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Si tan sólo se hiciera el esfuerzo por dejar de leer al mundo desde códigos locales quizá lo entenderíamos un poco. En simultáneo, sin asomo de contradicción, de aceptar los elementos básicos de la convivencia producto de códigos ya universales, asumiríamos las enseñanzas de distintas tragedias.

A Afganistán se le prefiere leer únicamente desde la distancia, sin importar que se deje de hablar de él. Su tragedia contiene los problemas de una región entera, exacerbados. Los de afuera, los de adentro, los del tiempo.

La suma de incertidumbres entrecruza a sus actores. Afganistán, como el resto de la zona cuando se relacionan ciertos aspectos, no asegura claridades ni el futuro del país y de su gente —en especial mujeres, minorías—; periodistas y defensores de los derechos humanos no pueden ignorar las expresiones de la represión, la hipocresía, el terror y las protestas que le siguieron casi de manera inmediata a la toma de Kabul. Tampoco puede asegurarse el futuro de Estados Unidos en el Medio Oriente extendido; la elasticidad de la realidad arriesga a conducir por donde no se quiere. Menos aún, hay certeza sobre el futuro compartido.

En el entramado de paradojas las prioridades se rejerarquizan: Estados Unidos y Europa están obligados a levantar con cautela la mirada sobre el nuevo gobierno en Afganistán, el emirato. Hasta hace unas semanas, éste era la región de Sangin, capital local del opio. Prototipo del ahora país entero, donde los talib —estudiantes—, vestidos en shalwar kameez,1 controlaban quién tenía y usaba un teléfono satelital, rapaban las cabezas de los hombres que copiaban peinados occidentales, hacían lo que hacen con las mujeres.

A partir de la toma de Kabul, Occidente ve sobre el hombro de Afganistán desde las cercanías y contradicciones: Pakistán, Catar, quizá Arabia Saudita y Turquía.

Más adelante en el calendario, cuando toque el turno de hablar de China y Rusia, quedará esperar si el Talibán decide soportar y desahogar en ellos la presión del aislamiento que ya vivió dos décadas atrás. Quedará ver si estos dos países que no han roto la fragilidad de lo intangible están dispuestos a volver tangible su relación con el nuevo emirato. Por ahora, la prioridad es otra.

El cúmulo de ineptitudes ha reemplazado al Talibán con el Talibán, una de las pocas lecturas admisibles para casi cualquier código con el que se quiera observar al verano afgano.

Ilustración: Patricio Betteo

Si bien el discurso que supone la inevitabilidad de los hechos encuentra resonancia en un mar de fracasos, sería irresponsable negar la idea más básica: en Afganistán ya se había dejado de intentar establecer las rutas de la normalidad. Normalidad de género, normalidad democrática, normalidad financiera.

La presencia estadunidense era insostenible en términos políticos, dentro y fuera de las fronteras afganas. Si bien sus costos financieros y las muertes venían en franco descenso —comparadas con sus peores años—, el simbolismo atrás de ellos cargaba demasiado peso para todas las partes. Por su origen e historia, Estados Unidos —en lo que no puedo ver sino una mirada bipolar— navega hoy entre la indignación ante su salida y el rechazo a la presencia militar que han explicado ampliamente quienes entienden mejor que yo la esencia de aquel país. De peso para el gobierno afgano, por la dependencia a las tropas extranjeras, antes sugerida y ahora comprobada.

Hay un engaño en la insistencia imprecisa de afirmar que sólo el pueblo afgano debe encargarse de sus asuntos, como si el contexto no fuera un componente de la realidad. ¿Quién se debe encargar en la visión aséptica? ¿El afgano no talibán?, ¿el afgano talibán?, ¿el hombre sobre la mujer afgana? ¿Cuál especificidad no aguanta la generalización? La trampa apuesta por la irresponsabilidad. Decide ignorar lo nunca hecho: la responsabilidad de proteger que está inscrita en los acuerdos internacionales que sirven de nada y son el gran pendiente de este siglo.

Esto no tiene que ver con mantener o defender presencias militares, pero es abrumadora la lectura que he visto entenderlo así en las últimas semanas. Una muestra de indiferencia en aras de la frivolidad ideológica.

La afirmación soberana tiene doble filo y es voto por la indiferencia. ¿En verdad se puede intervenir en un país durante dos décadas, vender lo que no se entrega, jugar con las aspiraciones y estabilidades, para después marcharse como si el tiempo no hubiese existido?

La ofensiva talibán ya había cobrado unos doscientos cincuenta mil desplazados internos en sus primeros cinco días. El número sólo podía amplificarse y sucedió: alrededor de tres millones y medio una semana después. Sin embrago, ya con Kabul bajo control talibán no han faltado quienes, en la ingenuidad, la ignorancia o la simple mezquindad (también cabe la idiotez), se atreven a sugerir que el talibán de hoy merece la paciencia de la duda. ¿A los cuántos días se borran de la memoria las mujeres lapidadas, humilladas, tratadas como niñas sin importar la adultez porque para una interpretación de la tradición sólo el hombre será maduro?

No hay derecho de pedirle paciencia a quien tiene razones para el miedo.

Las reacciones de los actores no estatales de la región merecen una atención paralela a los formales. Al momento de escribir estas líneas, sólo voces menores de Al Qaeda han celebrado a los talibanes, la irrelevancia actual de la organización en términos de yihad no ocupa demasiado tiempo. Lo anterior puede cambiar. Sus liderazgos han mantenido discreción y Hayat Tahrir al Sham, metamorfosis siria de Al Qaeda, ve en Kabul cada una de sus aspiraciones damasquinas.

Históricamente, son diversos quienes han encontrado en Afganistán un territorio habitual. Hoy sirve de cobijo para un movimiento islamista uzbeko, una milicia uzbeka estacionada en la frontera con Pakistán y que pelea en Siria, un partido islamista del Turkestán, etcétera. Tienen también la versión local de un Dáesh. No más y tanto como eso. Cualquier modificación depende del nivel de fracaso administrativo en Kabul. Si la administración talibán falla, incluso para sus propios estándares, quienes los ven a manera de referencia no tendrían problema en reciclar sus estrategias violentas con tal de refrendar posiciones comprometidas políticamente. En principio, esto desplaza la postura que espera ver los resultados de su gobierno. Los vicios arraigados enfrentan nuevas condiciones: la ineptitud, la corrupción, el provincialismo, las disputas internas y generacionales son en cierta forma conocidas; la manera de reaccionar hacia las protestas sociales y las mismas protestas, no.

Es imposible ver en lo que se sugiere como el cambio del Talibán de estos veinte años algo más que un aprendizaje de manejo mediático y retórico. Afganistán, aunque guarda muchísimas estructuras disfuncionales que pueden discutirse en otros momentos, es un país donde los miedos, las razones y su resistencia social actual son naturales a más de una generación completa de mujeres. No da la impresión de que aceptarán el nuevo mandato tan fácilmente. El Talibán tiene poco tiempo para decidir qué hará y cómo se conducirá con sus protestas.

En la ciudad de Jalalabad, al este, talibanes ungidos en fuerzas de orden arremetieron contra la gente que se atrevió a gritar en la calle. Me cuesta no ser pesimista cuando el mejor escenario que se va dibujando es el iraní hacia movilizaciones similares. No son escasos los testimonios posteriores a la entrada del Talibán que consignan la prohibición de salir a las mujeres, en los dormitorios universitarios, sin la compañía de un hombre.

La falta de homogeneidad en el Talibán apunta a diferencias para la conformación de un gobierno, debido a la interpretación que hace de los límites de la ley islámica y sus ejecuciones prácticas para regular la vida con ella.

Hay países, como Afganistán o como Siria, en los que subestimamos nuestra tendencia autodestructiva. La mirada de Estados Unidos en los últimos eventos fue pragmática, para sí mismo. Evidentemente. La rusa o lo china, también.

No me preocupa la calificación de artificio o de imposición a la universalidad en el aprendizaje alrededor de la igualdad y los derechos humanos, es un artificio positivo que nos aleja del estado de naturaleza y la ley de la selva.

El islamismo —no así el islam—, con su naturaleza política e ideológica, invariablemente termina por afectar a la gente con su embiste homogeneizador, proveniente de la interpretación religiosa. Hombres, mujeres, intereses, afectos e inquietudes no pueden ser determinadas desde la Revelación transcrita en el Corán o en cualquier otro texto religioso sin rechazar la universalidad de lo compartido. Ninguna filia o rechazo a los actores políticos o ideológicos contemporáneos debe, con un gramo de sensatez, aplaudir el desaprendizaje. Eso es fomento a la ignorancia, al desinterés y a la crueldad.

Lo hemos visto en cada ideología. Para limitarme a la zona, ya sea wahabismo, sunismo y chiismo a secas o deobandi —el movimiento ideológico islamista que se correlaciona con el Talibán—, el resultado será equivalente. En Occidente no podemos seguir hablando de Afganistán sin asomarnos un poco a los conceptos anteriores.2 A las relaciones tribales que se utilizaron para el avance del Talibán rumbo a Kabul en poco más de una semana. Al pavor que se ha apoderado de esas relaciones tribales y de los individuos. A la ineptitud planetaria para construir los anticuerpos sociales que impidan el fervor de la barbarie.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacíoClandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.


1 Traje de dos piezas típico de la región del Punyab. Se ha transformado en la imagen del Talibán en la cultura popular aunque pueden usarlo hombres y mujeres, con variantes, en Pakistán y Afganistán.

2 Sigo sorprendido por una entrevista semanas atrás en la que se me preguntaba sobre el Talibán como un grupo árabe. Su primera lengua es el pastún, no el árabe. “Afgani”, en persa.

 

3 comentarios en “Pensar Afganistán