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Llevamos tanto tiempo sin poder pensar en el presente como un lujo al que asirse para exorcizar el futuro, que sin duda trae consigo la vejez y sus corolarios, que a muchos de nosotros ya no nos queda más asidero que el generoso caudal del pasado. Por eso nos rodean los mensajes recordando la infancia como un paraíso perdido en el que los amigos bebíamos de la misma botella y amistábamos sin temor con cualquier desconocido; un mundo en el que la única restricción para vivir la calle era la anomalía de no querer salir. Eso que ahora ya nos parece tan sensato. Andábamos de un lugar a otro sin gel y sin caretas, durmiendo en casa de los primos o escondidos en el abrazo de los abuelos, como si en la cercanía de sus cuerpos cupiera el mejor futuro.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Para quienes estuvimos en el primer turno de las vacunas, el pasado es mucho más que la infancia. Recordamos la primera adolescencia como un abismo del que salimos triunfantes y, por lo mismo, urgidos de la segunda como el tiempo de los más inesperados, drásticos y sorprendentes sentimientos.

Yo en estos días, más que en la infancia, cuando cavilo o converso acudo a esos descubrimientos. Ya saben ustedes que dejar las previsibles promesas de mi provincia y llegar a esta ciudad que ya entonces parecía infinita y en la cual nadie quería saber mi heráldica ni dónde habían llegado mis antepasados, antes de tirarme besos y proponerme acertijos como lagartijas, me cambió el destino para bien.

“¿Qué quieres hacer?”. “Lo que tú quieras”.

No era raro meterse en una cama con alguien cuyo nombre acababas de oír y sin que importara si volverías a verlo. Era sólo como irse a la libertad de los viernes por la tarde, con 12 años y el peso de la mochila a punto de soltarse sobre la silla de la entrada a la casa en donde la dejábamos para volver a salir sabiendo que el sábado sería largo y el domingo podría terminar frente al lago.

“Ya es viernes” fue y sigue siendo un grito de guerra.

En mi segunda adolescencia, trajinando por las calles y la intrépida vida que me organizó esta ciudad, todos los días eran viernes y los frenéticos setenta no tenían más lunes que la universidad en el sur y el prematuro pero inevitable trabajo en las calles de Reforma y Bucareli. Alrededor estaba la libertad y la certeza de que ser una febril aunque incipiente feminista me daba el derecho y la obligación de cumplirle al destino como los hombres.

Con tan errática certidumbre me di permisos inusitados y en uno de ellos dejé de atesorar la virginidad como quien se quita de encima la rueda de un molino. La mochila de toda la semana soltada en el pretil del interminable viernes de esos tiempos. Después de tan asombrosa experiencia, no puedo decir que iluminada pero sí promisoria, pensé por primera vez en la necesidad de buscar un ginecólogo. Nadie me lo procuró en la adolescencia; no era entonces como ahora, aunque haya quien dice que nada ha cambiado, pero en esa primera disposición a probar lo que viniera con quien se atravesara de buen modo provocando las ganas de prolongar los besos, sí tuve el buen juicio de saber que tales juegos eran una cosa, y otra la barbaridad de que saliera un hijo de semejantes correrías.

Sin detenerme ni a preguntar derivé mi curiosidad al directorio médico de un hospital. Busqué ginecólogos. Por esas épocas no existían —o no se anunciaban como tales— especialistas en ayudar a prevenir un embarazo. Así que elegí al azar: ginecólogo X, piso X, consultorio X y llegada con toda formalidad a una cita. Dije mi nombre: Ángeles Mastretta. “¿Señora o señorita?”, me preguntaron. “Señora”, respondí con seriedad. “Entonces usted se llama Ángeles Mastretta de…”. “De nadie”, respondí. La secretaria era una mujer de apariencia bondadosa, algo inocente y rechoncha, como si llevara toda la vida sentada en esa silla atendiendo en esa recepción: “¿De nadie?”. “Qué pena me da, jovencita, pero fíjese usted que el doctor no recibe a señoras así”. “¿Así cómo?”. “Así sin que sean de alguien”.

No me enojé, tampoco me reí como hago siempre que lo recuerdo. Nada más busqué otro nombre en el directorio, hice otra cita y me presenté con la misma buena disposición. Ahí no me preguntaron de quién y entré a encontrarme con un médico muy solemne, de unos 50 años, que yo veía viejísimo y que empezando por mi edad hizo todo mi historial médico, sin dejar detalle inconcluso. Al terminar procedió a revisarme con cuidado y en compañía de una enfermera. Después volvimos a su escritorio. Dado que todo estaba bien, por fin llegamos a la profundidad de mi consulta. Los famosos y urgentes anticonceptivos. “¿Pero si usted me ha dicho que no está casada? De momento no tiene riesgo de embarazo”, dijo. “Pero sí hago el amor con frecuencia”, respondí sin más, ni por presumir ni por disculparme. “¿Como cuántas veces al mes?”, preguntó. “No muchas”, dije. “Sólo como tres veces a la semana”.

“¡Tres a la semana!”, dijo el pobre hombre pasándose la mano por la cabeza. “No entiendo, no entiendo. ¿Cómo pasa eso? Se ve usted tan… No juzgo, los médicos no juzgamos, pero yo creo que eso que usted hace no está para verse bien”.

No había mucho que discutir. “¿Me va a dar una receta?”, pregunté como si de él dependiera mi día a día. No pensé que, como pasa ahora, lo probable es que las píldoras estuvieran al otro lado de cualquier mostrador en cualquier farmacia y sin tanto trajín. Finalmente, sin dejar de sobarse la cabeza con la mano izquierda, me dio la receta pero no se calló los consejos. Los oí con una paciencia impávida y le agradecí su preocupación.

Antes de dar con una ginecóloga en sus cabales dispuesta incluso no sólo a proveer métodos, sino a acompañar en contratiempos, todavía pasé por otros merolicos.

Contándoselo a mi hija recordé a uno a quien le parecieron muy bien mis consignas liberales y las oyó casi con efervescencia. Luego procedimos a la inevitable auscultación en pos de algún motivo para una perseverante cistitis. Tras ver abajo subió a buscar con extrema tenacidad algún montículo raro en alguno de mis pechos. Afirmó que notaba algo raro y me dijo que necesitaba asegurarse mejor con los dos de pie, él recargado sobre el frente de su escritorio y yo dándole la espalda, pero al alcance de sus dedos, viendo hacia adelante con una suerte de interés médico y metafísico mientras en su condición de inspector el galeno me sobaba con manos cavilosas, pegando su cuerpo al mío con interés, sin duda, en encontrar las bolitas que eran entonces mis pechos respingados, durante el tiempo que le hubiera robado tomarse un whisky. Supongo que después de eso me recetó Pyridium, Macrodantina y, gracias, buenas tardes. ¿Pueden ustedes creer que pagué la consulta y me fui a seguir con el día? “Si he ser pendeja”, me dije en voz alta. “Esto que hizo el tipo éste fue masturbarse a mis costillas. Y yo tan vivida y tan libre y tan blablablá que me siento, no tengo ni modo de reprochárselo. Sí que soy pendeja”, volví a decirme. Y sí que lo que era.

Como si nada, a la mañana siguiente salí a la siempre asombrosa rutina. Cada día se trataba de resolver un enigma.

Le he contado todo esto a mi hija que está plácidamente embarazada y pasó la tarde oyéndome con un pasmo entre furioso y sonriente. Lo segundo sólo para darme gusto, porque si de ella dependiera y ellos vivieran, estaría buscándolos tras sus escritorios color nogal para condenarlos a la horca.

Su doctor es el hijo de un hombre sabio y bueno que conocimos en el hospital de perinatología y seguimos con él a donde fuera. El querido y respetuoso doctor Zaldívar. Reivindicador de su noble profesión. Maestro de la joven mujer que ahora vigila ese lugar mío que antes llamaban “la caja de los niños” y que en mi caso ha pasado a ser lo que son las cajas cuando crecen los niños. Una desolación.

Resolver un enigma. No de otra cosa siguen tratándose los días.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos

 

4 comentarios en “Resolver un enigma

  1. Mater et Magistra, y perdóname si te piropeo con el título de una Encíclica, pero recuerda que es del único papa no impresentable del siglo XX, el inolvidable Roncalli. Su nombre de pila; Angelo. Era tu tocayo.

  2. ¿Enigma resuelto?,¡ caray, cuantas mujeres hemos pagado la consulta y hemos sido”usadas”! Las cosas van cambiando, que mejor que abrirles los ojos a otras mujeres que como Angeles, como yo tenemos que ir a una consulta y por ignorantes o “pendejas” permitimos, autorizamos el uso de nuestro cuerpo para los fines del otro. Angeles, me trasladaste a mis 23 años, actualmente tengo 64. Gracias, gracias.