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Lamento que el reportaje del número 161 de nexos sobre la frontera norte haya provocado que se desbordaran las iras, y lamento aún más que al Dr. Jorge Bustamante le hayan presionado hacia un deslinde público por lo que ahí se relata, ya que el texto es en su totalidad responsabilidad del autor, a pesar de lo que pudiera decir Foucault. Sin embargo, me parece saludable hacer un par de precisiones. Más allá de las muestras de afecto, el Dr. Bustamente se refiere en específico a dos aspectos del reportaje que le parecieron de «mala fe»: la estadística sobre el índice de desempleo en Tijuana y el asunto de la apertura de la presa Abelardo L. Rodríguez para desalojar por la fuerza a los pobladores de los asentamientos irregulares. El índice de desempleo en Tijuana no es un asunto fácil de determinar. La estadística que cito se encuentra en la página 13 de una publicación del propio Colegio de la Frontera Norte suscrita por José Manuel Valenzuela: «El Movimiento Urbano Popular en Tijuana. Reconstrucción testimonial». Parece, en efecto, muy alto y quizás es una suma de desempleo y subempleo para dar fuerza al argumento de Valenzuela sobre las condiciones de pobreza de los pobladores de las cartolandias en Tijuana. El párrafo de donde extraje la cifra dice: «En Tijuana, con un 28.7% de la población desempleada, la problemática trasciende a las glorietas del paisaje. El Plan de Desarrollo Urbano de Tijuana señala que un considerable porcentaje del área urbana está en manos de una reducida población». En el año en que José Manuel Valenzuela aporta esta cifra, 1987, los indicadores seleccionados del departamento de Estudios Sociales de Banamex (México Social, 1988-89) nos dicen que el desempleo en Tijuana era apenas del 0.80 (pág. 283). La disparidad es evidente y requiere un conocimiento de cómo se elaboran estas estadísticas más allá de mi interés de brindar un panorama de la vida en Tijuana lo más apegado a lo que mi sensibilidad me permite. Curiosamente el otro punto, el del desalojo de los pobladores de la zona del Río Tijuana, también fue extraído del texto de Valenzuela que hace una sorprendente reconstrucción testimonial del hecho. Cuando lo visité en el Colef (siento mucho no haber conocido al Dr. Bustamante en persona ya que sólo pude hablar con él por teléfono y, desde Indiana, tuvo la amabilidad de darme un par de nombres de investigadores fronterizos), fue de lo primero que me habló y, a raíz de que existía un ánimo generalizado entre la gente que conocí en Playas de Tijuana por no hablar de este suceso, me pareció importante, siguiendo el método de sacar a flote los miedos de los mexicanos para empezar a resolverlos, incluirlo en el reportaje. Si los ahogados en Cartolandia fueron suicidas y desoyeron los avisos del gobierno, eso nunca lo sabremos con certeza porque están sepultados en algún lugar de San Diego. Es sano dejarlos descansar en paz, pero lo innegable es que en Tijuana existe, junto con la prosperidad y vitalidad, un penoso problema de vivienda para todos aquellos mexicanos que emigran en busca de un futuro. No quisiera acabar estas precisiones sin antes referirme al tono del deslinde del Dr. Bustamante. El reportaje en cuestión no tiene más pretensiones que brindarle a los lectores de nexos un diario de viaje. Está, por ello, «ensamblado» mediante impresiones, escenas y manchones de realidad y tiende a buscar los patios traseros y las callejuelas oscuras de una modernidad mexicana tan necesitada de luz y transparencia democrática. No hay «mala fe». En otro lado, Carlos Monsiváis- ha hablado de las condiciones para el debate democrático entre verdades encontradas. Entre ellas se encuentra una que me parece que viene al caso recordar: no descalificar antes de debatir. En México hay un miedo casi ontológico al invasor, a la «ocupación del terruño propio» y ello se extiende al mundo simbólico: lo ajeno ensucia, la diferencia no se asume como pluralidad sino como desintegración, es una amenaza. El problema no es trivial porque es herencia no resuelta de nuestro pasado colonial: el conjunto social es un orden jerarquizado dado de antemano, los individuos no se producen en él con el juego de los reconocimientos, sino que se someten o se destruyen. Si seguimos transitando por esa vía, nuestra modernización económica se quedará nuevamente sin correlatos culturales y la democracia no será sino una posibilidad perdida.