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Hay mucha furia en la vida pública. No es un fenómeno mexicano sino, al parecer, universal. Demasiadas exigencias incumplidas, expectativas frustradas, encuadradas en Estados nacionales que han visto debilitadas sus capacidades de respuesta. Las desigualdades flagrantes inyectan un sentimiento de exclusión que debilita la cohesión social —si es que alguna vez la hubo— y pone en acto pretensiones múltiples, de grupos con identidades hiperparticulares, que alimentan tensiones recurrentes. No es casual que Pankaj Mishra haya titulado su libro La edad de la ira (Galaxia Gutenberg, 2017) y, citando los temores de Hanna Arendt, vea “un incremento del odio mutuo y una irritabilidad en cierto modo universal de todos contra todos los demás”, que no anuncia nada bueno.

Ilustración: Alberto Caudillo

Frustración, demagogia, culto a la violencia, junto con la erosión de los lazos tradicionales “que les permitían a los seres humanos coexistir”, están, al parecer, edificando espacios públicos cargados de resentimiento y ganas de venganza.

Creo que rabia, irritación y pretensiones de perseguir al otro han estado ahí desde siempre (bueno, no sé), sólo que ahora existen conductos para expresarlas en las manos de muchas más personas. Las redes permiten a miles, millones, de individuos poner a volar sus rencores sin filtro alguno y construyen un espacio deliberativo (si es que así se le puede denominar) cargado de amenazas e irracionalidad (también han democratizado las posibilidades de expresión, pero esta nota trata de la otra cara). Quizá lo que antes se decía en privado ahora se hace público; quizá lo que dejaba una marca reducida porque sólo impactaba a la familia, amigos o compañeros de trabajo, hoy se multiplica y alimenta una vorágine de agravios mutuos; quizá lo que incluso era un juego entre pocos, ahora forma parte de una pelea inflamada y generalizada.

En una de sus novelas, Javier Marías hace que uno de los personajes piense: “[…] a la mayoría [de la gente] le encanta señalar con el dedo a escondidas y acusar y denunciar, chivarse a sus amistades, a los vecinos, a sus superiores y jefes, a la policía, a las autoridades, descubrir y exponer a culpables de cualquier cosa, aunque lo sean sólo en su imaginación, hundirles la vida si pueden o por lo menos dificultársela, procurar que haya apestados, crear desechos, desprendidos, causar bajas a su alrededor y expulsar de su sociedad, como si la reconfortara decirse tras cada víctima o pieza cobrada: ‘Ése ha sido desgajado, apartado, ése ha caído y yo no’ […]” (Los enamoramientos).

No se trata de una visión muy optimista de los seres humanos, por supuesto. Pero lo que quiero subrayar es que esas conductas, de las que hemos sido protagonistas o por lo menos observadores, se realizaban “a escondidas” o de manera discreta. Era, en ocasiones, puro chismorreo. Un circuito de descalificaciones no exentas de espíritu lúdico que se desarrollaba a través de llamadas telefónicas, reuniones de amigos, pequeños conciliábulos, que nunca trascendían más allá de un puñado de personas.

Las redes no sólo han multiplicado esos “juegos”, sino que les han otorgado una visibilidad y fuerza públicas de las que carecían antes. La maledicencia, acusar, denunciar, construir culpables, destruir o por lo menos vulnerar famas públicas; sentirse superior por ello, gratificado por el mal infligido a otros, contento con cada pieza cobrada, se han convertido en recursos que colonizan el espacio del debate, desnaturalizándolo y convirtiéndolo en una masacre de todos contra todos.

Causas para el malestar existen. Y muchas. Pero la vocinglería descalificadora que aturde no parece ser el mejor ambiente para intentar entender lo que está sucediendo. Más bien lo que ocurre es que en ese río turbio son pocos los pescadores que están ganando.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.

 

3 comentarios en “Furia

  1. Las Furias en la antigüedad fueron las Diosas de la venganza, el resentimiento es una realidad que siempre ha existido pero que ahora supura en las redes sociales; en Suecia existe el día de la envidia cuando se hace público el pago de impuestos de los ciudadanos.

  2. Mientras siga viva la capacidad de análisis, de la cual goza el autor, hay esperanza … Gracias por su artículo.