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Los retos de la política contemporánea parecen abrumadores. En la era del antropoceno, la humanidad debe hacerse responsable de su impacto en el clima, el nivel de los mares, la sobrevivencia de las especies. Imposible hacer política ordinaria ante una emergencia de esta magnitud, se nos dice. Sólo una política radical, en alguna medida revolucionaria, puede responder a la crisis con la energía que reclama. Michael Ignatieff, el biógrafo de Isaiah Berlin, teórico del mal menor, ha levantado la mano de cautela y se pregunta en un ensayo reciente si los instrumentos liberales funcionan en estos tiempos. ¿No fundamenta el liberalismo una política temerosa, incoherente y débil? ¿No es demasiado lenta, demasiado torpe? De pronto, entre la pandemia y la crisis climática, el miedo se vuelve a imponer exigiéndonos soluciones tajantes y radicales que sugerirían barrer las precauciones liberales.

Ilustración: José María Martínez

Si algo conoce el liberalismo es el miedo. Puede decirse que nació para domesticarlo. Ésa es, a su entender, una de las grandes lecciones de Roosevelt. Un gran problema se atiende cuando logra desarmarse en las piezas que lo integran. Para encarar un desafío que parece descomunal hay que romperlo en los pequeños pedazos que resulten manejables. No hay forma de enfrentar el problemón si no se descompone intelectual y estratégicamente en cachitos. Una vez que el gran problema se ha desmenuzado, puede decidirse qué se atiende primero y qué puede posponerse, qué medidas funcionan para un reto y qué decisiones exige el problema vecino. La política liberal es la política de las políticas, dice Ignatieff. La menudencia de esa política sin mayúsculas la puede hacer prosaica, pero la dirige a la eficacia. Frente a la política de las dicotomías elementales y los llamados a la guerra, ese acento en las políticas públicas se concentra en los resultados. Diagnósticos certeros, objetivos concretos, instrumentos adecuados, calendarios precisos, efectos medibles. El liberalismo desdramatiza así sus desafíos. Lo hace porque aborda sus retos analítica, no épicamente. Si el radicalismo ambientalista que rechaza el malogrado político es grandilocuencia e impulsividad ante la amenaza, la respuesta liberal que él defiende implica confianza en el conocimiento y apuesta por el avance que se basa en los pequeños pasos. La ingeniería fragmentaria de la que hablaba Popper está en el centro de esta apuesta de Ignatieff. También la prudencia conservadora de Burke que no es preservación de lo heredado sino constancia reformista. La historia, pensaba él, no tiene aceleradores pero encuentra, con demasiada frecuencia, taponaduras.

La emergencia climática y la pandemia son las pruebas más severas de la política liberal en el mundo de hoy. Más desafiantes esos retos de la naturaleza que toda la demagogia de los populistas. Más que los Trumps o los Bolsonaros, los ciclones, los incendios, los contagios. Las amenazas naturales no se apiadan del compás de la política liberal. La impaciencia del radicalismo es seductora en una época marcada por el pesimismo. Sentir al planeta como enemigo nos remite al pánico que implora leviatanes. Pero, a pesar de lo que se decía hace unos meses, ante el despunte de la pandemia, el autoritarismo no es atajo, ni mucho menos, garantía de eficiencia. La política liberal, quizá lenta, seguramente sinuosa, ha demostrado ser la más confiable de todas en la puesta en práctica de medidas contra el calentamiento global. Las medidas parciales que pueden ajustarse constantemente, la actuación de gobiernos corpulentos y democráticamente constituidos son las únicas que han servido. La apuesta no es innovadora: confiar en el juicio de la ciudadanía; respetar el conocimiento y la ciencia; construir gobiernos eficaces y bien vigilados.

A grandes problemas, pequeñas soluciones. Muchas, constantes y certeras.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es La casa de la contradicción.

 

Un comentario en “A grandes problemas…

  1. El problema es que la crisis actual es sistémica y no se deja dividir «analíticamente», sino que implica hacer cambios muy radicales en nuestro modo de vivir y producir. El mayor problema no son las políticas a implementar y su calendario, sino cambiar las mentalidades. Apelar a cambios pequeños podría interpretarse como resistencia al cambio. Ahora bien, esos cambios deben realizarse respetando los derechos de las personas. Ese es el equilibrio a lograr,