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El artículo de Cuauhtémoc Cárdenas que apareció en nexos 162 («TLC: Una propuesta alternativa», junio de 1991) ha llamado la atención de Luis Rubio, que aquí debate algunos de sus argumentos y a la vez señala las semejanzas y las diferencias que tienen en relación a la propuesta gubernamental.

Todos los mexicanos podríamos coincidir en que deseamos un país con mejores y más equitativos niveles de ingresos, un amplio desarrollo social, una planta productiva competitiva y exitosa, un sistema político participativo y todo ello dentro de un equilibrio ecológico. No importa la posición que guarde cualquier mexicano en la geometría política o ideológica, los objetivos más generales y abstractos no son difíciles de precisar. Las verdaderas diferencias yacen menos en los objetivos que en los medios destinados a alcanzarlos. Es ahí donde se inmiscuyen valores, principios ideo lógicos, concepciones económicas e intereses concretos. Si el qué es menos difícil de precisar, el Como es muchas veces sujeto de interminables disputas.

En la praxis política, el terreno de los gobiernos y los partidos políticos, lo relevante es el debate sobre los Comos. Es difícil imaginar a un gobernante o a un lider político abogando por objetivos que la población disputaría de entrada. Todos los políticos -por ello son políticos- plantean objetivos que gozan de un alto grado de consenso para de ahí articular sus estrategias y decisiones. Trascendiendo el umbral de los objetivos, las disputas se tornan complejas y sanguinarias porque en los medios para alcanzar los objetivos es donde se determinan las prioridades así como a los afectados y a los beneficiados.

El Tratado de Libre Comercio es uno de esos medios que el gobierno de Carlos Salinas ha diseñado para avanzar sus objetivos de desarrollo. La administración ha planteado el TLC como el vehículo para garantizar el acceso de los productos mexicanos al mercado norteamericano, salvando las medidas proteccionistas que en los últimos años han florecido en ese país. Pero la exportación tampoco es el objetivo último. Se trata más bien de forzar a la planta productiva a elevar la productividad para ser competitiva y así poder elevar los salarios y con ello los ingresos de los mexicanos. Más aún, con la apertura de la economía se elimina el sesgo que por cincuenta años favoreció la concentración del ingreso e impidió que se elevaran los ingresos de la población en forma equitativa. De ahí que el proceso de apertura signifique nada más y nada menos que una transformación radical de la estructura económica del país en aras -de acuerdo al objetivo gubernamental-de alcanzar los objetivos consensuales de desarrollo.

¿Existen alternativas al TLC? Desde luego, y muchas: el problema es que todas son peores. El gobierno ciertamente podría haber optado por otras estrategias, entre las que se encuentran las dos que siguen: primero, perseverar en la sustitución de importaciones, como han hecho, al menos hasta ahora, algunos países del sur del hemisferio; el problema es que ese modelo de desarrollo requiere interminables flujos de ingresos, bien como resultado de exportaciones o por endeudamiento. La experiencia mexicana de los ochenta demuestra que ese camino ya lo intentamos; resultó un fracaso no sólo porque no se logró la recuperación económica sino porque los ingresos reales cayeron en forma sistemática y porque la distribución del ingreso empeoró cada vez más. Una segunda opción estratégica sería la de proseguir por el camino de la apertura como hasta ahora pero sin TLC, Más bien se buscaría una negociación multilateral en la que, en el tiempo, se abrieran los mercados de todo el hemisferio, favoreciendo el desarrollo continental. Esta segunda estrategia es, en gran parte, la que propone Cuauhtémoc Cárdenas en el artículo que apareció en nexos 163 julio, 1991) «TLC: Una propuesta alternativa».

El argumento central del lider del PRD es que el gobierno de Carlos Salinas tiene demasiada prisa y que, en el camino, acabará ignorando objetivos fundamentales, como la ecología, los ingresos de los mexicanos -en especial los de los trabajadores de las maquiladoras, la distribución del ingreso, la orientación del desarrollo, la formación de empresarios competitivos y la lucha contra la pobreza. El punto es indisputable: es evidente que si estos factores son desatendidos, el TLC y toda la política de apertura habrán sido un fracaso. La interrogante, sin embargo, es si las suposiciones de las que parte el ingeniero Cárdenas son realistas y, si no, cuáles serian razonables.

El Diagnóstico de Cárdenas no parece del todo diferente al que ha realizado el gobierno: las maquiladoras no se han vinculado al aparato productivo a pesar de sus muchos años de existencia; antes de la apertura, muy pocos empresarios mexicanos podían caracterizarse de progresistas, vigorosos y modernos; la pobreza y la miseria son males endémicos que deben ser erradicados; necesitamos una política agrícola radicalmente nueva que vaya mucho más allá de la liberalización comercial, y así sucesivamente. En todos y cada uno de estos diagnósticos, las coincidencias son notables. Las diferencias están no en el Diagnóstico general, sino en las propuestas de política.

La propuesta del ingeniero Cárdenas es la de negociar un TLC continental en forma lenta, que permita disminuir las diferencias entre los países y que incluya, además del comercio, normas en materia de inversión y monopolios, un compromiso social, ha ecología, la propiedad intelectual, el financiamiento compensatorio, los mecanismos para el arreglo de controversias y movilidad laboral. De estos nueve factores, a pesar de que él lo niegue, seis serán componentes naturales del TLC que el gobierno está negociando en la actualidad. Previsiblemente quedarán fuera del TLC el concepto de financiamiento compensatorio (transferencias externas para financiar el ajuste interno), el de movilidad laboral (libre tránsito de mexicanos hacia EU y Canadá) y el de compromiso social (igualación de condiciones e ingresos de los trabajadores mexicanos con los de EU y Canadá). Sobre el primero de éstos, el argumento de Cuauhtémoc Cárdenas es indisputable, excepto que el costo del ajuste lo tendríamos que pagar con o sin TLC: el retraso en la infraestructura, en la tecnología, en la educación y en todo lo demás requerirá inversiones masivas para mejorar los niveles de vida, con o sin TLC. El único caso en el mundo en que se han dado este tipo de transferencias es Europa, donde España, Grecia y Portugal ingresaron a lo que algún Día podría ser un nuevo país, ahí donde se pretende una unión política y no meramente la eliminación de barreras comerciales. No creo que haya muchos mexicanos que quisieran ir tan lejos con EU como lo hicieron los españoles con Europa, pero lo que sí es seguro es que ningún TLC con el sur traería consigo un financiamiento compensatorio. En cuanto al segundo tema, el de la movilidad laboral, es predecible que tendrá que negociarse un esquema dentro de las líneas que se plantean en el articulo, pero en forma separada del TLC, para no hacer más compleja su aprobación. Sobre el tercer tema, el del compromiso social, se trata de una propuesta razonable, pero que no es realista en la economía: la economía mexicana es objetivamente mucho menos productiva que la canadiense y ésta es menos productiva que la norteamericana si tuviera que reducirse la apertura a su mínima expresión, el propósito de toda la política económica sería elevar la productividad para así tender a igualar los niveles de ingresos. Eso, como dice el propio Cárdenas, no se puede lograr por decreto.

Las verdaderas diferencias en los otros seis factores no están en los temas que serian sujetos del TLC, sino en lo que el gobierno considera que son medios o instrumentos y el ingeniero Cárdenas concibe como objetivos. La propiedad intelectual, la regulación de la inversión y los monopolios y la resolución de disputas son todos medios para alcanzar una mayor productividad. Es obvio que los monopolios -públicos y privados-, por ejemplo, causan distorsiones en la economía, por lo que deben evitarse o, en su defecto, regularse. La pregunta es si deben ser regulados por la burocracia o por la competencia internacional, dentro de un marco de reglas claras y transparentes. De la misma manera, ¿es razonable pensar que una empresa va a desarrollar tecnología si no se respeta su autoría o propiedad intelectual? Cada vez hay más empresas mexicanas que ostentan patentes norteamericanas, ya que el régimen que existía hasta hace algunas semanas no protegía al autor y propietario de las mismas.

La primera parte del artículo del ingeniero Cárdenas, de orden más conceptual y filosófico, es prácticamente indistinguible de los objetivos que ha planteado el gobierno. Las diferencias se acentúan en la segunda mitad, donde entra a lo particular. Me parece que la reforma económica sigue una lógica de apertura como el vehículo para transformar al país y no como el objetivo mismo. No se trata de determinismos económicos, sino de una política congruente de desarrollo económico. Por ello, en el fondo, la impresión que uno se lleva del argumento de «TLC: Una propuesta alternativa» es que lo que se objeta no es la apertura ni el TLC per se, sino el que se negocie exclusivamente con Estados Unidos y no con todo el hemisferio. La razón de negociar con Estados Unidos es obvia varias as de las economías del sur son muy parecidas a la nuestra, por lo que tendríamos competencia en todos y cada uno de los sectores de la industria, competiríamos con empresas saturadas de subsidios, algunos evidentes y otros imposibles de detectar, y, finalmente, las empresas mexicanas tendrían que operar en un entorno económico muy inestable donde las transacciones comerciales se tornarían impredecibles y riesgosas. Peor aún, más de la cuarta parte de las exportaciones de Brasil, por ejemplo, son resultado del trueque: ¿en verdad queremos ir para atrás en el proceso de hacer de México un país moderno en todo el sentido de la palabra? En todo caso, también se negocian acuerdos de libre comercio con varios países del sur del hemisferio.

Con Estados Unidos es mucho más probable que las empresas mexicanas puedan desarrollar nichos de mercado que sean atractivos y rentables, como ya ha ocurrido en los últimos cinco años. Desde el inicio de la apertura, sorprende el número de empresas que no sólo han podido sobrevivir, sino que han desarrollado un mercado de exportación; y no sólo las maquiladoras, sino también muchas empresas medianas, por no hablar de las grandes. Competir en el sur no nos haría competitivos en otras partes del mundo: en el mejor de los casos seríamos tan competitivos como el más competitivo de la región, lo que es muy poco en relación a Europa o Asía. Bajando al nivel de la realidad tangible, la más exitosa de las empresas sudamericanas pagará menores sueldos y salarios que una empresa mexicana que logre penetrar con éxito el mercado norteamericano.

Ser competitivos y exitosos en Estados Unidos implicará competitividad global, lo que permitirá desarrollar mercados que hoy son impensables. Por mucho que le busquemos, la realidad es que w hay otra manera de elevar la productividad y con ella los niveles de ingresos de la población. Así se explica la siguiente anécdota: hace unos meses un argentino decía que ellos envidían a México porque su potencia del norte (i.e., Brasil) les impide negociar directamente con Estados Unidos o con nosotros. En esta instancia, o bien los argentinos son muy tontos, o nosotros tenemos una aversión visceral a aprovechar nuestra vecindad para resolver nuestros problemas ancestrales de pobreza y desarrollo. Cárdenas tiene razón al decir que lo que se requiere es un verdadero desarrollo y no una ampliación del concepto de maquila. La evidencia de los últimos cuatro años es no sólo encomiable sino promisoria el número de empresas medianas que no sólo sobrevive, sino que crece, exporta y paga cada vez mejor a sus empleados es impresionante bajo cualquier parámetro.

Si lo que buscamos es el desarrollo, tenemos que negociar y competir con los desarrollados, para desarrollarnos: todos los países que han sido exitosos en las últimas décadas se han acercado a los países desarrollados porque ahí es donde está la riqueza y los mercados. Japón, Corea del Sur, Singapur y hasta China se han acercado a los mercados de Europa y Estados Unidos, de la misma forma en que Turquía se ha acercado a Alemania. Yo creo que es obvio por qué ninguno de estos país se ha acercado a India o a Brasil: por la misma razón que los braceros mexicanos van a Estados Unidos y los braceros turcos van a Europa. Ahí es donde están las oportunidades y ahí está la posibilidad de salir ganando. Mientras más tardemos en apreciar esta simple realidad, más tardaremos en vencer los retos de nuestro desarrollo y condenaremos a más mexicanos a padecer la pobreza, la pésima distribución del ingreso y la marginación. Por encima de todo, la velocidad si es relevante porque el desarrollo es urgente e impostergable. La prisa tiene razón de ser.

En el terreno político más amplio, la postura del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas respecto al TLC sugiere que las distancias entre el gobierno y el PRD son mucho menores de lo que la retórica de ambas partes en ocasiones deja entrever. Esto sugeriría que hay terreno para buscar consensos sobre otros temas igualmente importantes para el futuro del país. Ojalá esta posición augure un futuro más civilizado para el diálogo político en México.