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Es natural que cualquier término cambie conforme se modifican las sociedades y sus usos del lenguaje. Hoy ya no llamamos imbécil al que se diagnosticaba de tal manera en otros tiempos. Ni el yodo ni los desarrollos hormonales ni los asuntos cognitivos ni el horror de la medicina antigua o el prejuicio criminal deben seguir teniendo lugar. Sin embargo, la palabra prevalece. Cretinos, idiotas e imbéciles pasaron de ser sujetos de una descripción médica, que evidentemente contenía su dosis peyorativa, a ser simplemente un insulto. Incluso, cuando en lugar de nombrar al cretino ordinario se escribe sobre su cretinismo con el amparo de un ropaje sustantivo que permite describir no sólo las acciones. También, su conversión en doctrinas y fomentos por parte, a menudo, de un político o de un personaje famoso en la época donde la fama es cada vez más burda.

Ilustración: Jonathan Rosas

Sin embargo, aunque el uso de los términos haya cambiado, junto con las palabras siguen existiendo los idiotas, los cretinos y los imbéciles. Por crecimiento demográfico es válido suponer que día a día son exponencialmente más, lo que nos lleva a pensar el siglo XXI como el que cuenta con mayor número en la historia de la humanidad.

¿A quién es todavía adecuado llamarle de estas formas?

No hago la pregunta en los límites de la corrección política. Tengo que dar por sentado: nadie busca ofender condiciones particulares cuando se le tilda de enanismo intelectual a un funcionario público, más que por sus limitadas apreciaciones de la realidad o escasos resultados en su trabajo. Doy por sentado que el catálogo de la oligofrenia ha entrado en un afortunado desuso que le regaló al lenguaje los adjetivos junto con sus permisos para evitar cierta crueldad.

Si bien el quehacer político —en México como en todo el mundo— brinda una infinidad de posibilidades para describir el perfil de quienes se encuentran en posiciones de poder o de influencia, la pandemia, la crisis económica y de desempleo, la crisis de derechos humanos, etcétera, han exhibido como pocas situaciones las tres versiones.

Quizá sea momento de dejar de rechazar el insulto como parte del ejercicio dialéctico. La mezquindad, la indiferencia y la indolencia han quedado cortas para definir nuestros derredores. Es falso que en toda ocasión el insulto muestra la falta de argumentos. En más de un momento llega a convertirse en el eje toral del argumento mismo. De tal manera, es prudente pensar los usos del insulto, su origen y connotación. El insulto, al menos éstos, llegan a cobrar legitimidad según su contexto.

Al cretino, como al idiota o al imbécil moderno, no los situamos en el listado frenasténico, envuelto en sus arcaísmos anuladores de la dignidad. Por mera adecuación del lenguaje es imposible abandonar por completo sus raíces etimológicas, sociales o médicas. Rescatando el origen griego para describir al de “poca mente”, esa característica de escasez se refiere ya a la limitación para interpretar lo que rodea, a la falta de nociones de consecuencias o a una vocación reduccionista hacia cada elemento de la vida. Sobre todo, la pública y sus consecuencias en la privada.

Si anteriormente el escalafón de lo que se entendía como oligofrenias admitía para algunas definiciones en su lugar más alto al cretino, seguido por el idiota, y en su nivel más bajo al imbécil, es también prudente pensar cada una en el rango amplio de las imbecilidades. Así, el imbécil —que era el peldaño inferior de lo que se consideraba inteligencia— sirve de cobijo para las demás.

Los Cretinos, el libro de Roald Dahl, retrata una pareja de tal nombre y junto con las ilustraciones de Quentin Blake establece algunos rasgos de la acepción contemporánea. Los Cretinos, imbéciles sin duda, son astutos que pertenecen a ese espacio donde el coqueteo con la maldad lleva a negar la maldad en sí. Su suciedad y desapego al piso mínimo de convivencia funcional intenta —y por momentos consigue— hacer de la disfuncionalidad una forma de vivir. No ocultan su crueldad hacia los primates que tienen secuestrados, la humillación es su alimento constante mientras la animadversión su estrategia de seducción. Los Cretinos, ejemplos proverbiales del cretinismo, piensan sus acciones y sabiendo de sus consecuencias negativas se aprovechan de ellas. Son imbéciles no por ignorar los aspectos del mundo, como anteriormente se señaló al idiota: el ciudadano privado sin interés en lo público. Lo son por su estulticia a expensas del daño que provocan y su falta de reparo en él.

En Los Cretinos se lee una de las condiciones más emblemáticas que los separa de los otros niveles de imbecilidad. El cretino es arrogante, ni siquiera soberbio porque para serlo necesitaría algo de sustento y no su mera apariencia. Con la que se conforma y salta de orgullo.

Cortázar, en Rayuela, escribe de los cretinos convencidos en ejercicio petulante al escuchar la música de Armstrong y exagerar sobre él para ocultar su falta de conocimiento. Crecidos. Siempre arrogantes, como otros a los que llama cretinos incurables, cretinos empecinados, cretinos inimaginables, cretinos mierdosos y, “con eso y ser un cretino se explica todo a pelo”. El cretinismo forma parte de la argumentación. Es su marco conceptual. Desde él, lo que venga se encontrará inmerso en su estructura. A falta de conocimiento, de talento, el cretino se hace en la arrogancia. (Personalmente, con la soberbia tengo mucho menos problemas).

Por el mero ejercicio de su profesión, todo político es susceptible a ser nombrado entre los modos de la imbecilidad. Cuando estos ocupan algún puesto público, la susceptibilidad se convierte en parte de su función. La diferencia de jerarquías permite al ciudadano llamarle imbécil a un político mientras que, para éste, el empleo de ciertas palabras se encuentra absolutamente prohibido. Si le llamo cretino a un fiscal general a él no le pasa nada; en cambio, la ruta contraria me pone en riesgo por la diferencia de fuerzas.

En Iván, el idiota, aquel cuento de Tolstói en el que tres hermanos son seducidos por el diablo, dos de ellos construyen su camino a la ruina. A primera vista por codicia, pero, sobre todo, por no aceptar sus propios límites.

Vemos idiotas contemporáneos gracias a la vanidad desde la cual tanto medios como políticos asumen que cualquiera puede hablar de temas sin excepción. Nietzsche se refería a este tipo de imbecilidad, en la que se niega una condición natural: no es posible que lo sepamos todo y el imbécil será quien busca hacerlo.

A diferencia del cretino, el idiota no es necesariamente consciente de los efectos en sus acciones. Puede hacer mal sin siquiera notarlo y es capaz de imaginar bondades en su actuar o hablar. El idiota puede ser una persona mínimamente informada, aunque con dificultad para conectar las relaciones entre los objetos de la información. Es un convencido de que sabe y articula uno que otro argumento con apariencia de certezas, trastocando la lógica simple para erguirse en su propia lógica, casi siempre complaciente. Aquí radica su singularidad. Su inconsciencia sobre el bien y el mal navega entre la tergiversación de los principios morales en su acepción más primaria, con la que se rompen los códigos elementales y la coherencia social. Para el idiota, la miseria puede verse como lucha, la escasez de medicinas como abundancia, la derrota como triunfo. Puede saber qué es la miseria y qué la lucha, insiste en forzar su relación y no comprende los códigos de la realidad para hablar de ella. Es decir: como en el medioevo los idiotas eran quienes no podían leer las Escrituras, nuestros idiotas pueden ver la realidad, pero no cuentan con los parámetros para interpretarla.

En Los hermanos Karamázov, desde el padre a sus hijos, cada expresión de la imbecilidad se adivina en la familia. De vuelta al planteamiento de Nietzsche: todos, en cierto punto, somos limitados en algo. Fiódor, con su oportunismo, es un cretino consumado. Iván Karamázov y su hermano ilegítimo, Pável Smerdiakov, rompen el equilibrio admisible para mostrarse como perfectos idiotas. El primero, incapaz de definir y actuar bajo parámetros morales. El segundo, suicidándose tras conspirar contra su padre, para matarlo. Ambos, justifican su odio desde una lógica que los excluye de cualquier responsabilidad. Al idiota los complots le resultan evidentes y llenos de claridad.

Para el imbécil simple dejo de lado las referencias librescas. Si acaso, me rehúso a compararlo con el ingenuo ya que la ingenuidad pide un texto diferente. El imbécil, lo puede ser tanto que, a pesar de su necedad característica o su tontería, el mero exceso de torpeza no produce réditos para sí. Es comparsa funcional para los demás y su utilidad se da por oposición o reafirmación. Este tipo de imbécil, del que la vida pública está sobrepoblada, sirve para mostrar las cualidades, ya sean negativas o positivas del otro. Es reemplazable con uno más de su clase. Se trata de un vehículo fuera de lo moral, amorales precursores del ruido.

No resultará complicado encontrar ejemplo de cada uno en la vida política mexicana.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.

 

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