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Todo gobierno para ser exitoso tiene que leer la realidad con tanta precisión como le sea posible. Sólo así puede acomodar sus recursos y sus restricciones a los objetivos que persigue; sin embargo, ese propósito no es tan fácil de cumplir, primeramente, porque el gobierno puede haber errado en su evaluación de los medios de los que dispone para gobernar. Si llega al poder con los prejuicios que articularon su campaña política o con un ideal que no tiene forma ni dirección, no sabrá interpretar el contexto.

Ilustración: Izak Peón

Una evaluación realista de la situación del país nos hubiera ahorrado por lo menos una de las crisis de deuda, pero los últimos gobiernos parecen empeñados en ver en nosotros el país que traen ellos, los funcionarios, en la cabeza. La distancia entre esos dos países, el que vivimos de verdad y el que imaginan los que nos gobiernan, es cada vez más grande. Sobre todo si, como ahora, no tenemos idea de cuál es el destino que tiene en mente el gobierno. Sólo nos queda, si acaso, inferir lo que el presidente trae realmente en la cabeza y,  si eso hacemos, la inquietud se instala en el corazón y en el estómago. ¿Qué podemos imaginar que trae en la cabeza un presidente que denuesta a las autoridades electorales y, al mismo tiempo, ensalza al Ejército?

¿Qué fue lo que los funcionarios de la era neoliberal leyeron mal o no entendieron de sus lecturas sobre política económica? Si su punto de partida fue el Estado mexicano y, como decían, su intención era fortalecerlo, ¿dónde está el error de interpretación que puede explicar que hayan optado por la ruta que llevaba a su destrucción? ¿Qué es lo que la Cuarta Transformación no entiende de lo que es el neoliberalismo, que la lleva a condenarlo en el discurso en su totalidad sin distinciones de ninguna naturaleza —digamos entre política y economía— y se mantiene fiel a la política económica de la era neoliberal que es uno de los temas más controvertidos de esa era? ¿Acaso la Cuarta Transformación ha interpretado como ganancias las pérdidas multimillonarias de algunas de sus decisiones? Para la Cuarta Transformación, la deshonestidad de los neoliberales explica todo: los problemas del país, las decisiones administrativas de los predecesores del presidente López Obrador, las continuidades que sostienen al Estado, el comportamiento de las oposiciones y el disgusto de los ciudadanos, entre muchos otros temas. Por consiguiente, para responder a muchas de estas preguntas, la Cuarta Transformación recurre a la denuncia de la corrupción, pero con tanta insistencia que les ha restado fuerza al concepto y al fenómeno. ¿No será que están leyendo mal el ánimo de una opinión pública cansada de la pandemia, temerosa de un virus que, inclemente y en apariencia al menos, amenaza a la humanidad con una infección mortal? Para este gobierno el combate a la corrupción no es una política precisa, puntual y efectiva, sino que se ha convertido en una cantinela.

Si el combate a la corrupción ha perdido credibilidad, entonces hay que estar atentos a que no se pervierta y se consolide como arma para golpear a los adversarios políticos del gobierno o del presidente. Ya lo ha sido, pero no se ha generalizado. No sería la primera vez que la tergiversación de un ideal haga de él su contrario. Pensemos nada más en las utopías que devienen distopías, por accidente, porque no era lo buscado ni lo prometido, porque llegados a un cruce de caminos, confundidos por las circunstancias, seguimos la dirección equivocada y no hay posibilidades de regreso.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

 

Un comentario en “Problemas de interpretación