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El liberalismo ha de cultivar preocupaciones. No es un alivio, sino una disposición de alerta. Un arte de la inquietud. El liberalismo del miedo del que habló Judith Shklar no tiene por eso trazo arquitectónico. No es un alojamiento de derechos estables y firmes, una sólida maquinaria de permisos y restricciones, sino una sensible ponderación de nuestros vicios. Para asegurar las condiciones de la libertad humana, hay que acercarse a la psicología antes que a la ingeniería. El liberalismo escéptico de Shklar representa una alternativa frente al constitucionalismo. No encuentra guía en Locke sino en Montaigne. El padre del ensayo aparece en el epígrafe de su libro sobre los vicios ordinarios. Pero no solamente está ahí, en la puerta de entrada, sino en cada una de las páginas de ese ensayo extraordinario. Montaigne es el héroe de ese libro: aunque no se le cite en cada hoja, su espíritu está presente en todas las líneas.

Ilustración: José María Martínez

Shklar quiso dejar al liberalismo en los huesos. Ir a lo esencial y desprenderlo de cualquier arrogancia utópica. Sabía bien que no era un camino a la felicidad, sino una civilización precaria y frágil que busca protegernos del miedo y desterrar la crueldad. Si la crueldad era el mal mayor, el vicio más dañino de todos, habría que repensar otros extravíos como la hipocresía, la traición o la misantropía.

La agudeza de la ficción literaria era para Shklar la gran fuente más estimulante de la reflexión política. En lugar de hacer el recorrido habitual del canon filosófico, la profesora de Harvard se alimentaba de Ajmátova, Shakespeare y Molière. La novela y la poesía nos invitan a enfocar lo que con conceptos vemos de manera borrosa. La imaginación literaria nos ancla para conciliarnos con nuestras flaquezas y las complejas ambigüedades que nos constituyen.

En la hipocresía, Shklar veía un vicio extraño. Desagradable y reprensible como es, resulta también un vicio democráticamente provechoso. Debemos ser más indulgentes con esta flaqueza en que todos, de una manera u otra, incurrimos. Cuando la política se anuncia como una batalla por la supremacía moral, la acusación de hipocresía es la más grave que pudiera imaginarse porque mancha cualquier acción con la mugre de la simulación. Habrá hecho el bien, pero lo ha hecho con deplorables intenciones. La denuncia del hipócrita no cuestiona la acción ni mucho menos el resultado, sino la flama interior que motiva el actuar de la persona.

Frente a la hipocresía, se planta la petulancia de la autenticidad. Arrogancia que es, en el fondo, la gran coartada. Las causas más admirables que se abanderan con honesta emoción sirven para justificar cualquier conducta. Si el propósito es noble, si se cree en él sinceramente, resulta moralmente irrelevante el hecho y la consecuencia. Dice bien Judith Shklar: en el mundo de las buenas intenciones, las promesas del hermoso futuro liberan a sus adherentes de las responsabilidades y las restricciones del presente ético y del orden legal. Los críticos que ignoran la chispa de la autenticidad moral son traidores, enemigos de un pueblo que quiere ser feliz.

Si la democracia liberal es un régimen necesitado de respaldos, no tiene más remedio que convocar a ese vicio menor. Todo político ha de retratarse con una luz favorable. Cuidará sus reflejos, moderará su lenguaje, tapará viejas antipatías y ensalzará sus motivaciones. Pactará con enemigos. La política de la persuasión requiere de esmeros que pueden verse como hipocresías. Hacerse aceptable para unos y otros requiere de una prudencia, un pulimiento que entra en fricción con impulsos espontáneos, con esa autenticidad que puede ser brutalmente ofensiva. La autenticidad que humilla, la sinceridad que rechaza cualquier acuerdo haría imposible la civilidad democrática.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

2 comentarios en “La coartada de la autenticidad

  1. No entiendo la manía en el mundo de habla inglesa por darle la vuelta a los defectos de carácter y presentarlos como benéficos para la sociedad. No hay que recurrir a la hipocresía, sino postular las virtudes del dominio de sí y la tolerancia.
    EL problema con un hipócrita es que aparenta hacer bien las cosas, pero si la situación cambia, o si lo decide, puede dar una puñalada por la espalda.
    En el liberalismo se suele mencionar la libertad como el valor más alto, pero en la practica todos quedan sujetos al leviatán producto de las acciones colectivas de todos. En la práctica, se intenta domar al leviatán y acomodar los incentivos para que todos se comporten como se desea, quiéranlo o no.