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En su ensayo La salvación de lo bello, el pensador coreano Byung-Chul Han escribe que la belleza es apariencia, puesto que guarda en sí un carácter de opacidad y de ocultamiento. La belleza no puede ser develada y en cuanto más se exhibe, más desaparece. Chul Han es un filósofo de miscelánea, atento a los temas de actualidad y buen escritor, pero nada más; sus aserciones y su estilo periodístico lo hacen polémico y legible. Yo creo que el concepto de belleza es una aporía y, como Wittgenstein, preferiría seguir de largo ante palabras tan ampulosas, mas no sin decir que considero la belleza atracción, efecto, seducción e invitación al cautiverio. Ciertos escritores que crean belleza, digamos, me parecen hombres y mujeres de las cavernas. Por algún retorcido motivo me atrae esa vida que llevan, enconchados dentro de una ergástula, misántropos y temerosos de su propio oficio (es evidente que ya no resulta así en estos tiempos, pero no me refiero a los escritores de vitrina o aparador, sino a quienes lo son pese a ellos mismos). Walter Benjamin, en Iluminaciones, se refería a la bohemia y en especial a Baudelaire como un modelo de lo que se llamaría escribir en la cueva, en las grietas de la sociedad o en las raíces del horizonte negro. Cito a Baudelaire: “Si vuelvo a hallar la fuerza de tensión y la energía que he poseído algunas veces, haré que mi cólera respire por libros que provoquen horror. Quiero poner en contra mía a toda la raza humana. Sería esto un placer tan grande que me resarciría de todo”. Ya estoy más que acostumbrado a esta clase de intensidades, que encierran el empuje o impulso vital de cierta clase de espíritu. Cuando Cioran dice que las personas normales deberíamos odiar a media humanidad; o Céline despotrica contra los judíos; o Antonin Artaud llama puercos a los escritores que abandonan la vagancia creativa por intentar escribir y expresar exactamente lo que piensan; o Thomas Bernhard insulta al pueblo austriaco e inventa que la Cruz Roja ha decidido no recibir donaciones de sangre provenientes de ese país; o Simone Weil escribe: “No existe en absoluto ningún otro acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo”. Cuando leo a estos personajes singulares declarándole la guerra a todo o al mundo no me causan desprecio ni animadversión, y tomo muy en serio sus palabras y sus desplantes. Entonces pienso en la belleza proveniente de la maldad o el temor a vivir (Wittgenstein volvería a quejarse de esta manera de tratar la belleza y la maldad) y se me antoja la cueva, la grieta o, como la llamaba Peter Handke: el intersticio. Viéndolo de esta forma, la imagen de la cueva me parece un horizonte para la libertad. Se escribe desde la cueva y lo que le permite a uno la libertad es el lenguaje, la escritura. De los ordenadores a las cavernas.

Ilustración: Kathia Recio

Lévi-Strauss pensaba algo que se relaciona con la escritura y nuestro mundo, ambiente o entorno, y que podría yo describir del siguiente modo: sólo podemos prohibir aquello que nuestro vocabulario y nuestra gramática son lo suficientemente ricos para designar. La novela —y en general la ficción escrita— continúa siendo todavía un mito, pero un mito constructor de realidades alternativas, alejadas de lo concreto nauseabundo como lo es el deterioro ambiental, el abismo anacrónico entre ricos y pobres, el progreso técnico que humilla a las personas, reduciéndolas a operadores de lo que no conocen sino superficialmente. Los escritores que viven en cuevas (aun siendo ésta una metáfora) me causan simpatía; que continúen siendo incorrectos y malvados, que insistan en crear belleza desde su opacidad como seres humanos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor

 

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