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En Mis memorias cuenta Alexandre Dumas un pasaje sobre los días finales del pintor Théodore Géricault. Dicha escena es, a un mismo tiempo, conmovedora y de una enseñanza de vida donde arte y existencia coinciden de manera entrañable. A semejanza del niño que dibuja su mano —la palma, previamente empapada de acrílico se coloca abierta sobre la hoja de papel y se estampa delicadamente—, “los artistas” de Altamira y Lescaux pintaron cientos de manos en los muros de sus cavernas. Con una técnica más sofisticada, el pintor galo pintó una parecida aventura según el recuerdo de Dumas:

Cuando entramos a su casa, estaba ocupado dibujando su mano izquierda con la derecha.

—¿Qué diablos está haciendo usted, Géricault? —le preguntó el coronel.

—Ya lo ve, amigo mío —dijo el moribundo—; me utilizo. Jamás mi mano derecha va a encontrar un estudio de anatomía como el que está ofreciendo mi mano izquierda, y la muy egoísta lo está aprovechando.

En efecto, Géricault había llegado a tal extremo de delgadez que a través de la piel se veían los huesos y los músculos de la mano, tal como se ven en esas figuras de yeso que se usan como modelo para los estudiantes.

Fuente: Ernesto Lumbreras, La mano siniestra de José Clemente Orozco. Derivaciones, transbordos y fugas. SigloXXI, UAS, El Colegio de Sinaloa. México, 2015.