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Con un gran titular en la portada, Le Point anuncia una cover story que luego se descubre amplia e impresionante acerca de los grupos fundamentalistas radicales que desde la perspectiva del Islam actúan en Europa con el propósito y el espíritu de una especie de cruzada. Se trata, reconoce el semanario, de una minoría, pero sus conexiones políticas, sus generosas fuentes de financiamiento y su fanatismo -añade -no pueden soslayarse ni minimizarse.

Philippe Aziz, el autor del gran reportaje, no deja rincón del asunto sin revisar. Su conclusión es que existe y crece, entre los millones de musulmanes avecindados en Francia, Alemania, Gran Bretaña y Bélgica, un odio muy acusado por Europa y Occidente. Un congreso clandestino efectuado el 20 de mayo de 1990 en la pequeña localidad francesa de Halluin – donde las casas tienen una puerta hacia Francia y otra para salir a Bélgica, es decir, están en la frontera misma – encendió las luces de alarma. Tesis central: la violencia legítima y el montaje de una cerrada red de militantes cuya tarea es la reislamización de los emigrantes en Europa, para frenar la integración de éstos a la «podredumbre y la desvergüenza».

«Nuestros ancestros -declaró uno de los congresistas -crearon en España, en el corazón de Europa, una civilización modelo bajo el signo del Corán. Duró ocho siglos. Otros antepasados, los otomanos, llegaron en 1683 hasta las puertas de Viena No tenemos por qué integrarnos a Europa… Nuestro deber es integrarla a la basta comunidad islámica: es suficiente ver el número de conversiones registrado en París, en Marsella en Hamburgo, en Londres, en Lyon o en Bruselas para saber que el Islam está en marcha y que nada lo detendrá»

Mezquitas que florecen, pasaportes que se multiplican por el número de embajadas de países islámicos -gracias a la complicidad de «hermanos» bien ubicados -, todo opera De 1973 a 1990, organizaciones oficiales u oficiosas de Arabia Saudita gastaron 22 mil millones de dólares en financiamientos diversos: construcción de templos, de centros culturales, sostenimiento de instituciones diversas, etc.

Pero no sólo el universo islámico, en materia política, cultural y religiosa, preocupa a los europeos. Yves Cuau, en L` Express, escribe -bajo el título de «El nuevo desorden mundial» -que, a la hora del «postcomunismo», como sucedió cuando los grandes imperios volaron en pedazos, «la vieja Europa no está al abrigo del desencadenamiento de fuerzas centrífugas (pues) el paso caótico de la dictadura marxista hacia un futuro que está por inventarse, hace explotar por todas partes poderosas reivindicaciones nacionales dirigidas contra un centro que ya no inspira el temor de antes». Y cita un caso, el de Yugoslavia, donde «los odios ancestrales entre serbios y cróatas llevan cada día al país hacia la cercanía de una sangrienta implosión».

Al respecto, Massimo Conti, en Panorama, afirma que los croatas rompen sus últimas ligas con Belgrado en nombre de su europeísmo. En Zagreb se escribe con caracteres latinos, en tanto que en la vieja capital federal, las letras son las del alfabeto Belgrado hospeda una mezcla de cúpulas bizantinas y minaretes. Zagreb es un campo de agujas góticas y de fachadas románicas y barrocas. Otra vez, de un modo u otro, problema de culturas que parecen no poder convivir y hasta no querer siquiera yuxtaponerse.

Las tendencias disolventes son menores en Polonia y en Hungría, porque, como lo declaró Jozseb Antall, primer ministro magiar, a Jean Daniel -de Le Nouvel Observateur-, se trata de países en los que hay una sola etnia y no hay base «para conflictos chovinistas». Y, sin embargo, está el problema de los gitanos que son 700 000, de un total de 10 millones de húngaros. En Polonia, señala Claude-François Jullien, del mismo semanario francés, aparece un problema nuevo: el de ser católico después de la caída del régimen comunista. Las encuestas muestran que la Iglesia del Papa polaco ha bajado en las preferencias, del 83% en 1990 a 58% el mes pasado. Al mismo tiempo, el ejército logra mejores cuotas. Ya lo había previsto el ex primer ministro Mazowiecki: en marzo de 1990 expresó que, en adelante, «ser católico no sería algo natural», El semanario Tygodnik Powszecny precisa: «Ya no es el Papa de los derechos del hombre el que desembarca en Varsovia, sino el jefe de la Iglesia romana El futuro de la Iglesia se jugará en los próximos días» (los de la visita papal).

Claude Imbert, en Le Point, consagra un editorial al «nuevo desorden europeo». Al oeste, no aparece un principio federador, en tanto que al este, : las tendencias disolventes parecen prevalecer. No puede afirmarse -vistos los problemas occidentales -que los factores de desorden estén al oriente, concluye.

La misma revista dedica un extenso trabajo de investigación a la «batalla de Europa». Enemigo: Japón. Peligro: el «asesinato» de las industrias electrónica, automovilística e informática europeas. Marco Roche llama a la Sony «el nuevo príncipe de Gales», porque en ese país británico precisamente en Bridgend -la gigantesca empresa nipona iza su bandera azul, emplea a 2,200 lugareños, impone un sindicalismo desconocido en la tierra del laborismo, logra reducir el faltismo y patrocina a los legendarios equipos de rugby y futbol locales. Gales, concluye Roche, es «la primera geisha de Europa»: 41 empresas japonesas han sentado allí sus reales.

Vienen los musulmanes, vienen los japoneses, vienen los emigrantes del «imperio que estalló». No se sabe si todo cabrá en el pequeño frasco de Europa con sólo saberlo acomodar.

Ellas también vienen

Carla Stampa, en Epoca, dedica sus esfuerzos de reportera a la ciudad de Modena. «La ciudad de las mujeres», titula esa revista al texto. Y es que en aquella urbe, la alcaldesa Alfonsina Rinaldi «está revolucionando tiempos y horarios citadinos para hacer más llevadera la vida de las modenenses que trabajan fuera de casa (el 40 por ciento del total de mujeres, la tasa más alta de Italia) y, en consecuencia, la vida de los 179,000 habitantes de la ciudad».

Junto con la señora Rinaldi, el resto del staff de la municipalidad es mayoritariamente femenino: Mariangela Bastico, asesora de Salud, María Teresa Granati de Educación y Nadia Caselgrandi, responsable del proyecto que puede resumirse así: negocios abiertos hasta tarde, horarios muy flexibles de trabajo, servicios públicos de calidad suiza. Casi todos los trámites se pueden hacer por teléfono. Las oficinas públicas están obligadas a prestar así los servicios y en plazos muy breves: 24 horas para cualquier certificado municipal.

«La calidad total no la inventaron los hombres». dicen las modenenses, que dominan la vida social y económica de la urbe. Antonella Artioli dirige la mejor litografía, Deanna Rossi es la primera autoridad de los motorreductores Rossi, Tamara Valenti encabeza la «Cocina de Petronila», un exclusivo club gastronómico. Las modenenses ponen en marcha un nuevo modelo de uso del tiempo: una «revolución tecnológica» concluye Carla Stampa, mujer también, por cierto. Y los varones… a la oposición, si es que se atreven.

Gandhi y Mengistu

EL asesinato de Rajiv Gandhi y la fuga-caída del coronel Mengistu -en la India y Etiopía, respectivamente -ocupan a los periodistas europeos. La que fuera joya de la corona imperial inglesa parece destruir su propio mito de «país que no se parece a otro», escribe Marc Epstein en L’Express. «La India a la deriva», titula Le Point al reportaje al respecto de Oliver Weber, quien sostiene que la apuesta del hijo de la también asesinada Indira Gandhi era «la construcción de una nueva sociedad», que abandonara el lastre del modelo económico estatista. «Enemigos por millones», dice Bruno Philip en el mismo hebdomadario francés, al referirse al malogrado político indio, puesto que sus afanes modernizadores se toparon con todos los tabúes y todos los intereses de todas las etnias, religiones y castas que dividen a la India en compartimentos no sólo estancos sino hostiles: hindúes, musulmanes, sikhs, tamiles. Por eso, en Le Nouvel Observateur, François Sclosser se pregunta si la India podrá ser «más fuerte que sus demonios».

En cuanto al «Negus Rojo» de Etiopía, Le Point afirma que fue abandonado por los soviéticos, quienes dejaron en aquel país las manos libres a los norteamericanos. L’Express, por su parte, afirma que, terminada la dictadura de Mengistu, el problema capital es «la formación de un gobierno de unidad nacional, la amnistía para los dignatarios del antiguo régimen y, sobre todo, la aceptación de un referéndum sobre la autodeterminación de Eritrea». En este país, concluye Christian Hoche, «los Estados Unidos deberán demostrar que son los nuevos gendarmes del orden mundial, pues tienen la confianza de todas las partes y el apoyo de la Unión Soviética, extrañamente ausente de la negociación, y parecen dispuestos a sacar al país de sus ruinas». Con temor y temblor, el periodista avisa: «En Etiopía, lo peor es siempre posible». Y no se puede preveer si después de la caída de las estatuas de Haile Selassie y ahora de las de Lenin, este país, prototipo de la miseria y el hambre, sabrá encontrar el camino de salida. Todo está por hacerse. Y si no se hace todo, lo poco que queda se deshará.

Muerte y sólo muerte

Taurianova es un pueblecillo calabrés, en Italia, donde ha habido veintiocho asesinatos en dos semanas. Droga, vendetta y mafia -que allí se llama ‘ndrangheta -se mezclan con política e intereses poco claros. Epoca y Panorama dedican extensas notas al caso. La barbarie llega lejos: cuando menos uno de los asesinados fue decapitado en plena calle, después de ser balaceado. Las autoridades no pueden con la realidad. Los grupúsculos políticos de extrema derecha y de extrema izquierda, partidarios de la violencia, se mezclan en el asunto. Los detenidos salen de la cárcel porque no hay pruebas o porque los testigos enmudecen. La ley del silencio impone sus normas. En tanto, el presidente Francesco Cossiga y uno de los grandes patrones de la prensa, Eugenio Sclafari, protagonizan una querella personal que no por ser de guante blanco y corbata de seda es menos sangrienta: el político no resiste los embates del diario La Repúbblica, que acusa a aquél de «plegarse a la dictadura partidocrática». Dos Italias. O tal vez la misma de siempre, un poco más rica y mucho más injusta que antes.