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El sol veraniego caía radiante sobre la Isla del Padre, Texas, el destino vacacional regiomontano por excelencia, y Mariana Rodríguez, empresaria, rescatista de perros y la influencer más destacada de Nuevo León, aprovechaba unos días para descansar. Divertida, dejaba que los hijos de sus amigos le pintaran el pelo y las uñas, tareas generalmente confiadas sólo a los profesionales del salón de belleza. Por las tardes, cuando salía a asolearse en la playa frente al condominio en el que se alojaba, sus aretes y anillos brillaban y su pareo era del largo preciso para no mojarse con las olas. Las vacaciones eran bien merecidas entre otras cosas porque su esposo, Samuel García, acababa de resultar electo gobernador de Nuevo León con una campaña en la que ella participó asiduamente, y que transmitió durante meses a sus casi 2 millones de seguidores en Instagram. La joven de 26 años parecía la encarnación de la belleza y la felicidad, un emblema del éxito.

Y, de pronto, el clima se estropeó. El 18 de julio, lluvias y ventarrones llegaron de la mano con el anuncio de que el Instituto Nacional Electoral (INE) había resuelto multar a García por el uso de las redes sociales de su esposa durante la elección de 2021. Ese par de días nublados, estuvo atenta a sus dos celulares, aún más que de costumbre. A través de su cuenta de Instagram, declaró sentirse ofendida por la resolución. Retransmitió los reclamos al INE que hicieron distintos miembros del partido Movimiento Ciudadano (MC), al que pertenece el gobernador electo; también los mensajes de sus fans que hacían eco del argumento de que la multa no sólo era injusta, sino que la decisión no reconocía la autonomía de Mariana, la autenticidad de su matrimonio con Samuel y su rol como promotora de pequeños y medianos empresarios. Roberto Lee, el creador de las bebidas alcohólicas FourLoko, aseguró vía Instagram que, desde que la conoce, Mariana “ha sido una mujer independiente, emprendedora, con una voz libre que retumba en muchas mujeres mexicanas”. Por su parte, la joven describió la multa como violencia política contra la mujer. Me están “cosificando”, dijo en sus redes. Y anunció: “Vamos a impugnar esta decisión y voy a dar la batalla por todas las mujeres. Nadie nos va a callar, y menos por ser mujeres exitosas”.

Era la primera vez que Mariana hacía suyo ese lenguaje. La afirmación desentonaba con la mujer que muchos —sobre todo desde la capital del país— creían sumisa y subordinada a los deseos de su esposo tras el incidente de agosto de 2020 en el que Samuel la regañó por “enseñar mucha pierna” durante una videollamada. Mariana estaba enferma de covid y llevaba días transmitiendo por Instagram los cuidados de su esposo: las opciones de pijama que le ofrecía, los globos con los que había decorado el balcón para celebrar sus 25 años, los platillos que le llevaba al cuarto en el que estaba aislada. Esa noche, mientras comían costillas barbecue, él le recordó que se había casado con ella “pa’ mí, no pa’ que andes enseñando”.

El reclamo era raro, considerando que hay infinidad de fotos de Mariana usando bikini a la vista de cualquiera que le dedique cinco minutos a scrollear su Instagram. Para ese momento su cuenta ya tenía más de un millón de seguidores atentos a sus stories —videos de Instagram que por lo general desaparecen después de 24 horas— probándose ropa, haciendo ejercicio, jugando con sus perros y promoviendo productos de belleza y cuidado. Pero lo más raro de todo, quizás, era que en la escena se asomaban enojo y desconcierto en una pareja que había acostumbrado a su público a verlos constantemente felices y sonriendo. Y constantemente significa diario, en decenas de pequeños videos que capturan sus interacciones cotidianas en casa, con amigos y en eventos públicos.

El desencuentro parecía salirse del guión. Artículos en medios y usuarios de redes sociales “defendieron” a Mariana (las comillas las dibuja ella en el aire cuando le pregunto sobre el evento). Samuel pidió perdón en un vídeo público, y ella no dijo nada más al respecto.

¿Sabía lo que estaba en juego? ¿Calculó el alcance que tendría su reacción en un momento en el que Samuel ya se perfilaba como candidato a gobernador? ¿Determinó esta experiencia la participación de la joven en la contienda electoral y su desafío a tantas de las reglas de lo conocido? ¿Qué tan deliberada, qué tan cauta, qué tan poderosa es Mariana Rodríguez?

Ilustración: Raquel Moreno

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Mariana me abre la puerta de su casa un domingo de agosto al mediodía. La sigo a la cocina, que acumula evidencia de una cena de la noche anterior, para que ella pueda meter uno a uno a sus cinco perros chihuahueños tras un corral. Me pregunta si quiero tomar algo. Samuel me saluda desde el comedor. Está vestido de traje, trabajando. “En esta casa se trabaja de lunes a domingo”, me dice ella sonriendo. Mientras se prepara un café, platicamos de la vista al valle de Monterrey, que esa mañana se ve particularmente prístina desde la altura de su casa; comparamos los veranos chilangos y regiomontanos (obviamente a favor del segundo) y me cuenta de un árbol que plantó hace unos meses en su jardín y que empieza a retoñar.

Nos acomodamos en un segundo comedor que hay bajando las escaleras. Yo veo hacia la alberca y Mariana se sienta a contraluz. Aprovechando la sana distancia que nos permite la enorme mesa de parota, decidimos hacer la entrevista sin cubrebocas para poder ver los gestos mutuos. La casa en la que vive la pareja desde su boda, en marzo de 2020, da la impresión de ser demasiado grande como para haber terminado de decorarla. La relación de la pareja tiene casi siete años de haber empezado, pero los padres de Mariana no la dejaban viajar con Samuel antes de casarse. Así, la experiencia de vivir juntos y compartir cotidianidades es reciente, y muy pronto se enfrentó al reto de la gubernatura de uno de los estados más importantes del país que, como me dice con sinceridad, “no es cualquier cosa”.

Nuestra entrevista dura casi dos horas. Ella contesta sin reparos todas las preguntas que le hago mientras ajusta la temperatura del aire acondicionado, que a veces resulta demasiado frío. A la mitad se disculpa para tomar una llamada del súper que le pide corroborar detalles de su pedido y que ella responde amablemente. No tiene asistentes. Es claro que le gusta hacer las cosas ella misma y a su manera.

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Mariana Rodríguez nació en 1995 y empezó a trabajar desde los nueve años. Esto es algo de lo que se congratula cada vez que habla de su éxito como empresaria y de la seguridad que le ha traído la autosuficiencia. Que la anécdota no le suene escandalosa considerando que el trabajo infantil en México es un problema serio —con más del 11 % de la población de 5 a 17 años en esa situación— se explica porque su primer trabajo consistió en venderle a sus familiares quequitos del HEB, pues sus padres le habían dicho que sólo así podría comprar el VHS del Grinch que quería.

Creció en San Pedro Garza, el municipio aledaño a Monterrey que tiene la distinción de ser la localidad con el más alto ingreso per cápita, no sólo de México, sino de toda América Latina. Su padre es ingeniero industrial y su madre mercadóloga de formación y maestra de Un curso de Milagros. Pese a la cómoda posición de su familia, le agradece a sus padres el haberle inculcado el valor del trabajo, a diferencia de la mayoría de sus amigos del Colegio Americano de Monterrey, una escuela de élite que se distingue por ser menos conservadora que otras instituciones parecidas en la ciudad. “De chica esa era mi queja constante”, me cuenta sobre la exigencias de sus padres comparadas con aquellas a las que se enfrentaban sus amigos. “Pero mis papás me decían ‘esa es una educación distinta’”. Mariana hacía sus tareas, era disciplinada en sus clases de baile y adoptó un “rol masculino” en su casa, preocupándose sobre todo por el bienestar de su familia: “No quiero que mis papás batallen en nada”. De su hermana, la más joven, me cuenta orgullosa que tiene varios negocios; de su hermano, que es como su papá: “Todo cool, cero conflictos”. A veces siente que le tiene que dar un “push”. Ella, en cambio, se parece a su mamá. “Las dos tenemos un carácter muy fuerte”.

A Mariana también la educó el modelo de industriosidad e innovación que las élites empresariales de Nuevo León han popularizado a través del Tecnológico de Monterrey, en donde ella estudió psicología organizacional y su esposo Samuel, derecho. Si bien es cierto que durante la campaña Mariana evitó posicionarse sobre asuntos políticos concretos, la excepción eran las pequeñas y medianas empresas, o pymes. A decir de una persona que colaboró de cerca con Movimiento Ciudadano en el estado durante esos meses, y que me pidió que no la nombrara, buena parte del electorado neoleonés comparte el interés de Mariana por los negocios y por un modelo “aspiracional” que supone que los empresarios, pequeños o grandes, son el motor de la economía y de la sociedad. Como me recuerda el amigo de la pareja, Daniel Acosta, fundador y director de Elige México —una asociación civil que organiza voluntarios para proyectos de “asistencialismo social”— y originario de la Ciudad de México, Nuevo León es una sociedad de productividad, eficiencia y “jale”, valores que Samuel y Mariana proyectan todos los días.

Pronto, Mariana se dio cuenta de que el trabajo como empleada no era para ella. Tras una pasantía de seis meses en Orange Investments, una firma de consultoría y desarrollo de bienes raíces, y otros seis meses contratada en el área de gestión y talento de Proeza, un grupo que reúne empresas dedicadas a las autopartes, alimentos, logística y servicios inmobiliarios —que no disfrutó pero que terminó porque su papá siempre “ha dicho que lo que empieza se termina”—, decidió crear su propio negocio. Primero vendió mochilas y camisas, aunque sin lograr que fueran productos tan populares y accesibles, según ha contado ella misma. Pero en Mar Cosmetics, su marca de maquillaje y el proyecto empresarial al que le tiene más cariño, el rímel que está perpetuamente agotado cuesta 299 pesos, un precio comparable al de marcas como Maybelline que se pueden encontrar en el súper.

La gestión y promoción de sus marcas, el marketing que hace de los productos de terceros y sus actividades al lado de Samuel implican que tenga que estar siempre disponible. Esto requiere de mucho tiempo y disciplina. Por eso, aunque sea católica y le dé “gracias a Dios” —por sus oportunidades, por su éxito, por la posibilidad de que ella y Samuel puedan “compaginar sus vidas”, y hasta por su metro setenta de altura— el verdadero culto de Mariana y Samuel es al “cinco a once”: trabajar de las cinco de la mañana a las once de la noche.

No queda claro si la pareja es consciente de que, para comprometerse con ese tipo de vida, se necesitan ciertas condiciones estructurales. Las estancias infantiles que han sido un tema nodal de la política de Samuel García desde el Senado a tono con la bancada de MC —y que la propia Mariana ha replicado— tendrán que ser las primeras del mundo con horario doblemente extendido si se espera que las mujeres neoleonesas con hijos emprendan bajo esas exigencias.

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Días después de que Samuel ganara las elecciones, Mariana se grabó a sí misma respondiendo a preguntas de sus fans sobre su participación en el nuevo gobierno: “La campaña me ayudó mucho a ver la realidad en la que está nuestro estado […] las necesidades y carencias que hay, que son muchísimas”. Durante esta sesión de preguntas y respuestas —una de tantas que les dedica a sus seguidores sobre distintos temas— alguien le hizo la pregunta en boca de todos desde que Samuel empezara a disputar el primer lugar de las encuestas en abril: “Mar, ¿qué opinas de que Samuel ganó por lo chingona que eres? [caritas con ojos de corazón]”. A medio reír, Mariana le respondió a su seguidora que, si bien ella se ha dedicado a apoyar constantemente a su esposo, Samuel ganó porque es “inteligente, está preparado y la gente quería un cambio”.

Tras el resultado de la elección, usuarios de redes y columnas de opinión aseguraron que la victoria de la gubernatura de Nuevo León le pertenecía a Mariana Rodríguez. Por lo menos, escribieron algunos, había que reconocer que con ella se “había creado” a Samuel. En redes sociales la gente ya le pedía cosas, entre otras, encontrarle un hogar a un perro rescatado, porque “por eso y más voté por ustedes”. Famosamente, Mariana rescató a una perra durante la campaña, algo que parece haberse vuelto tradición neoleonesa desde que El Bronco, el gobernador saliente del estado, adoptara al perro de una persona accidentada en el municipio de Montemorelos en 2019. El propio Samuel, quien desde la campaña había adquirido la costumbre de hablar en la primera persona del plural, le aseguró a su esposa en un discurso de victoria que iban a gobernar juntos. Cuando platicamos sobre la campaña, ella misma la describe como un trabajo en conjunto, con importantes implicaciones públicas: “Siento que logramos cambiarle la cara a la política; no fuimos la campaña tradicional y la gente lo vio”.

Los medios no tardaron en replicar en sus portales las declaraciones de Mariana sobre el nuevo gobierno. Retomaron el video, en que se le ve recostada en una almohada, recién despierta y sonriente, como dirario saluda a sus “chavacanos”, el apodo con el que se refiere a sus seguidores, pero que empezó a usar con sus alumnas cuando era maestra de baile, porque los papás se tomaban a mal que les dijera “cabezonas” de cariño. De hecho, la transmisión del “Q & A”, que empieza con ella en pijama y termina cuando ya está arreglada y lista para una cita, podría ser descrita como la auténtica “mañanera”, entre otras cosas por la perversa relación que los medios han establecido con la cuenta de Instagram de Mariana.

A sabiendas de los clics que conseguirán comentando cualquier cosa sobre la vida de la joven, los videos que ella comparte, pensados para ser efímeros, son transformados en conferencias de prensa. Este es el caso incluso cuando no se trata de temas de interés público. La primera vez que lo vimos fue cuando hizo un recuento de algunos eventos de su vida en 2019, entre ellas la pérdida de una chancla, y se volvió viral; la “noticia” le ganó 40 000 seguidores más. El pasado 30 de agosto, por ejemplo, varios portales serios, por ejemplo, Aristegui Noticias, reportaron la muerte de Pantera, la perra rescatada por Mariana durante la campaña, después de que el tema fuera tendencia todo el día anterior por el video en el que la joven compartió la noticia en pleno llanto.

Apariciones como esa desatan todo tipo de especulaciones con respecto a la autenticidad con la que se conduce Mariana. Los amigos de la pareja insisten en que la imagen que ella y su esposo proyectan en sus redes sociales no es el producto de un cálculo de mercadotecnia política, sino un reflejo espontáneo de sus personalidades. El empresario Daniel Acosta, autodescrito “samuelista”, insiste en que las imágenes del entusiasmo de la pareja son prueba fehaciente de la sinceridad de la relación y de su trabajo conjunto. Me asegura que muchas de las fotos de Mariana y Samuel que se volvieron emblemáticas durante la campaña por el gobierno de Nuevo León las tomó él mismo con su celular, sin que nadie posara: “Todo en ellos es auténtico”. Sobre Mariana en particular me dice que “no necesita estar frente a una cámara para derretirse frente a un niño o a un perro y quererlos ayudar”.

La respuesta de Mariana a la pregunta sobre su relevancia en el triunfo de Samuel hace eco de lo que dicen algunas mujeres que se integraron a Movimiento Ciudadano durante las últimas elecciones en calidad de candidatas no militantes, un esquema de participación que promueve este instituto político. Estas mujeres conceden que Mariana fue fundamental, pero insisten en que no deben olvidarse los méritos de Samuel. Tamara Ibarra, candidata ciudadana a diputada federal de MC, me cuenta que ella incluso se acostumbró a confrontar a los periodistas que la interrogaban sobre la pareja preguntándoles si estaban al tanto del historial legislativo de Samuel.

En cambio, Fátima López, abogada feminista independiente que se dedica a defender a mujeres que sufren violencia política, interpreta el rol de Mariana como una muestra más de la forma en la que los hombres se sirven de ellas para avanzar sus carreras políticas. López reconoce en Mariana muchas cualidades, vinculadas con ciertos estereotipos de género que son capitalizables en una campaña política: su atractivo físico, su simpatía, su renuencia a la confrontación. “Pese a los escándalos, Mariana siempre tenía likes”, me recuerda López. Paulina Millán, profesora de la Escuela de Humanidades y Educación del Tec de Monterrey que investiga sobre feminismo, medios y cultura, dice algo similar: el tono agradable, no abrumador y accesible de Mariana cumple con muchas expectativas de la feminidad tradicional. De allí una buena parte de su atractivo.

Cuando le pregunto a Mariana qué opina sobre esta impresión de que su imagen ha sido “usada”, ella es contundente: “A mí nadie me dijo ‘tienes que participar’. Y creo que si me lo hubieran pedido, no hubiera querido. Soy muy contreras”.

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En la conversación pública Mariana despierta fascinación y morbo por igual. Desde sus primeras apariciones en los actos políticos de Samuel se especula sobre todo: su inteligencia, sus motivos y las consecuencias de su participación en la vida pública. Adeptos y críticos discuten la forma en que la pareja hace política, y en medio se cuelan comentarios misóginos, elitistas y chilangocéntricos. Pero, sobre todo, estas conversaciones dan cuenta de las ideas y expectativas que tiene la gente sobre lo que es la política, quién debe participar en ella y cómo. Implícitas en las diversas actitudes frente al fenómeno de Mariana hay una serie de preguntas fundamentales sobre la cosa pública: ¿por qué alguien que ha probado tener éxito empresarial se metería a las dificultades mentales y físicas de hacer política? ¿Cómo es que nadie había mostrado antes ese entusiasmo por la gente? ¿Pueden las redes sociales distorsionar los procesos políticos? ¿Es buena idea mezclar democracia y marketing digital? ¿Me quedará tan bien como a ella ese tono de naranja?

Mariana es algo así como una prueba de Roschard: lo que cada quien ve en ella revela más sobre uno que sobre ella. O, en sus palabras: “Lo que te choca te checa”.

Aunque durante la campaña evitó dar detalles sobre su rol preciso en las actividades políticas de su esposo, Mariana siempre anunció que buscaría mezclar sus negocios con “el papel que le correspondiera”. Cuando le pregunté cómo concebía su rol en el nuevo gobierno, me contó que está interesada en muchos temas —los problemas de acceso al agua y sus consecuencias en la salud, el embarazo adolescente, la drogadicción, la salud mental, el medio ambiente y los animales—, por lo que había decidido que no quería restringirse a una sola dependencia. “Quiero tomar un rol no tradicional”, me dice. “No quiero encasillarme en el DIF sólo por ser la esposa de Samuel. Quiero seguir siendo Mariana Rodríguez, sin que me digan primera dama, ni nada de eso, porque ¿primera dama de qué o qué? No quiero perderme en temas de puestos, ni de fama”. Hace un par de días, tras semanas de dar la impresión de que sí asumiría la presidencia del DIF, se supo que tendrá su propia oficina, “Amar a Nuevo León”, de modo que pueda trabajar con distintas secretarías de gobierno.
En lo que sea que haga, tiene claro que quiere involucrar a la ciudadanía, porque “se necesitarán muchas manos”. Esta idea, que la joven ha repetido desde sus primeras declaraciones sobre el DIF, parece haber informado algunas de las iniciativas de Samuel durante el periodo de transición. Ahí está, por ejemplo, el programa “Apadrina una escuela”, que busca involucrar a la población neoleonesa en el rescate de las instalaciones abandonadas tras año y medio de pandemia, con donativos en dinero o trabajo, y al que la pareja ha destinando varios fines de semana, entre cortar el pasto, pintar paredes y arreglar bancas. Se trata de una forma de participación política común en Nuevo León, donde las élites empresariales son reconocidas por comprometerse con asuntos públicos por motu proprio. Visto de otro modo, sin embargo, que sea necesario movilizar a la ciudadanía para que done voluntariamente su tiempo y dinero sugiere cierta carencia de estructura estatal que pone en riesgo la sustentabilidad de las iniciativas. Al fin y al cabo, ¿por qué hace falta suplir la recaudación fiscal con donativos?

Pero para Mariana todo esto es nuevo. Reconoce que su comprensión de la política y su involucramiento en ella comenzaron a partir de su relación con Samuel. “Yo no sabía ni qué hace un diputado ni nada, porque en el colegio me memorizaba todo para pasar el examen pero no entendía”, me cuenta, remarcando su desconcierto con los hombros. Sin embargo, le fue “agarrando el gusto”. Descubrió que las conversaciones políticas que escuchaba en las cenas a las que acompañaba a su esposo eran fascinantes. Cuando llegó el momento de definir candidato para la gubernatura, me dice: “Me piqué definitivamente”. Le interesaron los procesos de alianzas y negociación. Después, durante la campaña, descubrió una realidad que desconocía. Se decidió a aprender y a involucrarse de lleno en el destino del estado pues, como les ha dicho a sus seguidores: “Somos muy, muy, muy buenos para señalar, pero no para actuar”.

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En su resolución sobre la multa a Samuel, el INE valuó las fotos y videos de Mariana durante la campaña en 27.8 millones de pesos, pues la esposa del candidato pasó meses acompañándolo a los municipios de Nuevo León y transmitiendo sus discursos, el trabajo del equipo y las juntas virtuales en las que participaba desde el coche. Tomadas en su conjunto, las publicaciones de Mariana probaban aquello que Samuel presumía: “Que vea la gente que soy el que está con ellos, platicando en la calle escuchando y no en zooms o en cuartos escondidos”. Mariana también se dedicó esos meses a pegar calcomanías en los coches de los motoristas de Nuevo León, logrando un porcentaje de éxito nueve veces superior al del resto del equipo de campaña, según reportó Latinus. En un estado de grandes avenidas, periféricos y carreteras, esto significó un verdadero esfuerzo por acercarse a las personas. La joven cambió sus tacones por unos tenis y de paso popularizó la frase que acabaría en los espectaculares de Movimiento Ciudadano: “Fosfo, fosfo”, en referencia al color naranja de sus zapatos y del partido de Samuel. Al final de la campaña era la gente la que iba a buscar a la pareja, y ella se prestaba a cuanta selfie le solicitaran. “Soy muy people person, entonces me motivaba mucho que la gente se emocionara al vernos”, recuerda en nuestra conversación.

Cuando le pregunto a los estrategas de la campaña sobre la decisión de integrar a Mariana, y qué tan calculada y dirigida fue su participación, me aseguran que el proceso fue una decisión de la pareja. Lejos de estar convencidos de que su participación traería apoyo instantáneo, la apuesta parecía riesgosa. Cuando la atención de todo el país se volvió hacia el segundo estado que gobernaría Movimiento Ciudadano, surgió el temor de que un error —por más nimio que fuera— pudiera revertir todo lo logrado. La propia Mariana recuerda haber escuchado cómo algunas personas le decían a Samuel enfrente de ella que no la metiera. Pero ellos dos hablaron una noche antes de dormir y ella le dijo que no quería estorbar, pero tampoco quería que él sintiera su ausencia. Fue entonces que Samuel le pidió que “lo acompañara en todo”.

Desde el triunfo electoral, Mariana ha capturado con su iPhone las caravanas de vacunación a Estados Unidos organizadas por Samuel, los anuncios de las iniciativas de su esposo y las reuniones con políticos de todo tipo. Gracias a ello, los pisos, techos, placas y mobiliarios del poder quedan a la vista de todos sus seguidores. Esta dinámica, que ya sucedía cuando Samuel era senador, se ha vuelto más intensa y los escenarios han aumentado en importancia. Ahora Mariana graba al joven político con Esteban Moctezuma en la Embajada de México en Estados Unidos, en la oficina de Washington D.C. del congresista de Texas, Henry Cuellar, y en la recepción de las llaves de la ciudad de Austin de las manos del alcalde, Steve Adler. Sólo le faltó acompañar a García a la junta con el presidente López Obrador, aunque ese día anunció temprano que le había dado la bendición para que le fuera muy bien.

Pero lejos de limitarse a transmitir los actos protocolarios, la cámara de Mariana humaniza el trabajo y la persona de Samuel. Deja ver al gobernador electo en el comedor de su casa, con una laptop abierta, en ropa casual, echando los brazos al aire mientras practica su discurso en un inglés a veces atropellado —del que ella misma se burla juguetonamente— la noche antes de viajar a Estados Unidos. Así, el gobernador es como cualquier otra persona que se pone nerviosa antes de una presentación importante. Y ella es su pareja que, “a diferencia de los otros políticos que esconden a sus familias”, como ha insistido Samuel, está siempre presente.

Por eso hay algo que no cuadra en el paralelismo que constantemente hacen algunos comentaristas políticos entre esta pareja y la del expresidente Enrique Peña Nieto y la actriz de Televisa, Angélica Rivera. A diferencia de éstos últimos, la relación de los jóvenes neoleoneses antecede la incursión de Samuel en la política y, si algo aseguran tanto quienes los conocen como quienes sólo los han visto de lejos, es que están muy enamorados. La misma mujer que trabajó con Movimiento Ciudadano en Nueva León, y que se confiesa escéptica de la figura del gobernador, me explica que la pareja “se ve tal como yo me veo ahora que conocí a mi novio”. Pero sobre todo, mientras Peña y Rivera dejaron de aparecer en público conforme avanzaba el sexenio —juntos y por separado—, la pareja neolonesa está expuesta todo el tiempo. Hasta ahora, sabemos en dónde se encuentran prácticamente en tiempo real.

Aunque haya quien asegure que sigue a Mariana sólo para “no perderse los videos de sus perritos”, lo cierto es que sus seguidores son cada vez más numerosos y que el contenido de su cuenta es cada vez más politizado. Este uso de las redes sociales preocupa a Paulina Millán, investigadora del Tec experta en medios. Me explica que este tipo de narrativa, si bien da cuenta de la actividad política, al ser tan constante, cierra la posibilidad de que el público considere sus efectos y riesgos y se acerque a la pareja de manera crítica. Millán reconoce que este uso de las redes sociales trasciende el caso de Samuel y Mariana y, como ha demostrado la polémica sobre el rol de las mismas en la campaña a la gubernatura, es algo que tendrá que ser regulado.

Al poco tiempo de empezar a usar las redes sociales en 2017, Mariana se dio cuenta del atractivo que tiene generar “intriga” en la gente. Quienes la seguían se quedaban picados con su cotidianidad, incluso frente a cosas tan absurdas como que sus papás no quisieran salir en la cámara cuando la entonces adolescente se grababa en su casa. Pero mientras su familia y amigos se burlaban de ella por grabarse a sí misma, ella estaba más concentrada en el hecho de que perfectos desconocidos reaccionaban a lo que ella compartía. “Yo veía que a la gente le importaba lo que hacía y decía”, me cuenta con fascinación. Hoy tiene muy clara su importancia. Tras “lo de la pierna”, como le dice ella al incidente de agosto, no le quedó ninguna duda del alcance que podía tener, recuerda haberse dicho a ella misma: “No manches la importancia que nos dieron”.

Pero Mariana también es consciente de que esta presencia en las redes sociales los ha hecho sujetos constantes de interpelación. “Y eso va a ser un riesgo”, me explica. “Es un arma de dos filos, porque nadie nos ha educado políticamente. Entonces la gente no sabe lo que hace un alcalde […] que hay ciertas tareas que no le corresponden a Samuel, y luego hay quien viene y nos las quiere sumar porque nos tienen aquí, a través de un mensaje. No es como que vas a ir al palacio de gobierno a hacer una cita, a ver quién te atiende, como a lo mejor se hacía hace seis años. Puede ser peligroso que la gente nos sienta tan cerca para exigirnos tanto, pero yo también lo veo como algo positivo: no te va a dejar perderte nada, ni lo más mínimo, porque todo se sabe […] tenemos esa presión, tenemos esa esperanza”.

Aún está por verse si este uso de las redes sociales efectivamente se traducirá en contacto con las necesidades de los votantes, rendición de cuentas o democratización de los diálogos. Pero la reflexión de Mariana sobre esta forma de comunicación con los ciudadanos es pertinente, en especial considerando que Nuevo León es uno de los tres estados más conectados de México y que su población tiene el mayor porcentaje de uso de redes sociales del país.

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No es fácil hacer que el ideal del sueño del emprendedor exitoso esté a la mano de cualquiera parezca verosímil. La franqueza es clave. En el caso de Mariana esto ha implicado compartir cada vez más y más detalles sobre su vida, manteniendo un delicado balance entre mostrarse consciente de su privilegio y orgullosa de su esfuerzo. Así, aparece en su Instagram sudando tras rutinas de ejercicio o llorando después de días emotivos. También comparte fotos de cómo eran sus dientes antes de ser arreglados y blanqueados. En un highlight —un video de Instagram, por lo general temporal, que el dueño de una cuenta puede guardar para la posteridad— en el que aparece con manchas de crema en la cara, asegura que seguirá siendo “auténtica”, sin permitir que le afecte lo que la gente piense que debe hacer y decir como esposa de Samuel.

Es una gran comunicadora. Es simpática, ligera y ágil. Frente a las cámaras se ve cómoda. Su capacidad para hablar durante largo tiempo sin titubear es verdaderamente notoria. Samuel se entrenó en un noticiero infantil y tomó clases de oratoria, pero Mariana ha adquirido la habilidad tras años de ponerse a prueba: detrás de la cámara de su celular, en conferencias sobre emprendimiento y ahora participando en medios. “Me sigue dando nervios”, me cuenta, pero eso pasa “cuando no conoces del tema del que vas a hablar”. Por eso, ella sabe que debe seguir aprendiendo y preparándose.

Esta sinceridad y esta manera de entablar confianza rápidamente son parte de su éxito, y Mariana las atesora mucho. Es algo que le asusta perder, porque ella quiere seguir siendo “Mariana Rodríguez”: el ser que es al mismo tiempo “inspirador y auténtico”, según la describe su amigo Daniel Acosta. Al grabarse diariamente maquillándose con sus productos, compartiendo recetas que ella misma cocina y sus outfits con ropa de Zara, la influencer promueve con mucha naturalidad la impresión de que cualquiera podría verse como ella, comer lo que come, arreglarse las puntas con su estilista, contratar al florista de su boda y al pintor que se encargó de los tonos brillantes de las paredes de su casa. Pero sobre todo: cualquiera podría triunfar como ella. Por eso, desde hace años organiza un bazar de marcas locales que en su última edición tuvo 22 000 asistentes. Para emprender, repite, sólo hace falta “desayunar, comer y cenar tu proyecto”.

Sin embargo, al preguntarle por su vida, Mariana se detiene, casi sin notarlo, en los detalles que parecen haberla distinguido siempre de su contexto inmediato. Me da la impresión de que esta ha sido una revelación reciente, a la que ella aún está dándole forma narrativa. “Siempre viví con prisa”, me cuenta, y aunque eso ya no le angustia, le ha sido muy difícil aprender a disfrutar de los procesos sin sentir que la vida se le escapa. También se siente muy distinta a su generación, a la que percibe como desconectada de la realidad política y sin drive —una palabra muy tejana que significa algo así como “ambición” o “impulso”— para “hacer cosas”. Cuando ve a amigos cuyos papás son CEOs de empresas muy importantes, piensa: “Si fuera mi situación yo estaría trabajando para tomar su lugar en algún momento”. Tuvo un desencuentro con sus amigas de la preparatoria porque no podía ir a todas las reuniones semanales. “Yo no iba porque me tenía que levantar a las 5:00 am a hacer ejercicio, porque tenía que hacer tarea, o porque terminaba el día muerta”. Como consecuencia, la sacaron del grupo de Whatsapp. Desde entonces, aunque ya perdonó a esas amigas —“porque yo soy muy de forgive and forget”— la mayoría de sus amigas son mujeres “diez o doce años” más grandes que ella, que están “cada quien en su rollo” y no exigen convivencia constante.

Esta aparente tensión entre Mariana y el ambiente en el que creció se refleja también en el amor que la regia siente por Ciudad de México. Aunque es muy feliz en Monterrey, me cuenta que ve a la capital del país “como el Nueva York de México”. Una ciudad “con demasiada chispa y diversidad”, en donde las personas viven a su aire, sin preocuparse por lo que opinen los demás. “Eso es lo que me gusta, que siento que la gente es más independiente en sus vidas”. Cuando vuelvo a escuchar esta parte de nuestra entrevista, recuerdo que durante nuestra conversación, en la que hablamos del pasado, pero también de sus expectativas sobre el futuro, Mariana no mencionó ni una sola vez los planes de tener hijos. En otras ocasiones ha dicho que quisiera que alguno de sus hijos fuera médico y otro pianista, y las redes sociales vieron la tristeza con la que compartió haber tenido un aborto espontáneo el año pasado. A mí no se me ocurre preguntarle al respecto, pero que ella no me lo haya dicho me hace pensar en que, quizás, durante nuestra entrevista no haya sentido esa “presión” con la que también identifica la vida en Monterrey; y que eso le haya dado la oportunidad de contarme cosas que en general no cuenta, entre otras razones porque nadie se las pregunta.

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Ya en abril de 2021 los partidos opositores a Movimiento Ciudadano denunciaron el uso político de las redes de Mariana. Le solicitaron al INE que el valor monetario de las innovaciones que los seguidores de Mariana le enviaban a la influencer —o que le daban mientras ésta ponía estampas en los cruceros— y sobre los cuales la regia filmaba unboxings (un género de video, popular en las redes sociales, que consiste en sacar un producto de su empaque y mostrar cómo funciona) contaran como gastos de campaña. En respuesta, Mariana declaró que era imposible ponerle un precio a su persona y a su apoyo a Samuel. “Somos gente buena que quiere hacer cosas buenas”, dijo a sus seguidores. Y, haciendo eco del discurso de campaña de García, dijo que estaba comprometida con sacar a “la vieja política” de Nuevo León.

En vista de los antecedentes de los contrincantes de Samuel, este discurso pareció adquirir creciente legitimidad. El candidato de la alianza entre el PRI y el PRD era el exprocurador de Justicia del Estado, Adrián de la Garza, quien se vio envuelto en acusaciones de corrupción y de quien la policía española reportó en 2016 que sostenía vínculos con el narcotráfico. Por su parte, Fernando Larrazabal, el candidato del PAN, era alcalde de Monterrey cuando el crimen organizado quemó en 2011 el Casino Royale, dejando a 52 personas sin vida, y fue acusado de permitir irregularidades en las casas de apuestas de la ciudad. Finalmente estaba la candidata de Morena: Clara Luz Flores, alcaldesa de Escobedo y, para disgusto de muchos en el partido de López Obrador, militante del PRI hasta 2020. Durante la campaña, Samuel insistió sobre este punto, recordando el matrimonio de Flores con un líder priista histórico, Abel Guerra Garza —a quien García acusó de comprar un terreno municipal cuando ella era alcaldesa— y de quien en 2019 se filtró un famoso video en el que declaró: “La gente vota por Clara porque es mi esposa. En la mitad de las casas de Escobedo vas a encontrar mi foto”. Dicho todo esto, sin embargo, el vuelco de las fortunas de Samuel —quien arrancó la campaña en el cuarto lugar de las encuestas pero ganó la elección con el 36.7 % de los votos— no admite explicaciones fáciles. Basta con imaginar qué hubiera pasado si Clara Luz Flores, cuya popularidad por su gestión en Escobedo la había perfilado para convertirse en la primera gobernadora del noreste de México, no hubiese grabado el video en el que se entrevistó con Keith Raniere, líder de NXIVM, la secta que esclavizó sexualmente a decenas de mujeres en México y Estados Unidos, y a quien ella había asegurado no conocer.

Pero lo cierto —al menos eso parece desde el centro del país— es que en Nuevo León la vieja política desapareció hace mucho. El gobernador saliente, Jaime “el Bronco” Rodríguez, ganó como candidato independiente, un hecho inédito en la historia reciente del país. Lo que es más: lo logró haciendo campaña casi exclusivamente en redes sociales, “apostando por la comunicación individualizada” en oposición a quienes denominaba los “telecandidatos”. (Hoy en día, sin embargo, el Bronco es recordado menos por sus innovaciones en estrategia electoral que por la propuesta para atajar al crimen que llevó a la arena nacional cuando contendió por la presidencia en 2018: “Mocharle las manos a los que roben”.) Otro excéntrico famoso de la política regiomontana es Mauricio Fernández, antiguo alcalde de San Pedro Garza, quien logró reducir los homicidios en el municipio, aunque haciendo uso de información y medios cuestionables, según lo retrata el multipremiado documental del 2012, El Alcalde. Su sucesor, Miguel Treviño, es el primer alcalde independiente en el municipio y desde el día uno emprendió acciones que cuestionaban treinta años de gobiernos panistas. De hecho, feministas de Monterrey me aseguran que, pese a gobernar el municipio más conservador de la zona conurbada, es el alcalde con la agenda más progresista de todo Nuevo León.

La política neoleonesa, entonces, está en un momento de importantes reconfiguraciones. Al mismo tiempo, la dupla de Samuel y Mariana es en muchos sentidos una continuación de ciertas tendencias políticas reconocibles en el estado: por su independencia de los partidos políticos tradicionales, por su discurso regionalista, por sus ganas de separarse de la centralización de la política federal. Una prueba concreta del músculo local renovado que representa la pareja es el interés y la capacidad que ha demostrado tener Samuel —y en la que lo acompañan Mariana y su inglés con acento gringo— para dialogar con Estados Unidos. Sobre todo en la colaboración con el estado vecino de Texas, que ha empezado a tomar formas concretas con las caravanas que Samuel ha organizado para llevar a trabajadores neoleoneses a Laredo para recibir la vacuna contra el coronavirus. También dio el Grito de Independencia, en calidad de gobernador electo, en McAllen, la ciudad tejana fronteriza con Reynosa.

Es posible que muchos ciudadanos hayan quedado convencidos después de ver a Samuel y Mariana expuestos en las calles, trabajando y promoviendo la idea de que la movilidad social efectivamente está al alcance de todos. Pero la élite empresarial, que en Nuevo León es el último aval político, responde a sus propias lógicas que, entre otras cosas, pasan por lo simbólico. Roberta Garza, periodista regiomontana, me dice que la pareja también ha sabido cumplir con estas expectativas: “Samuel sale en las fotos con Fernando Elizondo [un reconocido político expanista proveniente de una importante familia política y empresarial en Nuevo León], con los líderes de las cámaras, y los empresarios hablan bien de él. Le tienen fé”. En general, los regios tienen un estándar de eficiencia alto, me recuerda, y eso es algo a lo que no se le puede dar la vuelta: “Samuel y Mariana van a gastar una buena cantidad de recursos para verse bien, pero también van a tener que cumplir con estas exigencias […]. La campaña de vacunación es un ejemplo perfecto de ambas cosas”.

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Lo que sí es novedoso del “ponte Nuevo, Nuevo León” —el eslogan de campaña de García— es que éste se encarna en dos auténticos jóvenes: Samuel, de 33 años, y Mariana, de apenas 26. A diferencia del propio Elizondo, el último candidato de MC a la gubernatura del estado —quien se retiró de la contienda de 2012 a favor de el Bronco—, el partido apostó esta vez por dos novatos. Aunque un reclamo a Samuel en las redes sociales fuera “ponte a ser más senador y menos millenial”, lo cierto es que la estrategia de MC de integrar a jóvenes sin mayores antecedentes y sin otros vínculos con grupos políticos triunfó en Nuevo León. La apuesta por conservar este rostro de autonomía, manteniéndose al margen de la alianza opositora al gobierno, llevó a Movimiento Ciudadano a crecer más que ningún otro partido en las últimas elecciones.

Para Sofía Margarita Provencio, candidata ciudadana de MC en Coyoacán, Samuel y Mariana son muestra de que el partido ha avanzado a las juventudes con determinación, apostando por los medios que éstas usan, con personajes e identidades que hablan su idioma. El “mercado” —el término es de Provencio— de jóvenes de 14 o 15 años que empezarán a “consumir política” en los próximos cuatro años está en TikTok e Instagram, ya ni siquiera Facebook. Para un partido que logró posicionar su jingle en los antros de Polanco y Valle de Bravo hace una década, la apuesta por este par de jóvenes, en donde el “plus de Mariana” y su talento para comunicar y “amplificar” el mensaje de MC a través de medios novedosos, de algún modo parece natural.

Ese lenguaje de mercado aparece una y otra vez cuando se habla de Movimiento Ciudadano: Samuel es “quien ha posicionado la marca de Movimiento Ciudadano” en Nuevo León, me explica Juan Zavala, asesor de la dirigencia nacional del instituto político. “Yo aposté por esta marca, en la que sentía que podía avanzar mi agenda de género”, me dice otra joven del partido. Cuando pregunto sobre el uso de estos conceptos, colaboradores del partido me explican que la lógica es la de posicionar y darle una seña común a una agrupación que reúne perfiles muy variados en lugares muy disímiles. Los detractores, por otro lado, no dudan en calificar a Movimiento Ciudadano como un partido de franquicias que se hace de caudillos locales sin mayor estructura partidista.

La impresión de que el nuevo gobernador es un recién llegado que carece de mayor organización política local —dado el pequeño tamaño de su partido en Nuevo León y la división en el Congreso que le espera— es recurrente. De hecho, los miembros de MC en el estado parecen estar claramente divididos en cuestiones fundamentales: mientras que el diputado Horacio Tijerina se abstuvo de votar contra la reforma de 2019 a la Constitución del estado para proteger la vida desde la concepción, el recientemente electo alcalde de Monterrey, Luis Donaldo Colosio Riojas, ha defendido abiertamente el derecho a abortar. Esto ha dado pie a que se hable mucho de las diferencias entre la agenda que parece perfilar el alcalde electo y la que se puede esperar del gobierno del estado. Cuando pregunto cómo se concilia esta variedad de posturas con la agenda progresista que el partido pretende impulsar a nivel federal, Zavala me dice que MC es esencialmente un partido local, que responde a realidades diversas con prioridades, preferencias y agendas distintas, pero que conforme los gobernantes hagan suyas ciertas cuestiones fundamentales para el partido —como la paridad de género, que Samuel ya anunció en su gabinete, entre otras cosas “que los medios no han recogido”— MC los acompañará. Sin embargo, admite que las diferencias que existen entre el electorado local que les ha dado el voto y el electorado federal al que el partido aspira a representar serán un problema con el que tendrán que lidiar en el futuro.

A su manera, Mariana me dice algo similar. Ella se da cuenta de que la agenda liberal de ciertos grupos de MC difiere mucho de las expectativas del electorado neoleonés, pero no está segura de que esta diferencia signifique que ella no deba tomar postura sobre ciertas cosas. Sin hablar concretamente de ningún tema, pero reconociendo que la agenda de MC en la Ciudad de México se trata de “la legalización de la marihuana, el aborto y los derechos LGBT”, me dice honestamente: “Es bien difícil ese conflicto. No me puedo hacer a un lado porque yo no lo viva, pero yo no sé si tengo que estar públicamente a favor de [ciertas cosas]”. Sabe que en Nuevo León no sería bien visto que ella se manifestara sobre algunas de las causas que el partido de su esposo ha hecho suyas en otras partes del país, pero “no puedo hacer como que no existen”.

Este es un dilema real, pues Samuel y Mariana han dejado de ser figuras meramente locales. Acosta me dice con determinación: “Hoy son internacionales”. Tal vez la apreciación sea exagerada, pero lo que es innegable es que la pareja ha logrado trascender el reconocimiento de los votantes de Nuevo León. La hija de 14 años de la abogada Fátima López los conoce bien, y no por que su madre haya hablado del tema en decenas de foros sobre mujeres y participación política, sino porque son “la cute couple de TikTok” que puso de moda una canción que Mariana misma cantaba —porque también sabe cantar— con coreografía incluida. Por su parte, la periodista Roberta Garza está segura de que la vida política de Samuel y Mariana no se agotará en Nuevo León. Lo que está en juego, me dice, será el rumbo que tome su lenguaje, en especial si la pareja pretende hablarle al resto del país para eventualmente aspirar a la presidencia. ¿Qué será lo que exigirán en términos de agenda esos millones de votantes jóvenes que, en los próximos seis años, esperarán su primera credencial de elector mientras se hacen una idea del mundo a través de sus redes sociales?

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Mariana ha dicho públicamente que a Samuel no le gustó cuando ella empezó “con esto de compartir mi vida” en las redes sociales, lo que resultó en que terminaran su relación por un tiempo. Desde entonces, además de acordar no meterse en las decisiones laborales del otro, Samuel se ha familiarizado con el uso de estas plataformas. Entre marzo de 2019 y diciembre de 2020 produjo “La carnita asada con Samuel García”, un programa en YouTube en el que entrevistaba a empresarios neoleoneses. En el quinto episodio, con la propia Mariana como invitada, Samuel admitió haber pecado de macho cuando ella empezó a tener tanta visibilidad.

Ella, en cambio, cuenta ese momento como un obstáculo más a vencer en el camino del éxito. Hasta la confrontación con el INE, Mariana no había narrado sus adversidades como resultado de los prejuicios y taras estructurales a las que se enfrentan las mujeres en el espacio público, incluso cuando provienen de posiciones privilegiadas. Tiene muy claro que el “tema de poner a la mujer en alto es responsabilidad de nosotras mismas”.

A propósito del episodio de “la pierna”, Mariana me cuenta que las reacciones inmediatas, de aquellos que estaban entre las 14 000 personas conectadas en vivo viendo a la pareja cenar, fueron muy livianas: “No seas celoso”, le decían a Samuel. Sin embargo, ella previó que el problema crecería —“yo sé medir los problemas públicos”— y las respuestas de las mujeres la decepcionaron. “Me hubiera gustado que me escribieran en privado y así me dieran las sugerencias que fueran […] pero me hicieron ver como la vieja mantenida que sólo está en su casa y que no reacciona a lo que le dice el esposo, cuando yo siento que soy más que eso”. Reconoce que sí le molestó el comentario, sobre todo por la manera en que Samuel se lo dijo. Insiste en que no lo quiere justificar, pues sabe que fue un error —peor aún: un error con acento norteño, “que suena más fuerte” y “malamente, un error público”.

La colectiva de Monterrey Mujeres+Mujeres, que exige la eliminación del machismo en el discurso público, le dio a Samuel cinco puntos en su “machitómetro” por el comentario. Jorge Álvarez Máynez, secretario general de Movimiento Ciudadano, condenó el comentario y señaló en Twitter que buena parte de la violencia de género se esconde en el humor. El entonces candidato le respondió: “De acuerdo, las bromas machistas son una mala costumbre que tenemos muchos hombres y que nos tenemos que quitar. Ya me disculpé con Mariana y agradezco que me señalen este tipo de actitudes. No son correctas y tienen que parar”. Pero Mariana tiene muy claro que “un hombre machista no podría con una mujer como yo. Yo soy independiente, soy una mujer que trabaja. No me considero una mujer sumisa en ningún sentido. Y un hombre machista no podría verme brillar, acompañarme en mis proyectos cuando me toca a mí”.

En cualquier caso, la presión de género que rodea a Mariana no es menor. En Instagram sobran los comentarios inquisitivos sobre su apariencia: si aparece con una blusa holgada, la gente especula si está embarazada; sobre la foto que se toma en el Mall de Washington D.C, la gente cuestiona su elección de zapatos. Ella dice que no tomarse a pecho las críticas es una de sus “áreas de oportunidad”. Cabe apuntar, sin embargo, que este tipo de críticas misóginas no sólo las recibe Mariana, sino también figuras como la secretaria de Economía, Tatiana Cloutier, o Claudia Sheinmbaum, jefa de Gobierno de Ciudad de México, a quienes se les parece cuestionar su capacidad de gobernar a partir de la elección de su vestimenta, cosa que no pasa con sus pares hombres. Se sabe: las mujeres suelen pagar cara su independencia en la política.

En ese mismo sentido, el matrimonio es uno de los temas en disputa cuando se trata de discernir la fórmula pública de Samuel y Mariana. A ojos de Roberta Garza, la dupla debe entenderse en función de los roles de género de la realidad sampetrina, mismos que siguen constriñendo incluso a las generaciones más jóvenes. Se trata de una cultura llena de códigos no escritos, entre ellos la costumbre de decirle a las mujeres “desde los seis años, con quién te tienes que juntar para casarte con su hermano mayor”. Para Garza, estas exigencias implican que las mujeres piensen “a mil por hora” cómo obedecer un canon lleno de tensiones: “Soy moderna, pero no tanto; trabajo, pero hasta aquí”. La periodista no duda que Mariana sea su propia mujer, pero sin posibilidades de aspirar a un proyecto político propio: “En Monterrey tienes que atenerte a las expectativas de la domesticidad y la familia, puedes emprender otros proyectos, pero siempre en tu tiempo libre”. La señal de una mujer exitosa en la cultura regia, a decir de Garza, se cifra en eso: en apoyar al marido y no ser amenazante.

Por su parte, Fátima López, fundadora y coordinadora nacional de la red de Abogadas Violeta, habla de las formas en que Mariana parece desafiar algunas reglas de género, con un “carisma real” que “limita o ignora” a Samuel de muchas formas. Esto ha puesto en cuestión los prejuicios de algunas feministas chilangas de MC, según lo cuentan ellas mismas. Sofía Margarita Provencio recuerda que, antes del revuelo que causó en Ciudad de México el reclamo por mostrar la pierna, ella no seguía a Mariana. Sin embargo, se ha dado cuenta de que la esposa del candidato está lejos de ser una mujer sumisa: “Si hay una mujer empoderada en este momento en este país, es Mariana Rodríguez”. Para Tamara Ibarra, Mariana tiene el mismo poder que Samuel, aunque sea “desde otro lugar”.

Sin embargo, las feministas regiomontanas Paulina Millán e Iza María Sánchez, ambas profesoras del Tec, esperan más. Me explican que la idea del “empoderamiento femenino”, del que teóricas feministas han hecho críticas muy penitentes,1 es un lenguaje muy arraigado entre las regiomontanas. A decir de estas académicas, esta idea, que se concreta en el arquetipo de la “girl boss” —“chica jefa” o “niña patrona”—, se compagina con muchas características de la cultura del estado: la cercanía a Estados Unidos, el trabajo, el emprendedurismo de mujeres, para el cual incluso hay círculos de apoyo. Y añaden que este ideal de la mujer empoderada por el capitalismo ha sustituido las expectativas de la verdadera autonomía de las mujeres y hasta se podría decir que ha estorbado en el avance del movimiento feminista en Nuevo León. “El feminismo en el estado se ha circunscrito en lo general a buscar que las mujeres tengan el poder”, me explican.

Al final, su matrimonio con Samuel fue lo que le aseguró a Mariana la defensa del Tribunal Electoral del Estado de Nuevo León, el cual, frente a la sentencia del INE, aseguró que no se podía multar al candidato por el apoyo de su esposa, pues: “Tanto Samuel como Mariana decidieron formar un proyecto de vida en común, el cual se encuentra protegido tanto por el orden convencional como constitucional y [que], a su vez, se materializa a través de la institución jurídica consagrada en el Código Civil de Nuevo León conocida como matrimonio”. Hace un par de semanas, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación hizo eco del mismo argumento para revocar oficialmente la multa del INE.

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De la juventud en general se espera poco, salvo el vigor y la capacidad de tropezar y aprender. Un arma fundamental que tienen Samuel y Mariana es su energía, su capacidad de trabajo y su “frescura”. El senador Dante Delgado ha celebrado a Mariana como una joven con “talento, valor del trabajo y compromiso con la sociedad”. Y en efecto: la foto que tiene en su Instagram con ella es la única en la que el fundador de Movimiento Ciudadano aparece sólo con la pareja de un político del partido.

Pero no sólo eso, quienes la conocen por la campaña me aseguran: “Mariana sabe que no sabe y está dispuesta a aprender”. Parece haberse entusiasmado con una realidad que antes percibía lejana. “La tocó la calle”, me dice alguien que vio todo el desarrollo de la campaña. Visto de otro modo, Mariana experimentó algo que no tiene nada de extraordinario: la seducción real de la política que, sin embargo, es frecuentemente percibida como un mundo extraño, hasta de mal gusto.

“Nosotros hemos escogido a quienes nos gobiernan”, me dice. “Yo por ejemplo voté por el Bronco, entonces no me puedo quejar. Tenemos una exigencia muy grande a nuestros gobiernos, pero no nos queremos involucrar. Hay que involucrar a la gente lo más que se pueda”. La convicción de Mariana parece honesta. Ella incluso habla de un periodo de transformación: “Tengo un conflicto de ser la misma Mariana que fui antes de la campaña, después de haber visto tantas cosas en Nuevo León que yo no conocía. Me da culpa hacer comentarios tontos como grabarme aquí [en su terraza] con una taza de café y decir ‘amo la lluvia’ después de haber visto a gente a la que, con una gota y media, se les cae el techo; que viven al lado de un arrollo que, si se inunda, pierden todo”. Dice que quiere poder “reconocer sus errores, aprender de ellos, corregirlos y cambiar y evolucionar. Todos tenemos el derecho a hacerlo y yo lo quiero hacer públicamente. Espero que me den la oportunidad de hacerlo”.

Incluso ha empezado a repensar algunas decisiones de su vida. Me cuenta, por ejemplo, que ahora piensa que le hubiera gustado estudiar derecho. “A los 15 o 16 años tomé la decisión de estudiar psicología organizacional y no volví a cambiar la opinión”. Pero cuando empezó a salir con Samuel y su suegra le dijo: “Bienvenida a las comidas familiares de no entender nada y nada más mover la cabecita”, se dio cuenta de que le hubiera interesado saber, “pero no había ni un abogado en mi familia”.

Cuando le pregunto qué quisiera lograr ella en el sexenio que empieza, responde: “Quiero que la gente cambie su perspectiva del tema político, porque hemos sido defraudados”. Le gustaría que la gente se sienta “parte de, que conozcan, educarlos con peras y manzanas, porque así lo aprendí yo en las redes”. Para Mariana la pedagogía política es algo fundamental y que hace falta en el discurso público. Me cuenta que le insistía mucho a Samuel que explicara lo que se votaría en el Senado: “Explícale a la gente para qué sirve, cómo los va a impactar, qué es esa ley. Entre más expliques la gente más se identifica y más te pueden entender”. Este interés por aprender y enseñar se corresponde con el cariño que Mariana le tiene a la maestra del Americano que dejó el árbol genealógico de los Buendía expuesto en el salón durante todo el tiempo que leyeron Cien años de soledad, y que lo volvió su libro favorito.

Al mismo tiempo, sin embargo, Mariana sabe que Samuel no va a consultar sus decisiones de gobierno con ella. “A lo mejor me pide algún consejo, pero las decisiones las va a tomar él. El que sabe de temas políticos es él. El que se ha preparado es él”. Y de algún modo pide que la gente se acuerde de esto. Samuel García —y no Mariana Rodriguez— será quien gobierne el estado de Nuevo León.

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A los pocos días de la resolución del INE, Samuel alcanzó a Mariana a la Isla del Padre para “recargar pilas”. Reían con sus amigos, jugaban con los niños en el mar y se tomaban fotos con los connacionales que los reconocían. En una sombrilla a pocos metros de la que cubría a la pareja, un señor de unos sesenta años le contaba orgulloso a las mujeres que lo escuchaban que el día anterior se había tomado una foto con el próximo gobernador de Nuevo León. “Todo el mundo le pedía fotos a Mariana, entonces yo le pedí una a Samuel”, explicaba, sugiriendo que le había dado pena el joven político frente a la avasallante popularidad de su esposa.

Esos días, la joven pareja volvió a inundar las redes sociales. Una larga caminata que tomaron abrazados al atardecer sirvió para hacerse de más apoyo contra el árbitro electoral, posando frente a distintos celulares que más tarde subían las fotos con el hashtag #yotambiénledeboaMariana, burlándose de la multa del INE. Para ese momento ya había vuelto a salir el sol en la playa tejana y el mar azul brillaba. Samuel paseaba con su playera fosforescente; Mariana se deslizaba por la arena con su sonrisa contagiosa. Todo parecía calculado.

No había perros en la playa, pero de haberlos, Mariana se hubiera detenido a acariciarlos. Éstos, seguramente, habrían confirmado la frase atribuida a Sancho Panza que, varias semanas después, Mariana me cita con seguridad cuando me cuenta sobre su lectura de El Quijote durante la preparatoria: “Si ladran los perros es señal de que vas avanzando”.

 

Ana Sofía Rodríguez Everaert
Historiadora y editora


1 Ver: Marta Lamas, Dolor y política, Taurus, 2021.

 

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