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En 1930 el equipo de futbol Sportivo Buenos Aires hizo una visita a México. Era un equipo “falso” porque se trataba, en realidad, de la selección argentina [subcampeona del mundo] viajando con disfraz. ¡Cómo olvidar a Lauri, veloz como saeta; a Ferreyra, un delantero centro que bordaba el futbol; a Bartoluchi y su pañuelo en la cabeza y sus grandes “palomitas” espectaculares; a Botasso, sensacional arquero…! ¡Y cómo olvidar a un gran jugador, gran persona y gran amigo que ahora vive entre nosotros: el Conejito Scopelli!

Pronto, como demostración de que el futbol en México crecía y crecía, veíamos en todas las plazas, en todas las calles, en todos los llanos, en todas las partes, muchachos con un pañuelo en la cabeza ensayando las “palomitas” de Bartoluchi.

Parecía imposible hacerles un gol a estos equipos visitantes, y ya no digamos ganarles. Pero he aquí que una tarde salta a la cancha del España un equipo relativamente desconocido, con el nombre de Atlante.

Venían de los llanos del rumbo de Tacubaya; del rumbo de Iztacalco; eran gente modesta, ingenua, que primero habían bautizado al equipo como Lusitania, en recuerdo del barco de pasajeros hundido en la Primera Guerra Mundial y que precipitó a Estados Unidos a la contienda; pero, como no les gustó el nombre, lo cambiaron por el del submarino famoso y se pusieron U-53. Tampoco les gustó, pero obsesionados por esos hechos ocurridos en el océano Atlántico decidieron inspirarse en él, abreviándolo, y así nació el Atlante: pueblo que viene del pueblo para emocionar al pueblo.

No necesito tener un video-tape ante mí para “ver” ese primer gol que hicieron los modestos a los notables: Juan Carreño dio un pase filtrado a la Marrana Olivares y éste, desde el extremo izquierdo, tiró un relámpago cruzado que dejó a Botasso parado, sin mover un dedo siquiera. ¡Por fin les hacían un gol a los maestros!

Y pronto les harían otro, que sería el de la victoria: yo estaba “colgado” del alambre (en la cancha del España) detrás de la portería de Botasso. Nicho Mejía le dio un pase excelente a Carreño; éste detuvo el balón, miró a Botasso y sonrió (¡palabra de honor que sonrió!), y cuando el famoso arquero mundialista le atacó, Juan, desdeñosamente, levantó la pelota por encima de la cabeza de su contrario y depositó el balón, suave y genialmente, en la red: ¡el triunfo estaba consumado!

Quiero decir que Juan Carreño, después de lograr el gol del triunfo, no arrancó a correr como poseído por toda la cancha, sino que lenta, solemnemente, se dirigió a tomar su lugar en la cancha, moviendo —él, tan gordito— el trasero en un supremo gesto natural de burla: “¡Invencibles a mí!”.

No quedaron conformes los maestros con esta derrota y exigieron —a los mexicanos siempre nos exigen algo los extranjeros y siempre doblamos las manos— un partido de revancha. Pues bien, también se lo ganó el Atlante, esta vez por 3 a 2.

Les juro, amigos, que a mí se me fueron las ganas de ser miembro del España y me hice atlantista de hueso colorado. Porque estas dos victorias no fueron casualidad: Sabaria, Bellavista, Sparta y muchos equipos internacionales doblaron las manos ante el Atlante, equipo que un gran cronista ya desaparecido, Don Facundo, definió así, en paráfrasis del Cyrano de Bergerac: “Son los muchachos de la llanura, que a Nicho tienen por capitán”.

Fuente: Fernando Marcos, Mi amante el futbol. Editorial Grijalbo, México, 1980.