAN, por ejemplo, y a que hagan su propia organización de seguridad? ¿Es disgustarlos a ustedes el abogar por la distinción entre los buenos sentimientos y las buenas estrategias, entre lo privado y lo público, entre moralismo y política? No les tengo rencor a los Estados Unidos, sino a ese mimetismo de provinciano que absorbe con los ojos cerrados lo peor que viene de aquí en vez de filtrar, a la manera de los japoneses por así decirlo, tal o cual aportación útil y asimilable. Me parece gracioso que nuestra sociedad intelectual, en donde se casa un ego individual superdesarrollado con un ego coletivo subdesarrollado, después de haber incorporado el “gran nacionalismo ruso” con el nombre de estalinismo (1930-1950), luego el “gran nacionalismo han” con el nombre de maoísmo (1960-1970), llegue hoy en día a hacer suyo el ultra nacionalismo estadunidense con el bello nombre de cosmopolitismo (1980-1990), como si el país de ustedes fuera el mundo entero. No veo por qué mis amigos, que se ríen burlonamente ante la idea de que se pueda enseñar la Marsellesa a los niños de la escuela comunal de Marsella, muran, conmovidos, a los pequeños estudiantes de Los Angeles cantar “God Bless América” con la mano sobre el corazón. ¿Por qué lo que es atrasado, etnocéntrico, patriotero, sectario en Francia, deja de serlo del otro lado del Atlántico? No veo por qué después de abandonar el maniqueísmo de los pobres que era el comunismo, habría que adoptar el maniqueísmo de los ricos que es el liberalismo, en vez de romper con cualquier maniqueísmo. Entiendo que los Estados Unidos estén demasiado infatuados consigo mismos, no que nosotros lo estemos hasta ese punto y que para que uno crea ser tan dinámico como un californiano haya que describir al francés promedio con los rasgos del pequeño burgués cerrado, conservador y racista, xenófobo, alcohólico, barrigón y que eructa. Hay que preguntarse si el odio de uno mismo y el masoquismo que se descubrieron en nuestros impulsos tercermundistas de ayer no se encuentran de nuevo en nuestros caprichos atlantistas de hoy en día. Por ejemplo, me pregunto cómo se puede querer edificar una confederación europea y no sublevarse en contra de una Europa cableada y alimentada en sonido e imagen de tal suerte que Nueva York y Houston se convierten en los vecinos más cercanos del parisino promedio, incluso del intelectual, mientras que se pierden en la bruma Hamburgo, Madrid o Praga, sin hablar siquiera del Mediterráneo que, por ser lejano, para nosotros se vuelve poco a poco extraño, y por lo tanto hostil.

Queda lo que se ha llamado el imperialismo cultural de su país y que tanto los molesta a ustedes. Estas palabras en pugna yacen en un quid pro quo. Cuando se habla de “soap-opera”, ustedes piensan de inmediato en “marca de jabón” y nosotros, en “ópera”. Por supuesto, ustedes tienen razón. En estos asuntos delicados y burdos a la vez, ni la cultura ni el imperialismo están en juego. Tan sólo unos mecanismos mercantiles de costo y de amortización. Dan estas cifras brutas: 57% de las obras audiovisuales difundidas en la Comunidad europea son estadunidenses, contra 9% francesas, 8% británicas, 5% alemanes y 2% italianas. Somos el primer mercado importador mundial y el mejor cliente de los Estados Unidos. Disculpen la pesadez de los números, pero ustedes me han enseñado a no conformarme tan sólo con la retórica. Los Estados Unidos se adjudican hoy en día el 75% del mercado internacional de los programas de televisión; Francia, el 2%. En esta balanza comercial, los Estados Unidos registran un excedente de 570% cuando la tasa de cobertura de las importaciones por las exportaciones no es mayor de 22.5% para Francia, 25% para Europa y 33% para Japón. Saco estas estadísticas del reporte que el señor Alain Moreau entregó al ministro de los asuntos europeos en abril de 1991. Claro que detrás de esto no hay ningún proyecto, ejecutado a sabiendas, de “despersonalización nacional”, como dicen en nuestro país algunos brujos bien intencionados. Sólo hay ventajas comparativas de tamaño y de costo. Luchamos juntos contra este hundimiento cuando Francia, con Jack Lang a la cabeza, otorga a los mejores artistas de este país la posibilidad de trabajar allá, trátese de Orson Wells, de Bob Wilson o del teatro de la Mamma. La oposición no es entre Francia y los Estados Unidos, sino entre la cultura y la subcultura y es una causa común a todos los hombres. Lo triste es que el francés, ministro o no, que quiera adoptar cierto número de medidas inevitablemente restrictivas, cuotas de difusión o reglamentación diversas, para volver a equilibrar la balanza, de inmediato será llamado “albanés” por los secretarios de este país.

Hay muchas maneras de definir la “filosofía” estadunidense”, polígono ideal de múltiples lados: el consumismo sin tregua ni fin, el “todomercancismo” y la creencia en la neutralidad de la técnica, la desaparición del ciudadano bajo el consumidor, la insensibilidad ante lo trágico, la confusión de lo público y de lo privado, el culto del éxito y del dinero, el imperativo de reducción de la vida humana a un conjunto de actividades provechosas, etc. El americanismo equivaldría a los Estados Unidos en un estado de pesimismo, una vez sustraído todo lo que tienen de positivo.

En el número especial de Temps moderns de 1946, consagrado a los Estados Unidos, Sartre invitaba al lector a distinguir con claridad el sistema como cosa y a los hombres que lo sufren o lo enfrentan. Definía el sistema como un “monstruoso complejo de mitos, de valores, de recetas, de slogans, de números y de ritos”. Medio siglo después, creo que ya nadie en Francia podría llamarlo “monstruoso” pues este complejo se ha convertido en la norma misma, en nuestra naturaleza. A la corriente estadunidense a la que me opongo y que no representa a los Estados Unidos más de lo que el totalitarismo representaba a Rusia, yo la definiría como el simplismo propio de nuestra época —de donde proviene su fuerza. También se lo puede bautizar como el kitsch que es la estética y la política de los medios masivos de comunicación. “Los medios como agentes de la unificación de la historia planetaria amplifican y canalizan los procesos de reducción”, constata Milan Kundera. “Distribuyen en el mundo entero las mismas simplifaciones y clichés susceptibles de ser aceptados por el número más grande, por todos, por la humanidad entera… Esta mentalidad común de los medios masivos de comunicación, disimulada detrás de su diversidad política, es el espíritu de nuestro tiempo”. Kundera designa con la palabra kitsch “la actitud de aquel que quiere gustar a toda costa y al número más grande. Para gustar, hay que confirmar lo que todo el mundo quiere oir, ponerse al servicio de las ideas recibidas”. Nada es más gratificante que la reducción del juicio al sentimiento, de la acción internacional a la acción humanitaria, de la perspectiva histórica a lo instantáneo de lo “directo”. Cuando se es a la vez una escuela y una fábrica de buenos sentimientos y de bellas imágenes, el riesgo reside en reducir la experiencia a la sentimentalidad, la verdad objetiva a la buena conciencia y la política mundial a un duelo entre el Mal y el Bien, “ellos” y “nosotros”. El hombre de los medios masivos de comunicación (el que éstos tienen por objetivo) no es el hombre racional ni el hombre histórico afligido por la memoria; es el hombre sensible y sentimental. El soñador despierto a quien fascinan las películas del oeste. ¿Podemos llamarlo “el homo americanus”? Sí, con la condición de saber que este singular e inoportuno espécimen duerme en cada uno de nosotros. No, si quisiéramos confundirlo con el american citizen. En mi opinión es evidente que hace falta un frente común entre las dos riberas del Atlántico para oponer al simplismo de los medios el espíritu de ambigüedad, de complejidad, de incertidumbre, lo que Kundera llama “el espíritu de la novela”. El reino de las bellas imágenes pone la imaginación en peligro, tanto la de los poetas como la de los hombres de Estado. En lo personal, no me parece que sea inconsecuente amar con pasión a Faulkner, Scorsese, Coppola, Sarah Vaughan, Sam Francis o Paul Jenkins y rechazar para Francia el estatuto de Puerto Rico, “Estado libre asociado”.

¿Qué nos dice a propósito de esto el kitsch dominante?

Como compartimos la misma cultura y los mismos valores, deberíamos obedecer en todo momento y lugar al mismo sistema de mando llamado, para que se oiga bonito, Occidente, en donde el liderazgo estadunidense se llama “solidaridad occidental”. Se añade que, como los Estados Unidos son una democracia, quien quiera que recuse la hegemonía estadunidense traiciona la causa democrática. El simplismo confunde todos los registros en una falsa unidad. Los inquisidores de este país olvidan, a mi parecer, dos cosas esenciales.

1) “El hombre atlántico” tiene dos modelos de democracia, igualmente universales en sus objetivos pero que corresponden cada uno a una historia, una geografía, una religión, protestante o católica, y sin duda a una definición diferente del hombre: ser de razón o ser de necesidad. In God we trust, dice el demócrata estadunidense y el 94% de los estadunidenses declaran creer en Dios). Nosotros creemos en las Luces, contesta el demócrata francés, al que llamo republicano. Aquí, la iglesia evangélica sirve como centro moral y allá, la escuela laica. La democracia anglosajona, rompecabezas de comunidades y de confesiones autoadministradas, es un regalo de Dios al individuo; la democracia francesa, resultado de una historia puramente humana, es un regalo de la razón para el ciudadano. Históricamente, en la democracia anglosajona la sociedad domina al Estado: primacía del contrato y del jurista. En la democracia francesa existe la primacía de la ley y del funcionario (1 jurista —abogado, notario, consejo jurídico— por 500 habitantes en los Estados Unidos; 1 por 2000 en Francia). Allá, Estado unitario centralizado; aquí, Estado federal descentralizado. One nation under God; República una e indivisible. Laicisismo constitucional en un caso, Estado sin Dios, libre de toda influencia religiosa; primera enmienda en el otro, religión libre de toda influencia del Estado. Cada sistema tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Sólo quiero señalar aquí sus diferencias de hecho, sin hacer ningún juicio de valor.

2) Es un hecho lamentable, pero persistente, que los Estados no obedecen en su acción exterior los principios de derecho que los animan en su vida interior. El simplismo kitsch confunde sociedades civiles y relaciones internacionales. Las democracias que, en el orden social, sirven a la justicia y a la ley, primero se sirven a sí mismas en el orden exterior. Al francés que se indigna ante la idea de que un Ministro de la Justicia pueda despojar a un juez de instrucción de un expediente sensible, le parece encomiable que un Ministro de la Defensa o los servicios secretos hagan explotar un barco de pacifistas extranjeros en un puerto neozelandés. Un santo varón, en su casa, puede comportarse como un militar salvaje en su patio trasero. A diferencia de esto, Nixon, Tricky Dicky, tal vez no era un individuo a quien uno subiría en el auto si lo viera “pidiendo aventón”, pero supo ablandar a China con un discernimiento que el brillante Carter tal vez no hubiera tenido. Me parece que aquellos que ponen incienso a la transparente democracia estadunidense, olvidándose de un activismo exterior bastante opaco, son tan ingenuos o peligroso como aquellos que vituperan la arrogancia estadunidense para no tomar en cuenta a una democracia política inigualada. Estos dos aspectos no son opuestos, ya que no son del mismo orden. La lógica de dominación no tiene religión, régimen ni bandera titulares. Tucídides ya nos dio a conocer que la ciudad más favorable a las libertades de las personas, Atenas, representaba una amenaza constante para la soberanía de las otras ciudades griegas.

En la jungla de los Estados, los monstruos fríos alegan unos principios pero siguen sus intereses. La democracia francesa responde a los mismos principios que la democracia estadunidense, ya que ha surgido de la misma civilización. Pero no tiene ni las mismas restricciones ni la misma geografía ni las mismas vulnerabilidades. Por lo tanto no puede tener la misma estrategia internacional, salvo cuando esta civilización está globalmente confrontada con un asunto de vida o muerte (este no era el caso en el Golfo). Mi posición antiestadunidense en política exterior empieza y acaba con este dechado de buen juicio, el cual dejó de ser, en mi país llamado cartesiano, “la cosa del mundo mejor repartida”.

Por muy moderada y aun prudente que sea, nuestra causa es más o menos desesperada. Albert Memmi explicó hace años por qué, en su Portrait de colonisé: “Se declaró al colonizado que su música eran maullidos de gato; su pintura, jarabe de azúcar. El repite que su música es vulgar y su pintura, empalagosa”. ¿Acaso el tunecino de 1956 anunciaba ya al francés de 1991 —justo castigo, dirán ustedes, para el colono—, el de vestir a su vez el albornoz? La colonización sin dureza suscita en sus beneficiarios un sentimiento de evidencia que raya en la dicha. Berdiaev decía “que un imperio es siempre la obra de las masas, del hombre promedio”. En este sentido, el Imperio estadunidense se construye tanto o más en París, Madrid o Roma como en Washington; nosotros somos corresponsables. Como el espíritu de Imperio es más feroz en la colonia que en cualquier otra parte, creo incluso que estamos mucho más estadunizados que ustedes. Hervé Brunni, un gran reportero de Antenne 2 enviado al Golfo durante la guerra, relataba “que una jerarquía implícita se había decidido en París, para decir quién tenía más credibilidad. Primero se creía en la CNN, luego en la AFP y en último lugar en el reportero. Y sin embargo él estaba metido en el centro de la acción. Por más que anunciábamos que un Scud pasaba por el cielo, París no nos creía en tanto que CNN no lo confirmara”. Un día, el director de un gran periódico salió de un coloquio como el de ustedes y contó a sus maravillados lectores cómo la física de los Estados Unidos había dado a luz un concepto-milagro, “los atractores extraños”. Poco después, tuvo la tristeza de enterarse de que era el invento de un francés y no volvió jamás a mencionar el asunto. Los inculpados o testigos se dirigen al presidente de una Corte en Francia con un “Vuestro Honor” que ya no provoca risa, como el “sólo hablaré en presencia de mi abogado” del miembro de una banda juvenil que es arrestado y vigilado precisamente para impedirle hablar con un abogado. Admiremos el hecho de que los franceses justiciables estén ya mucho más familiarizados con el Código de procedimiento estadunidense que con el suyo. Eso se llama “alienación”: tomarse uno mismo por otro y al otro por uno mismo. Salvo que aquí no es una perturbación mental, sino una señal de éxito. La puesta en órbita cultural tiene unas recaídas políticas y estratégicas evidentes. Una hegemonía llega a su culminación cuando el pobre diablo de los suburbios, identificándose plenamente con el hombre notable del centro de la ciudad, proclama a todo pulmón los méritos del Rotary. Asimismo, no hay un índice más seguro de dependencia que la negativa escandalizada de llamarlo por su nombre. Quien quiera que se permita hacer la menor alteración con los eufemismos de la lengua inglesa queda castigado ocho días por los árbitros de lo in y de lo out. Con su columna doble “en mala forma/en buena forma” o bien “de subida/de bajada”, nuestros medios de comunicación distribuyen cada semana puntos buenos y malos, a favor o en contra. Cuando lo tachan a uno de estar out en dos o tres ocasiones, les prometo que uno ya no reincide, aunque sólo sea para poder hacer frente a la mirada de su adjunto de prensa, esposa, amigos o transeúntes. Exito garantizado. Como el pequeño choque eléctrico repetido en la rata de laboratorio.

No ignoro que los márgenes del no alineamiento se reducen cuando ya hay sólo una superpotencia, y no dos. Las capacidades de intervención del Estado, el único en condiciones de atenuar los automatismos del mercado y los arrebatos de la opinión, también se reducen cuando el Estado ve que disminuyen sus capacidades y su prestigio por el hecho de la integración europea, de su propia subordinación a la opinión o de la moda de “menos Estado” En Francia, si bien los medios de comunicación se liberaron del Estado, el personal del Estado vive en la obsesión de la “imagen”, en la obsesión permanente de la “comunicación”. La sociedad gubernamental depende cada vez más de la sociedad de los medios, la cual sólo depende de sí misma; el poder de los medios no tiene, que digamos, un contrapoder exterior (aun si empieza a mostrar cierta capacidad de autorregulación). Ahora bien, el partido periodista, pues es un partido, notablemente homogéneo, también puede definirse como el hueso duro del partido “estadunidista”. Así, estamos dominados, en el sentido cibernético de la palabra (dominar un sistema es regularlo sin tener que experimentar a la vez su reacción), no por un poder exterior cualquiera, sino desde adentro, por “la opinión”. Los mensajes se doblegan ante las exigencias de la máquina difusora de las simplificaciones; la complejidad se vuelve cada vez más costosa, incluso inabordable, en términos de audiencia. El grupo central de “ejecutivos, profesiones liberales y responsables económicos”, que es la clase de referencia de los líderes de la opinión, aquella de donde salen y a la que se dirigen prioritariamente, se vuelve para los gobernantes el eje directivo de las conductas y de las palabras. Las llaves del poder están en los Estados Unidos y los Estados Unidos están en medio del salón, alumbrador por los neones japoneses.

Sin embargo, no es el momento de doblegarse. Cuando las personalidades nacionales o culturales agachan la cabeza, tienen una manera de volver a alzarla que puede hacer mucho daño. Nuestro americanolatra desatado estimula el peligro número uno del momento. Quiero hablar del foso que se cava a escala planetaria, por una parte entre una élite trasnacional, cosmopolita (es decir, de contornos estadunidenses), nómada, materialista, cableada, sostenida por la nueva economía mundializada y los mitos trasnacionales que le corresponden, una élite sin memoria para la cual la historia, la nación, los libros y los credos ya no tienen valor ni autoridad; y, por otra parte, las masas autóctonas que, como defensa reactiva, se hunden en el populismo, se aferran a su comunidad, étnica o religiosa, y a sus mitos de pertenencia. Huida hacia adelante por un lado, huida hacia atrás por el otro. Este círculo vicioso entre las dos respuestas contrarias a la crisis de la modernidad pone frente a frente en los Cinco Continentes lo que Edgar Morin designa como neofundamentalismo y neomodernismo, el campesino desarraigado y el yuppie exitoso. En Francia, el internacionalismo chic de los estratos ascendentes, que piensan en “franglés”; y ante ellos, la embestida de los nacionalistas o el malhumorado P.C. En el mundo árabe-musulmán, el enfrentamiento es más explosivo. Como en la India, donde las “élites” son 200 millones de personas y las masas nativas, 600. Piensen ustedes en el ascenso del chovinismo hindú y del fundamentalismo musulmán en ese país, frente a las clases urbanas dirigentes, todas ellas con servicio de cable de la CNN para seguir la guerra del Golfo, y que tienen la cabeza en Nueva York y a sus hijos en el M.I.T. En mi pequeño esquema de las tres eras mediológicas, “logósfera”, “grafósfera” y “videósfera” (era del dogma religioso, era de los conocimientos impresos y era de la información audiovisual), yo diría que por encima de todo se debe evitar el duelo catastrófico de la videósfera estadunidense, única en cualquier lugar, con las diferentes logósferas autoritarias y arcaizantes que se despiertan aquí y allá en contrapunto o en defensa de identidades colectivas ya sin estructura alguna.

Por esto deberíamos romper con el círculo infernal y fastidioso en donde el proamericanismo y el antiamericanismo se dan la mano y al tiempo se agreden en una ronda de maldiciones mutuas. ¿De qué manera? En el intento de darles otra vez actualidad y fuerza a esos valores y a esas prácticas cuyo conjunto caracteriza lo que llamo la grafósfera: la lectura de los libros, el respeto al domingo, a los elefantes y al acento circunflejo, la idea de ciudadanía y de nación republicana, electiva y no étnica; el laicicismo y la escuela como lugar, no pluricomunitario, sino transcomunitario, de iniciación a lo universal y a la libertad individual; la idea de ley, que es algo más que la costumbre, y la idea de pueblo, que es algo más que la población. Espero que un día sea posible decir cuál es la fe de uno en este modelo de civilización sin verse de inmediato etiquetado como “antiestadunidense” y retrógrada. Tengo la debilidad de creer que la idea francesa del ciudadano y de la nación es un modelo local en su origen pero susceptible de interesar a la humanidad de mañana.

Para terminar mi confesión con una nota político-diplomática, admitiré ante ustedes que De Gaulle y su ejemplo me curaron hace poco de la posición antiestadunidense reactiva, mezquina, atrabiliaria. Puedo atestiguar lo bien fundado de la tesis de Michael M. Harrison, el autor de The Reluctant Ally, según la cual la corriente antiestadunidense francesa del siglo XX se desarrolló como contrapunto a un clima de dependencia y de subordinación respecto de los Estados Unidos. Nunca fue tan fuerte como en los años cincuentas, cuando Francia se colocó bajo un protectorado militar y económico. “La solución gaullista”, dice, “fue una buena medicina. Puede llamársele de otro modo, claro está, no seamos fetichistas. Una Francia que moderniza sus industrias y sus infraestructuras; que asume al fin la responsabilidad de su defensa, con armas nucleares, y de su diplomacia, con una estrategia a largo plazo; que de nuevo se respeta a sí misma y se sacude el espectro de la decadencia, ya no tiene necesidad de un chivo expiatorio, y tampoco de un hermano mayor o de un honor demagógico. Al dejar su condición de protegida, ya no tiene motivos para lloriquear o recriminar, según el eterno complejo del señor Perrichon. Puede dar fuerza de nuevo a la idea clásica de una alianza entre dos Estados soberanos, Alianza Atlántica u otra. Como decía de Gaulle: “Un Estado puede ayudar a otro, no identificarse con él’”. Un Estado independiente no tiene amigos ni enemigos de por vida. Tiene intereses nacionales que trascienden las etiquetas establecidas y las fraseologías del momento, y para esto echa mano de las alianzas exteriores, por definición revocables y desprovistas de valores absolutos, puesto que son relativas a su propia supervivencia y a las circunstancias. Una Francia, una Europa soberana no tiene que ser ni pro ni antiestadunidense. Ninguna de esas actitudes podía definirla, por dos razones: primera, no se hace buena política con buenos sentimientos; tampoco con los malos. Segunda, todo depende de las condiciones de lugar y de momento, pues la única meta es seguir siendo dueño de su destino. “Queremos aliados pero no queremos amos”, decía de Gaulle en su lenguaje. “Además, todo el mundo necesita de los otros”. La independencia no es desde luego el aislamiento ni el nacionalismo cerrado. Lo mismo que la libertad de un individuo, la independencia de una colectividad siempre es relativa, sobre todo en estos tiempos de globalización económica e interdependencia, pero la reducción de las dependencias al nivel más bajo posible es un valor absoluto. No hay soberanía popular que valga en un país avasallado o subyugado.

Me parece una relación adulta, desapasionada, sin complejos, “fundada en la evaluación realista de los intereses de cada uno”, para retomar las palabras de Harrison, es el mejor antídoto contra el resentimiento; también contra el deslumbramiento de los noventa y la ceguera de los cincuenta. Las pasiones negativas son las del débil y del humillado. Se podría añadir a la lista de los efectos perversos, o más bien inversos, de toda conducta política, el hecho de que un supuesto antiestadunidense como de Gaulle haya contribuido a reducir drásticamente la corriente antiestadunidense en la sociedad francesa. Otra de las tantas paradojas de la estrategia, del tipo si vis bellum para velludo, consiste en que el egoísmo sagrado del monstruo frío finalmente aprieta los lazos de solidaridad franco-estadunidenses, y que la tutela disfrazada de buenos sentimientos y de valores compartidos, distiende, en lo profundo y a un plazo más o menos largo, esos mismos lazos.

En lo que a mí respecta, no les ocultaré ciertas suspicacias ciertos resabios de reflejos atávicos. Una Francia temerosa ante la idea de desagradar al amo del mundo y de la opinión, dispuesta a dejar que su gran aliado se adjudique una responsabilidad suprema y universal; dispuesta ella misma a reintegrarse a la OTAN a escondidas, bajo el pretexto de que se trata de Europa, sería de temerse que esa Francia no conservara algunos de sus prejuicios y sus rencores de antaño. Si a todo esto se añade la impresión de que el tan alabado nuevo orden mundial es una copia de los intereses y costumbres de los Estados Unidos, con o sin la coartada de la ONU, un elemental sentimiento de justicia vendría a sustituir los resentimientos más banales para hacer del antiamericanismo, de nuevo, una fuerza en ascenso. Dios no lo quiera. Si puedo decirlo. Es una costumbre concluir, a propósito de Dios y de los hombres, que lo peor no siempre es lo seguro. Si lo fuera, no tendríamos en efecto más alternativa que refugiarnos en los brazos de Buda.

 

Régis Debray

Traducción de Katia Rheault