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Según las estadísticas, ayer fueron asesinadas en el país entre 80 y 90 personas, aunque acaso fuesen más. Las busco en la prensa, en cuatro o cinco periódicos de circulación nacional. No hay nada. Uno de ellos menciona el homicidio de un antiguo funcionario de seguridad, otro da cuenta de cuatro miembros de una familia que fueron asesinados en su domicilio, no constan los nombres. Y es todo. Quedan no sé cuántos, ochenta, ochenta y tantos homicidios de los que ni siquiera se da noticia —el espacio en la prensa hace falta para otras cosas que tienen más interés. Están por otra parte los muertos de la pandemia. Ésos aparecen en un recuadro cuyas cifras se actualizan diariamente: entre ayer y hoy han sido más de 900 muertos según la cuenta oficial. Desde luego que no hay nombres ni ningún otro dato ni nadie lo echa en falta; eso en realidad no es noticia tampoco.

No es necesario nada más, ninguna otra información para ver lo que le pasa a la sociedad mexicana hoy: eso es lo que le pasa.

El número de muertes por la violencia, por la enfermedad, es de magnitud demográfica. En la última década se ha reducido la esperanza de vida en varios años, en los últimos meses ha disminuido la edad promedio de la población mexicana. Es un cataclismo que aparecerá sin duda en los libros de historia, también en los textos de la primaria: estos años serán recordados como el tiempo de la gran mortandad, y todo lo demás va a ser irrelevante. En la prensa queda el registro de la extraña falta de empatía que se manifiesta en la conversación pública.

La violencia y la enfermedad se alimentan mutuamente: ambas demandan atención, recursos, ambas destruyen vínculos, entorpecen el funcionamiento de las instituciones. La violencia es el dato básico del orden social desde hace una década, eso es sabido —la clave muda de la política. Pero la enfermedad es también un asunto político. La biología del contagio, los efectos del virus sobre el organismo, son cosas que podemos dar por descontadas: son iguales en México y en Japón. Pero en su evolución, en sus consecuencias, en su significado, la epidemia es un hecho político: depende de qué decisiones se toman, cuántos recursos se emplean, qué tratamientos, qué orden de prioridades se adopta —y todo eso es político.

Es político también el modo de interpretar la epidemia. En todas partes hay siempre una organización moral del mundo, toda sociedad tiene un sistema forense para atribuir culpas cuando sucede una catástrofe: es parte de la materia prima de la política. Incluye a veces brujas, espíritus, pecados, vicios colectivos o hábitos de consumo. En este caso, en México no hay una explicación pública que sea suficiente para elaborar un dolor colectivo de ese tamaño. Ni de las muertes por la violencia ni de las muertes por la enfermedad. No es que sea imposible hacerlo: se explicó el diluvio universal, se explicó la peste negra en el siglo XIV, se explica el calentamiento global. No es que sea imposible, sino que se ha decidido no explicar. Hay algunas fórmulas que se repiten, frágiles, de caricatura, que sobre todo invitan a la resignación, y por eso la experiencia es la de un hundimiento imparable.

Son cientos de miles de muertos no sólo anónimos, sino desaparecidos: privados de la mínima ceremonia de respeto, de un funeral. Los cadáveres de la violencia no están: acaso en una morgue con una etiqueta sin nombre, en una fosa clandestina o en un basurero, no están para los suyos, son miles de familias que no han podido ni siquiera enterrar a sus muertos. Los fallecidos de la pandemia, miles de ellos, agonizaron aislados durante semanas y, al final, no se les pudo velar, acompañar, enterrar —por la prisa, por el miedo, porque eran demasiados. Es un dolor añadido para los vivos, un dolor que no tiene remedio posible. La muerte humana no es pura pérdida, es también vínculo o puede ser vínculo para una comunidad: eso hacen los rituales, permiten que los muertos nos acompañen. Algo de la condición humana ha cambiado cuando no es posible honrar a los difuntos.

Es una muerte que se llora en silencio, una muerte a la que se ha privado de sentido. La naturalidad casi indolente con que hablan de ello las autoridades, cuando hablan de ello, significa que han decidido trasladarlo todo al reino de la fatalidad —no tiene remedio, no significa nada. El relato en la prensa también se nos ha ido haciendo plano, gris, reiterativo e ininteligible a fuerza de ser trivial, no hay más que números que no se explican realmente: como si no hiciera falta explicarlos. Es imposible saber qué clase de comunidad puede formarse a partir de este vacío, pero es claro que algo se ha roto. El país de las declaraciones, el de los titulares de prensa, el de los discursos está cada vez más lejos del pequeño país fragmentado, oscuro, triste, que experimentamos todos los días, el país en que suceden las cosas: el hijo que falta, la madre, la abuela que faltan. No porque los discursos sean optimistas, sino porque pasan por alto lo que sucede.

Ilustración: Víctor Solís

Es algo muy elemental lo que ha cambiado —lo que empieza a cambiar en todo caso. Si vamos a lo más básico, la autoridad sirve para proteger de los grandes desastres, el resto es añadidura, adorno y confeti. Si no sirve para eso, no es autoridad, aunque multiplique las bolsas de confeti. Los juegos políticos con motivo de la pandemia: chistes, mentiras, alardes, acusaciones sólo dicen una profunda indiferencia, no de nadie en particular, sino del conjunto de la clase política. Y lo mismo pasa con la violencia. En muchas partes del país el gobierno se ha vuelto casi irrelevante como gobierno: se usa la ley si se puede, se aprovecha el valor agregado de la ilegalidad, se procura evitar al ejército, se contrata protección, pero realmente no se espera nada de las grandes declaraciones ni de los programas (es revelador que los varios grupos de profesionales de la violencia ofrezcan en los mensajes de sus mantas precisamente protección: ofrecen un sucedáneo del Estado).

Se ha dicho ya de muchos modos, en varias regiones del país la violencia estructura el orden social: las formas de producción, circulación, la generación de valor, las relaciones de vecindad, el orden urbano. Al cabo de un tiempo, y son ya más de quince años, las formas inmediatas de poder son las únicas que importan. El Estado carece de legitimidad, o tiene una muy precaria legitimidad, pero lo que importa es que al otro poder, al poder real no se le pide ningún título: el rasgo más ominoso de la crisis política es esa disolución moral del vínculo que constituye la autoridad —manda el que puede porque puede. El problema no es la ausencia del Estado en esos espacios, sino que el Estado (la idea, las leyes, los funcionarios, la fuerza pública) forma parte de ese otro orden, es decir, que el Estado como hecho es uno de los factores de un sistema predatorio —un sistema que no es una novedad absoluta, de hecho, es una forma habitual de organización del poder político en buena parte de África desde hace tiempo.

En los discursos, el Estado es cada día más pomposo; conforme pierde arraigo en las prácticas concretas de la vida cotidiana, intensifica su presencia retórica, busca la grandiosidad colorida, estridente y ridícula de las estampitas. Como experiencia concreta es cada vez más sórdido, mezquino, canalla: el Estado es la puerta cerrada de un hospital, la vacuna que no llega, el humor sectario, los cuerpos que terminan en la fosa común sin siquiera el ademán de fingir una investigación judicial.

Acaso el momento más revelador haya sido el de la catástrofe del metro de Ciudad de México: podría haber sido un caso ejemplar para reiterar el vínculo moral que constituye a la autoridad. El gobierno optó también por tomar distancia, ganar tiempo y atribuir la tragedia a la fatalidad. Anunció después, como si fuese un timbre de gloria, que contaba todavía con el voto de la resignación: el accidente no tendría consecuencias en las elecciones porque la gente sabe que esas cosas pasan. La violencia, el crimen, las desapariciones, la epidemia: esas cosas pasan. Así, en un perfecto impersonal, el que corresponde a la naturaleza. En ese momento, cuando los desastres no son cosa de los hombres, la política como tal, como política, ha perdido toda razón de ser: el Estado es un administrador distraído de la muerte, y para la clase política basta con que la gente no pida nada más.

La coincidencia de la larga estela de la violencia con la epidemia ha tenido un efecto devastador, imposible de apreciar todavía en su profundidad. La violencia se ha llevado en particular a los jóvenes, la epidemia se ha cebado sobre todo en los mayores: el efecto combinado de ambos procesos tiene que afectar al nexo generacional, no sabemos con qué consecuencias. En miles, decenas de miles de familias faltaron primero los jóvenes, hijos y nietos, ahora faltan también los mayores, y con eso la sociedad ha perdido una manera de anclarse en el tiempo.

Es imposible saber cómo será esta sociedad después del desastre, dentro de no sabemos cuántos años. Pero uno de los rostros de ese futuro se deja adivinar en las organizaciones de las madres buscadoras. El hecho solo de que existan, el hecho de que se organicen cientos de mujeres que buscan los restos de sus hijos en lotes baldíos, en el desierto, es testimonio de un horror para el que no tenemos palabras. La indiferencia hostil de las autoridades explica sobradamente lo que significan esas madres buscadoras —porque dan la medida exacta de la insignificancia del gobierno. La relación de las madres con el Estado supone una transformación radical del orden político: a las autoridades les piden si acaso unas palas para su búsqueda o algo de gasolina o tan sólo que no estorben, porque no se puede esperar otra cosa. Significa que al Estado no se le puede tener ningún respeto.

Esos nexos imaginarios, mágicos, son los que constituyen una comunidad humana: la trama de las generaciones, el vínculo moral de la autoridad, las claves del respeto, la confianza. La muerte, entre nosotros, ha arrasado con todo, antes con el entusiasmo beligerante de las autoridades, porque había que matar a los malos, mano dura, tolerancia cero, después con una indiferencia entre divertida y cínica: esas cosas pasan.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo

 

Un comentario en “La gran mortandad
2008-2021

  1. La pandemia también dejó huerfanos en una medida tal vez comparable a los primeros años del siglo XX cuando las expectativas de vida estaban lejos de las actuales.