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Derribar estatuas no es nada muy imaginativo. De hecho, es lo primero que a uno se le ocurre, lo que viene más a mano para mostrar enojo. Si va más allá del gesto infantil de romper los juguetes, si se adorna con alguna explicación, puede ser según en qué casos un poco absurdo. A veces es la escenificación de una guerra o una venganza imaginarias, un alarde espectacular de virtuosa indignación que, como política, es casi nada (es cadáver, es polvo, es sombra, es nada). Sin duda, es más fácil quitar una estatua de Colón que restaurar el Imperio azteca o reducir el desempleo —pero es que precisamente no se trata de eso, uno derriba estatuas para no tener que ocuparse de nada concreto.

Ilustración: Estelí Meza

Se derriban las estatuas porque se supone que son representaciones del poder. La verdad es que lo son sobre todo para quienes las destruyen. Los monumentos son parte del paisaje urbano en todas partes y significan algo distinto para cada generación, la intención de quienes los levantaron originalmente no suele tener ninguna importancia, y uno puede terminar siendo el Caballito o el Ángel, con la misma entidad y la misma fuerza simbólica que una gran palmera o una fuente. Quienes las derriban les dan de nuevo un significado para que tenga sentido derribarlas.

Si fuese un movimiento serio para eliminar cualquier forma de conmemoración del pasado, podría ser interesante. Pero no es eso. Quitar la estatua de Colón pero no la de Cuauhtémoc ni el Ángel ni la Cabeza de Juárez ni dinamitar el Palacio Virreinal es pura hipocresía. Porque no se trata de borrar la historia, sino de imponer una interpretación de la historia con sus monumentos y sus conmemoraciones, una versión tan grandilocuente y mentirosa como todas las demás; no caben los matices cuando se levanta una estatua, pero tampoco caben cuando se derriba: es el mismo principio el que opera en un caso y otro, tan maniqueo en un caso como en el otro. Igual de infantil y aburrido, una forma de decir: ¡Viva yo!

Nuestros iconoclastas, como los colombianos y los gringos y otros muchos, se ensañan con Colón por una vanidosa ambición de arrancar el mal de raíz: condenarlo todo, lo que sea que haya venido después de los sacrificios humanos —que eran lo propiamente humano. Pero en una especie de hipo retórico celebran a Hidalgo, Iturbide, Bolívar para estar al sol que más calienta, porque es a fin de cuentas ponerse del lado de quienes ganaron, y quienes se acogen a su amparo, y festejar su victoria.

Conquista suena mal, Independencia suena bien, nadie diría que son una misma cosa. Tirar una estatua, levantar otra. En cuanto decimos “Independencia de México” entramos en la mitología: la sola expresión implica un relato fundamentalmente equívoco y provinciano, como un eslogan de campaña. Decir que en 1821 se consumó la independencia de México es como decir que en 1919 se consumó la Independencia de Yugoslavia o de Checoslovaquia. La verdad es más interesante y más complicada. La invención de Yugoslavia fue una de las consecuencias de la disolución del Imperio austrohúngaro, que fue una de las consecuencias de ese largo proceso que llamamos Primera Guerra Mundial. La invención de México fue uno de los resultados de la larga serie de guerras civiles que marcó la disolución de la monarquía católica, como consecuencia del largo proceso de las guerras napoleónicas. Si lo pensamos así, no hay mucho que celebrar, sobre todo no hay motivos para el entusiasmo: hubo una larga guerra civil tan complicada, dudosa y triste como todas las guerras civiles —que festejan quienes quieren hacerse la ilusión de haber ganado.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo

 

2 comentarios en “Celebraciones

  1. Son berrinches de adultos pueriles, los niños exploran através de los juegos, los desarman, tal vez deconstruyen.

    • Así es. Quieren destruir la carga ideológica que pudiera tener la historia por pura ideología sin historia. La mitología del devenir por el devenir a la nada. Son nihilistas y ni siquiera lo saben.

      Resaca postmoderna de un tránsito de hegemón. Nuestro mundo hispano y su extrañamiento ontológico.