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El 27 de septiembre se cumplen doscientos años de la entrada del Ejército Trigarante a Ciudad de México: el momento que tradicionalmente hemos considerado como la consumación de la Independencia. En el siguiente diálogo, ocho historiadores e historiadoras nos invitan a repensar esta narrativa más allá de los debates “estériles” sobre la verdadera identidad del Padre de la Patria. ¿Tiene sentido hablar de una “consumación”? ¿Quién o quiénes la hicieron? ¿Fue un evento excepcional o la iteración mexicana de un proceso hemisférico? ¿Cuánta importancia deberíamos darle a Iturbide? ¿Hasta qué punto existe una continuidad entre la insurgencia popular de Hidalgo y Morelos y el movimiento trigarantista? ¿Era la independencia inevitable? ¿Podemos hablar de una sola independencia o deberíamos hablar más bien de una serie de “independencias”? ¿Cuál debería ser el papel social de los historiadores, más allá de la trillada “desmitificación” de la aún más trillada “historia oficial”? Tales son las preguntas que emergen en esta conversación. Las respuestas que los participantes proponen sugieren que existe lo que Alfredo Ávila llama “un nuevo consenso”: la “consumación” no fue un evento singular y definitivo, sino parte de un proceso complejo y multifacético que no empezó en 1810 y que no terminó en 1821, y que tampoco puede reducirse a una explicación lineal o a un puñado de causas. En su conjunto, estas intervenciones constituyen un alegato por la importancia de la historia crítica: aquélla que, más que ofrecer respuestas, siembra preguntas.

En busca de otras explicaciones

Alfredo Ávila: En septiembre de 1971, Luis Echeverría publicó un decreto que declaraba a Vicente Guerrero “auténtico consumador de la Independencia”. Pese a este acto oficial, el debate decimonónico sobre si Iturbide debe compartir con Miguel Hidalgo el título de “Padre de la Patria” no quedó zanjado. La discusión continúa.

La historiografía académica ha hecho eco de esos debates. Numerosos estudios han abordado si la “consumación” fue continuación o negación de la revolución de 1810, si fue un movimiento reaccionario o se inscribe en el liberalismo hispánico, si el Plan de Iguala fue obra de Iturbide, de Guerrero, de la Profesa o de los “autonomistas”. Hay sesudos análisis para probar que Iturbide fue incapaz de planear la Independencia, mientras que todavía hallamos trabajos que lo llaman “libertador”.

Estos debates son estériles. Dicen más de quienes los promueven que de lo ocurrido entre 1820 y 1821. Para explicar la caída del gobierno español y el establecimiento de un frágil imperio en Norte y Centroamérica debemos renunciar a epítetos simplificadores como “consumación”, “autonomismo”, “liberalismo” y “reacción”, y quitar protagonismo a ciertos personajes, empezando por Iturbide.

Los estudios sobre este proceso deben tener en cuenta las condiciones de la Nueva España tras una década de guerra civil, epidemias y crisis económica generalizada, así como alteraciones en la vida cotidiana, incluidas las relaciones de género. La militarización y violencia no pueden pasarse por alto, lo mismo que las aspiraciones de las comunidades frente a las capitales provinciales. Las redes trasatlánticas de comercio y la importancia de Veracruz son centrales.

Las explicaciones tampoco pueden limitarse a lo que pasaba “dentro”. La “consumación” formó parte del proceso de reforma y disolución (Tulio Halperin dixit) de las monarquías ibéricas entre 1820 y 1823, iniciado por las revoluciones de Europa meridional y que condujeron al surgimiento de las repúblicas de Colombia, Perú y Bolivia, y de los Imperios brasileño y mexicano, así como al auge azucarero y esclavista de Cuba. Los contextos más amplios del avance de Estados Unidos sobre los antiguos dominios españoles e indígenas en el norte de América tampoco deberían ser ignorados, lo mismo que, en mayor escala, las revoluciones atlánticas y las transformaciones de la economía global entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.

Ilustraciones: Víctor Solís

Entrecomillar la consumación

Roberto Breña: México cumple doscientos años de ser un país “libre y soberano” y la revista nexos nos convoca a debatir sobre la “consumación” de la Independencia. Empiezo por el entrecomillado de la palabra consumación. Siguiendo una de las opciones planteadas por Alfredo Ávila, y como muchos historiadores han referido antes que yo, no creo que exista una línea de continuidad entre Hidalgo y Morelos, por un lado (sin ignorar, por cierto, los notables contrastes entre ambos), e Iturbide, por otro. “Consumar” significa llevar a cabo totalmente algo. Es decir: terminar algo que otra persona inició, algo que requería de una continuación y, en cierto modo, de un punto final. Siendo así, no veo en qué sentido Iturbide continúa algo que Hidalgo y Morelos iniciaron. La pura trayectoria realista de Iturbide cerraría esta opción. El argumento tradicional, sin embargo, va por otro lado: Hidalgo y Morelos buscaban la independencia absoluta e Iturbide logró esa independencia para la Nueva España. Ahí estaría la línea de continuidad. Ahora bien, que Hidalgo y Morelos buscaron la independencia absoluta es una cuestión que podemos discutir largamente. En desacuerdo con lo que afirma Carlos Herrejón en las dos magnas biografías que ha publicado este reconocido y minucioso historiador sobre estos dos personajes durante la última década, yo creo que Hidalgo nunca tuvo clara esta cuestión y que Morelos no la tuvo hasta finales de 1812 o principios de 1813. Creo que las dubitaciones y oscilaciones de varios insurgentes de primera línea deben ser asumidas y estudiadas como tales, en lugar de adjudicarles una claridad meridiana en un contexto en el que nadie tenía claro prácticamente nada (salvo, quizás, los defensores del statu quo). Es el caso de Hidalgo y de Morelos, pero también de José María Cos, Francisco Severo Maldonado, Andrés Quintana Roo y Joaquín Fernández de Lizardi, por mencionar un puñado de nombres destacados. En medio de la enorme incertidumbre política (no sólo en la Nueva España, sino en todo el mundo hispánico) provocada por las reacciones de 1808 a la invasión napoleónica de la península ibérica, en medio de la violencia, de la guerra, de la pérdida de referentes en general y de lo que se percibía como el derrumbe de una monarquía que había regido los destinos de gran parte del continente americano durante casi tres siglos, ¿cómo y por qué sorprenderse de la falta de claridad y de certidumbres de algunos de los líderes insurgentes?

La perspectiva hemisférica

Joshua Simon: Quisiera retomar aquí la invitación del profesor Ávila y considerar tanto la fundación del Imperio mexicano como la controversia contemporánea en torno a su bicentenario desde “afuera”, es decir, desde una perspectiva hemisférica.

México no es la única nación americana atrapada en un ciclo interminable de revisión de las narrativas oficiales de su propia independencia. Cuando Chile celebró su bicentenario en 2010, surgió una polémica en la región de la Araucanía, que fue conquistada por Chile a fines del siglo XIX. ¿Se suponía que los Mapuches iban a celebrar su liberación o su subyugación el 18 de septiembre? A pesar de los desafíos que enfrentan su pueblo y su gobierno, Venezuela ha conmemorado los bicentenarios de importantes hechos en su marcha hacia la independencia de manera casi continua desde 2010, cuando el presidente Hugo Chávez exhumó los restos de Simón Bolívar para demostrar que el Libertador fue en realidad envenenado por conspiradores colombianos y gringos. Y en Estados Unidos subsiste todavía la controversia en torno a un artículo, publicado en 2019 en The New York Times, que afirmaba que la fundación del país ocurrió realmente en 1619, cuando los primeros esclavos africanos llegaron a sus costas, en lugar de 1776, con la firma de la Declaración de la Independencia.

El profesor Ávila tiene razón. Estos debates son, en cierto sentido, estériles. No producen preguntas bien formadas para las investigaciones de historiadores. Pero su ubicuidad sugiere que los debates son en sí mismos productos de una característica importante y compartida de los movimientos independentistas de las Américas.

Por supuesto, la historia es el terreno en el que todos los países se disputan los reclamos de autoridad legítima e identidad nacional, pero los movimientos independentistas americanos convirtieron estas cuestiones en problemas permanentes. Era casi inevitable que el colapso del gobierno imperial agravara los conflictos latentes en sociedades extremadamente desiguales, compuestas por diversas mezclas de colonos europeos, pueblos indígenas y afrodescendientes libres y esclavizados. En México, los intereses irreconciliables de estas clases y grupos no surgieron por primera vez en 1810 y no se reconciliaron por última vez en 1821. Han perdurado hasta hoy, al igual que en todo el hemisferio, que aún espera el día en que pueda celebrar su independencia de las injusticias de las independencias.

Sin catecismo ni psicoanálisis

Érika Pani: ¿Los mexicanos no entendemos la “consumación” de la Independencia? No debe sorprender, dada la complejidad del episodio que puso fin a una guerra civil de diez años, cuando uno de los comandantes que más ferozmente había combatido a la insurgencia popular, la cual había desencadenado el conflicto, buscó aliarse con el enemigo para pactar la separación de la metrópoli. Tuvo éxito a medias: insurgentes y realistas se adhirieron al proyecto; Juan O’Donojú, recién nombrado jefe político de la Nueva España, firmó los tratados que reconocían la soberanía e independencia de “esta América”. Sin embargo, el gobierno en Madrid no reconoció la pérdida de su colonia sino hasta 1836 y el nuevo imperio se quedó sin el príncipe borbón que iba a afianzar su legitimidad. Se trata de un suceso que, además, se inserta en la crisis revolucionaria que, entre otras cosas, fracturó al Imperio español, resquebrajó el andamiaje ideológico de la monarquía y transformó al Nuevo Mundo en un espacio efervescente de experimentación política.

Parece entonces saludable que, al abrir una ventana sobre ese país familiar pero extraño que es el pasado, la historia plantee más preguntas que respuestas, que provoque en lugar de complacer. No son quizá los lugares comunes o las ideas recibidas las que nublan nuestro entendimiento de la Independencia, sino nuestras expectativas, lo que pensamos que la historia debe hacer: “desmitificar” la mentirosa narrativa que nos impusieron en la escuela; reemplazarla por una historia no oficial pero igual de broncínea, moralina y cursi, poblada por personajes de bulto, cuya virtud o vicio no deja lugar para intereses concretos y cambiantes, ni para identificar aquel momento fundacional que nos define como nación y a uno de sus artífices como Padre de la Patria. A los historiadores les toca entonces escribir un relato que dé cuenta de la complejidad del proceso y de sus actores, de la forma de su espacio de maniobra y del peso del contexto y la coyuntura; una historia que se deslinde tanto de la clase de catecismo como de la sesión de psicoanálisis, pero que el lector pueda leer sin aburrirse en el intento.

La consumación de un proceso

Eric van Young: La mayoría de los diccionarios modernos definen “consumación” —más allá del acto sexual inicial en el matrimonio— como “el punto en el que algo queda completado o finalizado”. Las palabras “completo” o “final” sugieren la conclusión de una serie de eventos sin los cuales la “consumación” no sería posible. El profesor Ávila ha llamado “estéril” al debate sobre quién consumó la Independencia de México: el cura Hidalgo, Agustín de Iturbide, Vicente Guerrero o alguna otra figura de la época. Sugiere, en su lugar, un breve pero pormenorizado inventario de los muchos factores, tanto internos como externos a la Nueva España, de lo que en dos ocasiones llama el “proceso” de las reformas imperiales hispánicas y la Independencia mexicana. Siendo yo un académico anglófono que ha pasado décadas estudiando el periodo colonial tardío —el proceso de la Independencia de México y la historia de la república temprana—, pero que no tiene vela en el entierro de la pelea sobre la identidad nacional mexicana —aunque entiendo su importancia política y simbólica—, debo decir que concuerdo con Ávila.

Lucas Alamán, quien en su monumental Historia de Méjico (1849-1852) contribuyó tanto como cualquier otro historiador a elevar el estatus de Agustín de Iturbide al explicar cómo el futuro emperador realizó la Independencia a través del Plan de Iguala, escribió sin embargo que la independencia era inevitable:

La independencia había venido a ser inevitable para Méjico y para todo el continente de la América española: suscitada la idea de obtenerla por los sucesos de España de 1808, el plan absurdo que se siguió en la revolución comenzada en 1810 y las atrocidades que la mancharon, pudieron estorbar su desarrollo, pero no extinguir el deseo de conseguirla, el que antes bien se generalizó…

Sin la década de guerra destructiva que asoló a la Nueva España después de 1810, Iturbide no hubiera tenido la oportunidad de insertarse habilidosamente en la situación para aliarse con Vicente Guerrero. Si el cura Hidalgo no hubiera iniciado su insurgencia violenta, es posible que hubieran surgido otras conspiraciones criollas parecidas a la suya en Querétaro o a aquélla de García Obeso en Valladolid en 1809, pero en todo caso es difícil de creer que la separación de la Nueva España de la Vieja España pudiera haberse logrado sin un enorme derroche de violencia.

Una visión menos apresurada

Rodrigo Moreno Gutiérrez: Como suele ocurrir con procesos y coyunturas históricos complejos, las interpretaciones relacionadas con la Independencia mexicana de 1821 han arrastrado pesados lastres a lo largo de doscientos años. Ideologización, nacionalismo, moralización, simplismo, excepcionalismo, anacronismo, individualización, exaltación celebratoria o revanchismo denigratorio: todos ellos han obstaculizado acercamientos mejor fundados y en última instancia más interesantes sobre aquel movimiento que fundó un Estado nacional independiente y sobre el contexto histórico que lo hizo posible.

En buena medida, la esterilidad de los debates se ha relacionado con visiones simplistas, desinformadas, perezosas o directamente falsas, fundadas las más de las veces en oposiciones maniqueas y excluyentes: insurgencia contra realismo o insurgencia contra trigarancia; conservadurismo contra liberalismo; 1810 contra 1821; Hidalgo contra Iturbide o Iturbide contra Guerrero; pueblo contra élite; república contra monarquía, etcétera. Dichas oposiciones (más ideológicas e historiográficas que propiamente históricas) han terminado por sustentar interpretaciones lineales, fatalistas y monocausales.

Me parece empobrecedora la todavía muy vigente insistencia en reducir un proceso histórico de la magnitud de la desintegración de un régimen imperial tricontinental y el establecimiento de un Estado nacional a las consideraciones (más o menos elaboradas o pertinentes) sobre un par de documentos o sobre las supuestas intenciones y trayectorias de un puñado de individuos.

En las últimas décadas la historiografía ha elaborado importantes aportaciones sobre la llamada Era de las Revoluciones en general y sobre las independencias hispanoamericanas en particular, pero percibo que buena parte de estos planteamientos no han sido debidamente considerados e integrados a las visiones más difundidas sobre el proceso independentista mexicano y en especial sobre la Independencia de 1821, que de ningún modo fue excepcional.

Con respecto a temáticas concretas que relacionan de manera muy dramática nuestra actualidad con la Independencia de 1821, creo importante profundizar el análisis de los impactos de once años de guerra en las estructuras de gobierno (imperial, virreinal, regional, local), de manera que podamos comprender mejor las preocupaciones e intereses que dieron forma a la trigarancia en su doble —y aparentemente contradictoria— faceta de movimiento armado que buscó la paz. El sostenido uso de la violencia (o su insinuación) modificó radicalmente la toma de decisiones y condicionó el tipo de alianzas políticas y liderazgos, así como los mecanismos a través de los cuales se movilizaron las comunidades e identificaron sus necesidades.

También creo relevante integrar en la interpretación el peso de las experiencias políticas generadas por el régimen constitucional, nuevamente vigente desde 1820, que habilitó discusiones, instituciones y legitimidades que determinaron el tipo de independencia discutida, institucionalizada y legitimada a lo largo de varios meses que deben explicarse en sus propios términos. Entre muchísimas otras consideraciones, creo que éstas contribuirían a una visión más genuinamente histórica y menos apresurada de la Independencia mexicana de 1821.

Un cuadro complejo

Andrea Rodríguez Tapia: El 27 de septiembre de 1821 es la fecha con la que en muchos relatos e interpretaciones historiográficas se consigna la “consumación” de la Independencia de México. Aquel día entró a Ciudad de México el llamado Ejército Trigarante. En los libros de texto, esta historia suele ilustrarse con el cuadro Solemne y pacífica entrada del Ejército de las Tres Garantías a la ciudad de México, que hoy se conserva en el Museo Nacional de Historia. En esa pintura Iturbide aparece al centro, rodeado por otros mandos de la trigarancia, autoridades políticas y eclesiásticas, así como hombres y mujeres que, de acuerdo a su condición social, miraban desde la calle o desde los balcones el despliegue de contingentes. Simbólicamente, el cuadro resulta efectista y, al mismo tiempo, me parece que ha contribuido a una representación simplista de aquello que fue el final de un duro periodo de guerra y violencia en Nueva España. Tenemos, pues, que preguntarnos por aquéllos que fueron parte de este proceso que aparecen a los márgenes o que definitivamente no aparecen en el cuadro.

Con lo dicho hasta aquí, me interesa volver a algunos puntos que Alfredo Ávila señala, entre otras provocativas cuestiones, al inicio de este intercambio: los divulgadores de la historia y los académicos deberían comenzar a explicar la caída del gobierno español y el triunfo del movimiento trigarante eliminando los lugares comunes y los términos que por sí mismos no expresan una realidad, como sería el caso de “consumación”. Las interpretaciones deberían superar también los esquemas dicotómicos que interpretan los hechos en función de ideologías opuestas que encasillan a los protagonistas como “reaccionarios” o “liberales”.

Efectivamente, como señala el profesor Ávila, habría que quitarle protagonismo a Iturbide, pero no para colocar en su lugar a Vicente Guerrero, el hombre que el actual gobierno ha decidido erigir como el héroe “consumador”. Con esto no quiero sugerir que Guerrero no sea un individuo clave para entender el camino que llevó a la Independencia, sino que habría que hacer visibles a otros jefes “realistas”, “insurgentes” o “trigarantes” en activo entre 1820 y 1821, como Ramón Sesma, Isidoro Montes de Oca, José de la Cruz o Pedro Celestino Negrete. Contamos con las fuentes documentales para reconstruir con mayor claridad sus movimientos y acciones, y actualmente muchos estudios se encaminan en esa dirección.

Finalmente, me interesa señalar que el foco no sólo debe estar en los líderes políticos y caudillos militares, sino que queda mucho por saber de las motivaciones de quienes integraban los sectores populares de aquella sociedad, tanto en el mundo rural como en otras ciudades, y que éstos también tenían noticias de lo que pasaba en otras partes del mundo. Es ahí donde encontraremos las historias de otras mujeres politizadas en la época, más allá de las siempre mencionadas Josefa Ortiz, Leona Vicario o María Ignacia “la Güera” Rodríguez. La conmemoración del bicentenario de la Independencia tendría que poner de manifiesto la voluntad de cambio que se gestó en muy distintos niveles y segmentos de la sociedad. Así pues, considero que traer al presente estos ejemplos diversos, muchas veces contradictorios, ayudaría al ejercicio de una sociedad democrática, en donde tenemos que aprender a escuchar y debatir partiendo de la pluralidad de voces y opiniones.

Atrapados en las interpretaciones

Martha Terán: Agradezco a Alfredo Ávila su instantánea de la historia de la Independencia mexicana atrapada en las interpretaciones que perduran desde el siglo XIX. En 1910 Bulnes se preguntó: ¿cuántas causas contuvo nuestra guerra de Independencia? En su libro La guerra de Independencia, Hidalgo-Iturbide, el historiador respondió a su propia pregunta desplegando un párrafo largo para enumerarlas. “La Patria” siempre se las arregla para volver a lo plantado. Para eso están las conmemoraciones en las que los historiadores dialogan: los del presente con los del pasado y los del presente, también en la comunidad académica, acerca de quién inició la Independencia, quién la consumó o a qué se debió este proceso que comenzó antes del Grito de Dolores (para acercarnos a lo sucedido en 1808 por el mundo español) y terminó después de que se declaró la independencia en 1821 (al desconocer el rey lo pactado por O’Donojú e Iturbide, lo que sugiere que tal vez deberíamos marcar el aniversario con la creación de la Primera República, o bien con la expulsión de los últimos soldados españoles de Veracruz en 1825). Del mismo modo que siempre llega el momento en que se agotan las construcciones de la historiografía, así también con “la independencia consumada”.

Con todo, confieso que tengo curiosidad por saber cómo se hizo cada consumación particular de la independencia. Para los indios puede ser el 12 de febrero de 1822, el día en que se promulgó el Plan de Fondos Municipales de los Pueblos que extinguió las últimas cargas que pesaban sobre los tributarios desde el siglo XVI. Para la Iglesia, la consumación de la independencia sucedió al extinguirse el Patronato Regio. Las provincias de la Nueva España consumaron su independencia al crearse los estados libres y soberanos cada uno en su fecha. En fin, cabe recordar que España y la República Mexicana no firmaron su Tratado de Paz y Amistad sino hasta 1836. Lo que debe explicarse, en todo caso, es la caída del gobierno español, el desmantelamiento de sus partes y fundamentos, la creación de una ciudadanía y la construcción de los poderes soberanos, las experiencias legislativas para dejar atrás a la sociedad virreinal, la transformación institucional como la de la Real Hacienda y muchos otros temas sin soslayar los de la guerra.

El pecado de Iturbide

Roberto Breña: Respecto a Iturbide, creo que sacarlo del cuadro de la consumación es algo prematuro y no muy sabio, aunque sólo sea porque eso fue justamente lo que hizo y sigue haciendo la cantinela oficial sobre este supuesto “traidor a la patria”. Su notable habilidad política para lograr la independencia de forma relativamente incruenta está fuera de duda (compárese con casi todos los demás procesos independentistas en América del Sur). Otra cosa es su falta de capacidad de gobierno una vez que se convierte en emperador (por cierto, aquí la falta de recursos económicos no puede ignorarse); una falta de capacidad que, por lo demás, compartía con el Congreso. Esa “conversión” es el pecado que pocos le perdonan. A mí no me interesa interceder por Iturbide, pero hay que ubicarnos en las primeras décadas del siglo XIX en la América española para saber que optar por una monarquía era algo perfectamente natural y hasta “lógico” en términos históricos, como se desprende de algunos pasajes de Zavala o de Alamán, y como las propuestas monárquicas durante esos años en otras partes de la América española lo atestiguan. La república nos parece ahora la “marca de la casa” de la historia política mexicana, pero hacer historia retrospectiva o ignorando el momento histórico “bajo estudio” no es hacer historia, sino inventarla. En todo caso, desde Rocafuerte y su Bosquejo ligerísimo (1822), la leyenda negra sobre Iturbide se fue extendiendo y fortaleciendo en la historiografía, con notables excepciones. Ahora bien, de un cuarto de siglo a la fecha Iturbide ha sido reivindicado por varios historiadores; entre ellos destaca Jaime del Arenal, quien lo ha hecho con buenos argumentos, pese a ciertos excesos retóricos. El problema es que no pocas veces esta recuperación cae en una apología del personaje que resulta tan estéril historiográficamente como los denuestos de los que Iturbide fue objeto desde que abandonó el país en mayo de 1823.

¿Un imperio excepcional?

Joshua Simon: Mis estimados colegas han descrito idiosincrasias en la historia de la Independencia de México, pero siendo buenos historiadores se han negado a plantear la pregunta que deseo considerar aquí: ¿fue la forma institucional en la que México emergió como país independiente —es decir, como el “Imperio mexicano”—excepcional? Preguntar si un proceso histórico es excepcional es invocar una comparación y aquí, para seguir el encuadre de mi primera intervención, preguntaré si el hecho de que México “consumara” su independencia como un “imperio” fue excepcional dentro de las Américas.

La respuesta inicial a esta pregunta tiende a ser afirmativa. Sólo tres naciones americanas se autodenominaron “imperios” al obtener la independencia. En 1804 los haitianos declararon su independencia bajo el emperador Jacques I, quien nació esclavizado y supervisó la redacción de una constitución que le dio autoridad vitalicia y el poder de elegir a su sucesor. En 1822 Brasil se separó de Portugal bajo el emperador Pedro I, heredero legítimo del trono portugués, a quien sucedió su hijo, Pedro II, quien gobernó hasta 1889.

Observadores contemporáneos de las Américas ciertamente consideraron anómalos los imperios de Haití, Brasil y México. Mariano Moreno, en las Provincias Unidas del Río de la Plata, y Simón Bolívar, en la Gran Colombia, pensaron que la existencia de una monarquía vinculada a una familia real europea en el continente de América del Sur era una amenaza para sus repúblicas. Y la preocupación de que más naciones americanas pudieran erigir monarquías, ofreciendo a las monarquías europeas un punto de acceso al hemisferio, fue una parte importante de la motivación detrás de la Doctrina Monroe y otros esfuerzos por parte de Estados Unidos para expandir su influencia a lo largo del siglo XIX.

Sin embargo, hay razones para dudar de la idea de que el Imperio mexicano fuera tan excepcional. Una característica que a menudo se invoca para definir el término “imperio” es la expansión territorial. Aunque los funcionarios del Imperio mexicano estaban ansiosos por consolidar el control en sus extensos territorios, sus ambiciones expansionistas fueron excedidas por repúblicas del norte y del sur. Alternativamente, el imperio puede definirse como una constitución que da autoridad a un emperador, un monarca, ya sea hereditario o seleccionado de otro modo. Estas constituciones fueron consideradas muy seriamente en todos los países americanos después de la Independencia. En última instancia, si bien la mayoría de los países americanos no adoptaron una constitución formalmente monárquica, casi todos adoptaron sistemas presidencialistas que dieron amplia autoridad a ejecutivos que sirvieron durante largos periodos y que fueron elegidos independientemente de las legislaturas.

Una vez más, esta convergencia entre los diversos países de las Américas en torno a la expansión territorial y el presidencialismo —lo que podríamos llamar “imperios republicanizados” —refleja puntos en común en los procesos de emancipación del hemisferio. El expansionismo y el presidencialismo fueron esfuerzos de las élites criollas dentro de las Américas que buscaban mitigar las amenazas que estas élites percibían a los privilegios que disfrutaban bajo el dominio europeo y que querían conservar después de la Independencia. En este sentido, no hay nada de excepcional en el hecho de que la emancipación de México, “iniciada” por insurgentes con algunas ideas radicales, haya sido “consumada” por conservadores dispuestos a preservar el imperialismo después del colapso del Imperio.

La importancia de la legislación de Cádiz

Martha Terán: Sobre el cansancio de la guerra y el constitucionalismo español vale recordar lo que alguna vez escribió José Miranda: que la legislación de Cádiz se había aplicado en la Nueva España “tarde, poco y mal”. Si fue así antes de la restauración del rey, no lo fue cuando se hizo jurar a Fernando VII la Constitución en 1820. Entre 1820 y 1822 se abrieron paso procesos legislativos muy delicados: allí están las Actas de la Diputación provincial de Nueva España y las Actas de la Diputación Provincial de México para probarlo. En ellas se refleja mucho del cansancio de la guerra (que hacía desear entre 1816 y 1817, por ejemplo, a las repúblicas de indios de Oaxaca, Puebla y Veracruz la vuelta de los tributos a cambio de no ser presas de las cargas discrecionales que les imponían los militares: servicios personales, servicios militares, contribuciones directas y viejas capitaciones tributarias). También las Actas reflejan el deseo de crear nuevos órdenes y una línea de continuidad, liberal, en la participación de los vocales. La legislación gaditana permitió que antes de terminar el virreinato se acabara con la figura del virrey (1820) y una monarquía constitucional era una perspectiva altamente compartida en 1821; las nuevas instituciones, como los Ayuntamientos constitucionales, tuvieron una franca acogida. Tan determinante como la acción de los insurgentes o la reacción de los monarquistas fue la legislación gaditana para definir los términos de una nueva nación hacia 1824. 

El fantasma de lo inevitable

Rodrigo Moreno Gutiérrez: En las sugerentes intervenciones de las y los colegas noto algunos consensos referentes a la Independencia mexicana de 1821. Por ejemplo: la importancia y la necesidad de entenderla a partir de su propio contexto y en función de los amplios marcos históricos de los que formaba parte la realidad novohispana; la convicción de que aquella independencia fue un proceso histórico complejo y, por tanto, la obligación de considerar para su interpretación la diversidad y simultaneidad de planos, actores e intereses en permanente interacción que la hicieron posible; y, por último, la estrechez que supone seguir hablando de “consumación”.

Con el afán de alimentar el debate, he de decir que también noto relativa evasión a concentrarse en el desarrollo y las características de esos siete meses del movimiento que destruyó definitivamente el régimen virreinal de la Nueva España y estableció el Imperio mexicano. Percibo, en muchas de las reflexiones que ha suscitado la conmemoración del bicentenario, una suerte de menosprecio por lo que pasó a lo largo de 1821 y que a mí me sigue pareciendo altamente relevante y significativo. En la dinámica, en los conductos y en los impulsos del movimiento trigarante —pero también en sus resistencias, omisiones e imposiciones— pueden notarse no sólo muchas de las consecuencias de la década revolucionaria y de la crisis política, sino también varios de los compromisos, deudas y contrapesos del estado nacional decimonónico.

No propongo soslayar la insurgencia o la articulación territorial o el problema de la identidad nacional, sino que nos detengamos a pensar en serio sobre todo lo que se tuvo que conjugar en el apretado año de 1821 para que lo que llamamos Independencia se haya desarrollado como lo hizo. Creo que ése es un paso necesario para desterrar de una buena vez el nocivo fantasma de la inevitabilidad histórica. En ese llamado no busco sumar figuras o episodios al panteón patrio ni quemar incienso en el hito fundacional del Estado, sino que convoco a tratar de explicar las muchas implicaciones, facetas y sentidos de un proceso que tal pareciera nos hemos empeñado en sintetizar, homologar y centralizar en un ideal puramente nacionalista o en un conjunto de símbolos.

Más allá de la historia

Érika Pani: Las interesantes intervenciones de mis colegas muestran la complejidad del proceso de independencia y la riqueza y posibilidades de su análisis histórico: la importancia de dejarnos de mirar el ombligo; de volver a sus protagonistas, no para “interceder” por ellos o denostarlos, sino para explorar las percepciones, ideas, esperanzas y temores, motivos y experiencias de la multitud de actores que vivieron o padecieron ese proceso; de tomar en cuenta las estructuras y las redes económicas, y de ponderar los impactos de fenómenos como la violencia o la transformación de la política y sus instituciones.

El que estemos todos de acuerdo habla de la madurez y rigor de la historia como profesión, pero contribuye muy poco a que discutamos, fuera de ella, lo que debemos hacer con estas “nuevas narrativas”, más allá de la conversación historiográfica. Valdría la pena profundizar y debatir sobre alguna de las problemáticas a las que han aludido mis colegas: la ambigua relación entre historia, política e identidad; entre Estado, educación e historia. Martha Terán describe la inevitable intromisión de “la Patria” en la reconstrucción de un pasado que compartimos. ¿Tendríamos que ignorarla, desactivarla, darle forma? La respuesta quizá resulte una sorpresa para quienes deploran los efectos —no demostrados— de la “historia oficial” sobre los mexicanos. Éste es un problema que tiene implicaciones más amplias. Joshua Simon menciona el revuelo que ha causado, en la república vecina, la disputa por fechar la “fundación” de Estados Unidos. Unos postulan que fue en 1619 porque identifican al racismo como el factor más contundente de su historia, otros defienden 1776 para subrayar lo excepcional y “bueno” de la trayectoria estadunidense.

Reflexionemos entonces sobre la naturaleza de las “lecciones” que supuestamente debemos extraer de la historia, cuando tenemos bien claro que ésta no se repite. Conversemos sobre si hace falta construir una identidad nacional y si puede fincarse en una historia que —parafraseo a Rodrigo Moreno— no es ni lineal ni unívoca ni monocausal. Discutamos sobre si debe desempeñar un papel dentro de la comunidad política y de qué tipo. Algo podrán aportar los historiadores a este debate.

Consensos y posibilidades

Alfredo Ávila: Hace unos años, José Antonio Serrano hizo una revisión de cómo, en el siglo XX, se rompió el consenso historiográfico de la Independencia y se abrieron nuevas posibilidades. Por las respuestas a mi primer texto, pareciera que estamos en un nuevo consenso y que no hemos abandonado del todo el anterior, tanto que seguimos teniendo como punto de partida la conmemoración de la llamada consumación. Tiene razón Érika Pani: hay quienes siguen creyendo que nuestro deber es “desmitificar”. Mientras se siga haciendo eso, la vieja historia de bronce seguirá estando presente.

Hay consenso en señalar que el proceso de la consumación debe tener en cuenta el panorama hispanoamericano —tanto el avance de los independentistas en Sudamérica como el constitucionalismo en la península ibérica— y los panoramas locales, con sus arreglos, violencia y crisis, como apuntan Joshua Simon y Rodrigo Moreno. Hay consenso en cuanto a la importancia de quitarle protagonismo a Iturbide (no sacarlo del cuadro, como señaló Roberto Breña) y en la importancia de tener en cuenta a un montón de personas sin las que no se puede entender el proceso: el rey de España, Riego y los liberales y serviles españoles; Guerrero, Asencio y otros insurgentes, incluidos los capitulados; Pedro Celestino Negrete, Antonio López de Santa Anna y demás adherentes del plan de Independencia; Novella, Apodaca, Cruz; Petra Teruel e Ignacia Rodríguez; Alamán, Michelena, Mier, Rocafuerte; las mujeres y hombres de cientos de comunidades desde Norte hasta Centroamérica. El número de participantes fue muy elevado y, aun así, no eran tan decisivos. Sus actos estaban constreñidos —por citar al clásico— por las circunstancias en que se hallaban y que les habían sido legadas por el pasado, en especial por la gran transformación global que condujo al triunfo del capitalismo encabezado por los británicos y por el repliegue de China.

Sobre este nuevo consenso, da cuenta el acuerdo que expresan conmigo colegas tan diferentes como Andrea Rodríguez Tapia y Eric van Young, aunque hay por allí algunas diferencias saludables que conviene también apuntar. En su comentario, Van Young cita a Alamán, quien consideraba que la Independencia era inevitable. ¿Lo era? Desde el trabajo de Timothy Anna sobre la caída del gobierno español hasta las obras de Jaime E. Rodríguez O. se viene repitiendo que la Independencia no era necesaria ni ineludible (“ineluctable”, la llamó Serrano). Esas diferencias son las que pueden impedir un nuevo consenso y favorecer nuevas preguntas e investigaciones. ¿Pudo ser la Independencia de otra manera?

El comentario de Martha Terán merece una reflexión más profunda que la que se puede dar aquí. No hay una Independencia de México, sobre todo porque la entidad que se dice que se independizó no existía antes de que el acontecimiento ocurriera, pero también porque nunca quedó claro qué fue lo que se independizó: ¿Centroamérica es parte de la Independencia de “México”? Hubo comunidades que se adhirieron al plan de independencia desde antes de septiembre de 1821, empezando por Iguala, y otras que lo hicieron después; hubo pueblos que no consiguieron liberarse de las cargas coloniales hasta mucho después de que se firmara el acta de independencia, mientras que otros la perdieron cuando las constituciones estatales establecieron requisitos más estrictos para la erección de ayuntamientos. No hubo una independencia sino muchas, y ninguna fue “absoluta”. Esto nos vuelve a Halperin: lo que hubo fue la disolución de un sistema imperial que se descompuso en distintas partes. Cada una de éstas se reorganizó y se unió a otras, por negociación o por fuerza, para crear nuevas jerarquías y entidades políticas formales e informales.

 

Alfredo Ávila
Investigador de la UNAM. Su libro más reciente es Camino de Padilla. México y Manuel de Mier y Terán en 1832.

Roberto Breña
Profesor investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Sus últimos libros son: Las revoluciones hispánicas y la historiografía contemporánea y Liberalismo e independencia en la Era de las revoluciones (México y el mundo hispánico), en prensa.

Rodrigo Moreno Gutiérrez
Investigador de la UNAM. Su libro más reciente es La trigarancia. Fuerzas armadas en la consumación de la independencia. Nueva España, 1820-1821.

Érika Pani
Académica en El Colegio de México. Su libro más reciente es Para mexicanizar el Segundo Imperio. El imaginario político de los imperialistas.

Andrea Rodríguez Tapia
Doctora en Historia por El Colegio de México. Su tesis doctoral se titula España sin América política y diplomacia frente a la secesión de los territorios americanos, 1823-1833.

Joshua Simon
Profesor de la Universidad de Johns Hopkins. Su libro más reciente es The Ideology of the Creole Revolutions.

Martha Terán
Investigadora en el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Su libro más reciente es Tributos tardíos de la Nueva España.

Eric van Young
Profesor emérito en la Universidad de California, San Diego. Su libro más reciente es A Life Together: Lucas Alamán and Mexico, 1792-1853.

 

Un comentario en “Nuevas narrativas de la Independencia

  1. Muy interesante esta revisión, aunque para el gobierno la historia oficial es más útil, hasta desde el punto de vista de simplificar la Historia de México para los escolares. Desde luego, la separación de Mexico de España, le dio posibilidades a la “nueva” España de definir su orientación económica, social o política, sin intervención de la metrópoli hispana.